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El Libro del Nagual (novela)

EL LIBRO DEL NAGUAL

Colibrí Editorial EGA

Una novela

Prólogo

Esta historia es verdad y es mentira, y las dos cosas a la vez.

Te lo digo de entrada para que no me acuses después de haberte engañado. Los nombres que vas a leer son inventados, todos, empezando por el mío. El pueblo existe, te lo juro por lo más sagrado, pero no lo vas a encontrar en ningún mapa, por más que lo busques con el dedo y con lupa. Y la magia que aquí se describe, esa que a ratos parece cuento y a ratos parece locura, es real. Real como el hambre, real como la niebla que baja por las tardes y te moja la ropa sin que caiga una sola gota del cielo. No digo que yo la domine. No digo que la entienda. Digo que me tocó, y que después de que te toca ya no hay manera de decir que no existe, como no hay manera de decir que no existe el dolor de muelas cuando te está taladrando la quijada.

Me llamo Daniel Reyes. Al menos aquí me voy a llamar así, porque necesito un nombre para contar esto y el que me pusieron mis padres ya casi no lo uso. Tengo cuarenta y tantos años, soy maestro de historia en una secundaria de la Ciudad de México, y durante la mayor parte de mi vida fui el hombre más racional que conozco. No lo digo con orgullo. Lo digo como quien confiesa un defecto de fábrica. Yo creía que el mundo era una lista de hechos y que los hechos se podían comprobar, medir y archivar. Enseñaba fechas a muchachos de catorce años que preferían estar en cualquier otro lado, y me sentía superior a ellos porque yo sí sabía en qué año cayó Tenochtitlan. Esa era mi religión: el dato. El documento. La fuente confiable.

Todo eso se acabó el año en que cumplí treinta y cuatro. Fue un octubre, el octubre de los muertos, cuando me llegó la noticia de que había heredado una casa en la sierra. La casa de mi abuela. Doña Remedios había muerto tres años antes, y yo creía que con su muerte se había cerrado ese capítulo: el velorio, la caja, las flores de cempasúchil marchitándose en el panteón, y después la vida siguiendo su curso como un río que no se detiene por nadie. Pero resulta que la casa seguía ahí, esperándome, y que las casas de las abuelas no se quedan quietas cuando las heredas: te llaman. No con voz, porque las casas no tienen voz, sino con algo peor: con el recuerdo de una cocina que huele a café de olla aunque lleve años apagado el fogón.

Lo que vas a leer es lo que me pasó en esa casa y en ese pueblo durante un año exacto. Esta historia empieza un Día de Muertos y termina al siguiente. En medio hay un cuaderno, un viejo, un temazcal, una milpa, y una cantidad de cosas que mi cabeza de maestro de historia todavía no termina de acomodar en sus cajones. Hay también una enfermera que me salvó la vida sin darse cuenta, y un niño que me enseñó más que todos mis libros juntos. Los demás personajes, si los hay, prefiero no nombrarlos todavía. Ya los irás conociendo, o ya los conocieron otros, porque esta novela la estamos escribiendo entre varios y cada quien cuenta su pedazo. Yo cuento el principio. El principio es lo único que tengo claro.

El cuaderno lo tengo aquí, a mi lado, mientras escribo estas líneas. Es un cuaderno forrado en cuero café, gastado en las esquinas, con las páginas amarillas y la letra de mi abuelo, Don Tomás, que murió cuando yo era un niño y del que apenas me quedaban dos o tres recuerdos borrosos: el olor a tabaco, unas manos enormes, una voz que me contaba que las estrellas eran agujeros en el techo del mundo. En ese cuaderno hay frases que me persiguieron durante un año entero y que todavía me persiguen: aprender a soñar, el tonal es la isla, cuida tu intento. Yo me reía de esas frases al principio. Me reía con la risa superior del que tiene un título universitario y cree que eso lo vacuna contra el misterio. Ya no me río. Ahora las copio en una libreta nueva, con mi propia letra temblorosa, y trato de entender qué quiso decirme un hombre que murió hace más de veinte años y que, sin embargo, me enseñó más que todos mis maestros vivos.

Te advierto una cosa más, y es importante. Esto no es un manual. No vas a aprender a hacerte invisible ni a volar ni a adivinar el futuro. Si vienes buscando el truco, cierra el libro y devuélvelo a donde lo encontraste. Aquí no hay trucos. Lo que hay es algo más incómodo: la posibilidad de que el mundo sea más grande de lo que te dijeron en la escuela, y de que tú seas más grande de lo que crees, y de que esas dos grandezas den miedo. A mí me dio miedo. Todavía me da. Hay noches en que me despierto con el corazón desbocado y el nombre de alguien en la punta de la lengua, un nombre que no me atrevo a pronunciar en voz alta, y me tengo que sentar en la orilla de la cama a respirar como me enseñaron, contando, hasta que se me pasa.

Pero también te digo esto: si sigues leyendo, es bajo tu propio riesgo y con tu propio intento, como decía mi abuelo. Nadie te va a llevar de la mano. El viejo que me enseñó a mí hablaba poco y nunca explicaba nada dos veces. Si no entendías, era tu problema. Si entendías, tampoco te felicitaba. Así es esto. Yo solo soy el que cuenta. El que cuenta no es el que sabe; el que cuenta es el que estuvo ahí y sobrevivió para decirlo con sus propias palabras torpes.

Empiezo por el principio, entonces. Por la llamada telefónica, por el camión que sube a la sierra, por la niebla. Siempre se empieza por la niebla. En San Miguel de la Niebla todo empieza y todo termina con la niebla, que no es un fenómeno meteorológico sino una presencia, una cosa viva que baja por las tardes desde lo alto del cerro y se mete a las casas por las rendijas, y que te toca la cara con dedos fríos y te dice, sin palabras: aquí las reglas son otras.

Yo llegué creyendo que iba a vender una casa. Me quedé un año entero. Cuando volví a la ciudad ya no era el mismo, y mis alumnos lo notaron antes que yo: me decían que ahora contaba la historia como si hubiera estado ahí, como si la hubiera vivido. Tenían razón. La había vivido. La sigo viviendo cada vez que abro el cuaderno de mi abuelo y leo, con su letra firme de hombre de campo: cuida tu intento, mijo, porque el intento es lo único que de veras es tuyo.

Esta historia es verdad y es mentira, y las dos cosas a la vez. La verdad es lo que me pasó. La mentira es lo que tuve que inventar para poder contarlo. Y las dos cosas a la vez es lo único que importa, porque así es la magia: verdad y mentira abrazadas, como dos viejos que se conocen de toda la vida y ya no se pelean por tener la razón.

Bienvenido a San Miguel de la Niebla. No busques el camino de regreso. Todavía no.

Antes de seguir, déjame contarte quién era yo antes de que todo esto empezara, porque si no, no vas a entender la magnitud del trancazo. Yo daba clases de historia en una secundaria de la colonia Narvarte, turno matutino, grupo de tercero B que me volvía loco y que, a la vez, era lo único que me mantenía cuerdo. Llevaba diez años frente al pizarrón. Tenía mi rutina medida al minuto: el café de la esquina a las seis cuarenta, el metro atascado, la lista de asistencia, la clase, los exámenes, las juntas donde los directivos hablaban de «competencias» y yo asentía con la cabeza mientras pensaba en la cena. Vivía solo en un departamento rentado de una recámara, sin plantas porque se me morían, sin perro porque no tenía tiempo, con una novia intermitente que ya se había cansado de mi intermitencia. Mi abuela había sido la única familia de verdad que me quedaba, y cuando murió, a los ochenta y nueve años, dormida y en paz según dijo el doctor, yo lloré en el velorio como se llora de verdad, con el cuerpo entero, y después me sequé por dentro. Tres años. Tres años sin llorar, sin reírme de veras, sin soñar nada que valiera la pena recordar. Eso era yo: un hombre de treinta y cuatro años, funcional, puntual, vacío.

Mi abuela, Doña Remedios, había sido de esas mujeres de antes, de las que curan el susto con huevo y saben cuándo va a llover porque les duelen las rodillas. Yo la quería con un amor sordo, de esos que no se dicen, y a la vez me burlaba de sus creencias en silencio, con la condescendencia del nieto universitario. Ella me dejaba. Nunca me discutía. Me servía café de olla, me miraba con esos ojos color de tierra mojada, y me decía: «Ya vas a entender, mijo. La vida es maestra más cabrona que tú.» Y se reía, con esa risa suya que era como el sonido de las hojas secas. Cuando murió, heredé unas cuantas cosas sin valor: su rebozo, una caja de fotografías, un rosario de madera. La casa de la sierra, me dijeron entonces, se la había dejado a un sobrino lejano, o eso creí entender entre el llanto y los trámites. Yo firmé papeles sin leerlos. Uno firma papeles sin leerlos cuando está de duelo; es una de las verdades más tristes que conozco.

Por eso la llamada de octubre me cayó como un balde de agua fría. Resulta que no: resulta que la casa era mía. Que el sobrino lejano nunca existió o se había muerto antes, los notarios hablan en un idioma que nadie entiende. El caso es que había una casa con mi nombre en un pueblo del que yo apenas me acordaba, un pueblo al que mi abuela me había llevado dos o tres veces de niño y del que yo guardaba imágenes sueltas: gallinas, una niebla espesa, el olor del copal en noviembre. Y había que ir a verla, a firmar, a decidir qué hacer con ella. «Lo más práctico», me dijo el notario por teléfono, «es que venga usted, la revise y la ponga en venta. Esas casas de pueblo se venden rápido si están en buen estado.» Yo asentí, anoté una dirección en un papelito, y colgué con la sensación rara de que acababa de aceptar algo más que un trámite.

Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo de mi departamento, escuchando el rumor de la ciudad que nunca se calla del todo, y por primera vez en tres años soñé con mi abuela. No fue un sueño bonito. Estaba en una cocina que no reconocí, de espaldas, moviendo algo en una olla, y sin voltear me dijo: «Ya era hora, mijo. La casa te estaba esperando.» Desperté con la almohada mojada y el corazón golpeándome las costillas. Apunté el sueño en una libreta, cosa que yo jamás hacía, y me quedé sentado en la orilla de la cama hasta que amaneció, con una certeza absurda creciéndome en el pecho: tenía que ir. No a vender. A ir. Lo demás se vería después.

Y aquí viene la advertencia que te debo, la de verdad, no la de mentiritas de los prólogos. Lo que me pasó en ese pueblo no cabe en las categorías que yo traía de la ciudad. Yo intenté, al principio, explicármelo todo: el cansancio, la sugestión, la altura, el duelo mal resuelto. Soy maestro de historia; sé lo que es una fuente poco confiable, sé lo que es el pensamiento mágico, sé lo que es la necesidad humana de encontrarle sentido a lo que no lo tiene. Me apliqué todos esos diagnósticos como quien se toma la temperatura. Y sin embargo. Y sin embargo hay cosas que vi con estos ojos, que toqué con estas manos, que no tienen explicación en ningún libro de los que yo enseñaba, y que ocurrieron a plena luz del día, delante de testigos. Un viejo que sabía cosas que no tenía manera de saber. Un sueño que se continuó durante semanas como si fuera una telenovela. Un temazcal del que salí siendo otro. No te pido que me creas. Te pido que leas como se leen las cosas importantes: con la puerta entreabierta.

Mi abuelo decía: cuida tu intento. Yo tardé un año en entender qué diablos significaba eso. El intento, si he de traducirlo a mi idioma de maestro, es la dirección de tu voluntad cuando nadie te está mirando. Es lo que quieres de verdad, no lo que dices que quieres. Yo llegué al pueblo con el intento de vender una casa y largarme. El pueblo, o la niebla, o mi abuela desde donde estuviera, me leyó el intento verdadero, que era otro: yo quería volver a sentir algo. Quería que la vida me volviera a doler y a alegrar como antes. Quería dejar de ser un mueble. Eso era lo que yo quería, aunque no me atrevía a decirlo ni en voz baja. Y el pueblo me lo dio. Vaya que me lo dio.

No sé cuántos años han pasado desde entonces. Los suficientes para que el pelo se me haya puesto gris en las sienes y para que mis alumnos de ahora me pregunten si es verdad que viví un año en la sierra con un curandero. Les digo que sí. Les digo que la historia es más larga que una clase y que algún día la van a poder leer. Este libro es ese algún día. Lo escribo en las noches, en la misma casa de la sierra, porque al final no la vendí, claro que no la vendí, ¿tú qué crees?, y la niebla sigue bajando por las tardes y el cuaderno sigue aquí, a mi lado, abierto en una página que dice: el que aprende a soñar aprende a vivir dos veces.

Dos veces. Yo he vivido dos veces. Esta es la historia de la segunda.

Capítulo 1: El pueblo que no está en los mapas

La llamada llegó un martes de octubre, a las siete de la noche, cuando yo estaba calificando exámenes de tercero B en la mesa de mi cocina. El número era desconocido, de esos que una normalmente deja ir al buzón, pero algo, no sé qué, me hizo contestar.

—¿El señor Daniel Reyes? —dijo una voz de hombre mayor, formal, con el acento cantadito de la sierra—. Habla el licenciado Bonifacio Mora, notario público de Teziutlán, Puebla. Le llamo por un asunto de una herencia.

Dejé el bolígrafo rojo suspendido sobre un examen reprobado. Herencia. La palabra me sonó a telenovela, a cosa de otra gente.

—Mi abuela murió hace tres años —dije—. Doña Remedios Reyes. Creo que ya quedó todo arreglado.

—Precisamente por eso le llamo, señor. Resulta que hay un inmueble a su nombre en el municipio de San Miguel de la Niebla. Una casa habitación, con terreno. La señora Remedios la dejó intestada en su momento, se hizo una sucesión que quedó inconclusa, y después de revisar los expedientes resulta que el único heredero legítimo es usted. Necesito que venga a firmar, a tomar posesión. Son trámites sencillos, pero tienen que hacerse en persona.

San Miguel de la Niebla. El nombre me entró por el oído y me bajó por la espalda como un escalofrío. Yo había estado ahí de niño, dos o tres veces, llevado de la mano por mi abuela. Guardaba imágenes sueltas, como fotos movidas: un patio de tierra, gallinas picoteando, una niebla tan espesa que no se veía la calle, el olor dulzón del copal en noviembre. Mi abuela me había contado que ahí había nacido, que ahí se había casado con mi abuelo Don Tomás, que ahí había enterrado a medio mundo y que ahí quería que la enterraran a ella. Pero la enterramos en la ciudad, porque era más práctico, porque yo estaba atorado de trabajo, porque la vida. Todavía me arrepiento.

—¿Y cuánto tiempo tengo? —pregunté.

—El que usted quiera, señor. La casa lleva tres años sola. Una vecina le echa un ojo de vez en cuando. Pero le recomiendo que no la deje más tiempo. Las casas vacías se echan a perder por dentro, como la gente.

Anoté la dirección del notario en el reverso de un examen. Colgué. Me quedé mirando el papelito un buen rato, con el bolígrafo rojo todavía en la mano, manchándome los dedos. Después me serví un vaso de agua y me asomé a la ventana. La ciudad rugía allá abajo, indiferente, con sus luces y sus cláxones. Yo sentí, de golpe, unas ganas terribles de largarme de ahí, aunque fuera por unos días. Pedí permiso en la escuela —dije que era un asunto familiar urgente, que es la frase que lo arregla todo—, metí cuatro mudas de ropa en una mochila, el cargador del teléfono, una chamarra gruesa, y el viernes en la mañana tomé un autobús en la TAPO rumbo a Teziutlán.

El viaje duró como seis horas, pero a mí me pareció que cruzaba de un mundo a otro. Primero la autopista, los volcanes al fondo cuando el smog lo permitía, después la subida a la sierra: curvas y más curvas, barrancas que se abrían a los lados como bocas, pueblos colgados de la montaña con nombres que sonaban a antiguo. En Teziutlán, que es una ciudad de niebla perpetua y olor a café tostado, el notario me recibió en una oficina de madera oscura, me hizo firmar una pila de papeles, me entregó un juego de llaves pesadas, de esas antiguas, y me dio las indicaciones para llegar a San Miguel.

—No sale en los mapas nuevos —me advirtió—. Busque la desviación después del puente de Xalpatláhuac, tome la combi que va para arriba, y dígale al chofer que lo baje en San Miguel. Él sabe. Pregunte por la casa de Doña Remedios. Todo el mundo la conoce.

—¿No sale en los mapas? —repetí.

El notario se encogió de hombros.

—Esos pueblos de la sierra son así. Están, pero no están. Usted me entiende.

La combi era una camioneta destartalada con la leyenda «Sierra Alta» pintada a mano en el parabrisas. Íbamos apretados: una señora con un guajolote vivo en un costal, dos muchachos con machetes, un viejito que no paraba de toser, y yo, el citadino con mochila y cara de susto. El chofer manejaba como si la muerte fuera su comadre: rebasaba en las curvas, pitaba en los voladeros, y de vez en cuando volteaba a verme por el retrovisor y me sonreía con complicidad.

—¿Primera vez que sube, maestro? —me preguntó.

—Hace mucho que no vengo —dije, y me sonó a mentira aunque era verdad.

El camino subía y subía. La vegetación se fue cerrando: primero pinos, después una selva de niebla, árboles cubiertos de musgo y bromelias, helechos gigantes. El aire se volvió frío y húmedo, con olor a tierra y a hojas podridas, un olor que me despertó algo en el pecho, una nostalgia sin nombre. Como a las cuatro de la tarde, cuando la luz ya empezaba a ponerse color de cobre, la combi se detuvo en una curva y el chofer dijo:

—San Miguel, maestro. Aquí se baja.

Me bajé. La combi se alejó tosiendo humo negro, y me quedé solo en el camino, con mi mochila, mirando el pueblo que se extendía abajo, en una hondonada entre cerros.

San Miguel de la Niebla. Lo primero que pensé fue que el nombre le quedaba chico: no era un pueblo con niebla, era un pueblo dentro de la niebla, como si la niebla fuera el mar y el pueblo un barco encallado en el fondo. Las casas, de adobe y teja, se apretaban alrededor de una iglesia chiquita de cantera gris, con una torre que apenas se asomaba entre la bruma. Se oían gallos, se oía una radio lejana, se oía el agua de un arroyo. Y por encima de todo, ese silencio de la sierra, ese silencio que no es ausencia de ruido sino presencia de algo que escucha.

Bajé por una calle empedrada, preguntando. Una niña me señaló sin hablar. Un viejo me miró de arriba abajo y me dijo: «La casa de Doña Remedios está allá arriba, junto al pochote. La del techo de teja colorada.» Seguí sus señas y ahí estaba: una casa de adobe de una sola planta, con un portón de madera carcomida, un patio al frente y, en efecto, un pochote enorme a un lado, de esos árboles gordos y espinosos que parecen guardianes.

Metí la llave en la cerradura. Costó trabajo; el fierro estaba oxidado y tuve que moverla con maña hasta que cedió con un crujido que me puso la piel de gallina. Empujé el portón. Y entré.

Lo primero que me golpeó fue el olor. Olor a casa cerrada, sí, a humedad y a polvo, pero debajo de eso, intacto, terco, el olor de mi abuela: café de olla, canela, jabón de pasta, copal viejo. Se me hizo un nudo en la garganta. La casa estaba como si el tiempo se hubiera detenido en seco un día cualquiera de hacía tres años y nadie se hubiera atrevido a mover nada desde entonces. En la cocina, una olla de barro sobre el fogón apagado. En la mesa, un plato boca abajo y un vaso. En la sala, las sillas arrimadas, un rebozo colgado de un clavo, las fotografías en la pared: mi abuela joven, mi abuelo Don Tomás con su sombrero, mis padres que murieron cuando yo era adolescente, yo de niño con cara de susto en una fiesta del pueblo. Todo cubierto por una capa fina de polvo, como una sábana gris, pero todo en su lugar. Hasta el reloj de pared seguía ahí, detenido en las tres y diez, quién sabe de qué día, de qué año.

Caminé por las piezas con la mochila todavía al hombro, sin atreverme a tocar nada. El cuarto de mi abuela: la cama tendida con una colcha de flores, sus zapatos bajo la cama, un rosario sobre el buró. El cuarto que había sido mío de niño: un catre, una cobija de lana, dibujos míos pegados en la pared con cinta amarillenta, un dibujo de un sol con cara y una casa con chimenea. Me senté en el catre y me quedé mirando ese dibujo un largo rato, con una ternura que me dolía en el pecho como una muela.

Afuera, en el patio de atrás, había un lavadero de piedra, un tendedero vacío, macetas con plantas muertas, y al fondo, una barda baja de piedra que daba a la barranca. Más allá de la barda, el cerro subía cubierto de niebla. Y la niebla, como si me hubiera estado esperando, empezó a bajar.

La vi venir desde el cuarto de atrás: una masa blanca, espesa, que descendía por la ladera sin prisa, tragándose los árboles uno por uno. No era como la neblina de la ciudad, que es gris y sucia y huele a smog. Esta era blanca, limpia, fría, y se movía con una intención que me erizó los vellos de los brazos. En diez minutos el patio desapareció. En veinte, no se veía la barda. La casa quedó flotando en un blanco absoluto, y los sonidos se volvieron raros: el canto de un gallo llegaba como de muy lejos, o de muy adentro, no sabría decir. Me acordé de lo que me había dicho el notario: están, pero no están. Entendí, de golpe, por qué el pueblo no salía en los mapas. No era que los cartógrafos fueran flojos. Era que el pueblo se escondía.

Esa tarde no hice nada más que estar. Me senté en la cocina, sobre una silla de madera que crujió bajo mi peso, y dejé que la casa me hablara. Porque las casas hablan, aunque no tengan voz: hablan en el crujido de la madera, en el olor de las paredes, en la manera en que la luz entra por las ventanas. Y esta casa me decía: quédate. No me lo decía con palabras. Me lo decía con el plato boca abajo en la mesa, como si alguien fuera a venir a cenar. Me lo decía con la colcha de flores tendida, como si alguien fuera a acostarse. Me lo decía con todo lo intacto, con todo lo detenido, como si los tres años que yo había vivido en la ciudad aquí no hubieran pasado, como si aquí el tiempo fuera otra cosa, una cosa más lenta, más paciente, que sabía esperar.

Cuando empezó a oscurecer, me acordé de que no había comido nada desde el desayuno. Cerré bien el portón —por instinto, porque ¿de qué iba a cuidarme?— y salí al pueblo a buscar algo de cenar. La niebla se había adelgazado un poco, lo suficiente para ver las luces amarillas de las casas y oír la vida del pueblo: risas, una televisión, el ladrido de un perro, el olor a leña quemada y a tortillas recién hechas que me llegó de no sé dónde y me abrió el apetito de golpe.

El mercado estaba a tres cuadras, en una plazoleta empedrada. No era gran cosa: unos veinte puestos bajo lonas de colores, alumbrados con focos amarillos que la niebla volvía difusos, como soles enfermos. Pero el olor era una fiesta: café recién molido, pan de dulce, chiles secos, tierra mojada, copal. Compré tortillas, queso fresco, un pollo rostizado que giraba triste en un asador, y me senté en una banca a comérmelo con las manos, sintiéndome extranjero y, a la vez, raramente en casa.

Fue ahí donde la vi por primera vez. Una mujer de unos treinta y dos años, delgada, con el pelo recogido en una trenza y una bata blanca abierta sobre la ropa de civil, compraba jitomates en el puesto de al lado. Tenía la manera de moverse de la gente que está acostumbrada a que la necesiten: eficiente, sin prisa, sin aspavientos. El marchante la saludó con respeto: «Buenas noches, señorita Lucía.» Ella pagó, me miró de reojo —a los forasteros se nos nota a leguas—, y me dijo, sin más:

—¿Usted es el nieto de Doña Remedios?

Me atraganté con el pollo.

—¿Cómo lo sabe?

—En este pueblo todos saben todo —dijo, y sonrió por primera vez, una sonrisa corta, sobria—. Soy Lucía, la enfermera de la clínica. Yo atendí a su abuela los últimos meses. Era una gran señora.

—Gracias —dije, y me sonó a poco, pero era todo lo que tenía.

—La casa está bien —continuó, como si me leyera la preocupación en la cara—. Doña Cata, la vecina, le echa agua a las plantas y espanta a los vagos. Si necesita algo de la clínica, ahí estoy. No ande tomando agua de la llave.

—Gracias —repetí, como un disco rayado.

Se fue con su bolsa de mandado, sin despedirse de más. Me quedé mirándola alejarse entre la niebla, con una sensación extraña: esa mujer me había medido en tres segundos y había decidido que yo era inofensivo. No sé si me gustó o me ofendió. Las dos cosas, creo.

En el puesto de las veladoras, un niño de unos ocho años me jaló de la manga. Era flaco, con los ojos muy grandes y una sonrisa chimuela.

—¿Compra una veladora para su muertito, señor? —me dijo—. Ya mero es Día de Muertos. Hay que alumbrarles el camino.

—¿Cómo sabes que tengo un muertito? —le pregunté, divertido a pesar mío.

—Todos tenemos —dijo el niño, con la lógica aplastante de los ocho años—. Yo me llamo Mateo. Le doy la veladora más bonita por veinte pesos.

Le compré dos veladoras, una para mi abuela y otra, no sé por qué, para mi abuelo. Mateo me las envolvió en papel de china con una solemnidad profesional, y al despedirse me dijo, bajando la voz como si me confiara un secreto de estado:

—Si oye ruidos en la noche, no se asuste. Son los que andan acomodando sus cosas para cuando vengan. Ya mero llegan.

—¿Quiénes llegan, Mateo?

—Los muertos, pues —dijo, y se fue corriendo entre los puestos, riéndose.

Me reí yo también, pero la risa se me quedó a medio camino. Porque en ese pueblo, a esa hora, con la niebla pegada a los focos y el olor a copal flotando por todas partes, la frase del niño no sonaba a juego. Sonaba a aviso.

De regreso a la casa, pasé frente a una cantina de donde salía música de banda y el olor a cerveza. En la puerta, dos hombres platicaban en voz baja. Alcancé a oír un fragmento: «...de noche no te metas a la barranca, ahí anda El Cuervo...» y el otro que respondía: «...puro cuento, hombre...» Seguí caminando sin detenerme, pero el nombre se me quedó pegado: El Cuervo. No sabía quién era ni qué hacía en la barranca, y decidí que no era asunto mío. Yo venía a firmar papeles y a vender una casa. Nada más.

La casa me recibió a oscuras y en silencio. Encendí las veladoras que me había vendido Mateo y las puse en la cocina, frente a la fotografía de mi abuela. La llama tembló, se enderezó, y de pronto la cocina se llenó de una luz cálida que le quitó años de encima a todo: la mesa, las ollas, el rebozo colgado. Le hablé a la foto, en voz baja, sintiéndome ridículo y necesitado a la vez:

—Ya llegué, abuela. Perdón por tardar tres años.

Cené tortillas con queso y pollo frío, me lavé los dientes con agua de garrafón —haciendo caso a la enfermera—, y me acosté en el catre de mi cuarto de niño, con la cobija de lana que olía a guardado y a algo más, algo como a sol viejo. Apagué la luz. El silencio del pueblo me cayó encima como una cobija pesada. Lejos, muy lejos, un perro ladró una vez y se calló, como si le hubiera dado vergüenza.

No sé a qué hora me desperté. Sé que fue de golpe, con el corazón desbocado, porque había oído algo. En el patio de atrás, clarito, pasos. Pasos descalzos sobre la tierra, lentos, arrastrados, como de alguien muy viejo o muy cansado. Me quedé tieso en el catre, aguantando la respiración, con la lógica de maestro de historia peleando contra el miedo de niño: es el viento, es un animal, es la casa que se acomoda. Los pasos se detuvieron junto a la puerta de atrás. Hubo un silencio largo. Y después, clarito también, el sonido de agua: como si alguien se estuviera lavando las manos en el lavadero de piedra. Plash, plash, plash. Pausado. Tranquilo. Doméstico.

Me levanté sin hacer ruido —las rodillas me temblaban— y me asomé por la rendija de la puerta. El patio estaba vacío. La niebla lo había vuelto a tomar todo, y en medio de ese blanco, el lavadero de piedra goteaba. Gota a gota. Plash. Era solo el goteo del lavadero, me dije. La llave mal cerrada. El agua acumulada. Me lo repetí tres veces, como un conjuro racionalista, y me volví a acostar. Pero ya no pude dormir.

Y entonces soñé. O no soñé. Todavía no sé qué fue aquello, y a estas alturas ya no me importa ponerle nombre.

Estaba en el patio, de noche, con la niebla hasta las rodillas. Frente a mí, al fondo, junto a la barda de piedra, había una figura. No le veía la cara; era más bien un bulto oscuro, del tamaño de una persona, quieto. No me daba miedo. Eso es lo raro: no me daba miedo. Sentía, más bien, una tristeza enorme, una tristeza que no era mía, o que era mía pero de muy adentro, de un lugar donde yo no suelo meterme. Y la figura, sin moverse, sin abrir la boca —porque no tenía boca, o no se la vi—, me llamó por mi nombre.

—Daniel.

Lo oí clarito, dentro de la cabeza, como cuando piensas algo con mucha fuerza. Daniel. Una sola vez. Y con eso me desperté, sentado en el catre, con el nombre en la punta de la lengua y la certeza absurda de que alguien, en alguna parte de esa casa, acababa de pronunciarlo de verdad.

Afuera empezaba a amanecer. La niebla se adelgazaba y por la ventana entraba una luz gris, color de perla. Los gallos cantaban como si no hubiera pasado nada. Me quedé sentado un buen rato, con la cobija de lana sobre los hombros, tratando de decidir si lo del patio había sido real y si lo del sueño había sido sueño. No llegué a ninguna conclusión. Solo sabía una cosa, y la sabía con el cuerpo entero: esa casa no estaba vacía. Nunca lo había estado. Y yo, el maestro de historia, el hombre racional, el que calificaba exámenes con bolígrafo rojo, acababa de pasar mi primera noche en un lugar donde las reglas eran otras, y ni siquiera me había dado cuenta de cuándo había cruzado la frontera.

Con la luz del día me armé de valor y salí al patio. Todo estaba en orden: el lavadero de piedra, el tendedero vacío, las macetas con sus plantas muertas. La llave del lavadero, la toqué: cerrada, seca. Ninguna gota. Me agaché a mirar la tierra junto a la puerta de atrás, buscando huellas, y no encontré nada más que tierra apisonada y unas hojas secas. Lo normal. Lo de anoche había sido el cansancio del viaje, la sugestión, la casa ajena. Me lo dije en voz alta, para oírlo: «Fue el cansancio.» Mi voz sonó rara en el patio vacío, más aguda de lo normal, como si la niebla se la hubiera devuelto cambiada.

Fue entonces cuando lo vi, junto a la barda de piedra que daba a la barranca: un círculo de tierra removida, como si alguien hubiera escarbado con las manos, y en el centro, medio enterrada, una mazorca de maíz seca, pequeña, con los granos colorados. La levanté. Estaba fría y pesaba más de lo que debía. La miré un buen rato, dándole vueltas entre los dedos, tratando de encontrarle una explicación sensata: un animal, el viento, Doña Cata la vecina que a lo mejor dejaba ofrendas. No se la encontré. Pero tampoco me asusté. Sentí, más bien, curiosidad, que es la forma decente que tiene el miedo de presentarse cuando uno tiene treinta y cuatro años y un título universitario.

Guardé la mazorca en la bolsa de mi chamarra. Después barrí el patio, tendí mi ropa en el tendedero, puse a hervir agua para el café —había café molido en una lata, todavía bueno, todavía con olor—, y me senté en la cocina a tomarme la primera taza mirando por la ventana cómo la niebla se levantaba del cerro como un animal que se despereza. La casa, a la luz del día, era menos imponente y más triste: una casa de una anciana que se murió y nadie vino a recoger sus cosas. Y yo era el nieto que venía a recogerlas, tres años tarde, con una mochila y un examen reprobado todavía en la cabeza.

Esa mañana tomé dos decisiones. La primera: iba a limpiar la casa, pieza por pieza, como se debe. No podía venderla así, llena de polvo y de fantasmas. La segunda: iba a quedarme unos días más de lo planeado. Le iba a decir al director que el trámite se había complicado —que es otra frase que lo arregla todo— y me iba a quedar una semana. Una semana para barrer, para sacudir, para decidir qué se vendía y qué se regalaba. Una semana, me dije, y después de vuelta a mi vida.

Qué poco me conocía.

Capítulo 2: La libreta del abuelo

La limpieza me tomó tres días. Tres días de barrer, sacudir, trapear, tirar basura, separar lo que servía de lo que no. Trabajé con una furia metódica, de esas que una usa para no pensar. Cada objeto de mi abuela era una pequeña emboscada sentimental: el molcajete desportillado, la plancha de carbón, el vestido de fiesta guardado en papel de china, las cartas de mis padres atadas con un listón. Lloré dos veces, a escondidas, como se llora cuando no hay nadie que te consuele: rápido y en silencio, para seguir trabajando.

Fue el tercer día, en la tarde, cuando la encontré. Estaba sacudiendo el ropero del cuarto de mi abuela —un ropero de cedro enorme, que olía a madera y a naftalina— cuando noté que uno de los cajones tenía doble fondo. No fue un descubrimiento detectivesco; fue más bien que el cajón se atoró, lo jalé con fuerza, y el fondo falso se levantó con un crujido seco. Debajo había una caja de madera sin adornos, del tamaño de un libro grande, envuelta en un rebozo azul ya deshilachado.

La abrí con las manos temblorosas. Dentro, forrado en cuero café gastado en las esquinas, había un cuaderno. No era un cuaderno cualquiera: era grueso, cosido a mano, con las páginas amarillas por los años pero intactas, y en la primera página, con una letra firme, redonda, de hombre acostumbrado a escribir poco pero con peso, decía: «De Tomás Reyes. Para el que sepa leer.»

Me senté en la cama de mi abuela con el cuaderno en las piernas y me quedé mirando esa frase un largo rato. Don Tomás. Mi abuelo. Había muerto cuando yo tenía siete años, y de él me quedaban apenas tres recuerdos, pulidos por el tiempo como piedras de río: el olor a tabaco de su camisa, unas manos enormes que me levantaban por los aires, y una noche en este mismo pueblo en que me señaló el cielo y me dijo que las estrellas eran agujeros en el techo del mundo, por donde se asomaban los que ya se fueron a vernos. Yo le había preguntado si mi papá —muerto un año antes— también se asomaba, y él me había dicho que sí, que mi papá era de los que más se asomaban. Esa noche dormí tranquilo por primera vez en meses.

Pasé la página. La letra de mi abuelo llenaba el cuaderno de principio a fin, con diferentes tintas, como si lo hubiera escrito a lo largo de muchos años. No era un diario; no había fechas, o casi no había. Eran notas sueltas, frases, dibujos toscos: un círculo, una espiral, un ojo. Y entre esas notas, las frases que me iban a perseguir durante un año entero:

«El que aprende a soñar aprende a vivir dos veces.»

«El tonal es la isla. El nagual es el mar. No confundas la isla con el mundo.»

«Cuida tu intento, mijo, porque el intento es lo único que de veras es tuyo.»

«El hombre que no sueña está muerto aunque respire. Nomás que nadie le ha avisado.»

«El camino se anda de noche. De día, el camino se esconde.»

Leí el cuaderno entero esa tarde, sentado en la cama de mi abuela, con la luz gris de la sierra entrando por la ventana. Había páginas sobre plantas: qué hierba servía para qué dolor, dibujadas con un cuidado de botánico. Había páginas sobre sueños: «Soñé con el venado. No lo seguí. Error.» «Soñé que volaba sobre la barranca. Desperté cansado, como si hubiera corrido.» Había páginas que no entendí para nada: listas de palabras en náhuatl, diagramas de círculos concéntricos, una página entera ocupada por una sola frase repetida veinte veces: «No te rajes. No te rajes. No te rajes.» Y había, al final, tres páginas en blanco, y después, en la última página del cuaderno, con una tinta más fresca que las demás, una sola línea: «Para Daniel, cuando esté listo.»

Solté el cuaderno como si me hubiera quemado. Para Daniel, cuando esté listo. Mi abuelo había muerto cuando yo tenía siete años. Yo ahora tenía treinta y cuatro. ¿Cuándo había escrito eso? ¿Y cómo sabía...? No. No sabía nada. Era una coincidencia, una frase genérica que podía aplicar a cualquier nieto. Me lo repetí con firmeza, con mi voz de maestro de historia: las fuentes primarias hay que contextualizarlas, no hay que proyectarles significados anacrónicos, el pensamiento mágico es la tendencia humana a encontrar patrones donde no los hay. Me lo repetí tres veces. Y sin embargo, las manos me seguían temblando.

Esa noche cené sin hambre y me puse a pensar en mi abuelo con una intensidad que no me había permitido en años. Traté de reconstruirlo: ¿a qué se dedicaba? Mi abuela decía que era campesino, que sembraba maíz y frijol, que a veces hacía trabajos de albañilería. Pero el cuaderno no era el cuaderno de un campesino común. Hablaba de «aprender a soñar» como quien habla de aprender un oficio. Hablaba del «tonal» y el «nagual» con la familiaridad de quien ha visto esas cosas de cerca. ¿Quién había sido Don Tomás, en realidad? ¿Y por qué mi abuela, que me había contado todo de su vida, nunca me había hablado de este cuaderno?

Al día siguiente fui a ver a Doña Cata, la vecina, una señora de unos setenta años, chaparrita y de ojos vivaces, que me recibió con café de olla y pan de dulce como si me conociera de toda la vida —que, en cierto modo, era verdad.

—Tu abuelo —me dijo, cuando le pregunté— era un hombre de conocimiento. Así se les dice a los que saben. No era curandero de esos que anuncian en la radio, no. Era callado. Pero la gente lo buscaba. Venían de otros pueblos, hasta de la ciudad, a pedirle consejo. Y él los ayudaba, o no, según.

—¿Según qué?

—Según —dijo Doña Cata, y se encogió de hombros, como si la respuesta fuera obvia—. Tu abuela lo adoraba y le tenía miedo, las dos cosas. Decía que Don Tomás vivía en dos mundos y que a veces se le olvidaba en cuál estaba desayunando.

Me reí, incómodo.

—Son creencias de antes, doña Cata.

—Claro que sí, mijo —dijo ella, sin ofenderse—. Todo es creencia hasta que te pasa.

Me despedí con la sensación de no haber averiguado nada y de haberlo averiguado todo. De regreso a la casa, el cuaderno me esperaba sobre la mesa de la cocina, donde lo había dejado. Lo miré de lejos, como se mira a un animal que no se sabe si muerde. Después me acerqué, lo abrí en una página al azar, y leí: «El escéptico es el que más fe necesita, porque tiene que creer todos los días que el mundo es chiquito.»

Me reí a carcajadas, solo en la cocina. Era exactamente el tipo de frase que mi abuelo me habría dicho en la cara si me hubiera visto de adulto, con mi título y mi escepticismo. Y por primera vez desde que había llegado al pueblo, sentí algo parecido a la compañía. No estaba solo en esa casa. Estaba con mi abuelo, o con lo que quedaba de él entre esas páginas, que no era poco.

Esa noche tomé la decisión. Iba a quedarme un mes. No una semana: un mes. Me lo justifiqué con argumentos prácticos, de esos que una se da para no admitir lo que de verdad quiere: que vender una casa de pueblo tomaba tiempo, que había que arreglar papeles en Teziutlán, que no podía dejar la casa sola otra vez después de haberla limpiado, que necesitaba «venderla con calma» para no malbaratarla. Todo eso era verdad, y todo eso era mentira, y las dos cosas a la vez, como diría yo años después. La verdad de adentro era más simple: no me quería ir. Por primera vez en tres años, había algo que me tenía agarrado por dentro, una curiosidad, una comezón, una pregunta sin responder. El cuaderno. Mi abuelo. Las frases.

Llamé al director de la secundaria desde el único lugar del pueblo donde había señal decente: la esquina de la iglesia, parado como un menso bajo la torre, con la niebla pegada a la ropa. Le dije que el trámite se había complicado, que necesitaba un mes de permiso. Hubo un silencio largo al otro lado de la línea.

—Daniel, estamos a mitad del semestre —dijo el director.

—Lo sé. Se lo voy a deber. Es un asunto familiar. Mi abuela...

No terminé la frase. No hizo falta. Los muertos abren todas las puertas.

—Un mes —dijo—. Ni un día más. Y me traes un comprobante de algo.

Colgué y me quedé un rato más en la esquina, mirando el pueblo. Unos niños jugaban a las canicas en el atrio. Una señora pasó con un tercio de leña en la espalda, sin voltear. Las campanas dieron las seis, y el sonido se quedó flotando en la niebla como si no quisiera irse. Pensé en mi departamento de la Narvarte, en mis alumnos de tercero B, en mi vida medida al minuto. Y pensé que no la extrañaba. Ni un poquito. Eso me asustó más que los pasos en el patio.

Los días siguientes establecí una rutina. En las mañanas, arreglaba la casa: pinté la cocina de blanco, compuse el portón, sembré flores en las macetas del patio —cempasúchil, porque ya mero era Día de Muertos y me pareció lo correcto. En las tardes, cuando bajaba la niebla y el pueblo se volvía un barco fantasma, me sentaba a leer el cuaderno. Lo leía despacio, como se lee a los poetas difíciles, volviendo atrás, copiando frases en una libreta nueva que había comprado en la papelería del pueblo. «El tonal es la isla.» ¿Qué diablos era el tonal? Yo, maestro de historia, sabía algo: que en la cosmovisión mesoamericana el tonal era como el alma, el destino, la energía vital ligada al día del nacimiento. Pero mi abuelo lo usaba de otra manera, más grande, más rara: «El tonal es la isla de todo lo que conoces. Todo lo que tiene nombre vive en la isla. Lo que no tiene nombre vive en el mar.» Y el nagual: «El nagual es el mar que rodea la isla. Nadie ha visto el mar entero. Los que dicen que lo vieron, mienten o están locos. Pero el mar existe, mijo. Y a veces, de noche, las olas llegan hasta tu puerta.»

Yo subrayaba esas frases con el mismo bolígrafo rojo con el que calificaba exámenes, y me sentía ridículo y fascinado a la vez. Mi formación me gritaba: ¡superstición! ¡pensamiento mágico! ¡falta de rigor! Pero había algo en la letra de mi abuelo, en la firmeza de esos trazos, que no me dejaba despacharlo tan fácil. Ese hombre no escribía para impresionar a nadie. Escribía como quien anota la dosis de un remedio: porque si no lo anota, se le olvida, y si se le olvida, alguien se muere. Había una ética en ese cuaderno, una seriedad, que yo, con todos mis libros, no tenía.

Una tarde, leyendo, encontré una página que me heló la sangre. Era una de las páginas de sueños, con una tinta más oscura: «Soñé con el niño. El niño ya es hombre. Viene en octubre, con la niebla. No le digas nada todavía. Déjalo que pregunte.» Me quedé mirando esas líneas hasta que se me nubló la vista. El niño ya es hombre. Viene en octubre, con la niebla. Yo había llegado en octubre, con la niebla. Traté de respirar hondo. Coincidencia, me dije. Autoengaño. Proyección. Pero las manos me temblaban otra vez, y tuve que salir al patio a que me diera el aire frío en la cara.

Mateo, el niño de las veladoras, pasaba por la calle y me vio.

—¿Está enfermo, señor? —me preguntó, asomándose por el portón entreabierto.

—No, Mateo. Estoy... pensando.

—¿En sus muertos? —dijo el niño, muy serio—. Ya mero llegan. Mi mamá ya puso la ofrenda. ¿Usted ya puso la suya?

—No. No sé cómo se hace.

—Yo le enseño —dijo Mateo, entrando al patio sin pedir permiso, con la confianza de los niños—. Se pone foto, veladora, flor de cempasúchil, pan de muerto, y lo que le gustaba al muertito. A su abuela, ¿qué le gustaba?

—El café de olla —dije, y se me quebró la voz—. Y los tamales de frijol.

—Entonces hay que ponerle café y tamales —dictaminó Mateo—. Si no, se enoja y no viene. Y si no viene, se queda triste allá donde está.

Esa tarde, guiado por un niño de ocho años, puse mi primera ofrenda. Busqué la fotografía más bonita de mi abuela —una donde se está riendo, con el rebozo azul—, la puse en la mesa de la sala sobre un mantel blanco, alrededor las veladoras, el cempasúchil que había sembrado —todavía no floreaba, así que compré flores en el mercado—, pan de muerto, y una taza de café de olla que preparé siguiendo una receta que me dictó Doña Cata por encima de la barda. Mateo supervisó todo con severidad profesional, y al final asintió:

—Ya quedó. Ahora sí van a venir.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Pues sus muertos, señor —dijo Mateo, como si yo fuera el niño y él el adulto—. ¿Quiénes van a ser?

Esa noche, con la ofrenda alumbrando la sala y el olor a cempasúchil metido hasta en la ropa, abrí el cuaderno en la página de los sueños y leí en voz alta, para que la casa me oyera: «El que aprende a soñar aprende a vivir dos veces.» Después apagué la luz y me acosté, con el cuaderno sobre el buró, al alcance de la mano.

Soñé. Esta vez el sueño fue claro, nítido, más real que la vigilia. Estaba en el patio, de noche, y la figura oscura junto a la barda me llamaba otra vez por mi nombre: Daniel. Pero esta vez, en el sueño, yo le contesté. Le dije: «¿Quién eres?» Y la figura, sin moverse, me respondió desde adentro de mi cabeza: «Soy el que te estaba esperando. Aprende a soñar, mijo. Ya es hora.»

Desperté antes del amanecer, con el corazón desbocado y esas palabras repitiéndose en mi cabeza como una campana: aprende a soñar, mijo, ya es hora. Me senté en el catre, temblando, y miré el cuaderno sobre el buró. La luna entraba por la ventana y le daba de lleno, y por un instante —un instante nada más, pero lo vi clarito— me pareció que el cuero de la portada respiraba, que subía y bajaba como un pecho dormido. Cerré los ojos. Los abrí. Era un cuaderno. Nomás un cuaderno. Pero yo ya no era el mismo que se había acostado. Algo se había movido adentro de mí, algo que llevaba tres años quieto, y no había manera de volver a acomodarlo en su lugar.

Me levanté, me preparé un café, y salí al patio a ver amanecer. La niebla se abría sobre la barranca como un telón, y allá abajo, en el fondo, se oía el agua del arroyo, constante, paciente, como si llevara cantando la misma canción desde antes de que hubiera gente para oírla. Pensé en mi abuelo, en mi abuela, en el mes que tenía por delante. Y pensé, con una claridad que me asustó, que yo no había venido a vender una casa. Había venido a buscar algo que ni siquiera sabía nombrar. Y que ese algo, fuera lo que fuera, ya me había encontrado a mí primero.

La víspera de Día de Muertos el pueblo entero se volvió una hoguera de olores y sonidos. Desde temprano se oía el repique de las campanas, el olor a copal salía de todas las casas, y en el mercado vendían cempasúchil por manojos, pan de muerto por docenas, calaveras de azúcar con tu nombre escrito en la frente. Doña Cata me llevó al panteón en la tarde, porque «a los muertos hay que irlos a ver, mijo, no nomás ponerles la ofrenda y ya».

El panteón estaba en lo alto de un cerro, y desde ahí se veía todo el pueblo flotando en la niebla de la tarde, con las luces empezando a prenderse una por una. Las tumbas estaban cubiertas de flores, de veladoras, de fotos, de ofrendas. Había familias enteras sentadas junto a las sepulturas, comiendo, platicando, riéndose, como si fuera día de campo. Los niños corrían entre las tumbas con calaveras de azúcar en la mano. Unos músicos tocaban una melodía lenta, de esas que te llegan directo al pecho sin pedir permiso.

Doña Cata me llevó hasta una tumba de cantera sencilla, con dos cruces: «Tomás Reyes» y «Remedios Reyes». Me quedé parado frente a esas dos piedras con el corazón en la garganta. Mi abuelo, muerto cuando yo tenía siete años. Mi abuela, muerta hacía tres. Y yo, en medio, vivo y perdido, con un cuaderno en la mochila que me pesaba como una piedra.

—Háblales —me dijo Doña Cata—. Te oyen.

Me arrodillé junto a la tumba —yo, el maestro de historia, el racionalista, arrodillado en la tierra húmeda— y les hablé en voz baja. Les dije que había llegado, que la casa estaba limpia, que había puesto la ofrenda, que había encontrado el cuaderno. Les pedí perdón por los tres años. Les dije que los extrañaba. Y lloré, ahí, frente a esas dos piedras, con la música lenta de fondo y el olor a cempasúchil metido en la nariz, lloré como no había llorado en el velorio, como no había llorado en tres años. Doña Cata me puso una mano en el hombro y no dijo nada, porque las mujeres de antes saben cuándo el silencio es la única respuesta decente.

De regreso al pueblo, ya de noche, el camino del panteón estaba alumbrado con veladoras puestas en el suelo, una tras otra, marcando el camino para que los muertos no se pierdan. Caminé entre esas luces con Doña Cata, en silencio, y pensé en la frase de mi abuelo: «El camino se anda de noche. De día, el camino se esconde.» Entendí, de golpe, que no hablaba del camino del panteón. Hablaba de otro camino. Del camino de adentro.

Esa noche, en la casa, con las veladoras de la ofrenda consumiéndose y la foto de mi abuela riéndose desde el mantel blanco, abrí el cuaderno en una página que no había leído con atención: «Cuida tu intento, mijo, porque el intento es lo único que de veras es tuyo. El intento no es lo que quieres. Es lo que eres cuando nadie te ve. Si tu intento está chueco, todo te sale chueco. Si tu intento está derecho, hasta los errores te enseñan.»

Copié la frase en mi libreta nueva, despacio, con mi mejor letra. Después cerré el cuaderno, lo abracé contra el pecho —sí, lo abracé, como se abraza a una persona—, y me quedé dormido en la silla de la cocina, con la cabeza sobre la mesa, arrullado por el crepitar de las veladoras.

Soñé con mi abuelo. No era la figura oscura del patio; era él, Don Tomás, joven y fuerte, con su sombrero, sentado frente a mí en la cocina de la casa. Me miraba con esos ojos que yo apenas recordaba, y me decía, sin mover los labios: «Ya leíste, mijo. Ahora viene lo difícil: vivirlo.» Desperté con la cara pegada a la mesa y la certeza de que el mes que me había dado no iba a alcanzarme. Ni el mes, ni el año. Porque yo ya había cruzado algo, y del otro lado no había regreso, solo camino. El camino se anda de noche. Y mi noche apenas empezaba.

Capítulo 3: El viejo del mercado

Pasó Día de Muertos —dos noches de veladoras, de copal, de soñar con mi abuela riéndose—, y el pueblo volvió a su ritmo de siempre, que era el ritmo de la niebla: lento, parejo, sin prisa. Yo seguía con mi rutina: mañanas de arreglar la casa, tardes de leer el cuaderno. Pero algo había cambiado desde la noche del panteón. Ya no leía como quien lee un libro curioso. Leía como quien busca instrucciones. Y cada vez que cerraba el cuaderno, me quedaba con la sensación incómoda de que las instrucciones estaban ahí, claritas, y yo era demasiado menso para entenderlas.

Fue un jueves cuando lo conocí. Había ido al mercado a comprar copal —se me había acabado el de la ofrenda y me gustaba quemar un poco en las tardes, porque el olor me centraba, me devolvía a la casa—, y andaba olisqueando los manojos en el puesto de doña Eufemia cuando lo vi.

Era un viejo como de ochenta años, flaco, de espaldas encorvadas pero con un porte que imponía respeto sin pedirlo. Vestía camisa y pantalón de manta, huaraches, y un sombrero de palma ya muy gastado. Estaba comprando copal también, y lo hacía con una parsimonia ritual: tomaba cada manojo, lo olía, lo miraba a contraluz, y solo entonces asentía o lo devolvía. Doña Eufemia lo atendía con una deferencia que no les tenía a los demás clientes, casi con miedo.

—¿Ese copal es bueno? —le pregunté al viejo, señalando el manojo que tenía en las manos. Fue una pregunta de forastero, de esas que una hace para romper el hielo.

El viejo no me miró. Siguió oliendo su copal, y sin voltear me dijo:

—El copal no es bueno ni malo. El copal es. Lo bueno y lo malo lo pones tú.

Me quedé parado con la pregunta a medio camino, sintiéndome regañado por un desconocido. Doña Eufemia me miró con una expresión que decía «ya te tocaba».

—Perdón —dije—. No quise...

—El nieto de Remedios —dijo el viejo, todavía sin mirarme—. El nieto de Tomás. Ya te estaba esperando.

Se me heló la sangre. Literalmente: sentí el frío bajándome por la nuca.

—¿Cómo sabe quién soy?

—En este pueblo todos saben todo —dijo, y por primera vez me miró. Tenía los ojos color de café muy oscuro, casi negros, y una mirada que no se andaba con rodeos: te miraba por dentro, como si tu cara fuera una ventana empañada y él supiera limpiarla con la manga. Me sostuvo la mirada dos segundos —dos segundos que se me hicieron una hora— y después volvió a su copal, como si yo ya no existiera.

—¿Usted conoció a mi abuelo? —pregunté, porque era lo único que se me ocurría.

—Lo conocí —dijo el viejo—. Y a tu abuela. Buenos los dos. Ella, de las que curan con las manos. Él, de los que curan sin tocar.

Pagó su copal, se lo guardó en un morral de ixtle, y se dio la vuelta para irse. Yo me quedé ahí parado, con mi manojo de copal en la mano, sintiendo que se me escapaba algo importante. Porque ese viejo sabía de mi abuelo, y mi abuelo era el misterio que me tenía clavado en ese pueblo, y no podía dejarlo ir así nomás.

—¡Espere! —le grité, y todo el mercado volteó—. ¿Cómo se llama usted?

El viejo se detuvo. No se volteó.

—Aurelio —dijo—. Don Aurelio, me dicen los que no me conocen bien.

Y siguió caminando, perdiéndose entre los puestos con ese paso lento de los viejos de la sierra, que parece que no avanzan pero de pronto ya están lejos.

Esa tarde no pude concentrarme en el cuaderno. La frase del viejo me daba vueltas: «Lo bueno y lo malo lo pones tú.» Y también: «Ya te estaba esperando.» ¿Esperándome para qué? ¿Quién era ese viejo? Fui a preguntarle a Doña Cata, que como siempre me recibió con café.

—Don Aurelio Tecpanécatl —dijo, y se persignó, cosa que me llamó la atención—. Es el curandero del pueblo. El de verdad, no los que salen en la tele. Cura con hierbas, con temazcal, con... con lo que sabe. La gente le tiene respeto. Y miedo, también. Dicen que ve cosas.

—¿Qué cosas?

—Cosas —dijo Doña Cata, tajante—. No preguntes tanto, mijo. Si Don Aurelio te habló, es por algo. Ese viejo no le habla a nadie nomás porque sí.

—¿Y por qué me dijo que me estaba esperando?

Doña Cata me miró por encima de su taza de café, con una expresión indescifrable.

—Tu abuelo y él eran... cercanos. Muy cercanos. Cuando Don Tomás murió, Don Aurelio no fue al velorio. Se quedó tres días en el cerro, solo, sin comer. Cuando bajó, estaba flaco como un espanto y no volvió a hablar de tu abuelo nunca más. Hasta ahora, que te habló a ti.

Me fui a la casa con la cabeza llena de preguntas y el café revuelto en el estómago. Esa noche soñé con el viejo: estaba en el mercado, oliendo copal, y sin mirarme me decía: «Ya te estaba esperando.» Desperté con la frase en la boca y la decisión tomada: iba a buscarlo. No sabía para qué. Sabía que tenía que hacerlo. El intento, me dije, acordándome del cuaderno. Cuida tu intento. Mi intento era saber. Eso, al menos, estaba derecho.

Lo encontré al día siguiente en el mismo mercado, a la misma hora, en el puesto de doña Eufemia. Como si fuera su ritual. Me acerqué, nervioso como un adolescente.

—Don Aurelio —dije—. Quisiera hablar con usted. De mi abuelo.

El viejo me miró —esa mirada que limpia ventanas— y no dijo nada. Terminó de escoger su copal, pagó, y se echó el morral al hombro. Después me señaló con la barbilla un tercio de leña que estaba arrimado a un poste, un tercio grande, pesado, de esos que se cargan en la espalda con un mecapal.

—Cárgalo —dijo.

—¿Cómo?

—Cárgalo. Hasta mi casa. Sin quejarte.

Lo miré, incrédulo. ¿Era una broma? ¿Un abuso de viejo aprovechado? El viejo me sostuvo la mirada, impasible. Alrededor, los marchantes nos miraban de reojo, sonriendo. Doña Eufemia se tapó la boca con el rebozo. Entendí, de golpe, que aquello era una prueba. No sabía de qué, pero era una prueba. Y que si me negaba, la puerta se cerraba para siempre.

Me agaché, me acomodé el mecapal en la frente —como había visto hacer a los cargadores—, y me eché el tercio a la espalda. Pesaba como un muerto. Como dos muertos. Sentí que las rodillas me temblaban y que la espalda me crujía en lugares donde yo no sabía que tenía espalda. El viejo ya iba caminando, sin voltear, con su paso lento. Lo seguí.

El camino a la casa de Don Aurelio salía del pueblo por el lado del cerro, subiendo. Subiendo, con el tercio de leña en la espalda. A los cinco minutos yo estaba empapado en sudor y respiraba como un perro asmático. A los diez, cada paso era una negociación con mi cuerpo. El viejo caminaba adelante, tranquilo, sin prisa, sin voltear, como si no llevara nada y yo no existiera. Quise quejarme. Quise decir «¿falta mucho?», «¿no podemos descansar?», «esto pesa una tonelada». Pero me acordé de la condición: sin quejarte. Y me acordé de la frase del cuaderno que había copiado esa misma mañana, sin saber por qué: «La impecabilidad empieza en lo pequeño. El que no puede cargar leña sin quejarse, no puede cargar nada.»

Así que no me quejé. Caminé. Un paso, otro paso. El sudor me entraba en los ojos. La espalda me ardía. Y de pronto, no sé cómo, dejé de pelear. Dejé de pensar en el peso, en la distancia, en lo injusto de todo. Solo caminaba. Un paso, otro paso. La respiración se me acompasó sola. Y el cerro, la niebla, los pájaros, todo se volvió más nítido, como si el esfuerzo me hubiera limpiado los sentidos. Fue raro. Fue... bueno, no tengo otra palabra: fue bonito.

Cuando llegamos —una casa de adobe chiquita, con un patio de tierra y una milpa al lado—, el viejo por fin se volteó. Me miró de arriba abajo: empapado, jadeante, con las piernas temblando. Y asintió, una sola vez, como quien aprueba un examen.

—Déjalo ahí —dijo, señalando el cobertizo.

Dejé caer el tercio con un gruñido que no pude reprimir. Me senté en el suelo, sin dignidad, tratando de recuperar el aliento. El viejo entró a la casa y salió con un jarro de agua. Me lo dio. Bebí como si no hubiera bebido en días.

—¿Por qué me hizo cargar la leña? —pregunté, cuando pude hablar.

—Porque la necesitaba —dijo el viejo, encogiéndose de hombros—. Y porque tú necesitabas cargarla.

Me quedé mirándolo, esperando más. No hubo más. El viejo se sentó en un tronco, se quitó el sombrero, se limpió el sudor de la frente con la manga. El sol de la tarde le daba en la cara, llena de arrugas como un mapa de ríos secos. Parecía un viejo cualquiera. Pero yo ya sabía que no lo era.

—¿Usted fue amigo de mi abuelo? —pregunté.

—Fuimos —dijo Don Aurelio—. Los amigos se acaban. Lo que fuimos, no.

—¿Qué fue? ¿Qué eran?

El viejo me miró, y por un momento creí que no me iba a contestar. Después dijo, despacio, como quien deja caer piedras en un pozo:

—Tu abuelo aprendió a soñar. Yo también. Eso nos juntó. Eso nos separó, al final. El camino es solo. Siempre es solo. Aunque vayas acompañado.

—¿El camino a dónde?

—Al que pregunta no se le dice —dijo—. Al que camina, se le muestra.

Me dieron ganas de sacudirlo. Yo, maestro de historia, acostumbrado a las explicaciones claras, a las causas y los efectos, estaba frente a un viejo que hablaba en acertijos y se quedaba tan tranquilo. Pero me contuve. Algo me decía que con ese hombre la impaciencia era la peor estrategia. Así que respiré hondo y cambié de táctica:

—Encontré su cuaderno. El de mi abuelo. Habla del tonal y el nagual. No entiendo nada.

Don Aurelio se quedó quieto. Por primera vez desde que lo conocía, vi algo moverse en su cara: no una emoción, exactamente, sino como una nube pasando por el sol.

—¿Lo has leído todo? —preguntó.

—Todo. Dos veces.

—¿Y qué entendiste?

—Nada —admití—. O casi nada. Frases bonitas. Pero no sé qué quieren decir.

—Bien —dijo el viejo, y hasta pareció satisfecho—. El que cree que entiende, ya se perdió. El que sabe que no entiende, todavía puede empezar.

Se levantó del tronco, entró a la casa, y salió con algo en la mano: una mazorca de maíz seca, pequeña, con los granos colorados. Se me paró el corazón. Era igualita a la que yo había encontrado junto a la barda de mi casa la primera mañana. Igualita.

—¿De dónde sacó eso? —pregunté, con la voz ronca.

—De la milpa —dijo, señalando el sembradío al lado de la casa—. ¿Por qué? ¿Te asusta una mazorca?

—No. Es que... yo encontré una igual. En mi casa. Junto a la barda.

Don Aurelio me miró largamente. Después me puso la mazorca en la mano y me cerró los dedos sobre ella.

—El maíz se comunica —dijo—. Tú todavía no sabes oír. Ya aprenderás. Si no te rajas.

—¿Si no me rajo de qué?

—De todo —dijo el viejo, y se puso el sombrero—. El sábado hay temazcal. Aquí, al atardecer. Vente en ayunas, con ropa ligera. Y trae tu intento derecho, porque el temazcal no perdona a los que van de curiosos.

—¿Temazcal? —repetí, y me sonó a pregunta de examen—. ¿El baño de vapor?

—El temazcal no es un baño —dijo Don Aurelio, y su voz se puso seria por primera vez—. El temazcal es el vientre de la tierra. El que entra, muere. El que sale, nace. Si sale.

Se dio la vuelta y entró a la casa, dando por terminada la conversación. Me quedé en el patio, con la mazorca colorada en la mano y el corazón golpeándome el pecho. El sábado. Faltaban dos días. Dos días para prepararme para algo que no entendía, invitado por un viejo que hablaba en acertijos, en un pueblo que no salía en los mapas. Yo, el maestro de historia, el racionalista, iba a meterme a un temazcal porque un viejo me lo había pedido después de hacerme cargar leña.

Debería haberme reído. Debería haber dicho que no. Pero no me reí, y no dije que no. Porque en el fondo, en el lugar donde vive el intento, yo sabía que iba a ir. Lo sabía desde que el viejo me había mirado en el mercado y me había dicho «ya te estaba esperando». Lo sabía desde antes, desde la noche en que soñé que alguien me llamaba por mi nombre. Lo sabía, quizá, desde que nací. Solo que me había tardado treinta y cuatro años en admitirlo.

De regreso al pueblo, con las piernas todavía temblando de la cargada, me encontré a Lucía en la esquina de la clínica. Me vio la cara —descompuesta, supongo— y se detuvo.

—¿Está bien, Daniel? —me preguntó, con esa eficiencia suya de enfermera.

—Creo que sí —dije—. Fui a ver a Don Aurelio.

Lucía arqueó una ceja.

—¿Y sobrevivió? —dijo, y sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos—. Tenga cuidado con ese viejo. No es mala gente, pero... no es gente común. Mi abuela decía que Don Aurelio había hecho un trato con algo del cerro. Yo no creo en esas cosas, pero... tenga cuidado.

—¿Usted cree que me puede hacer daño?

—No —dijo Lucía, pensándolo—. Daño, no. Pero le puede cambiar la vida. Y eso, a veces, es peor.

Se fue hacia la clínica, dejándome con esa frase retumbando en la cabeza. Le puede cambiar la vida. Y eso, a veces, es peor. Caminé a mi casa despacio, con la mazorca colorada en la bolsa de la chamarra, junto a la otra mazorca, la de la barda. Dos mazorcas iguales. Dos mundos iguales. Yo en medio, sin entender nada, pero caminando. Que es, al final, lo único que se puede hacer cuando no se entiende nada: seguir caminando.

Esa noche quemé copal en la cocina y abrí el cuaderno en una página que me había saltado: «El maestro no enseña. El maestro pone pruebas. El que pasa las pruebas, aprende. El que no, se queja. Cuida tu intento, mijo.» Copié la frase, la subrayé tres veces, y me quedé mirando las dos mazorcas sobre la mesa, iguales, coloradas, frías. «El maíz se comunica», había dicho el viejo. Yo todavía no sabía oír. Pero por primera vez en mi vida, quería aprender. Y ese querer, tan simple, tan hondo, me dio miedo y me dio paz, las dos cosas a la vez, como todo en ese pueblo.

El viernes fue el día más largo de mi vida. Me levanté antes del amanecer, con el estómago vacío —el viejo había dicho «en ayunas», y yo había decidido tomarme la indicación al pie de la letra— y una ansiedad que no me dejaba estar quieto. Barrí la casa dos veces. Regué las plantas. Leí el cuaderno sin entender nada. A mediodía, muerto de hambre y de nervios, fui al mercado a distraerme, y me encontré a Mateo en el puesto de las veladoras.

—¿Va a ir al temazcal de Don Aurelio? —me preguntó el niño, sin preámbulos—. Ya todos saben.

—¿Todos saben qué?

—Que el sábado hay temazcal y que usted va a ir —dijo Mateo, como si fuera la noticia más normal del mundo—. Don Aurelio no invita a nadie al temazcal. Nomás a los que van a aprender. ¿Usted va a aprender, señor?

—No sé, Mateo —dije, sinceramente—. No sé a qué voy.

—Va a morirse y a nacer —dijo el niño, con total naturalidad—. Así dice mi mamá que es el temazcal. Yo todavía no puedo ir porque estoy chico. Pero cuando crezca, voy a ir. ¿Duele?

—¿Qué cosa?

—Morirse.

Lo miré, a ese niño de ocho años preguntándome si duele morirse, y sentí una ternura tan grande que me dolió el pecho.

—Dicen que no —le dije—. Dicen que lo que duele es resistirse.

Mateo asintió, satisfecho, como si mi respuesta confirmara una teoría suya. Después me vendió una veladora «para que le alumbre en la oscuridad del temazcal» y se fue corriendo, dejándome veinte pesos más pobre y un poco menos asustado.

En la tarde fui a ver a Doña Cata, buscando consejo, o consuelo, o las dos cosas.

—Doña Cata —le dije—, ¿usted ha ido al temazcal de Don Aurelio?

—Una vez —dijo ella—. Hace muchos años. Cuando se me murió mi primer hijo.

—¿Y qué se siente?

Doña Cata me miró largamente, y vi en sus ojos algo que no le había visto antes: un respeto profundo, mezclado con algo parecido al temor.

—Se siente que te mueres —dijo—. Y después se siente que naces. Y cuando sales, el mundo está igualito, pero tú ya no. Eso es todo lo que te puedo decir, mijo. Lo demás lo tienes que vivir tú.

—¿Algún consejo?

—Sí —dijo—. No te rajes. Pase lo que pase ahí adentro, no te rajes. Don Aurelio lo dice siempre: el temazcal no mata a nadie, pero a los rajados los deja marcados. Y otra cosa: cuando salgas, no hables. No hables hasta el día siguiente. Lo que se vive ahí adentro no se cuenta con palabras de afuera.

Me fui a la casa con esas dos instrucciones grabadas: no te rajes, no hables. Me parecieron las instrucciones más raras y más sensatas que me habían dado en la vida. Esa noche cené ligero —unas tortillas con frijoles, nada más—, preparé mi ropa para el día siguiente —un short y una playera vieja, como me había dicho el viejo—, y me acosté temprano. Pero no pude dormir. Me quedé mirando el techo, escuchando los ruidos de la casa —la madera que crujía, el viento en el pochote, un tecolote cantando lejos—, y pensando en todo lo que me había traído hasta ahí: la llamada del notario, la combi, la niebla, el cuaderno, la leña, el viejo. Cada paso me había parecido casual, y ahora, viéndolos en fila, me parecían inevitables, como las cuentas de un rosario. Mi abuelo habría dicho que era el intento. Que mi intento, derecho o chueco, me había traído hasta la puerta del temazcal. Y que ahora solo faltaba cruzarla.

Antes de dormirme, abrí el cuaderno una última vez, en la página de la frase repetida veinte veces: «No te rajes. No te rajes. No te rajes.» La leí en voz alta, veinte veces, contándolas con los dedos, hasta que las palabras perdieron su significado y se volvieron puro ritmo, puro pulso. No te rajes. No te rajes. Me dormí con ese ritmo en la cabeza, y soñé que estaba dentro de una cueva oscura y caliente, y que alguien cantaba muy lejos, y que la canción decía mi nombre.

Capítulo 4: El tonal y el nagual

El sábado amanecí con el estómago vacío y la cabeza llena de ruido. Había dormido a ratos, entre sueños de cuevas oscuras y cantos lejanos, y me levanté antes de que cantaran los gallos, incapaz de quedarme en la cama. La casa estaba en silencio. La ofrenda de Día de Muertos seguía en la sala, ya marchita, con las flores de cempasúchil agachadas como viejitas cansadas. La iba a levantar esa semana, me dije. Después del temazcal. Si salía vivo del temazcal, me corregí, y me reí solo, nervioso.

No podía quedarme quieto. Barrí el patio —otra vez—, regué las plantas —otra vez—, leí el cuaderno —otra vez, sin entender. A mediodía, con el sol pegando de lleno y la niebla retirada a lo alto del cerro, tomé una decisión: iba a ir a ver a Don Aurelio. No a pedirle explicaciones —ya sabía que no las daba—, sino a estar cerca de él, como se está cerca de un árbol grande cuando viene la tormenta. A lo mejor me mandaba a cargar más leña. A lo mejor me mandaba a la chingada. Pero no podía quedarme en la casa esperando el atardecer como quien espera al dentista.

Subí el camino del cerro con las piernas todavía adoloridas de la cargada del jueves. La tarde era clara, de esas tardes de la sierra en que el aire parece de cristal y se ve hasta el fondo de la barranca. Encontré a Don Aurelio en la milpa, deshierbando entre las matas de maíz, con el sombrero de palma y las manos metidas en la tierra. Me vio llegar y no se sorprendió. Nada parecía sorprender a ese viejo.

—¿Nervioso? —me preguntó, sin dejar de trabajar.

—Mucho —admití.

—Bien —dijo—. El que no tiene miedo, no entiende a dónde va.

Me quedé parado al borde de la milpa, sin saber qué hacer con las manos. El viejo siguió deshierbando un rato, en silencio. Después se enderezó, se limpió las manos en el pantalón, y me hizo una seña para que me acercara. Entré a la milpa. Las matas de maíz me llegaban al pecho, verdes, vivas, susurrando con el viento. El olor a tierra húmeda y a planta me llenó la nariz.

—Tu abuelo me pidió que te enseñara —dijo Don Aurelio, de golpe, sin preámbulos—. Antes de morirse. Me dijo: «Cuando el niño esté listo, enséñale.» Tardaste treinta y cuatro años en estar listo. Ni modo. Aquí estamos.

Me quedé mudo. Mi abuelo. Antes de morirse. Cuando yo tenía siete años.

—¿Mi abuelo le pidió...? ¿Cómo sabía que yo iba a venir?

—No sabía —dijo el viejo—. Esperaba. Es distinto.

—¿Y qué me va a enseñar?

—Lo que se puede —dijo Don Aurelio—. Siéntate.

Nos sentamos en la tierra, entre las matas, con el cerro de frente y la niebla empezando a juntarse allá arriba, anunciando la tarde. El viejo agarró un palo y dibujó en la tierra: un círculo, y alrededor del círculo, unas olas.

—El tonal —dijo, señalando el círculo—. Es la isla. Todo lo que conoces vive en la isla. Tu nombre, tu casa, tu escuela, tus muertos, tus ideas. Todo lo que tiene nombre vive en la isla. La isla es chiquita, pero tú crees que es el mundo entero, porque nunca has salido de ella.

Señaló las olas.

—El nagual. Es el mar. Lo que rodea la isla. Lo que no tiene nombre. Lo que no conoces. Es grande, mijo. Tan grande que asusta. Los que dicen que lo conocen todo, mienten. Nadie ha visto el mar entero.

—¿Y el temazcal? —pregunté—. ¿Qué tiene que ver?

—El temazcal es una barca —dijo el viejo—. Te saca de la isla un ratito, para que veas el mar. Pero la barca se mueve, y si no vas bien agarrado, te caes al agua. Por eso te digo: no te rajes. Agárrate.

Me quedé mirando el dibujo en la tierra: el círculo, las olas. Era tan simple que parecía una tontería, y tan hondo que me dolía mirarlo. Yo, maestro de historia, había pasado diez años enseñando que el mundo cabía en los libros. Y ahí estaba un viejo de ochenta años dibujando con un palo en la tierra, diciéndome que todo lo que yo sabía era una isla chiquita en un mar enorme.

—¿Y cómo se sale de la isla? —pregunté.

—No se sale —dijo Don Aurelio—. Se mira. Hay una diferencia. El que quiere salirse, se pierde. El que mira, aprende.

—¿Y cómo se mira?

El viejo se levantó, fue hasta una mata cercana, y cortó una mazorca. Me la dio. Era una mazorca normal, amarilla, con los granos parejos.

—Descríbela —dijo.

—¿Cómo?

—Descríbela. Pero sin usar ningún nombre.

Lo miré, confundido.

—¿Sin usar ningún nombre? ¿Cómo?

—Sin nombres —repitió el viejo, paciente—. No puedes decir «mazorca», ni «maíz», ni «amarillo», ni «grano». Esas son palabras de la isla. Quiero que me digas lo que ves, sin la isla.

Empecé, confiado. Soy maestro, sé hablar. «Es alargada», dije. El viejo negó con la cabeza. «Alargada» es un nombre, dijo. Es una palabra que compara con otras cosas alargadas. «Tiene... cositas duras», dije. «Cositas» es un nombre. «Duras» es un nombre. Todo lo que decía, el viejo lo tumbaba con un movimiento de cabeza, sin enojo, sin burla, como quien quita piedras de un camino.

—Es... —dije, y me quedé en blanco. Miré la mazorca. La miré de verdad, por primera vez en mi vida, tratando de verla sin las palabras. Y fue como tratar de agarrar agua con las manos: cada vez que creía tener algo, se me escurría. «Esto», dije al final, señalándola, «esto que está aquí, que... que...» Y no pude seguir. Las palabras se me habían acabado, y lo que quedaba era una presencia, una cosa viva, amarilla y dura y ordenada, que estaba ahí, existiendo, sin necesitar mi permiso ni mi diccionario.

El viejo asintió, despacio.

—Ahí está —dijo—. Eso. Lo que sentiste cuando se te acabaron las palabras. Eso es el mar. Un segundo nomás, pero lo viste. La isla es el inventario: la lista de todo lo que crees que existe. El ejercicio es romper el inventario. Cuando se rompe, aunque sea un segundo, ves.

—¿Y para qué sirve ver? —pregunté, con la voz ronca.

—Para dejar de tener miedo —dijo Don Aurelio—. El miedo vive en la isla. En el mar no hay miedo. Hay... otra cosa. Ya lo vas a ver. Hoy en la tarde, en el temazcal, vas a ver el mar de cerquita. Por eso te enseñé esto primero. Para que no te asustes tanto.

Nos quedamos en silencio un rato, entre las matas de maíz, con el dibujo del círculo y las olas a nuestros pies. El viento movía las hojas y sonaba como agua. Pensé en mi isla: mi departamento, mi escuela, mis exámenes, mi escepticismo. Todo tan ordenado, tan nombrado, tan chiquito. Y pensé en el mar: los sueños, la figura del patio, la voz que me llamaba por mi nombre, el cuaderno que respiraba. Todo tan grande, tan sin nombre, tan vivo.

—Tarea —dijo el viejo, de pronto—. Para la semana.

—¿Tarea?

—Vas a observar tu rutina como si fueras un extranjero. Como si acabaras de llegar a tu vida y no supieras nada. Vas a mirarte lavarte los dientes, desayunar, caminar, como si fuera la primera vez que lo ves. Sin nombres. Como la mazorca.

—¿Para qué?

—Para romper el inventario —dijo—. La rutina es la isla más chiquita y más dura. El que rompe su rutina, rompe su isla. Y el que rompe su isla, puede ver el mar sin barca.

Asentí, aunque no entendía del todo. El viejo se levantó, se sacudió la tierra del pantalón, y me miró con esa mirada que limpiaba ventanas.

—Ya es tarde —dijo—. Vete a tu casa. Descansa. Al atardecer, aquí. En ayunas, ¿verdad?

—En ayunas —dije.

—Y trae tu intento derecho —dijo, y me dio la espalda, volviendo a sus hierbas, dando por terminada la lección.

—¿Mi abuelo aprendió esto con usted? —pregunté—. ¿Lo de soñar, lo del tonal?

—Aprendió —dijo Don Aurelio—. Tardó años. Tú llevas días. No corras.

—¿Y qué más me va a enseñar? El cuaderno dice «cuida tu intento». No sé qué es el intento.

El viejo no contestó con palabras. Se levantó, fue a un costal, sacó dos semillas de maíz, y volvió. Hizo dos hoyitos en la tierra, uno junto al otro. En el primero echó la semilla de cualquier manera, la tapó con el pie, sin mirarla. En el segundo se arrodilló, puso la semilla con cuidado, la tapó con las manos, y se quedó un momento quieto, con las manos sobre la tierra, como rezando sin palabras. Después me miró.

—¿Viste la diferencia? —preguntó.

—Una la sembró con cuidado y la otra no.

—No —dijo el viejo—. Una la sembré sin intento. La otra, con intento. La tierra sabe. La tierra siempre sabe. Tu abuelo decía: cuida tu intento, porque el intento es la semilla de todo lo que haces. Si siembras con el intento chueco, cosechas chueco. Si siembras derecho, hasta la mala tierra te da.

—¿Y cómo se cuida el intento?

—Como se cuida una milpa —dijo Don Aurelio, señalando alrededor—. Todos los días. Sin falta. Sin prisa. Vienes, miras, quitas la hierba mala, le hablas a las matas. No un día sí y tres no. Todos los días. El intento se riega, mijo. Si no lo riegas, se seca.

Me quedé mirando los dos hoyitos, idénticos por fuera, distintos por dentro. Pensé en mi vida en la ciudad: diez años dando clases, calificando exámenes, repitiendo el guion. ¿Con qué intento había sembrado todo eso? ¿Había habido intento, siquiera? ¿O había sido como la primera semilla, echada de cualquier manera, tapada con el pie? La pregunta me dolió como una muela. Y entendí, de golpe, por qué mi abuelo había escrito esa frase con letra tan firme: porque era lo único importante. Lo demás —el tonal, el nagual, los sueños— eran mapas. El intento era el territorio.

—Hoy en el temazcal —dijo el viejo, como si me leyera el pensamiento— vas a ver tu intento. De cerquita. A lo mejor no te gusta lo que ves. No te rajes. El que ve su intento chueco y no se raja, ya empezó a enderezarlo.

Asentí, con la garganta cerrada. El viejo se puso de pie, dio por terminada la lección, y volvió a sus hierbas. Yo me quedé un rato más, sentado en la tierra, mirando los dos hoyitos, tratando de sentir la diferencia entre una semilla con intento y una sin intento. No la sentí. Todavía no sabía. Pero quería saber, y ese querer era, quizá, mi primera semilla sembrada con cuidado.

Bajé el cerro despacio, con la mazorca en la mano —el viejo me la había regalado, o se me había olvidado devolverla, no sé—, tratando de hacer el ejercicio: mirar el camino sin nombres. Fue difícil, y fue revelador. Sin la palabra «camino», el camino era una... una cosa que bajaba, con piedras, con lodo, con huellas. Sin la palabra «árbol», los árboles eran presencias altas, verdes, que respiraban. Sin la palabra «niebla», la niebla que empezaba a bajar era un aliento frío que me tocaba la cara. A ratos lo lograba, un segundo, dos segundos, y el mundo se volvía nuevo, recién hecho, como si acabara de salir de las manos de alguien. Después las palabras volvían, como moscas, y todo se acomodaba en su lugar de siempre. Pero esos segundos me bastaron para entender algo: mi abuelo no estaba loco. El viejo no estaba loco. Los locos éramos los demás, los que creíamos que nombrar las cosas era conocerlas.

A medio camino me detuve junto al arroyo. El agua bajaba cantando entre las piedras, y me senté en la orilla a mirarla, a probar el ejercicio una vez más. Sin la palabra «agua», lo que corría ahí era una... una presencia fresca, transparente, que se movía sin ir a ninguna parte y a la vez iba a todas. Metí la mano. El frío me subió por el brazo hasta el hombro, y por un segundo —un segundo limpio, sin palabras— fui la mano, fui el frío, fui lo que corría. Después la palabra «agua» volvió, como una mosca, y todo se acomodó. Pero el segundo me bastó. Me sequé la mano en el pantalón y seguí bajando, con una sonrisa que no me podía quitar de la cara, la sonrisa del que acaba de descubrir un secreto que no puede contar.

En la casa, traté de hacer la tarea del viejo: observar mi rutina como un extranjero. Me paré frente al espejo del baño y me miré lavarme los dientes como si fuera un antropólogo estudiando a un nativo. Fue absurdo, y fue perturbador. Sin la palabra «dientes», lo que hacía era pasar una cosa con cerdas por unas cosas duras y blancas que salían de mi cara, haciendo espuma. Sin la palabra «cara», lo del espejo era un óvalo de piel con agujeros, que me devolvía la mirada. Me reí, solo en el baño, con la boca llena de espuma. Después dejé de reírme, porque el del espejo me estaba mirando con una seriedad que no me conocía, y por un segundo no supe quién era. El inventario se había roto, un segundo, y del otro lado había un desconocido que era yo.

Desayuné —un café, unas tortillas—, y cada acto lo miré con ojos nuevos: la taza, el líquido oscuro y caliente, el acto de llevárselo a la boca. Todo era raro y familiar a la vez, como un sueño que se repite. Entendí lo que el viejo quería: que me diera cuenta de que mi vida era un guion que yo recitaba sin pensar, y que el guion me tenía atrapado. El extranjero no tiene guion. El extranjero mira. Y al mirar, es libre.

La tarde se fue en eso: en mirar. Miré la casa, pieza por pieza, como si acabara de llegar. Miré la ofrenda marchita, las fotos, el rebozo, el reloj detenido. Miré el patio, el lavadero, la barda, la barranca. Y en cada cosa, si me esforzaba, si rompía el inventario un segundo, había algo más: una presencia, una historia, un mar asomando por las orillas de la isla. La casa no era una casa. Era un nido de memorias. El patio no era un patio. Era un umbral. Y yo no era un maestro de historia de vacaciones. Era un hombre al borde de algo enorme, con miedo y con ganas, las dos cosas a la vez.

Cuando el sol empezó a bajar y la niebla a subir —puntual, como un animal que conoce su hora—, me puse el short y la playera vieja, me eché una toalla al hombro, y salí de la casa. En la puerta me detuve. Miré atrás, a la casa, con ojos de extranjero: una construcción de adobe y teja, con un pochote al lado, flotando en la niebla que subía. Mi casa. La casa de mi abuela. La casa de mi abuelo. Mi casa. Y pensé: si entro al temazcal y me muero —como dijo el viejo—, ¿qué se muere? ¿El maestro? ¿El escéptico? ¿El nieto? ¿Y qué nace? No tenía respuestas. Solo tenía el intento, derecho o chueco, y las piernas que me llevaban cerro arriba, hacia la casa del viejo, hacia el vientre de la tierra.

En el camino me crucé con Mateo, que venía de la tienda con un refresco.

—¿Ya va, señor? —me preguntó el niño, emocionado.

—Ya voy, Mateo.

—¿Tiene miedo?

—Mucho.

—Qué bueno —dijo Mateo, muy serio—. Mi mamá dice que el miedo es el que te avisa que vas a hacer algo importante. Si no tienes miedo, es que no importa.

—¿Tu mamá dice eso?

—Mi mamá dice muchas cosas —dijo el niño, y se fue corriendo, dejándome con otra frase para la colección.

Seguí subiendo. El cerro estaba en silencio, un silencio expectante, como si todo —los árboles, los pájaros, la niebla— estuviera conteniendo la respiración. Allá arriba, en la casa de Don Aurelio, se veía una columna de humo subiendo recta hacia el cielo, y se oía, muy bajito, un canto. No distinguía las palabras, pero la melodía me llegó directo al pecho, como la música del panteón. Era un canto viejo, de esos que no se aprenden sino que se recuerdan, como si uno los hubiera sabido siempre y solo hiciera falta oírlos para acordarse.

Llegué al patio de Don Aurelio cuando el sol tocaba el filo del cerro. El viejo estaba junto al temazcal —una construcción de adobe en forma de iglú, chaparrita, con una puertita baja—, atizando un fuego donde unas piedras se ponían al rojo vivo. Me miró llegar y asintió, como si yo fuera un dato más del atardecer, ni más ni menos importante que el humo o el canto.

—Llegaste —dijo.

—Llegué —dije.

—El temazcal es el vientre de la tierra —dijo el viejo, como si fuera la primera vez que me lo explicaba, aunque ya me lo había dicho—. Vas a entrar por esa puerta. Adentro está oscuro y caliente. Yo voy a echar agua en las piedras. Va a haber vapor. Vas a sentir que te mueres. No te rajes. Cuando quieras salir, me dices. Pero trata de aguantar las cuatro puertas.

—¿Las cuatro puertas?

—Los cuatro rumbos —dijo—. Cada vez que abro la puerta, entra aire y luz, y cambiamos de rumbo. Son cuatro. Como la vida: naces, creces, te reproduces, mueres. Como el día: amanece, mediodía, atardece, anochece. Todo es cuatro, mijo. Hasta tú eres cuatro, aunque no lo sepas.

No entendí, pero asentí. El viejo me miró con esa mirada suya, y por primera vez creí ver algo parecido a la ternura en esos ojos color de café oscuro.

—Tu abuelo pasó por aquí —dijo, bajito—. Por este mismo temazcal. Muchas veces. La última vez, antes de morirse, me dijo: «Cuídame al niño.» Yo le dije que el niño ya era hombre. Él me dijo: «Los hombres también necesitan que los cuiden.» —Hizo una pausa—. Así que aquí estoy. Cuidándote. Entra cuando estés listo.

Me quité los huaraches —iba descalzo, como me había dicho—, me persigné sin saber por qué —yo no era creyente, o creía no serlo—, y me agaché para entrar por la puertita baja del temazcal. La oscuridad me tragó. El calor me golpeó como una pared. Y la puerta se cerró detrás de mí, con un sonido sordo, definitivo, como la tapa de un ataúd. O como la puerta de un vientre. Las dos cosas a la vez.

Capítulo 5: El temazcal

La oscuridad adentro del temazcal era total. No la oscuridad de un cuarto con la luz apagada, que siempre deja rendijas. Esta era una oscuridad sólida, espesa, que se te metía por los ojos y te los llenaba por dentro. El calor era una pared: me golpeó la cara, el pecho, me sacó el aire de un trancazo. Me senté en el suelo de tierra, pegado a la pared curva de adobe, tratando de respirar. El aire quemaba. Cada inhalación era un trago de fuego.

—Respira por la boca —dijo la voz de Don Aurelio en la oscuridad, tranquila, como si estuviéramos tomando café—. Despacio. No pelees con el calor. Déjalo entrar.

Traté de obedecer. Respiré por la boca, despacio, y el aire caliente me bajó por la garganta como un té muy cargado. Poco a poco, el cuerpo empezó a ceder. El sudor me brotó de golpe, de todas partes: la frente, el pecho, la espalda, las piernas. En un minuto estaba empapado, chorreando, como si me estuviera derritiendo.

Oí el sonido del agua: Don Aurelio echaba un chorro sobre las piedras al rojo vivo, que estaban en un hoyo en el centro. El chisporroteo fue violento, y una nube de vapor me envolvió, más caliente todavía, con olor a hierbas —romero, pirul, algo más que no supe nombrar. El vapor me entró por la nariz, por la boca, por los poros. Tosí. Me ardieron los ojos, aunque los tenía cerrados.

—Primera puerta —dijo Don Aurelio—. El oriente. Donde nace el sol. Donde naciste tú.

Y empezó a cantar. Era un canto bajo, grave, repetitivo, en una lengua que era español y no era español, con palabras que yo medio entendía y medio no: madre... tierra... recibe... Vientre... El ritmo me entró por el pecho y se me acomodó junto al corazón, latiendo con él. Cerré los ojos —aunque ya estaban cerrados, aunque la oscuridad era la misma— y dejé que el canto me llevara.

El calor apretaba. Sentía que la cabeza me iba a estallar, que el pecho me iba a reventar. Quise pedir que abriera la puerta, que me dejara salir, que yo no estaba hecho para esto. Pero me acordé: no te rajes. Me acordé de la frase del cuaderno, repetida veinte veces. Me acordé de mi abuelo sembrando la semilla con las manos, con intento. Y me agarré —como había dicho el viejo, agárrate— a algo adentro de mí que no sabía que tenía, un núcleo duro, pequeño, que no se derretía.

Y entonces, en medio del vapor y del canto, empecé a ver. No con los ojos: con otra cosa. Vi la cocina de mi abuela, con la luz de la mañana entrando por la ventana, y a mi abuela moviendo la olla del café, de espaldas, igual que en el sueño. Vi mis manos de niño, agarrando una taza desportillada. Vi a mi abuelo, Don Tomás, levantándome por los aires con sus manos enormes, y oí mi propia risa de niño, una risa que no me acordaba que tenía. Vi a mis padres —tan jóvenes, tan borrosos— en una foto que se movía, que respiraba. Vi el velorio de mi abuela: la caja, las flores, mi cara de piedra, mis ojos secos. Yo no había llorado en el velorio. Me había quedado tieso, funcional, recibiendo pésames como quien recibe facturas. Y después, tres años de sequía.

El canto seguía, el vapor seguía, y yo sentí que algo se rompía adentro de mí, como una costra, como un dique. Y empecé a llorar. Lloré en la oscuridad del temazcal, con el vapor quemándome la cara y el sudor chorreándome por el cuerpo, lloré por mi abuela, por mi abuelo, por mis padres, por los tres años de no sentir nada, por el maestro de historia que se había quedado vacío, por el niño que fui y el hombre que no había sabido ser. Lloré sin ruido, sin aspavientos, con el cuerpo entero temblando, y las lágrimas se mezclaron con el sudor y el vapor, y nadie las vio, y eso me dio una libertad enorme: llorar sin ser visto, por primera vez en mi vida adulta, llorar sin tener que explicarlo.

—Suelta —dijo la voz de Don Aurelio, bajita, desde la oscuridad—. Suelta, mijo. El temazcal se lleva lo que no sirve. Déjalo ir.

Y solté. Solté el control, solté la vergüenza, solté al maestro, solté al escéptico, solté al hombre funcional. Me quedé ahí, en cuclillas en la tierra caliente, llorando y sudando, reducido a lo esencial: un ser vivo, respirando con dificultad, sintiendo. Y en ese estado, sin isla, sin inventario, sin nombres, sentí el mar. El mar del que había hablado el viejo en la milpa. No lo vi: lo sentí, como se siente la profundidad cuando nadas de noche. Era inmenso, y no me daba miedo. Me daba paz. Una paz tan grande que me asustó, y después me abrazó.

—Segunda puerta —dijo Don Aurelio, y oí que la puertita se abría. Entró un chorro de aire fresco y un rectángulo de luz del atardecer, cegador. El contraste fue brutal: el aire frío me golpeó la piel ardiendo y me sacó un gemido. Vi, por un segundo, la silueta del viejo contra la luz, inmóvil, con el jarro de agua en la mano. Después la puerta se cerró, y la oscuridad volvió, más oscura todavía.

—El sur —dijo—. El mediodía. El hombre que eres. Mírate.

Y me miré. Sin querer, sin poder evitarlo, me miré: treinta y cuatro años, maestro de historia, viviendo solo, sin plantas porque se me morían, con una novia intermitente, con el corazón seco desde hacía tres años. Vi mi rutina como el extranjero del ejercicio: el café de la esquina, el metro, la lista de asistencia, los exámenes. Vi mi isla, chiquita, ordenada, gris. Y vi, al lado, el mar: todo lo que no me había atrevido a vivir. El llanto me volvió, más hondo esta vez, un llanto de arrepentimiento, de duelo por la vida no vivida. «Perdón», dije en voz alta, sin saber a quién se lo decía. A mi abuela, por tardar tres años. A mi abuelo, por no haberlo conocido. A mí, por haberme abandonado. Perdón, perdón, perdón. El canto del viejo me envolvió, y el vapor me limpió, y sentí que algo viejo se desprendía de mí como una piel de serpiente, y caía a la tierra caliente, y se quedaba ahí, muerto.

—Tercera puerta —dijo Don Aurelio, y la puerta se abrió otra vez. Esta vez la luz era más roja, más baja: el sol se estaba poniendo. El aire que entró olía a tierra mojada y a humo de leña, olía al mundo de afuera, al mundo vivo. Lo respiré con ansia, y me supo a gloria. La puerta se cerró.

—El poniente —dijo el viejo—. Donde muere el sol. Donde muere todo. Muérete, mijo.

Y me morí. No sé cómo explicarlo de otra manera, y no voy a pedir disculpas por la palabra, porque fue lo que pasó. El calor, el vapor, el canto, el llanto, todo se juntó en un punto adentro de mí, un punto de una densidad insoportable, y ese punto estalló. Sentí que me deshacía. Que Daniel Reyes, el maestro, el nieto, el escéptico, se disolvía como azúcar en agua caliente. No quedó nada: ni nombre, ni historia, ni miedo. Quedó una conciencia desnuda, flotando en la oscuridad caliente, sin cuerpo, sin bordes. Y en esa disolución, oí —clarito, adentro, como la primera noche en el patio— que alguien me llamaba por mi nombre.

—Daniel.

Pero esta vez no me asusté. Esta vez contesté, sin boca, sin voz: «Aquí estoy.» Y la presencia —porque era una presencia, sin forma, sin cara, pero con una calidez inmensa— me envolvió, y supe, sin que nadie me lo dijera, que era mi abuela. No la vi. No hizo falta. Era su calor, su olor a café de olla y a canela, sus manos en mi cabeza. «Ya, mijo», me dijo, sin palabras. «Ya lloraste. Ya estuvo. Ahora vive.» Y sentí sus manos —¿sus manos? ¿el vapor? ¿el canto?— levantándome, sacándome del fondo, trayéndome de vuelta.

Después, no sé cuánto tiempo pasó. El tiempo se había roto, como el inventario. Pudo ser un minuto o una hora. Solo sé que de pronto oí la voz de Don Aurelio, lejana, como desde otro mundo:

—Cuarta puerta. El norte. El lugar del silencio. Donde todo empieza otra vez.

La puerta se abrió. La luz que entró ya no era del atardecer: era de noche, azulada, fría. Y con la luz entró el aire de la noche de la sierra, helado, limpio, y me golpeó la cara ardiendo con una caricia brutal y dulce. Abrí los ojos —los ojos de verdad, esta vez— y vi las estrellas. Desde la puertita baja del temazcal, encuadradas como en una foto, vi las estrellas: miles, millones, agujeros en el techo del mundo, por donde se asomaban los que ya se fueron a vernos. Me acordé de mi abuelo, de aquella noche, de sus manos enormes. Y entendí, de golpe, con el cuerpo entero, que no me había mentido. Que era verdad. Que todo era verdad.

Salí del temazcal a gatas, porque las piernas no me respondían, y me quedé tirado en la tierra fría del patio, boca arriba, respirando el aire helado a bocanadas, mirando el cielo. El contraste era insoportable y maravilloso: la piel ardiendo, la tierra fría, el aire helado entrando a los pulmones. Temblaba de pies a cabeza. Y reía. Me di cuenta de que estaba riendo, bajito, sin poder parar, una risa que me salía de un lugar muy hondo, de donde había salido el llanto. Me había muerto y había nacido, en ese orden, como dijo el viejo. Y lo primero que hacía el recién nacido era reírse.

Don Aurelio salió del temazcal detrás de mí, tranquilo, como si hubiera ido a la tienda. Se sentó a mi lado en la tierra, me pasó un jarro de agua, y me dejó beber. No dijo nada. Yo tampoco. Me acordé del consejo de Doña Cata: cuando salgas, no hables. No hables hasta el día siguiente. Lo que se vive ahí adentro no se cuenta con palabras de afuera. Así que no hablé. Me quedé mirando las estrellas, temblando, riendo bajito, con el jarro de agua entre las manos, sintiendo cómo el corazón me latía despacio, fuerte, como un tambor nuevo.

Al rato, el viejo se puso de pie. Me miró desde arriba, con esos ojos color de café oscuro, y me dijo las únicas palabras de la noche, despacio, como quien deja caer piedras en un pozo:

—Ya empezaste. Ahora no te rajes.

Asentí. No hablé. No hacía falta. El viejo entró a su casa y salió con una cobija de lana, me la echó encima, y se sentó conmigo un rato más, en silencio, mirando las estrellas. Dos hombres en un patio de la sierra, de noche, sin hablar. Y sin embargo, se dijo todo. Todo lo importante se dijo sin palabras, como se dicen las cosas importantes.

Cuando me sentí con fuerzas, me puse de pie —las piernas todavía temblaban—, me envolví en la cobija, y emprendí el camino de bajada al pueblo. Don Aurelio no se despidió. Se quedó sentado, mirando el fuego donde las piedras se enfriaban, y yo me alejé con la sensación de que me seguía cuidando con la mirada, aunque no volteé a comprobarlo.

El camino de bajada fue un sueño despierto. La niebla había subido, pero no era la niebla espesa de las tardes: era una neblina ligera, plateada por la luna, que flotaba entre los árboles como un aliento. Mis pies descalzos —había olvidado los huaraches, o los había dejado a propósito, no sé— sentían cada piedra, cada raíz, cada cambio de temperatura de la tierra. Iba despacio, envuelto en la cobija, sin pensar en nada, y todo me parecía nuevo: los sonidos de la noche, el canto de los grillos, un tecolote muy lejos, el agua del arroyo allá abajo. El inventario estaba roto, todavía, y el mundo se me mostraba sin nombres, recién hecho, como en la milpa. Era hermoso. Era aterrador. Era verdad.

Llegué a la casa pasada la medianoche. El portón crujió al abrirse, y la casa me recibió en silencio, a oscuras, con el olor a copal viejo y a café. Entré descalzo, con la cobija todavía sobre los hombros, y me quedé parado en la cocina, sin prender la luz, dejando que los ojos se acostumbraran. La luna entraba por la ventana y dibujaba rectángulos plateados en el suelo. Todo estaba igual que en la mañana. Y todo era distinto, porque yo era distinto.

Fui a la sala, donde la ofrenda marchita seguía en la mesa. Me arrodillé frente a la foto de mi abuela —la de la risa, la del rebozo azul— y la miré un largo rato. «Ya, mijo», me había dicho en el temazcal. «Ya lloraste. Ya estuvo. Ahora vive.» Le hablé en voz baja, rompiendo el consejo de no hablar, porque esto no era contar lo de adentro con palabras de afuera: esto era hablarle a mi abuela, que es otra cosa.

—Ya estuvo, abuela —le dije—. Ya lloré. Ahora voy a vivir. Te lo prometo.

Después fui a mi cuarto, me quité la ropa sudada, me puse una playera limpia, y me acosté en el catre. El cuaderno de mi abuelo estaba sobre el buró, donde lo había dejado en la mañana. Lo agarré, lo abracé contra el pecho —como la noche de Día de Muertos—, y cerré los ojos. El cuerpo me dolía entero, un dolor bueno, de haber trabajado, de haber parido. Porque eso había sido: un parto. Me había parido a mí mismo, con la ayuda del viejo, del vapor, del canto. Y ahora estaba agotado, vacío, nuevo, como un recién nacido que solo quiere dormir.

Dormí como no dormía desde niño: profundo, sin sueños, o con sueños tan hondos que no dejaron rastro. Desperté con el sol alto, entrando a chorros por la ventana, y los gallos cantando como si fuera el primer día del mundo. Me quedé en el catre un buen rato, sin moverme, haciendo inventario —el inventario nuevo, el de después. El cuerpo: adolorido, vivo. La cabeza: despejada, ligera, como si me hubieran sacado piedras de los bolsillos. El pecho: algo tibio, algo que latía con ganas, algo que no sabía nombrar y que no quise nombrar, para no romperlo.

Me levanté, me lavé la cara con agua fría, me preparé un café. Y al sentarme en la cocina con la taza entre las manos, mirando el patio donde la niebla se levantaba, me di cuenta de que estaba haciendo el ejercicio del viejo sin proponérmelo: mirando mi rutina como un extranjero. La taza. El líquido oscuro. El vapor. Mis manos. Todo nuevo. Todo mío. Y pensé en la semilla sembrada con intento, y supe que esa mañana, sin darme cuenta, yo había regado la mía.

Ese domingo no hablé con nadie. Cumplí el consejo de Doña Cata al pie de la letra: ni una palabra hasta el día siguiente. Y descubrí algo raro: el silencio, cuando es voluntario, no es ausencia. Es presencia. La casa sonaba distinto en silencio: la madera crujía con más ganas, el viento en el pochote parecía hablar en voz baja, el agua del tinaco goteaba con un ritmo que era casi música. Hasta mi propio cuerpo sonaba: el corazón, la respiración, el crujido de las rodillas al agacharme. Todo era más. Como si el no hablar me hubiera abierto los oídos por dentro.

Barrí la casa, regué las plantas, levanté la ofrenda marchita —con cuidado, con respeto, dándole las gracias a cada cosa antes de guardarla—, y leí el cuaderno. Lo leí de otra manera, como si fuera otro libro. Las frases que antes me parecían acertijos, ahora me parecían instrucciones claras: «El tonal es la isla.» Sí. La había visto, la isla, desde el temazcal. «El nagual es el mar.» Sí. Lo había sentido, el mar, en la oscuridad caliente. «Cuida tu intento.» Sí. Lo estaba cuidando, todos los días, sin falta, sin prisa, como una milpa. «Aprende a soñar.» Todavía no. Eso venía después. Lo sabía. El viejo me lo había dicho sin decirlo: ya empezaste. Empezar no es terminar. Empezar es lo más difícil, y también lo más fácil, porque lo único que se necesita para empezar es no rajarse.

En la tarde subí al cerro, a la casa de Don Aurelio, a devolverle la cobija. Lo encontré en la milpa, deshierbando, como siempre. Me miró llegar y asintió, sin sorpresa. Le devolví la cobija, doblada. Él la agarró y la puso a un lado, sin darle importancia.

—¿Cómo amaneciste? —preguntó.

—Distinto —dije. Era lo único que se me ocurría, y era la verdad.

—Bien —dijo el viejo—. Lo distinto, con el tiempo, se vuelve uno. No te asustes si a ratos extrañas al de antes. El de antes también fuiste tú. Nomás que ya no te sirve.

—¿Y ahora qué? —pregunté—. ¿Qué sigue?

—Ahora vives —dijo Don Aurelio, encogiéndose de hombros—. Haces tu tarea: miras tu rutina como extranjero, rompes tu inventario, cuidas tu intento. Y aprendes a soñar. Eso es lo que sigue. Lo demás, cuando toque.

—¿Me va a enseñar a soñar?

—Yo no enseño —dijo el viejo, y por primera vez lo vi sonreír, una sonrisa corta, sin dientes, llena de arrugas—. Yo pongo pruebas. El que las pasa, aprende. Vente el jueves. Trae las manos limpias y el intento derecho.

Me dio la espalda y volvió a sus hierbas. Yo me quedé un momento, mirándolo: un viejo de ochenta años, encorvado sobre la tierra, deshierbando una milpa en la sierra, en un pueblo que no salía en los mapas. Mi maestro. El hombre que me había matado y me había parido en una noche. Y pensé en mi abuelo, Don Tomás, que desde donde estuviera —desde los agujeros del techo del mundo— me estaría mirando, y pensé que a lo mejor estaba sonriendo, con esa sonrisa de hombre de campo que lo sabe todo y no dice nada.

Bajé el cerro despacio, con la tarde cayendo y la niebla empezando a subir, puntual, como un animal que conoce su hora. En el pueblo, las luces se prendían una por una. Se oía una radio, un perro, risas de niños. Mi pueblo. Mi casa me esperaba allá abajo, con el portón de madera, el patio de tierra, el pochote guardián. Mi casa. Lo dije en voz alta, para oírlo: «Mi casa.» Y sonó a verdad.

Esa noche, antes de dormir, abrí el cuaderno en la última página, la de la tinta más fresca, la que decía: «Para Daniel, cuando esté listo.» La leí tres veces. Después agarré mi libreta nueva, mi bolígrafo, y escribí debajo, con mi propia letra temblorosa: «Ya estoy listo, abuelo. Ya empecé. No me voy a rajar.»

Apagué la luz. La niebla tocaba la ventana con dedos fríos. Y por primera vez en mucho tiempo, me dormí sin miedo, con la certeza de que al otro lado de la noche había un sueño esperándome, y de que yo, por fin, iba a aprender a soñarlo.

Ya había empezado. Ahora no me iba a rajar.

Interludio I: La primera página del cuaderno

*Fragmento del cuaderno forrado en cuero de Don Tomás Reyes, fechado 1968. Transcripción fiel, incluida la ortografía.*

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San Miguel de la Niebla, 14 de marzo de 1968.

Me llamo Tomás Reyes y tengo diecisiete años y esta noche escribo con la mano temblando no de frío sino de otra cosa que no sé nombrar. Mi madre me regaló este cuaderno forrado en cuero para que apuntara las cuentas de la milpa y yo lo voy a usar para otra cosa porque lo que me pasó anoche no cabe en ninguna cuenta. Si alguien lo encuentra cuando yo ya no esté, que lo lea despacio. Que no se ría. Yo no me estoy riendo.

Ayer bajé al río a traer agua antes de que se metiera el sol y en la vereda me topé con un hombre viejo que no era de aquí. Iba descalzo, con un morral de ixtle y un bastón de encino, y me miró como si me conociera de antes de que yo naciera. Me dijo: «Muchacho, tú sueñas despierto». No me preguntó nada. Lo afirmó. Yo me reí, nervioso, porque a esa edad uno se ríe de lo que le da miedo, y él no se rió. Me dijo que se llamaba Refugio y que venía de muy lejos, de un pueblo que ya no existe en los mapas, y que estaba buscando a alguien que todavía supiera escuchar. Yo no supe qué contestarle. Le ofrecí agua de mi cántaro y él bebió y me bendijo con la mano mojada, así, en la frente, y sentí un frío bueno que me bajó hasta los pies.

Me preguntó si yo había soñado alguna vez que volaba. Le dije que sí, que todos sueñan eso. Me preguntó si en el sueño yo sabía que estaba soñando. Le dije que no, que en el sueño uno cree que es de verdad. Entonces me miró fijo y me dijo: «Esa es la puerta, muchacho. La primera puerta. Cuando sepas que estás soñando dentro del sueño, habrás cruzado». Yo pensé que el viejo estaba loco, con todo respeto, pero algo en el pecho me dijo que no me fuera. Me quedé parado en la vereda hasta que él siguió su camino, y cuando se perdió entre los árboles me di cuenta de que no le había preguntado a dónde iba. Como si no importara. Como si ya supiera que lo iba a volver a ver.

Esa noche no pude dormir. Me acosté en el petate y cerré los ojos y nomás oía el río y a los perros del pueblo ladrando a lo lejos. Y entonces, sin que yo hiciera nada, me vi parado en la vereda del río, igual que en la tarde, pero el sol estaba saliendo en vez de meterse y el agua sonaba distinto, como si cantara. Supe, con una certeza que me heló la sangre, que estaba dormido. Que mi cuerpo estaba en el petate y yo estaba ahí, en el río, despierto dentro del sueño. Me acordé de las palabras del viejo —«cuando sepas que estás soñando dentro del sueño, habrás cruzado»— y el corazón me latía tan fuerte que pensé que me iba a despertar. Pero no me desperté. Me quedé ahí, parado, mirándome las manos.

Mis manos. Las miré y eran mis manos pero más claras, como hechas de una luz que no quema. Las moví y se movieron. Quise gritar y no me salió la voz, pero no me hizo falta. Entendí sin palabras que esa era yo también, que yo era dos cosas a la vez: el muchacho dormido en el petate y el que estaba parado en el río mirándose las manos. Don Refugio —porque supe que era él, aunque no lo veía— me dijo desde algún lugar: «No te muevas mucho, muchacho. Quédate quieto. Mira». Y yo me quedé quieto. Miré el agua, miré los árboles, miré el cielo que empezaba a clarear, y todo tenía un brillo que las cosas de día no tienen, como si cada cosa estuviera recién nacida.

No sé cuánto duró. Pudo ser un minuto o pudo ser toda la noche. Cuando abrí los ojos de verdad, ya de día, tenía la cara mojada de lágrimas y no sabía por qué lloraba. Mi madre me preguntó si me dolía algo y le dije que no, que había dormido mal. No le conté nada. ¿Cómo le iba a contar? A los diecisiete años uno ya aprendió que hay cosas que si las dices en voz alta se rompen.

Pero aquí las escribo, porque el viejo me dijo antes de irse —me lo dijo en el sueño, o me lo dijo en la vereda, ya no sé— que escribiera todo. «La memoria del sueño se borra como huella en el río», me dijo. «Escríbela o la pierdes». Así que aquí está: mi primer ensueño. Así lo llamó él después, cuando lo volví a encontrar. Ensueño. Una palabra que ya existía antes de que yo naciera y que yo no conocía. Soñar sabiendo que se sueña. Cruzar la puerta.

Hoy en la tarde fui a buscar a Don Refugio. Pregunté en el pueblo y nadie lo había visto. Ni en la tienda, ni en la iglesia, ni en el camino real. Un hombre viejo, descalzo, con morral de ixtle: nadie. Como si no hubiera pasado por aquí. Pero yo sé lo que vi. Yo sé lo que soñé. Y sé que la mano me tiembla al escribir esto porque todavía no me cabe en el cuerpo lo que me pasó.

Si esto es locura, es una locura que me enseñó a mirar. Y prefiero esta locura a la cordura de no haber visto nada.

Mañana voy a volver al río a la misma hora. Algo me dice que él va a estar ahí. Algo me dice que mi vida, la de verdad, empezó ayer en la vereda.

Tomás.

*21 de marzo de 1968.*

Volví al río siete tardes seguidas y el viejo no estaba. Empecé a pensar que me lo había imaginado todo, que el ensueño había sido un sueño común y que yo era un muchacho con demasiada imaginación y muy poco trabajo. Pero en la octava tarde, cuando ya iba de regreso con el cántaro vacío y el orgullo herido, lo vi sentado en la misma piedra de la vereda, como si me hubiera estado esperando desde siempre. No me sorprendí. Fue como encontrar una cosa que uno dejó olvidada.

Me dijo: «Tardaste». Le dije que había venido todos los días. Me dijo: «Por eso tardaste. El que busca con prisa no encuentra. Siéntate». Me senté. Me preguntó qué había soñado. Le conté lo de las manos, lo del río al amanecer, lo de llorar al despertar. Me escuchó sin interrumpirme, con los ojos cerrados, y cuando terminé me dijo: «Bien. Ya cruzaste la primera puerta. Ahora viene lo difícil: volver a cruzarla cuando tú quieras, no cuando el sueño quiera».

Me explicó —y aquí escribo lo mejor que puedo lo que me dijo, porque hablaba en un español antiguo, mezclado con palabras que yo no entendía— que los antiguos sabían que el ser humano tiene dos lados: el tonal, que es todo lo que conocemos de día, el mundo ordenado, el nombre, el trabajo, la cara que le enseñamos a la gente; y el nagual, que es todo lo demás, lo que no cabe en el día, lo que se mueve de noche, lo que no tiene nombre. Me dijo que el ensueño es el puente entre los dos. Que soñar sabiendo que se sueña es asomarse al otro lado sin morirse. Que los que aprenden a cruzar a voluntad se vuelven otra cosa. No me dijo qué cosa. Me dijo que eso se descubre, no se dice.

Le pregunté quién le había enseñado a él. Se quedó callado un rato largo, mirando el río, y me dijo: «Un hombre que ya murió y que sin embargo me sigue enseñando. Así es este camino: los muertos no se van del todo si uno aprende a escucharlos». Sentí un escalofrío. Le pregunté si yo podía aprender. Me miró de arriba abajo, como se mira un caballo antes de comprarlo, y me dijo: «Ya empezaste. La pregunta es si vas a seguir cuando se ponga difícil. Porque se va a poner difícil, muchacho. El nagual no es un juego. El que juega con el nagual, el nagual juega con él, y el nagual juega más fuerte».

Acepté sin saber a qué le estaba diciendo que sí. A los diecisiete años uno dice que sí a todo lo que brilla. Ahora, escribiendo esto de noche, me pregunto si hice bien. Pero ya está hecho. Ya crucé. Ya vi mis manos de luz. Ya no hay manera de no haberlo visto.

Me dio tres reglas para empezar. Las escribo aquí para no olvidarlas: primera, antes de dormir, decirse a uno mismo «voy a soñar y voy a saber que estoy soñando», decirlo en voz alta, con intención de verdad, no como rezo de memoria. Segunda, en cuanto uno se dé cuenta de que está soñando, mirarse las manos. Siempre las manos primero. Las manos son el ancla. Tercera, no querer volar todavía. «El que quiere volar antes de saber caminar en el ensueño», me dijo, «se pierde». No entendí qué quiso decir con perderse. Ya lo entenderé. O no.

*2 de abril de 1968.*

Mi madre encontró el cuaderno. No lo leyó —o dice que no lo leyó, y yo le creo porque me miró con una tristeza que no era de enojo—. Me dijo: «Tu abuelo también escribía en un cuaderno. También se le iban los ojos a otro lado». Yo no conocí a mi abuelo. Murió antes de que yo naciera. Le pregunté a mi madre qué escribía y me dijo que no sabía, que eran cosas de hombres viejos, que un día el cuaderno desapareció y nadie supo dónde quedó. Me quedé pensando en eso toda la noche. ¿Será que esto viene de antes? ¿Será que mi abuelo también cruzó la puerta y nadie me lo dijo?

Le pregunté a Don Refugio. Me dijo: «Todo viene de antes, muchacho. Nada empieza contigo. Tú eres un eslabón. Acuérdate de eso cuando te creas muy importante». Me dolió un poco, pero tenía razón. Yo ya me andaba creyendo especial por haber cruzado la primera puerta. Él me bajó de la nube de un manotazo, como se debe.

*19 de abril de 1968.*

Anoche volví a cruzar. Hice lo que me dijo: me lo dije en voz alta antes de dormir —mi hermano me oyó y se rió, me dijo que parecía loco, y tal vez tenga razón—. Soñé que estaba en la milpa y de pronto me acordé: estoy soñando. Me miré las manos. Ahí estaban, claras, luminosas. Esta vez no lloré. Esta vez sonreí. Caminé por la milpa del sueño y las matas de maíz me llegaban a la cintura y cada hoja tenía gotas de agua que brillaban como si tuvieran luz propia. Toqué una hoja y estaba fría y mojada de verdad. O de la verdad del sueño, que ya no sé si es distinta.

Don Refugio me había dicho que no me moviera mucho, que al principio el ensueño se rompe si uno se emociona. Pero anoche me atreví a caminar unos pasos y no se rompió. Sentí una alegría tan grande que me desperté riéndome solo en el petate, a media noche, y mi hermano me aventó una chancla. Me la merecía.

Escribo esto y la mano ya no me tiembla tanto. O me tiembla de otra manera. Como si el temblor se me hubiera pasado de la mano al pecho, y ahí se hubiera quedado a vivir.

*30 de abril de 1968.*

Don Refugio me llevó hoy a conocer el temazcal de un compadre suyo, rumbo al cerro. Me dijo que antes de seguir con el ensueño tenía que «limpiarse», porque uno no entra al nagual con el cuerpo sucio de rencores. Yo le dije que yo no tenía rencores y se rió —la primera vez que lo oigo reírse de verdad— y me dijo: «Todos tenemos, muchacho. El que dice que no tiene es el que más tiene».

El temazcal era una casita baja de piedra y lodo, con una bocota oscura como la boca de un animal. Entramos a gatas, cuatro hombres, y el vapor del agua sobre las piedras calientes nos envolvió como una cobija de fuego. No se veía nada. Solo se oía respirar. El compadre de Don Refugio cantaba bajito en una lengua que no era español y el sudor me corría por todo el cuerpo y yo pensé en mi padre, que se fue al norte y no volvió, y pensé en el coraje que le tengo guardado desde niño, y lloré ahí dentro, en lo oscuro, con el vapor quemándome la cara, y nadie me dijo nada. Al salir, el aire de la tarde me supo a gloria. Don Refugio me puso la mano en el hombro y me dijo: «Ya empezaste a limpiarte. El ensueño te va a pedir todo, muchacho. Más vale ir soltando desde ahora».

No sé qué me va a pedir. Pero sé que voy a seguir. Ya no puedo parar. La puerta ya está abierta y yo ya pasé. Lo único que me queda es aprender a caminar del otro lado sin perderme.

Que así sea.

Capítulo 6: Las tres almas

El Día de Muertos llegó a San Miguel de la Niebla con el olor del cempasúchil flotando sobre el pueblo como un manto que nadie había tendido pero que todos respiraban. Lo noté desde la madrugada, antes de abrir los ojos: un perfume espeso, dulce y amargo a la vez, colándose por las rendijas de las ventanas de la casa de mi abuela. Me quedé un rato en la cama, entre las cobijas que aún olían a humedad de la sierra, escuchando cómo el pueblo despertaba de otra manera. No era el despertar de todos los días. Los perros ladraban menos. Las campanas de la iglesia sonaban con un compás distinto, más lento, como si las manos que las tocaban estuvieran pensando en alguien. Afuera, en la calle empedrada, se oían voces bajas, casi susurros, y el arrastre de los huaraches sobre la piedra.

Doña Remedios, mi abuela, había muerto hacía casi tres meses, y sin embargo la casa seguía llena de ella. Estaba en la cocina, en la forma en que el metate guardaba la curva de sus manos; estaba en el patio, en las macetas que nadie regaba pero que seguían vivas; estaba en el cuarto donde dormía yo, en el ropero de cedro que crujía de noche como si alguien lo abriera con cuidado para no despertarme. Yo había llegado a este pueblo para vender la casa, para deshacerme de ella y volver a mi vida de maestro de historia en la Ciudad de México, a mi departamento, a mis horarios, a mi razón. Pero algo —el cuaderno de cuero de mi abuelo Don Tomás, el temazcal, Don Aurelio— me había ido amarrando aquí con hilos que no se veían pero que pesaban.

Esa mañana decidí poner la ofrenda. No porque alguien me lo pidiera. Nadie me lo pidió. Fue una necesidad que me nació del pecho, como el hambre o como el llanto: poner la ofrenda para mi abuela. Para Doña Remedios, que me había criado los veranos de mi infancia con tortillas hechas a mano y cuentos que yo entonces creía inventados.

Salí al mercado con la lista en la cabeza. El mercado de San Miguel en vísperas de muertos es otra cosa: los puestos se desbordan de flores, las mujeres venden pan de muerto todavía tibio envuelto en servilletas de papel, y el aire huele a copal quemado desde temprano. Compré dos manojos grandes de cempasúchil, de esos de pétalo cerrado y naranja encendido que manchan los dedos. Compré veladoras blancas, papel picado morado y naranja, una calaverita de azúcar con el nombre de mi abuela escrito en la frente con letras temblorosas —la muchacha del puesto me preguntó cómo se llamaba y cuando le dije «Remedios» sonrió como si la conociera—. Compré pan de muerto, chocolate de metate, y en la fonda de la esquina pedí un litro de mole negro «para la ofrenda de mi abuela», y la cocinera, una señora de manos gruesas y mirada buena, me sirvió un poco más y me dijo: «póngale su foto, joven, para que la reconozca».

La foto. Esa fue la parte difícil.

En el ropero de cedro, entre sábanas dobladas que olían a naftalina y a tiempo, encontré la caja de zapatos donde mi abuela guardaba las fotografías. Las revisé una por una, sentado en el suelo del cuarto, con la luz de la tarde entrando por la ventana. Había fotos de mis tíos jóvenes, de mi madre de niña con trenzas, de mi abuelo Don Tomás con su sombrero, serio, mirando a la cámara como quien mira a un enemigo. Y había varias de mi abuela. En una estaba ya mayor, sentada en la mecedora del corredor, con el rebozo sobre los hombros y esa expresión suya de estar viendo algo más allá de la foto. En otra, más vieja aún, amarillenta por las orillas, aparecía joven: tendría unos treinta años, el pelo negro recogido, la blusa bordada, y una sonrisa apenas insinuada, como si el fotógrafo le hubiera dicho algo gracioso justo antes del clic. Me quedé mirando esa foto mucho rato. Yo nunca había conocido a esa Remedios joven. La abuela que yo conocí ya era un territorio de arrugas y de manos nudosas. Pero en esa foto había una mujer entera, con la vida por delante, con los ojos brillantes. Elegí esa. La puse en un marco de madera que encontré en la cocina y la coloqué en el centro de la mesa del comedor, que sería el altar.

Armar la ofrenda me tomó toda la tarde. Deshojé el cempasúchil y fui formando el camino desde la puerta de la casa hasta la mesa, pétalo por pétalo, como me había visto hacer a mi abuela cuando yo era niño y veníamos al pueblo en noviembre. Ella me dejaba ayudar y me decía: «despacito, mijito, que las ánimas vienen cansadas del camino y las flores son para que no se pierdan». Yo repetía sus palabras en voz baja mientras trabajaba, y me di cuenta de que las recordaba completas, como si las hubiera guardado en algún rincón del cuerpo y no de la memoria. Cubrí la mesa con un mantel blanco bordado que olía a guardado. Puse la foto en el centro. Alrededor coloqué el pan de muerto, el plato de mole negro humeante, el chocolate, un vaso de agua, sal en un platito, las veladoras. Encendí el copal en un sahumerio de barro y el humo subió en espiral, gris y perfumado, buscando el techo de vigas. Cuando terminé, me senté en una silla frente a la ofrenda y la miré. Las llamas de las veladoras temblaban con la corriente que entraba por la puerta. El camino de pétalos naranjas cruzaba el piso de la sala como un río. Y en medio de todo, la Remedios joven me miraba desde el marco con su sonrisa apenas insinuada.

—Quedó bonita —dijo una voz a mi espalda.

Me sobresalté. Don Aurelio Tecpanécatl estaba parado en la puerta, con su morral al hombro y su sombrero de palma en la mano. No lo había oído llegar. Nunca se le oía llegar.

—¿Cómo entró? —pregunté, todavía con el corazón acelerado.

—La puerta estaba abierta —dijo él, como si eso lo explicara todo—. Las ánimas y los viejos entramos por donde nos dejan.

Se acercó a la ofrenda con pasos lentos y se quedó mirándola largo rato. Inclinó la cabeza ante la foto de mi abuela, con un respeto que me conmovió. Luego tomó una flor de cempasúchil del camino y la puso con cuidado sobre el marco.

—Tu abuela era una mujer de conocimiento —dijo—. No del que se aprende en los libros. Del otro.

—¿La conoció usted? —pregunté.

Don Aurelio no respondió de inmediato. Se sentó en la otra silla, frente a mí, con la ofrenda entre los dos, y se quedó mirando las llamas de las veladoras. El copal seguía humeando. Afuera empezaba a oscurecer y el pueblo se llenaba de luces: en cada casa se encendían veladoras, y San Miguel parecía desde el cerro un campo de estrellas caídas.

—Todos en este pueblo la conocimos —dijo al fin—. Pero pocos la vimos de verdad.

Hubo un silencio largo. Yo no sabía qué decir. Había algo en la forma en que Don Aurelio miraba la foto que me impedía hablar, como si estuviera presenciando algo privado.

—Maestro —dije al fin, porque no sabía cómo romper el silencio de otra manera—, ¿por qué ponemos ofrendas? Quiero decir... ¿de verdad vienen? ¿De verdad regresan?

Don Aurelio me miró por encima de las llamas. Sus ojos, hundidos en las cuencas como dos brasas viejas, parecían divertidos y tristes a la vez.

—Tú eres maestro de historia —dijo—. Dime tú: ¿qué es un muerto?

La pregunta me descolocó. Pensé en responder con lo que sabía, con lo racional, con lo que les enseñaba a mis alumnos: que la muerte es el cese de las funciones vitales, que las ofrendas son una tradición sincrética, un ritual de duelo colectivo. Pero frente a Don Aurelio, con el olor del copal en la nariz y la foto de mi abuela joven mirándome, esas respuestas me sonaron a cartón.

—No sé —admití.

—Bien —dijo él—. El que dice «no sé» ya empezó a aprender.

Se recargó en la silla y cruzó las manos sobre el regazo. Hablaba despacio, eligiendo las palabras como quien elige piedras para cruzar un río.

—Los antiguos, los que hablaban la lengua verdadera antes de que llegaran los de las barbas, decían que el hombre no tiene un alma, Daniel. Tiene tres. Y cada una va a un lugar distinto cuando el cuerpo se acaba. Por eso la ofrenda no es para un muerto. Es para tres.

Sentí que algo se movía dentro de mí, una atención nueva, como cuando en el temazcal aprendí a escuchar mi propia respiración.

—La primera —continuó Don Aurelio, llevándose un dedo a la coronilla— es el tonalli. Vive aquí, en lo más alto de la cabeza, donde el sol te pega primero. Es el calor, la energía, el destino que te dieron al nacer. Por eso a los niños se les cuida la mollera, porque por ahí se puede escapar el tonalli si se asustan. Cuando mueres, el tonalli se queda un tiempo cerca del cuerpo, como una brasa que tarda en apagarse. Por eso velamos a los muertos: para acompañar esa brasa hasta que se enfría.

Asentí sin darme cuenta. Pensé en el velorio de mi abuela, en la sala llena de gente, en las veladoras alrededor del ataúd. Yo había estado ahí, incómodo, sin saber qué hacer con las manos. Ahora entendía, o empezaba a entender, que habíamos estado haciendo algo más antiguo que nosotros.

—La segunda —dijo Don Aurelio, y se llevó la mano al pecho, sobre el corazón— es la teyolía. Esta es la importante. Vive aquí, en el corazón. Es la que piensa, la que siente, la que sueña. Cuando duermes, la teyolía sale a pasear y por eso sueñas: son los viajes de tu corazón. Cuando mueres, la teyolía emprende el viaje largo, el de los cuatro años por el inframundo, hasta llegar al lugar del descanso. La ofrenda es para ella, Daniel. El pan, el mole, el agua, las flores: son provisiones para el camino. Tu abuela viene esta noche a comer porque su teyolía todavía está viajando.

—¿Cuatro años? —pregunté—. Mi abuela murió hace tres meses.

—Entonces va empezando el camino —dijo él—. Todavía está cerca. Todavía te puede oír si le hablas quedito.

Se me hizo un nudo en la garganta. Miré la foto. La Remedios joven sonreía.

—Y la tercera —dijo Don Aurelio, y se llevó la mano al costado, bajo las costillas, del lado derecho— es el ihíyotl. Vive aquí, en el hígado. Es el aliento, el coraje, las pasiones. Cuando te enojas, es el ihíyotl el que se calienta. Cuando deseas a una mujer, es el ihíyotl. Cuando tienes miedo, el ihíyotl se te sube a la garganta y te aprieta. Esta no viaja: se queda en la tierra, en el aire, en los lugares donde la persona vivió sus pasiones. Por eso hay casas donde se siente la presencia del que se fue: es el ihíyotl, que todavía anda por los rincones, buscando lo que amó y lo que odió.

Me quedé callado. Pensé en el ropero de cedro que crujía de noche. Pensé en la cocina, donde a veces me parecía oír el sonido del metate. Pensé en todas las veces que había sentido que la casa no estaba vacía.

—¿Y qué se hace con el ihíyotl? —pregunté en voz baja.

—Se le respeta —dijo Don Aurelio—. No se le tiene miedo. El miedo es lo que lo vuelve sombra. Tu abuela amó esta casa. Su ihíyotl la cuida. Por eso las macetas siguen vivas aunque nadie las riegue.

Afuera, las campanas volvieron a sonar. Ya era de noche cerrada. Las veladoras de la ofrenda habían consumido la mitad de su cera y el mole ya no humeaba, pero el olor del cempasúchil seguía llenando la casa como una presencia física.

—Maestro —dije—, ¿usted cree que mi abuela venga esta noche? ¿De verdad?

Don Aurelio se puso de pie con el trabajo que le costaba a sus ochenta años y se acercó a la puerta. Antes de salir, se volvió hacia mí.

—No se trata de creer, Daniel —dijo—. Se trata de poner la mesa y esperar con el corazón abierto. El que no pone la mesa, no recibe visita. El que la pone con amor, ya recibió algo antes de que llegue nadie.

Y se fue, perdiéndose en la calle oscura donde brillaban las veladoras de las casas vecinas.

Me quedé solo frente a la ofrenda. Apagué las luces de la casa para que solo quedara el resplandor de las veladoras. Me senté en el suelo, con la espalda contra la pared, y me puse a hablarle a mi abuela en voz baja. Le conté que había decidido quedarme un tiempo en el pueblo. Le conté del cuaderno de mi abuelo, del temazcal, de Don Aurelio. Le pedí perdón por los años que no vine, por las llamadas que no hice, por el funeral al que llegué tarde porque el camión se descompuso en la carretera y tuve que esperar tres horas bajo el sol. Le dije que la extrañaba. Lloré un poco, sin ruido, como lloran los hombres que aprendieron a llorar en silencio.

Y entonces ocurrió.

Por la puerta entreabierta entró un colibrí.

Lo vi primero como un zumbido, una vibración en el aire, y luego como un relámpago verde y dorado que cruzó la sala y se posó —se posó, con sus patitas diminutas— en el borde del marco de la foto de mi abuela. Se quedó ahí, inmóvil, con el pico largo apuntando hacia la ofrenda, y me miró. Juro que me miró. Sus ojos eran dos cuentas negras, brillantes, imposibles de sostener. El pecho le palpitaba a una velocidad que no parecía de este mundo, y las plumas del cuello le cambiaban de color con cada movimiento de las veladoras: verde, dorado, cobre, verde otra vez.

Me quedé sin respirar. En San Miguel todo el mundo sabe lo que significa un colibrí en Día de Muertos: son las ánimas que vienen a visitar, son los mensajeros. Mi abuela me lo había dicho de niño: «cuando veas un colibrí cerquita, mijito, es un alma que te viene a ver». Yo, el maestro de historia, el racional, el que les explicaba a sus alumnos el sincretismo cultural con PowerPoints, sentí que el pecho se me abría como una puerta.

—Abuela —susurré.

El colibrí ladeó la cabeza. Dio dos pasitos sobre el marco, se inclinó hacia el plato de mole como si lo oliera, y luego alzó el vuelo: un zumbido, un destello, y salió por la puerta hacia la noche, hacia el campo de estrellas caídas que era el pueblo. Me levanté de un salto y corrí a la puerta, pero ya no había nada. Solo la noche, el olor del cempasúchil, y a lo lejos el sonido de una banda tocando en el panteón.

Volví adentro temblando. Me senté frente a la ofrenda y me quedé ahí hasta que las veladoras se consumieron del todo, hasta que el copal se apagó y la casa quedó a oscuras y en silencio. No sé a qué hora me fui a la cama. Solo sé que me dormí con el olor de las flores todavía en la ropa y con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salirse.

Esa noche soñé con mi abuela.

Pero no con la abuela vieja que yo conocí. Soñé con la de la foto: joven, de unos treinta años, con el pelo negro recogido y la blusa bordada. Estábamos en la cocina de la casa, pero la cocina estaba distinta: más grande, más luminosa, con el sol entrando a raudales por la ventana. Ella estaba haciendo tortillas, con las manos enharinadas, y cantaba bajito una canción que yo no conocía pero que me sonaba familiar, como si la hubiera oído antes de nacer. Yo estaba sentado en un banco, de niño, con los pies colgando sin llegar al suelo.

—Mijito —me dijo sin dejar de tortear—, qué bueno que pusiste la ofrenda. El mole te quedó un poco salado, pero se agradece la intención.

Me reí en el sueño, con esa risa fácil de los niños.

—Abuela, ¿eres tú de verdad?

—Claro que soy yo, ¿pues quién más? —dijo ella, y me miró con esos ojos que en la foto eran brillantes y en el sueño eran infinitos—. Oye, mijito, te voy a decir una cosa y me la grabas aquí —se tocó el pecho, sobre el corazón—. Cuídate el corazón, mijito. Cuídatelo mucho. Es lo único que de verdad te vas a llevar.

—¿A dónde, abuela?

—Al camino —dijo ella—. Al camino largo. Todo lo demás se queda: la casa, los libros, los corajes. El corazón es lo único que viaja contigo. Cuídalo. No lo llenes de piedras.

Quise preguntarle más, quise abrazarla, pero en ese momento el sueño empezó a disolverse, como el azúcar en el agua. Su imagen se fue haciendo transparente, la cocina se fue llenando de una luz blanca, y lo último que oí fue su voz, ya lejana:

—Y riega las macetas, desobediente. Que no se te olvide.

Desperté con la cara mojada de lágrimas y el corazón latiéndome tan fuerte que tuve que llevarme la mano al pecho para calmarlo. Afuera amanecía. El Día de Muertos se había terminado. Me levanté, fui a la sala, y vi la ofrenda a la luz gris de la mañana: las veladoras consumidas, el camino de pétalos marchitos, la foto de mi abuela joven sonriendo en su marco. Sobre el marco, donde el colibrí se había posado, había una plumita diminuta, verde y dorada, que brillaba como una joya.

La tomé entre los dedos con un cuidado infinito. La guardé en el cuaderno de cuero de mi abuelo, entre las páginas donde Don Tomás había escrito sobre aprender a soñar. Y después, antes de desayunar, antes de hacer cualquier otra cosa, salí al patio con la regadera y regué una por una todas las macetas, como me lo había pedido.

La teyolía de mi abuela seguía viajando. Pero esa noche, por unas horas, había estado en su casa. Y me había dejado un encargo y una advertencia. El corazón: cuidarlo, no llenarlo de piedras. Yo, que cargaba tantas —la culpa, el enojo, la tristeza vieja—, entendí que el camino que Don Aurelio me estaba mostrando no era solo para aprender a soñar. Era para aprender a viajar ligero. Como las ánimas. Como mi abuela.

Tres días después me encontré a Don Aurelio en el camino del cerro, donde iba a juntar hierbas. Le conté lo del colibrí y lo del sueño, todo, sin guardarme nada: la cocina luminosa, las tortillas, la advertencia sobre el corazón, lo de las macetas. Él me escuchó sin interrumpirme, masticando un tallo de hierbabuena, mirando hacia el valle donde la niebla de la mañana se deshacía entre los pinos.

Cuando terminé, se quedó callado un buen rato. Luego me puso la mano en el pecho, justo sobre el corazón, y la dejó ahí. Su mano estaba caliente, áspera, y pesaba como una piedra buena.

—Tu teyolía salió a pasear anoche —dijo—. Y se encontró con la de ella en el camino. Eso pasa en estos días, cuando el velo está delgado. No fue un sueño cualquiera, Daniel. Fue una visita.

—¿Y lo que me dijo? ¿Lo del corazón?

—Tu abuela sabía —dijo Don Aurelio, y retiró la mano—. Las mujeres de antes sabían sin haber leído nada. El corazón es la teyolía, y la teyolía es la que viaja. Si la llenas de piedras —de culpas, de corajes, de tristezas que no sueltas—, el viaje se vuelve pesado. Hay ánimas que tardan más en llegar porque van cargando costales. Tu abuela te estaba enseñando la primera lección del camino: viaja ligero.

Bajamos el cerro en silencio. Yo llevaba en la bolsa del pantalón la plumita verde y dorada, y de vez en cuando la tocaba con los dedos para asegurarme de que seguía ahí, de que no la había soñado. Don Aurelio, antes de despedirse en la entrada del pueblo, me miró fijo y me dijo algo que no entendí del todo en ese momento pero que se me quedó grabado como una espina buena:

—Ya sabes poner la mesa para los que viajan, Daniel. Ahora vas a aprender a viajar tú.

Capítulo 7: El ensueño

—Ya sabes poner la mesa para los que viajan —me había dicho Don Aurelio—. Ahora vas a aprender a viajar tú.

No entendí a qué se refería hasta una semana después, cuando fui a buscarlo a su casa porque llevaba tres noches soñando lo mismo: un pasillo largo, oscuro, con puertas cerradas a los lados, y al fondo una luz que nunca alcanzaba. Despertaba cansado, como si en vez de dormir hubiera caminado. Le conté el sueño sentado en el petate de su corredor, mientras él desgranaba maíz en una jícara.

Don Aurelio no levantó la vista del maíz.

—¿Te miraste las manos? —preguntó.

—¿Cómo?

—En el sueño. ¿Te miraste las manos?

Lo miré como se mira a alguien que acaba de decir una tontería. Él siguió desgranando, impasible, y el sonido seco de los granos cayendo en la jícara llenó el silencio.

—No —dije—. En el sueño solo caminaba por el pasillo.

—Por eso no llegas a la luz —dijo él—. Caminas dormido. Hay que despertar adentro del sueño.

Dejó la jícara a un lado, se limpió las manos en el pantalón y me miró por primera vez desde que llegué. Sus ojos tenían esa intensidad que me ponía nervioso, como si estuviera viendo algo detrás de mi cara.

—Tu abuela te dijo que la teyolía sale a pasear cuando duermes —dijo—. Eso es verdad. Pero sale como sale un borracho de una cantina: dando tumbos, sin saber a dónde va. El ensueño es enseñarle a caminar derecho. La primera técnica es esta, y no hay otra: cuando estés soñando, mírate las manos.

—¿Las manos? —repetí, y no pude evitar que se me escapara una risa corta—. ¿Eso es todo?

Don Aurelio no se rió.

—Eso es todo y eso es lo más difícil que vas a hacer en tu vida —dijo—. Mírate las manos en el sueño. Cuando lo logres, el sueño se va a volver sólido. Vas a poder quedarte ahí, moverte, decidir a dónde ir. Pero tienes que hacerlo tú. Yo no puedo meterme en tus sueños a mirarte las manos por ti.

Me dio un cuaderno de tapas azules, de esos de la papelería del pueblo, y un lápiz.

—Diario de sueños —dijo—. Lo pones junto a tu cama. En cuanto despiertes, antes de moverte, antes de abrir los ojos del todo, escribes lo que soñaste. Aunque sea una palabra. Aunque sea «nada». El que no se acuerda de sus sueños no puede aprender a soñar. Es como querer leer sin saber las letras.

Esa noche puse el cuaderno azul en el buró, junto a la lámpara y al vaso de agua. Me acosté con una mezcla de escepticismo y de esperanza que me daba vergüenza admitir. Yo era un hombre de treinta y cuatro años, maestro de historia, formado en la universidad, lector de libros serios. Y ahí estaba, en un pueblo de la sierra, a punto de dormirme con la consigna de mirarme las manos en un sueño, por orden de un viejo curandero. Si alguno de mis colegas de la escuela me hubiera visto, se habría reído. Yo mismo, unas semanas atrás, me habría reído.

Pero ya no era el mismo de unas semanas atrás. El temazcal me había cambiado. La ofrenda me había cambiado. El colibrí posado en la foto de mi abuela me había cambiado. Así que apagué la lámpara, me quedé mirando el techo a oscuras y me repetí en voz baja, como un rezo laico: «esta noche, en mi sueño, me voy a mirar las manos. Esta noche, en mi sueño, me voy a mirar las manos».

Soñé con la escuela. Estaba frente al pizarrón, dando clase sobre la Revolución, y los alumnos me miraban con caras de aburrimiento. Escribía fechas en el pizarrón y el gis se me rompía una y otra vez. Desperté frustrado. No me había mirado las manos. Escribí en el cuaderno azul: «Escuela. Pizarrón. Gis roto. No me miré las manos.»

Así empezó la temporada más extraña y más frustrante de mi vida.

Durante las primeras dos semanas, el diario se llenó de sueños inútiles: sueños de la Ciudad de México, del metro, de mi departamento; sueños donde volaba pero sin control, cayendo y despertando con el corazón desbocado; sueños eróticos que me daban vergüenza escribir; sueños con mi padre, siempre de espaldas, siempre alejándose. Y en ninguno, en ni uno solo, lograba mirarme las manos. Me dormía repitiendo la consigna como un mantra, y despertaba con la sensación de haberla olvidado en cuanto cruzaba la frontera del sueño, como si del otro lado hubiera un guardián que me la arrebataba.

—Es normal —me dijo Don Aurelio cuando fui a quejarme, ya desesperado—. Llevas treinta y cuatro años durmiendo como un muerto. No vas a despertar en dos semanas.

—¿Y cuánto va a tardar? —pregunté.

—Lo que tenga que tardar —dijo él—. El que pregunta «cuándo» no está soñando: está negociando.

Me enseñó entonces un truco para el día: varias veces al día, en la vigilia, tenía que mirarme las manos de verdad, detenerme en lo que estuviera haciendo, mirar mis palmas, mis dedos, las líneas, y preguntarme en voz alta: «¿estoy soñando?». Al principio me sentía ridículo haciéndolo en la calle, en la tienda, en el corredor de la casa. Pero poco a poco se volvió un hábito, un rito privado. Me miraba las manos mientras desayunaba. Me miraba las manos mientras caminaba al mercado. Me miraba las manos antes de dormir, a la luz de la lámpara, estudiando cada detalle: la cicatriz del pulgar izquierdo, de cuando me corté con una lata a los doce años; las uñas mal cortadas; las venas que se marcaban en el dorso.

—Las manos son la puerta —me explicó Don Aurelio una tarde—. Son lo más tuyo que tienes. Las conoces mejor que tu cara. En el sueño, todo cambia: las casas cambian, la gente cambia, tú cambias. Pero las manos, si las miras con atención, te dicen la verdad. Te dicen: estás soñando.

La tercera semana, algo empezó a moverse. Una noche soñé que estaba en el patio de la casa de mi abuela, de día, y de pronto recordé —adentro del sueño, como un relámpago— que tenía que mirarme las manos. Levanté las manos frente a mi cara y... desperté. El sobresalto me sacó del sueño como un corchazo. Me quedé en la cama, en la oscuridad, con el corazón latiéndome en los oídos, furioso y eufórico a la vez. ¡Casi! ¡Casi lo lograba! Escribí en el cuaderno con la mano temblorosa: «Patio. Recordé mirarme las manos. Desperté al hacerlo. ¡CASI!»

Fui corriendo a contárselo a Don Aurelio a la mañana siguiente, todavía en pijama bajo el suéter. Él me escuchó y asintió, sin sorprenderse.

—Bien —dijo—. Ya tocaste la puerta. Ahora hay que aprender a no tumbarla al abrir.

—¿Por qué desperté? —pregunté—. ¿Qué hice mal?

—Te emocionaste —dijo él—. La emoción es el enemigo del ensueño. Cuando te mires las manos en el sueño, no te emociones. Míralas como miras una piedra en el camino: con calma, sin prisa. Si te emocionas, la teyolía se asusta y regresa corriendo al cuerpo. Y tú despiertas.

Esa instrucción —no emocionarse— resultó ser la más difícil de todas. Porque cada vez que, en las noches siguientes, lograba recordar la consigna dentro del sueño y levantaba las manos, la emoción me ganaba y despertaba. Era como si el simple hecho de darme cuenta de que estaba soñando fuera una descarga eléctrica. Una noche soñé que estaba en el zócalo de la Ciudad de México, entre una multitud, y me miré las manos: las vi, las vi de verdad, con sus líneas y su cicatriz del pulgar, y grité adentro del sueño «¡estoy soñando!» y desperté tan violentado que me senté en la cama jadeando, bañado en sudor.

El cuaderno azul se llenaba de intentos fallidos y de rabia. «Casi otra vez.» «Me emocioné.» «Se me olvidó.» «Nada.» Empecé a dudar. ¿Y si todo esto era una tomadura de pelo? ¿Y si Don Aurelio me estaba entreteniendo con juegos de viejo mientras yo perdía el tiempo en este pueblo, lejos de mi vida, de mi trabajo, de todo? Una noche, cansado y de mal humor, tiré el cuaderno al suelo del cuarto y me dormí sin repetir la consigna, como un acto de rebeldía silenciosa.

Esa noche soñé con mi padre.

Estaba en la sala de la casa donde vivíamos cuando yo era niño, en la Ciudad de México. Mi padre estaba sentado en su sillón, leyendo el periódico, como lo hacía todas las noches. Yo lo miraba desde la puerta, con el corazón encogido, porque en el sueño yo sabía —con esa sabiduría terrible de los sueños— que él ya estaba muerto, que había muerto cuando yo tenía quince años, y sin embargo ahí estaba, vivo, pasando las páginas del periódico con ese ruido característico que yo había olvidado y que el sueño me devolvía intacto. Quise hablarle, quise acercarme, pero los pies no me respondían. Y entonces, sin que nadie me lo dijera, levanté las manos frente a mi cara.

Las vi. Las vi con una claridad imposible: cada línea de la palma, cada uña, la cicatriz del pulgar. Y esta vez no me emocioné. Esta vez algo en mí —quizá el dolor de ver a mi padre, quizá el cansancio de tantas semanas— me mantuvo en calma. Miré mis manos, las volteé, las miré por el otro lado, y pensé, con una lucidez fría y perfecta: estoy soñando.

El sueño no se rompió. Al contrario: se volvió sólido.

Es difícil explicar lo que pasó después. Hasta ese momento, mis sueños habían sido como películas borrosas, escenas que me arrastraban. Pero cuando me miré las manos y me mantuve en calma, el mundo del sueño se enfocó de golpe, como cuando te pones unos lentes nuevos. Los colores se volvieron intensos, los sonidos nítidos, el aire tuvo peso y temperatura. La sala de mi infancia estaba ahí, completa, con el olor a cigarro de mi padre —ese olor que mi madre odiaba y que yo había olvidado— flotando en el ambiente. Podía moverme a voluntad. Caminé hacia mi padre. Él levantó la vista del periódico y me miró, y me sonrió con esa sonrisa suya, cansada y buena.

—Hijo —dijo.

No pude hablar. Me senté en el suelo, junto a su sillón, como hacía de niño, y apoyé la cabeza en su rodilla. Él me puso la mano en la cabeza, como hacía cuando yo estaba triste. Su mano pesaba. Su mano era real. Lloré en el sueño, y las lágrimas eran calientes y verdaderas.

No sé cuánto duró. En el ensueño el tiempo no se comporta. Pudo haber sido un minuto o una hora. En algún momento levanté la cabeza y mi padre ya no estaba en el sillón: el sillón estaba vacío, pero su olor a cigarro seguía en el aire, y sobre el periódico, doblado, había una pluma —su pluma, la que usaba para hacer crucigramas—. La tomé. Era sólida. Era mía.

Entonces sentí que algo me observaba.

Fue una sensación física, un escalofrío que me recorrió la espalda. Levanté la vista y miré hacia la esquina de la sala, junto a la puerta que daba al pasillo. Ahí, en la penumbra, había algo. No era una persona. Era una forma, una presencia, algo que estaba ahí y al mismo tiempo no estaba, como una mancha en la visión que no se va cuando parpadeas. No tenía cara, pero sentía que me miraba. No se movía, pero sentía que estaba atento, curioso, esperando. El miedo me subió por las piernas como agua fría. Quise gritar, quise correr, pero recordé las palabras de Don Aurelio —la emoción es el enemigo— y me obligué a respirar, a mirarme las manos otra vez, a mantener la calma. La presencia de la esquina no se acercó. Solo observaba. Y de pronto, con una certeza que me heló la sangre, entendí que no era la primera vez que me observaba. Que llevaba observándome muchas noches. Que todos esos sueños del pasillo oscuro con puertas cerradas...

Desperté.

Desperté temblando de emoción, con la cara mojada y el corazón desbocado, pero no de miedo: de algo más grande, algo que no tenía nombre. Me senté en la cama, en la oscuridad del cuarto de la casa de mi abuela, y me miré las manos a la luz gris que entraba por la ventana. Eran mis manos. Las mismas del sueño. La cicatriz del pulgar. Las uñas mal cortadas. Me las quedé mirando mucho rato, y me reí, y lloré, y volví a reírme, todo al mismo tiempo, como un loco.

Había cruzado. Había despertado adentro del sueño. La teyolía había aprendido a caminar derecha.

Tomé el cuaderno azul y escribí, con la mano todavía temblorosa, tres páginas enteras. Lo escribí todo: la sala, mi padre, la pluma, la presencia de la esquina. Al final, subrayé dos veces una frase: «LO LOGRÉ. Me miré las manos y el sueño se volvió sólido.»

Afuera amanecía sobre San Miguel de la Niebla. Los gallos cantaban. El olor del cempasúchil ya se había ido, pero en su lugar venía el olor de la tierra mojada por el rocío. Me levanté, me lavé la cara con agua fría, y salí corriendo a buscar a Don Aurelio, descalzo sobre las piedras frías de la calle, con el cuaderno azul en la mano, como un niño que lleva su primer diez al maestro.

Lo encontré en su corredor, tomando café de olla. Le puse el cuaderno enfrente sin decir palabra. Él lo leyó despacio, pasando las páginas con cuidado. Cuando terminó, me miró por encima del cuaderno, y por primera vez desde que lo conocía, Don Aurelio Tecpanécatl sonrió. Una sonrisa completa, ancha, que le arrugó toda la cara y le iluminó los ojos.

—Bienvenido al ensueño, Daniel —dijo.

Y me sirvió café en un jarrito de barro, como quien le sirve a un igual.

Me quedé mirando el café humeante, y entonces recordé lo que había dejado para el final del relato, lo que me daba miedo hasta escribir.

—Maestro —dije—, había algo más en el sueño. En la esquina de la sala. Algo que me observaba.

Don Aurelio dejó de sonreír. No de golpe, sino como se apaga una vela: poco a poco, hasta que la cara le quedó seria otra vez. Se recargó en la silla y me miró fijo.

—Cuéntame —dijo.

Se lo describí lo mejor que pude: la forma sin forma, la sensación de ser mirado sin ojos, la certeza helada de que no era la primera vez. Mientras hablaba, noté que los nudillos se me ponían blancos de apretar el jarrito.

—Es el explorador —dijo Don Aurelio cuando terminé.

—¿El explorador?

—Así le decimos. No es gente. No es un muerto. Es... otra cosa. Algo que vive en el mundo de los sueños y que se alimenta de la atención de los que sueñan. Cuando un soñador despierta adentro del sueño, brilla. Y los exploradores ven ese brillo desde lejos y se acercan a mirar. Son curiosos. Como los niños. Como los coyotes.

—¿Es peligroso? —pregunté, y odié que mi voz sonara tan pequeña.

—Todo es peligroso si no sabes lo que haces —dijo él—. El explorador no te puede hacer daño mientras no le des tu atención. Míralo como miras a un perro desconocido en la calle: sin miedo, sin cariño, sin detenerte. Si le hablas, si lo sigues, si aceptas lo que te ofrezca, entonces sí. Entonces te enredas. Hay soñadores que se perdieron por seguir a un explorador a donde no debían.

—¿Y qué me puede ofrecer? —pregunté.

Don Aurelio me miró largo rato antes de responder.

—Lo que más quieras —dijo—. Por eso es peligroso.

Esa noche me dormí con el consejo dando vueltas en la cabeza: sin miedo, sin cariño, sin detenerme. Y soñé. Y en el sueño me miré las manos —ya me salía casi natural, como quien se persigna al pasar frente a una iglesia— y el mundo se solidificó a mi alrededor. Esta vez estaba en la casa de mi infancia, pero no adentro: afuera, en la calle, frente a la fachada. Era de noche en el sueño, y la calle estaba vacía y silenciosa, bañada por una luz de luna que parecía salir del suelo. Caminé hasta la puerta de la casa y toqué. Nadie abrió. Empujé la puerta y cedió: adentro estaba todo como lo recordaba, pero más grande, más hondo, como si la casa del sueño fuera la casa real vista a través de una lupa. Recorrí los cuartos uno por uno: la cocina donde mi madre hacía el desayuno cantando; el cuarto de mis padres, con la cama tendida y el olor a jabón; mi cuarto, con los pósters de equipos de fútbol y la repisa de libros de historia que ya entonces me apasionaban. Todo estaba ahí, intacto, esperándome, como si los años no hubieran pasado, como si yo no me hubiera ido nunca.

Me senté en mi cama de niño y me puse a llorar otra vez, pero era un llanto bueno, un llanto de regreso. Entendí entonces algo que Don Aurelio no me había dicho pero que el ensueño me estaba enseñando solo: que los lugares que amamos no se acaban cuando los dejamos. Que siguen existiendo en algún lado, guardados, y que la teyolía puede visitarlos cuando aprende a caminar.

Y entonces lo sentí otra vez. La mirada sin ojos. Me volteé despacio, sin miedo —o con el miedo controlado, que es lo más parecido a no tener miedo que conozco— y ahí estaba, en la esquina del cuarto, junto al ropero: la forma sin forma, la mancha atenta. Esta vez la miré de frente. No le hablé. No me acerqué. Solo la miré, como se mira a un perro desconocido, y luego me miré las manos, y luego me puse de pie y salí del cuarto, y recorrí el pasillo de la casa de mi infancia con la presencia siguiéndome a distancia, sin acercarse, sin alejarse, como una sombra que no era mi sombra.

Desperté en la madrugada, con el corazón tranquilo por primera vez en semanas. Escribí en el cuaderno azul: «Casa de la infancia. Completa. El explorador me siguió pero no me tocó. No le hablé. Don Aurelio tenía razón.»

En las noches siguientes, el ensueño se volvió mi segunda vida. Aprendí a moverme en los sueños con una libertad que nunca había conocido: a atravesar paredes si me concentraba, a volar si no pensaba demasiado en ello, a llamar a mi madre en sueños y verla aparecer joven, riéndose, con las trenzas que tenía en las fotos viejas. Cada mañana escribía páginas y páginas en el cuaderno azul, que se fue llenando hasta que tuve que comprar otro, de tapas rojas. Don Aurelio leía mis relatos con atención, me hacía preguntas precisas —¿qué olor había?, ¿de qué lado salía la luz?, ¿el explorador estaba cerca o lejos?— y me daba instrucciones cortas, como un entrenador: «ahora, en el sueño, trata de encontrar una puerta que no conozcas y ábrela», «ahora, trata de hablar con alguien y fíjate si te responde con palabras o de otra manera».

Pero siempre, al final de cada conversación, me repetía lo mismo, con la misma seriedad:

—Al explorador, ni miedo ni cariño. Y si un día te ofrece algo, vienes y me lo cuentas antes de aceptarlo. ¿Entendido?

—Entendido —decía yo.

Y lo decía en serio. Porque aunque el ensueño me había abierto un mundo de maravillas, había algo en aquella presencia de la esquina que me recordaba, cada noche, que no todos los caminos del sueño llevan a casa. Algunos llevan a otra parte. Y yo todavía no sabía a dónde.

Capítulo 8: El doble

El ensueño me había dado un mundo nuevo, pero también me había dado un hambre nueva. Cada mañana despertaba con la sensación de haber vivido dos vidas en una noche, y la vida de día —barrer el patio, ir al mercado, regar las macetas— me parecía cada vez más delgada, como una tortilla estirada hasta transparentarse. Se lo dije a Don Aurelio una tarde, preocupado: ¿era normal que la vigilia me supiera a poco?

—Es normal —dijo él—. Y es peligroso. El soñador que desprecia la vigilia se pierde. Las dos vidas tienen que alimentarse. Como las dos piernas: si una se te duerme, te caes.

—¿Y cómo se hace? —pregunté—. ¿Cómo se vive en las dos sin perderse?

Don Aurelio no respondió con palabras. Se puso de pie, fue adentro de su casa y regresó con un espejo redondo, de esos de mano, con el marco de metal ya opaco por los años. Me lo puso enfrente de la cara.

—Mírate —dijo.

Me miré. Vi mi cara: los treinta y cuatro años, las ojeras de las noches de ensueño, la barba de tres días, el pelo revuelto. Me miré un rato, incómodo, sin saber qué esperaba que viera.

—¿Qué ves? —preguntó.

—Pues... a mí —dije.

—¿Seguro? —dijo él, y me quitó el espejo—. Mírate otra vez esta noche, antes de dormir. Pero esta vez no busques tu cara. Busca al que está mirando.

No entendí. Esa noche, en el cuarto de la casa de mi abuela, me senté frente al espejo del ropero —un espejo viejo, manchado en las orillas— y me miré largo rato a la luz de la lámpara. Al principio solo veía lo de siempre: mi cara, mis ojos, mi cansancio. Pero poco a poco, siguiendo la instrucción de Don Aurelio —buscar al que está mirando—, algo cambió. Fue como si mi atención se diera la vuelta, como un calcetín que se voltea: de pronto no era yo mirando mi reflejo, sino algo mirándome a mí desde adentro de mis propios ojos. Una presencia atenta, silenciosa, que no era mis pensamientos ni mis emociones. Era el que mira. El testigo. Me quedé así mucho rato, con la piel de gallina, hasta que tuve que apartar la vista porque me dio vértigo.

A la mañana siguiente se lo conté a Don Aurelio.

—Bien —dijo—. Ese que encontraste es el que sueña. El cuerpo es la casa. El que mira es el que vive en la casa. Y hay algo más que no te he dicho.

Me llevó al patio de su casa, donde el sol de la tarde alargaba las sombras sobre la tierra. Me paró en medio del patio y me dijo:

—Mira tu sombra.

Miré mi sombra: una figura oscura, alargada, pegada a mis pies y estirándose hacia el oriente.

—Ahora camina —dijo—. Pero no camines tú. Deja que camine la sombra y tú síguela.

Pensé que era un juego, una de esas instrucciones absurdas de Don Aurelio que después resultaban tener sentido. Empecé a caminar por el patio tratando de «seguir» a mi sombra, de moverme como si ella fuera la que mandaba y yo el que obedecía. Al principio era torpe, consciente de cada paso. Pero después de varias vueltas, algo se aflojó: dejé de pensar en mis pies y empecé a sentir el movimiento como algo que ocurría, no como algo que yo hacía. La sombra se movía sobre la tierra y yo iba con ella, ligero, casi flotando. Di varias vueltas al patio en ese estado extraño, y cuando Don Aurelio me dijo «ya», me detuve temblando, con la respiración acelerada y una sensación rarísima en el cuerpo, como si fuera de aire.

—¿Qué fue eso? —pregunté.

—El principio —dijo él.

Esa noche tuve el sueño más aterrador de mi vida.

Me miré las manos en el sueño —ya era un reflejo— y el mundo se solidificó. Estaba en el cuarto de la casa de mi abuela, de noche, igual que en la vigilia. Todo estaba en su lugar: el ropero, el buró, el cuaderno rojo junto a la lámpara apagada. Me levanté de la cama —en el sueño— y caminé por el cuarto, tocando las cosas: la madera del ropero, fría y real; la tela de las cortinas; el piso de ladrillo bajo mis pies descalzos. Todo sólido. Todo verdadero. Y entonces, por alguna razón que no sé explicar —curiosidad, o el impulso de probarme—, me volteé hacia la cama.

Y me vi.

Yo estaba acostado en la cama, dormido, con la boca entreabierta y una mano colgando fuera de las cobijas. Yo estaba de pie, junto a la cama, mirándome dormir. El terror me atravesó como un cuchillo helado. No era el miedo del explorador, que era un miedo ajeno, de afuera. Este era un terror íntimo, existencial: si yo estaba ahí de pie, ¿quién era el de la cama? ¿Y si el de la cama despertaba, a dónde iba yo? ¿Me desvanecía? ¿Nos fundíamos? ¿Cuál era el verdadero?

Quise gritar y no tenía voz. Quise correr y las piernas no me respondían. Me quedé ahí, de pie junto a mi propio cuerpo dormido, temblando de un terror que me subía del estómago a la garganta, hasta que el sueño se rompió y desperté de golpe, sentado en la cama, jadeando, empapado en sudor, con las manos agarrando las cobijas como un náufrago.

Tardé mucho en calmarme. Me levanté, encendí todas las luces de la casa, me tomé un vaso de agua de un trago. Me miré las manos una y otra vez, en la vigilia, para asegurarme de dónde estaba. Cuando amaneció, fui a buscar a Don Aurelio sin desayunar, con el cuaderno rojo en la mano y el terror todavía pegado al cuerpo como una segunda piel.

Él me escuchó sin interrumpirme, como siempre. Cuando terminé, se quedó callado un largo rato, mirando hacia el cerro.

—¿Te dio miedo verte? —preguntó al fin.

—Mucho —admití—. Pensé que me iba a morir. O que ya estaba muerto.

Don Aurelio asintió, como si eso fuera exactamente lo que esperaba oír.

—Bien —dijo—. El miedo es la puerta. Los que no sienten miedo al verse dobles es porque no lo vieron de verdad.

—¿Qué fue lo que vi, maestro? ¿Qué era eso?

Don Aurelio se puso de pie y empezó a caminar hacia el cerro, haciéndome señas de que lo siguiera. Caminamos en silencio un buen rato, subiendo por el sendero entre los pinos, hasta llegar a un claro desde donde se veía todo el valle: San Miguel abajo, con sus techos de teja y su iglesia, y más allá las montañas azules perdiéndose en la niebla. Nos sentamos en unas piedras. El aire de la mañana olía a pino y a tierra mojada.

—Te voy a decir algo que no le digo a cualquiera —empezó Don Aurelio—. Y te lo digo porque ya lo viste con tus propios ojos, así que no te lo estoy contando: te lo estoy nombrando. Tú no tienes un cuerpo, Daniel. Tienes dos. Y hasta ahora solo usabas uno.

Me quedé mirándolo, esperando que se riera. No se rió.

—El primero es el que conoces: el de carne, el que come, el que se cansa, el que va a envejecer y un día se va a acabar. Ese es el cuerpo del tonal, el cuerpo de la isla. El segundo... —hizo una pausa, buscando las palabras— el segundo es el cuerpo de ensueño. El doble. El cuerpo energético. Es el que se levantó anoche de tu cama y se quedó mirándote dormir. No es un fantasma. No es un espíritu. Eres tú, pero hecho de otra cosa: de atención, de energía, de teyolía pura.

—¿Y siempre estuvo ahí? —pregunté—. ¿Toda mi vida tuve dos cuerpos y no lo sabía?

—Siempre —dijo él—. Todos los tenemos. Los bebés lo usan sin saber: por eso se ríen dormidos, por eso parece que sueñan con alguien que los arrulla. Los viejos lo empiezan a sentir cuando el cuerpo de carne se cansa: por eso dicen que «se les sale el alma». Pero la mayoría de la gente vive y muere sin haberlo usado nunca a propósito. Como tener un caballo amarrado en el corral toda la vida y morirse a pie.

—¿Y para qué sirve? —pregunté—. ¿Qué se hace con el doble?

Don Aurelio me miró con una intensidad que me hizo contener la respiración.

—Todo —dijo—. Con el doble puedes ir a donde el cuerpo no puede. Puedes ver lo que los ojos no ven. Puedes... —se interrumpió, como si hubiera estado a punto de decir demasiado—. Pero eso es después. Primero tienes que aprender a mover tu atención de un cuerpo al otro. Hasta ahora tu atención vive en el cuerpo de carne como un ratón en su agujero. Tienes que enseñarle a salir.

—¿Y cómo se hace eso?

—Con práctica —dijo él—. Y con el espejo, y con la sombra, que ya empezaste. El espejo te enseñó a encontrar al que mira. La sombra te enseñó a moverte sin mover el cuerpo. Ahora viene lo difícil: en el ensueño, cuando te veas dormido otra vez —porque va a volver a pasar—, no tengas miedo. Acércate a tu cuerpo. Tócalo. Y luego aléjate. Aprende a estar en los dos, y luego aprende a elegir en cuál estás.

—¿Elegir? —repetí.

—La atención es como una lámpara —dijo Don Aurelio, y levantó la mano como si sostuviera una—. Ahora mismo, tu lámpara alumbra el cuerpo de carne. Por eso sientes tus pies en estas piedras, por eso oyes los pájaros. Pero la lámpara se puede mover. Puedes ponerla en el doble. Y cuando la pones en el doble, el mundo cambia. Ya lo viste anoche: el cuarto era el mismo, pero tú eras otro.

Bajamos del cerro en silencio. Yo iba tratando de digerir lo que me había dicho, y cada pocos pasos me miraba las manos, como para asegurarme de cuál cuerpo estaba usando. Don Aurelio, que me observaba de reojo, se rió por lo bajo.

—No te vas a perder —dijo—. Todavía no. Para perderte tendrías que soltar la lámpara, y eso no se hace sin querer. O sí se hace, pero eso es otra historia.

En las noches siguientes practiqué lo que me había enseñado. El ejercicio del espejo antes de dormir: buscar al que mira. El ejercicio de la sombra al atardecer: caminar siguiendo a mi sombra por el patio de la casa de mi abuela, hasta que el movimiento se volvía ajeno y ligero. Y en el ensueño, poco a poco, fui perdiendo el miedo al doble.

La segunda vez que me vi dormido, el terror volvió, pero menos fuerte. Esta vez, siguiendo las instrucciones de Don Aurelio, no me quedé paralizado: me acerqué a la cama despacio y extendí la mano —la mano del sueño— hacia mi propio hombro dormido. Al tocarlo sentí una descarga suave, como electricidad estática, y una oleada de calma me invadió. Era yo. No había dos: había uno, en dos lugares. Toqué mi cara dormida, mis manos dormidas, y sentí una ternura infinita por ese cuerpo de carne que me había cargado treinta y cuatro años sin quejarse, que había comido, dormido, enfermado y sanado por mí sin que yo le diera las gracias nunca.

Luego me alejé. Caminé por el cuarto en el cuerpo de ensueño, ligero como el aire, y me di cuenta de que podía ver en la oscuridad: el cuarto estaba a oscuras en la vigilia, pero yo lo veía todo con una claridad grisácea, como al amanecer. Salí al corredor. El pueblo dormía. Las estrellas estaban tan cerca que parecía que podía tocarlas. Y sentí, por primera vez en mi vida, lo que debía sentirse ser libre del cuerpo: sin peso, sin hambre, sin cansancio, sin miedo. Solo atención pura, moviéndose por el mundo como un pez en el agua.

Fue entonces cuando lo vi. Al explorador. Estaba al final del corredor, en la penumbra junto a las macetas, observándome. Pero esta vez no sentí miedo. Lo miré como me había enseñado Don Aurelio —sin miedo, sin cariño, sin detenerme— y seguí caminando, flotando, hasta el patio. El explorador no me siguió. Se quedó ahí, mirando. Y tuve la impresión —quizá imaginada, quizá no— de que había en su atención algo parecido al respeto. Como si hubiera reconocido que yo ya no era solo un soñador que brillaba sin querer. Como si hubiera entendido que estaba aprendiendo a mover la lámpara.

Desperté al amanecer con una paz que no había conocido nunca. Escribí en el cuaderno rojo: «Me vi dormido otra vez. No tuve miedo. Toqué mi cuerpo. Salí al corredor en el doble. Veía en la oscuridad. El explorador me miró y no me siguió.»

Cuando se lo conté a Don Aurelio, él me escuchó con los ojos cerrados, asintiendo despacio. Al final, me puso la mano en el hombro y me dijo:

—Ya empezaste, Daniel. Ya sabes que tienes dos. Ahora la pregunta es: ¿qué vas a hacer con el otro?

No supe qué responder. Pero esa noche, antes de dormir, me miré en el espejo del ropero y busqué al que mira. Y el que mira me devolvió la mirada, y por un instante tuve la certeza de que me sonreía. No mi cara: el que estaba detrás de mi cara. Mi doble. Mi otro. El que hasta ahora había dormido mientras yo vivía, y que por fin estaba despertando.

La práctica de mover la atención de un cuerpo al otro se convirtió en mi disciplina de las siguientes semanas, tan rigurosa como la del ensueño. Don Aurelio me enseñó a hacerla también en la vigilia, a plena luz del día, porque —decía— el que solo practica dormido es como el que solo reza en la iglesia: no le sirve para la calle.

El ejercicio era este: sentado en el corredor de la casa, con los ojos abiertos, tenía que sentir mi cuerpo de carne —el peso de mis nalgas en la silla, el calor del sol en los brazos, el sabor del café en la boca— y al mismo tiempo imaginar, sentir, saber que había otro cuerpo, el doble, parado frente a mí, mirándome. No visualizarlo como una imagen: sentirlo como una presencia. Al principio no pasaba nada. Me sentaba, cerraba los ojos, trataba de «sentir» al doble y solo sentía el ridículo y el calor. Pero Don Aurelio me había advertido: «no lo busques con la cabeza. Búscalo con el cuerpo. El doble no se piensa: se siente, como se siente el hambre.»

Una tarde, después de casi tres semanas de intentos, ocurrió. Estaba en el corredor, con el sol ya bajo, haciendo el ejercicio sin muchas esperanzas, cuando de pronto sentí un desdoblamiento sutil, como cuando se te duerme un pie pero en todo el cuerpo: una vibración finísima, un cosquilleo eléctrico que me recorría de la coronilla a los talones. Y supe, con una certeza que no venía de la razón, que «yo» estaba en dos lugares: sentado en la silla, y parado frente a la silla, mirándome. Abrí los ojos —los ojos de carne— y no vi nada frente a mí. Pero lo sentía. Como se siente a alguien parado detrás de ti en una fila: sin verlo, sabes que está ahí.

—Ahí estás —susurré.

Y la presencia pareció responder, no con palabras sino con una oleada de calor en el pecho, como si me hubiera sonreído.

Fui corriendo a contárselo a Don Aurelio, que me escuchó y asintió con la gravedad de un médico que recibe buenas noticias.

—Ya lo sientes en la vigilia —dijo—. Eso es mover la lámpara. Poco a poco, Daniel. Poco a poco la vas a poder mover dormido, despierto, donde quieras. Y un día vas a poder irte lejos en el doble y regresar. Pero —me miró muy serio— hay una regla, y es la única que no se rompe nunca: siempre dejas un hilo. Como los buzos. El doble sale, pero la atención deja un hilo amarrado al cuerpo de carne. Si cortas el hilo, te pierdes. ¿Entendido?

—¿Y qué pasa si me pierdo? —pregunté.

Don Aurelio tardó en responder. Miró hacia el cerro, donde las nubes se atoraban en la cima.

—Hay gente en el pueblo que se perdió —dijo al fin—. Gente que soñó demasiado lejos y no regresó del todo. Los ves caminando por la calle, comiendo, hablando, pero tienen la mirada vacía. Su teyolía se quedó enredada en otro lado. Por eso te enseño despacio, Daniel. Porque tienes prisa y la prisa corta hilos.

Esa noche, en el ensueño, hice mi primer viaje largo en el doble. Me vi dormido —ya sin miedo, con la familiaridad de quien saluda a un hermano—, toqué mi hombro dormido para dejar el hilo bien amarrado, y salí. Pero esta vez no me quedé en el corredor: seguí caminando, flotando, por la calle empedrada del pueblo. Era de noche en el sueño, pero yo veía todo con esa claridad grisácea del doble. Pasé frente a las casas dormidas, frente a la iglesia cerrada, frente al mercado vacío. Los perros del pueblo —los perros de verdad, los de carne— levantaban la cabeza al verme pasar y me seguían con la mirada, inquietos, con las orejas paradas. Uno me ladró, una sola vez, corto, como dudando. Me di cuenta entonces de algo que me heló y me maravilló a la vez: los animales sí me veían. Los animales veían al doble.

Llegué hasta el panteón, a las afueras del pueblo. La reja estaba cerrada, pero yo pasé entre los barrotes como si fueran de humo. Adentro, las tumbas dormían bajo la luna, y las flores de cempasúchil —todavía frescas de noviembre— brillaban con una luz propia, como brasas naranjas. Me paseé entre las tumbas, leyendo los nombres: familias enteras del pueblo, niños, viejos. Y entonces la vi: una tumba nueva, con la tierra todavía removida, y una cruz de madera que decía «Remedios». Me arrodillé frente a ella —en el doble, arrodillarse es una intención más que un movimiento— y le hablé a mi abuela en voz baja, como le había hablado frente a la ofrenda.

—Abuela, estoy aprendiendo a viajar. Como tú.

Y sentí, clarísima, su respuesta. No con palabras: con un olor. El olor de sus tortillas, de su cocina, de su rebozo. Me envolvió por un momento, cálido y bueno, y luego se disipó con la brisa de la noche. Me quedé ahí hasta que sentí el tirón del hilo —una llamada suave, como cuando alguien te jala de la manga— y supe que era hora de regresar. Volé, o caminé, o fui llevado de vuelta por la calle empedrada, entré a la casa, me acosté junto a mi cuerpo dormido —al lado, no encima, porque Don Aurelio me había dicho que al doble no le gusta sentirse encerrado— y desperté.

Desperté llorando, pero era un llanto limpio, sin dolor. Escribí en el cuaderno rojo: «Viaje al panteón en el doble. Los perros me ven. La tumba de mi abuela. Olí sus tortillas. El hilo me jaló de regreso.»

A la mañana siguiente, cuando se lo conté a Don Aurelio, él me miró con una expresión que no le había visto nunca: algo entre el orgullo y la preocupación, como un padre que ve a su hijo subirse a un árbol muy alto.

—Fuiste lejos —dijo—. Más lejos de lo que yo fui a tu edad. Pero escúchame bien, Daniel, y grábate esto: el doble no es un juguete. No es para pasear ni para presumir. Es una responsabilidad. Cada vez que sales, dejas el cuerpo solo, y hay cosas —miró hacia la barranca, hacia el norte, donde el cerro se volvía oscuro— hay cosas que andan buscando cuerpos solos. Por eso el hilo. Por eso siempre el hilo. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo —dije.

Y lo dije en serio. Porque aunque el viaje me había llenado de una alegría inmensa, había sentido también, allá en el panteón, en la orilla de mi atención, algo más: una mirada lejana, fría, que no era la del explorador. Una mirada que no observaba con curiosidad, sino con interés. Como la de un cazador que ve moverse algo entre los árboles y decide esperar.

No se lo dije a Don Aurelio. No quise preocuparlo. Pero esa noche, antes de dormir, me miré las manos largo rato y me repetí la regla como un rezo: el hilo, siempre el hilo. Y dormí con la lámpara del buró encendida, como un niño que le tiene miedo a la oscuridad. Porque por primera vez desde que llegué a San Miguel de la Niebla, entendí que el mundo que se me estaba abriendo no era solo de maravillas. También tenía esquinas oscuras. Y algo, en una de esas esquinas, ya me había visto.

Capítulo 9: La recapitulación

Fue Lucía la que, sin querer, me puso en el camino de la recapitulación.

La había ido a ver a la clínica del pueblo por un dolor de muelas que me tenía despierto por las noches —el ensueño es maravilloso, pero no te quita el dolor de muelas—. Lucía, la enfermera, tendría unos treinta y dos años, el pelo recogido siempre con una liga negra y unas manos seguras que parecían hechas para calmar. Me revisó, me dijo que era una caries profunda, me recetó algo para el dolor y me mandó con el dentista de Zacatlán «cuando pudiera». Mientras me escribía la receta, me miró por encima de sus lentes y me dijo:

—Te ves cansado, maestro. ¿Estás durmiendo bien?

—Más o menos —dije, y me reí—. Es que sueño mucho.

—Los que sueñan mucho a veces es porque cargan mucho —dijo ella, sin reírse—. Mi abuela decía que los recuerdos pesan más que las piedras, porque las piedras las dejas en el camino y los recuerdos te los llevas a la cama.

Me quedé mirándola. Había algo en esa frase que me llegó como un diagnóstico.

—¿Y qué hacía su abuela con los recuerdos? —pregunté.

—Los contaba —dijo Lucía—. Decía que un recuerdo contado es un recuerdo que ya no manda. Los no contados son los que te despiertan a las tres de la mañana.

Salí de la clínica con la receta en la mano y la frase dando vueltas en la cabeza: los recuerdos que no se cuentan son los que te despiertan a las tres de la mañana. Yo me despertaba a las tres de la mañana muchas noches, y no era por los sueños. Era por algo más viejo, más hondo, algo que llevaba cargando desde los quince años y que nunca le había contado a nadie del todo.

Esa tarde fui a ver a Don Aurelio. No le hablé de Lucía ni de la muela. Le hablé de las tres de la mañana.

—Hay recuerdos que pesan —le dije—. Recuerdos que no me dejan dormir. ¿Eso también se aprende a manejar?

Don Aurelio me miró largo rato, con esa mirada suya que parecía pesarme por dentro.

—Ya es hora —dijo.

—¿Hora de qué?

—De la recapitulación —dijo él.

Me explicó la técnica al atardecer, sentados en su corredor, mientras el sol se ponía detrás del cerro y las sombras se alargaban sobre el pueblo. La recapitulación, me dijo, era la práctica más importante de todas, más que el ensueño, más que el doble. Porque de nada servía aprender a volar si ibas cargando costales.

—La teyolía que viaja cargada de piedras no llega lejos —dijo, y me acordé de mi abuela en el sueño: «no lo llenes de piedras»—. Cada recuerdo que no has digerido es una piedra. Cada culpa, cada coraje, cada tristeza que guardaste, es un hilo que te amarra al pasado. La recapitulación es soltar los hilos, uno por uno, hasta que la teyolía quede ligera.

—¿Y cómo se hace? —pregunté.

—Necesitas un lugar —dijo—. Una caja, si puedes conseguirla. O un rincón. Un espacio chico, cerrado, donde el cuerpo se sienta recogido y la atención no se disperse. Los antiguos usaban cajas de madera. Tú puedes usar el rincón del cuarto, entre el ropero y la pared. Lo importante es que sea tu lugar, y que nadie te interrumpa.

—¿Y luego?

—Luego respiras —dijo él—. Y mientras repasas tu vida, recuerdo por recuerdo, mueves la cabeza despacio de izquierda a derecha, como barriendo. Inhalas por un lado, exhalas por el otro. La respiración barre los recuerdos: con la inhalación recoges tu energía, que dejaste regada en ese momento del pasado; con la exhalación sueltas la energía ajena, la que no es tuya y que te trajiste cargando. Barres de izquierda a derecha, una y otra vez, hasta que el recuerdo se queda limpio, como un cuarto recién barrido.

—¿Y por dónde empiezo? —pregunté—. ¿Por la infancia?

—Empieza por lo que te despierta a las tres de la mañana —dijo él—. Lo demás puede esperar.

Yo sabía exactamente qué era lo que me despertaba a las tres de la mañana. Lo supe en cuanto lo dijo. Y sentí miedo, un miedo viejo y conocido, el miedo de acercarse a una herida que lleva años cerrada en falso.

Mi padre murió cuando yo tenía quince años. Fue un accidente: un camión de carga se quedó sin frenos en la bajada de la carretera a Cuernavaca y embistió el coche donde él iba con un compañero de trabajo. Mi padre murió en el acto. Yo me enteré en la escuela, cuando la directora me mandó llamar a su oficina y vi a mi madre ahí, sentada, con la cara deshecha, y supe antes de que abriera la boca. Lo que nunca le conté a nadie —ni a mi madre, ni a mis amigos, ni a las dos novias que tuve después— fue que la última vez que vi a mi padre vivo, la noche anterior al accidente, nos peleamos. Fue una pelea tonta, de adolescente: él me había prohibido ir a una fiesta, yo le grité que era un amargado, que no me dejaba vivir, que ojalá se muriera. Lo dije. Lo dije con la boca llena de rabia de quince años: «ojalá te murieras». Y él se quedó callado, me miró con una tristeza que entonces no supe leer, y se fue a su cuarto. A la mañana siguiente salió temprano al trabajo sin despedirse. Y ya nunca volvió.

Durante diecinueve años cargué con eso. Diecinueve años despertándome a las tres de la mañana con su cara triste en la penumbra del cuarto, diecinueve años diciéndome que si no le hubiera gritado eso, si me hubiera despedido, si... Los «si» son las piedras más pesadas, porque no se pueden soltar con razones: solo se pueden soltar barriendo.

Arreglé mi rincón esa misma noche. Moví el ropero unos centímetros y acomodé entre el ropero y la pared un petate doblado, una cobija y una vela. Era un espacio apenas suficiente para sentarme con las piernas cruzadas, con las paredes cerca, como un abrazo de madera. Encendí la vela, apagué la lámpara, y me senté. Afuera, el pueblo dormía. Adentro, solo se oía mi respiración y el crepitar suave de la vela.

Empecé a respirar como me había enseñado Don Aurelio: inhalar moviendo la cabeza despacio hacia la izquierda, exhalar moviéndola hacia la derecha, barriendo, barriendo. Y empecé a repasar. No el accidente: empecé por antes, por los bordes del recuerdo, como me había indicado —«no entres de golpe al cuarto oscuro; alumbra primero el pasillo»—. Repasé la casa de mi infancia, las noches en que mi padre llegaba del trabajo y se sentaba en su sillón con el periódico, el olor a cigarro, su risa cuando contaba chistes malos. Barrí de izquierda a derecha. Inhalé mi energía regada en esos años buenos; exhalé la tristeza que se me había pegado después. Seguí barriendo. Llegué a mis catorce, mis quince: la rebeldía, los amigos, la fiesta prohibida, la pelea. La vi con una claridad brutal, como si estuviera pasando otra vez: mi padre en la puerta de mi cuarto, yo gritándole, las palabras saliendo de mi boca como piedras —«ojalá te murieras»—, su cara, esa tristeza que entonces no supe leer y que ahora, barriendo, leía por fin: no era enojo. Era miedo. Miedo de perderme. Miedo de que su hijo se le estuviera yendo y él no supiera cómo retenerlo sin romperlo.

Lloré. Lloré como no había llorado en diecinueve años, con el cuerpo sacudido por sollozos que me salían del fondo del estómago, con la vela temblando frente a mí y las paredes del rincón recogiéndome como un abrazo. Seguí barriendo, barriendo, con las lágrimas corriéndome por la cara: inhalar por la izquierda, recoger mi energía de aquella noche terrible; exhalar por la derecha, soltar la culpa que no era mía del todo —porque un adolescente que grita en una pelea no mata a nadie; los frenos de un camión matan, no las palabras—. Lo supe barriendo, lo entendí en el cuerpo, no en la cabeza: yo no había matado a mi padre. Yo había sido un hijo de quince años, torpe y rabioso, y él había sido un padre que se fue a trabajar una mañana y no volvió, y entre esas dos verdades no había culpa: había dolor. Solo dolor. Y el dolor, barrido, se puede soltar.

No sé cuánto tiempo estuve en el rincón. Cuando salí, la vela se había consumido hasta la mitad y afuera empezaba a amanecer. Tenía la cara hinchada, la camisa empapada, el cuerpo dolorido de estar tanto tiempo en la misma posición. Pero cuando me puse de pie, sentí algo que no había sentido en diecinueve años: ligereza. Era una sensación física, literal, como si me hubiera quitado un costal de la espalda. Respiré hondo y el aire me entró hasta abajo, hasta un lugar de los pulmones que no sabía que existía. Me miré las manos y las vi distintas, más mías. Salí al patio y el amanecer sobre San Miguel me pareció más luminoso, como si alguien hubiera limpiado los vidrios del mundo durante la noche.

Fui a ver a Don Aurelio al mediodía, después de dormir unas horas. No le conté los detalles —no hacía falta; él sabía—. Solo le dije:

—Barri toda la noche. El cuarto de mi padre. La pelea. Todo.

—¿Y cómo te sientes? —preguntó.

—Ligero —dije—. Como si me hubiera quitado un costal de la espalda.

Don Aurelio asintió, y vi en sus ojos algo parecido a la ternura.

—Ese costal lo cargaste diecinueve años —dijo—. Ahora imagina cuántos costales carga la gente sin saberlo. Por eso la recapitulación no se termina nunca, Daniel. Es como barrer la casa: la haces una vez a fondo, y luego la mantienes. Cada noche, antes de dormir, barres el día: lo que te enojó, lo que te dolió, lo que te dio vergüenza. No dejas que se acumule. Así la teyolía viaja ligera, en el sueño y en la muerte.

—¿Y mi padre? —pregunté—. ¿Él... está bien? ¿A dónde van los que se van así, de golpe?

Don Aurelio me miró con una seriedad nueva.

—Tu padre terminó su camino hace mucho —dijo—. Los que se van de golpe a veces tardan en entender que se fueron, pero tu padre era un hombre bueno y los hombres buenos encuentran el camino. Lo que lo detenía eras tú, Daniel. Tu culpa era un hilo que lo jalaba de regreso. Anoche, cuando barriste, lo soltaste. A él y a ti.

Sentí que los ojos se me llenaban otra vez, pero era un llanto distinto: sin peso, como lluvia ligera.

—Gracias, maestro —dije.

—No me des las gracias —dijo él—. Barre tu casa. Eso es todo lo que te pido.

En las noches siguientes, la recapitulación se volvió mi rito. Cada noche, en mi rincón entre el ropero y la pared, barría el día: la impaciencia con la señora de la tienda, el enojo conmigo mismo por un ensueño fallido, la tristeza vieja que a veces asomaba sin razón. Y poco a poco fui entrando a cuartos más hondos: la muerte de mi madre, años después, en un hospital de la Ciudad de México, conmigo tomándole la mano y diciéndole que todo iba a estar bien aunque los dos sabíamos que no; la novia que se fue porque yo «vivía en otro mundo» —qué ironía, ahora sí vivía en otro mundo—; los años de maestro, repitiendo lecciones frente a alumnos aburridos, sintiéndome cada vez más lejos de lo que había querido ser. Barrí, barrí, barrí. Cada recuerdo barrido era una piedra menos. Cada piedra menos era un poco más de aire en el pecho.

Y el ensueño cambió. Con la teyolía más ligera, los sueños se volvieron más claros, más hondos, más libres. Volaba más lejos. Veía más nítido. El explorador seguía apareciendo a veces, en las esquinas, pero ya no me inquietaba: era parte del paisaje, como los pájaros. Una noche soñé con mi padre otra vez, pero no como antes —no de espaldas, no alejándose—. Soñé que estábamos en la cocina de la casa de mi infancia, él haciendo café de olla, yo sentado a la mesa, y hablábamos. Hablábamos de verdad, como nunca habíamos hablado en vida: él me contó de su miedo de aquellos años, yo le conté de mi rabia, y nos reímos, y lloramos un poco, y al final me puso la mano en el hombro y me dijo: «ya, hijo. Ya estuvo. Vive tu vida.» Desperté en paz. Una paz completa, redonda, sin fisuras. Escribí en el cuaderno rojo: «Hablé con mi padre. Me dijo que viva mi vida. Lo solté. Me soltó.»

Esa mañana regué las macetas del patio cantando bajito, como cantaba mi abuela. Y entendí, barriendo el recuerdo de aquella noche, que la recapitulación no era solo una técnica para dormir mejor o para soñar más claro. Era lo que mi abuela me había dicho en el sueño: cuidar el corazón, no llenarlo de piedras. Cada piedra barrida era un poco más de corazón libre. Y un corazón libre, Don Aurelio me lo había enseñado sin decirlo, era lo único que de verdad podía viajar.

La segunda noche de recapitulación profunda la dediqué a mi madre.

Mi madre murió cuando yo tenía veintiséis, de una enfermedad larga y callada que se la fue llevando por partes, como quien desarma una casa tabla por tabla. Yo la cuidé los últimos meses, yendo del trabajo al hospital, del hospital a su casa, durmiendo en un sillón junto a su cama. La última noche me tomó la mano —su mano ya era puro hueso y pellejo— y me dijo: «no te quedes solo, mijito. Búscate a alguien. La soledad es mala consejera.» Yo le dije que sí, que no se preocupara, que todo iba a estar bien. Mentí, como mienten los hijos junto a las camas de hospital. Ella murió al amanecer, dormida, y yo me quedé con su mano entre las mías mucho rato, sin querer soltarla, porque soltarla era aceptar que ya no estaba.

Durante años cargué la culpa de no haberle cumplido: me quedé solo. No me busqué a nadie. La soledad fue mi consejera durante ocho años, y no fue tan mala como ella temía, pero tampoco fue buena. En el rincón, barriendo de izquierda a derecha, repasé esos meses del hospital: el olor a desinfectante, las enfermeras de turno nocturno, las madrugadas en el sillón. Inhalé por la izquierda y recogí mi energía de aquellos días —la ternura, el cansancio, el amor callado—; exhalé por la derecha y solté la culpa de la promesa incumplida. Y entendí, barriendo, algo que me dejó temblando: que mi madre no me había pedido que no estuviera solo por ella. Me lo había pedido por mí. Y que estos meses en San Miguel, entre la casa de mi abuela, Don Aurelio, Lucía, el pueblo —esta era la primera vez en ocho años que no estaba solo de verdad—. Quizá, sin saberlo, le estaba cumpliendo la promesa. No con una pareja, como ella imaginaba, sino con un pueblo, con un camino, con una vida que por fin se sentía mía.

Lloré otra vez, pero era un llanto manso, como lluvia sobre la tierra. Cuando salí del rincón, me senté en el corredor a ver amanecer, y sentí que el costal de la espalda —ese que ya se había aligerado con mi padre— se hacía todavía más liviano. Como si cada recapitulación me quitara no un costal, sino capas de costales, uno dentro de otro, hasta llegar a algo esencial y desnudo que era yo.

Fue por esos días cuando Lucía me habló de Mateo.

Me la encontré en el mercado, comprando hierbas para la clínica. Llevaba la cara cansada, las ojeras marcadas, y cuando le pregunté si estaba bien, me miró con esa franqueza de la gente del pueblo que no sabe fingir.

—Es Mateo —me dijo—. El hijo de doña Chona. Tiene ocho años y está enfermo, maestro. Enfermo de algo que no entendemos. Come poco, duerme mal, dice que ve cosas en su cuarto por las noches. Lo llevamos al doctor de Zacatlán y dice que no tiene nada, que son nervios de niño. Pero yo lo veo y... —se interrumpió, como si hubiera estado a punto de decir algo que no se dice en voz alta—. Dicen que Don Aurelio lo está viendo. Ojalá pueda hacer algo.

—¿Qué crees tú que tiene? —pregunté.

Lucía miró hacia el cerro, hacia el norte, hacia donde la barranca se hacía oscura.

—No sé —dijo—. Pero en este pueblo, maestro, cuando un niño dice que ve cosas en su cuarto, no siempre son imaginaciones. Cuídese usted también, ¿eh? Usted que anda metido con Don Aurelio en esos caminos... cuídese.

Me quedé con sus palabras dando vueltas todo el día. Esa noche, en el ensueño, me miré las manos y el sueño se solidificó, y por primera vez no fui a la casa de mi infancia ni al panteón: fui, sin planearlo, hacia una casa del pueblo que no conocía, una casa humilde de adobe con un niño dormido en un catre. El niño —tendría ocho años— dormía inquieto, moviendo la cabeza de un lado a otro, y en la esquina de su cuarto había una forma oscura, más densa que la del explorador, que parecía inclinarse sobre él. Sentí un escalofrío y me acerqué, y la forma se disolvió como humo, pero me dejó una sensación helada en el pecho, como si me hubiera mirado antes de irse. Desperté sobresaltado, con el corazón desbocado. Escribí en el cuaderno rojo: «Niño enfermo. Forma oscura en su cuarto. Se disolvió cuando me acerqué. ¿Mateo?»

A la mañana siguiente se lo conté a Don Aurelio. Él me escuchó con la cara cerrada, sin la calma habitual.

—¿Estás seguro de que era la casa de doña Chona? —preguntó.

—No sé de quién era la casa —dije—. Solo sé que había un niño enfermo y algo en la esquina.

Don Aurelio se quedó callado mucho rato. Luego me puso la mano en el hombro, pesada.

—Eso no es asunto tuyo todavía, Daniel —dijo—. Todavía no. Sigue barriendo. Sigue aprendiendo. Cuando sea tu asunto, lo vas a saber. Pero no te metas donde no te llaman: hay cosas en este pueblo que muerden.

Quise preguntarle más, pero su cara me cerró la boca. Esa noche, en mi rincón, barrí el día entero —el mercado, Lucía, el niño, la forma oscura— de izquierda a derecha, una y otra vez, hasta que el miedo se quedó limpio y solo quedó la certeza: algo andaba mal en San Miguel de la Niebla, algo que enfermaba niños y que se escondía en las esquinas. Y yo, sin quererlo, ya lo había visto.

Pero Don Aurelio tenía razón: todavía no era mi asunto. Todavía tenía costales que barrer, hilos que soltar, piedras que quitarme del corazón. La recapitulación me había enseñado que no se puede pelear cargando peso muerto. Así que seguí barriendo, noche tras noche, recuerdo tras recuerdo, hasta que el cuerpo se me hizo ligero como el aire del amanecer y la teyolía, por fin, pudo viajar sin arrastrar nada.

Como mi abuela me había pedido: sin piedras. Ligero. Libre.

Capítulo 10: El acecho

—Ya aprendiste a viajar —me dijo Don Aurelio una mañana, mientras caminábamos por el sendero del cerro—. Ya aprendiste a barrer. Ahora tienes que aprender a acechar.

—¿Acechar qué? —pregunté—. ¿Venados?

Don Aurelio se detuvo y me miró con una paciencia infinita, la paciencia de quien enseña a un niño muy torpe.

—A ti —dijo.

Me explicó el acecho mientras bajábamos al pueblo, y lo que me dijo me pareció al principio un juego, después una locura, y al final la cosa más difícil que me había pedido hasta entonces. El acecho, me dijo, era el arte de romper los hábitos. Los hábitos —decía— eran las jaulas invisibles donde la gente vivía sin saberlo: las mismas rutas, los mismos horarios, los mismos gestos, las mismas reacciones. La gente creía que era libre, pero era predecible como el sol: salía y se ponía a la misma hora, todos los días, hasta morirse.

—El que tiene hábitos tiene dueño —dijo Don Aurelio—. Porque el que te conoce los hábitos te puede predecir, y el que te predice te maneja. El acechador rompe sus hábitos para volverse impredecible. Y lo más importante: se acecha a sí mismo. Se observa como observaría a un animal en el monte: sin juzgarse, sin perdonarse, viendo qué hace, cuándo lo hace, por qué lo hace. Hasta que un día puede elegir no hacerlo.

Me dio las primeras instrucciones, simples y concretas: cambiar la ruta al mercado —yo siempre iba por la calle empedrada; ahora tenía que ir por el callejón de atrás—; cambiar la hora de desayunar; lavarme los dientes con la mano izquierda; dormir del otro lado de la cama; no sentarme siempre en la misma silla del corredor. Pequeñeces, me dijo. Pero las pequeñeces eran las raíces de los hábitos grandes.

—Y hay algo más —añadió, ya en la entrada del pueblo—. Esta semana vas a recibir una llamada. De tu escuela. De tu jefe.

—¿Cómo lo sabe? —pregunté, sorprendido.

—Porque los jefes siempre llaman —dijo él, con una sonrisa torcida—. Y porque te conozco la cara cuando piensas en tu trabajo: se te pone como de piedra. Cuando llame, no reacciones como siempre. Obsérvalo. Acéchalo a él y acéchate a ti. Y luego me cuentas.

Dos días después sonó el teléfono. Era un martes —yo había cambiado mi día de mercado al martes, rompiendo el hábito del lunes—, y estaba desayunando a las nueve en vez de a las siete, sentado en la silla que no era la mía, cuando el celular vibró sobre la mesa. Vi el nombre en la pantalla y sentí que el estómago se me cerraba: el director de la escuela. Mi jefe. El pinche tirano, como le decíamos entre los maestros —en voz baja, en la sala de maestros, cuando él no estaba—.

El director era de esos hombres que confunden gritar con mandar. En las juntas nos humillaba con una precisión quirúrgica: señalaba errores frente a todos, se burlaba de las propuestas, y tenía un don especial para hacerme sentir pequeño a mí, el maestro de historia callado que nunca le contestaba. Yo llevaba años —años— colgando esas llamadas con la cara ardiendo, con el corazón desbocado, repitiendo en mi cabeza las respuestas que no me había atrevido a dar, envenenándome durante días. Era mi hábito más arraigado: encogerme ante él, tragarme la rabia, y luego rumiarla en silencio.

Contesté. Su voz llegó como un machetazo, ni siquiera un «buenos días»:

—¿Reyes? ¿Se puede saber dónde chingados está? ¡Llevamos dos meses sin saber de usted! ¡Pedí un permiso, no una desaparición! ¿Usted cree que la escuela es un hotel del que uno se va cuando quiere?

Respiré. Y en vez de encogerme —en vez de hacer lo de siempre—, hice lo que Don Aurelio me había enseñado: lo observé. Me observé. Vi mi mano apretando el teléfono, vi el calor subiéndome a la cara, vi la rabia vieja despertándose en el pecho como un perro que oye su nombre. Y vi a él: un hombre solo en una oficina de la Ciudad de México, gritándole a un teléfono, tratando de sentirse poderoso porque en su vida —esa sí— nadie lo obedecía de verdad. Lo vi con una claridad fría, sin odio, sin miedo, como se mira a un animal en el monte: ahí está, eso hace, eso es.

—Director —dije, con una calma que me sorprendió a mí mismo—, estoy en San Miguel de la Niebla, atendiendo asuntos familiares. Mi permiso vence en dos semanas y pienso regresar. Si necesita algo más, puede escribirme un correo.

Hubo un silencio del otro lado. Él esperaba —su hábito— que yo me disculpara, que balbuceara, que me encogiera. Mi calma lo descolocó como un golpe que no ve venir.

—Pues... pues más le vale que regrese —dijo, ya sin filo—. Porque aquí las cosas no se van a quedar así. Vamos a tener que hablar muy seriamente, Reyes.

—Cuando regrese hablamos —dije—. Que tenga buen día.

Y colgué. Colgué en paz. Me quedé mirando el teléfono sobre la mesa, esperando la oleada de rabia, la rumiación, el veneno de siempre. No llegó. En su lugar había una quietud extraña, como el silencio después de que deja de llover. Me reí solo, en la cocina, y me serví más café. Había roto el hábito. Lo había acechado —a él y a mí— y había elegido no morder el anzuelo.

Esa tarde fui al mercado por el callejón de atrás —mi ruta nueva—, comprando jitomates y hierbas, cuando lo sentí. La misma sensación del ensueño, pero en la vigilia: la certeza física de ser observado. Me detuve entre los puestos, con la bolsa del mandado en la mano, y miré alrededor con disimulo. El mercado bullía: mujeres regateando, niños corriendo, el olor a fruta y a tierra mojada. Y entonces lo vi.

Al fondo del mercado, junto a los puestos de las hierberas, parado en la sombra de un toldo, había un hombre flaco. Muy flaco: de esos flacos que parecen hechos de palos y cuero. Vestía de negro, con un sombrero que le tapaba media cara, pero los ojos —los ojos se le veían— eran amarillos. No cafés claros, no verdes: amarillos, como los de un coyote. Me estaba mirando fijo, sin disimulo, sin parpadear. Cuando nuestras miradas se cruzaron, no apartó la vista. Sonrió —una sonrisa corta, sin alegría— y se dio la vuelta, perdiéndose entre la gente con una facilidad antinatural, como si la multitud se abriera para dejarlo pasar.

Me quedé clavado en el sitio, con el corazón golpeándome las costillas. No sabía quién era, pero mi cuerpo lo sabía: las manos me sudaban, la boca se me había secado, y había un sabor metálico en la lengua, como de miedo viejo. Recordé las palabras de Don Aurelio en el cerro: «hay cosas que andan buscando cuerpos solos». Recordé la forma oscura en el cuarto del niño enfermo. Recordé la mirada fría en la orilla de mi atención, allá en el panteón.

Terminé las compras como autómata y fui directo a buscar a Don Aurelio. Lo encontré en su casa, tejiendo un ayate en el corredor. Le conté lo del mercado sin adornos: el hombre flaco, los ojos amarillos, la sonrisa.

Don Aurelio dejó de tejer. Se quedó muy quieto, mirando hacia el norte, hacia la barranca.

—¿Te habló? —preguntó.

—No. Solo me miró. Y sonrió.

—¿Te siguió?

—No lo sé. Se perdió entre la gente.

Don Aurelio asintió despacio, y vi en su cara algo que no le había visto nunca: preocupación. Preocupación de verdad, no la seriedad didáctica del maestro, sino la de un hombre que ve venir una tormenta.

—El de la barranca —dijo al fin, en voz baja—. Ya te vio.

—¿El de la barranca? —repetí—. ¿El brujo?

Don Aurelio no dijo su nombre. No hacía falta. En el pueblo se hablaba de él en susurros: el que hacía trabajos, el que enfermaba gente por encargo, el que vivía solo en la barranca del norte donde nadie se atrevía a ir. Yo siempre había pensado que eran cuentos, supersticiones de pueblo. Pero los ojos amarillos no eran un cuento. Los ojos amarillos los había visto yo, a plena luz del día, entre los puestos del mercado.

—¿Por qué me miraba? —pregunté—. ¿Qué quiere?

—Lo mismo que quiere el explorador —dijo Don Aurelio—. Tu brillo. Ya te lo dije: cuando un soñador despierta, brilla. Y hay quienes ven ese brillo y quieren apagarlo, o usarlo, o comérselo. El de la barranca es de esos. Pero —me miró fijo— todavía no es tu tiempo. Todavía estás aprendiendo. Lo que tienes que hacer ahora es seguir acechando, seguir barriendo, seguir moviendo la lámpara. Hacerte fuerte. Porque un día —hizo una pausa— un día va a venir a buscarte. Y ese día tienes que estar listo.

—¿Y si viene antes? —pregunté, y odié el temblor de mi voz.

—Entonces vienes corriendo a buscarme —dijo él, y me puso la mano en el hombro—. Pero no va a venir antes. Los de su calaña son pacientes. Observan desde lejos, estudian, esperan el momento. Lo que viste hoy en el mercado fue eso: un estudio. Te estaba midiendo.

Esa noche no pude dormir. Me senté en mi rincón, entre el ropero y la pared, y barrí de izquierda a derecha todo el día: la llamada del director —la calma, la victoria pequeña—, el mercado, los ojos amarillos, la sonrisa sin alegría. Barrí el miedo hasta dejarlo limpio, hasta que solo quedó la certeza: algo me había visto, algo me había medido, y algo —algún día— iba a venir.

Las semanas siguientes me dediqué al acecho con la misma disciplina con la que me había dedicado al ensueño. Don Aurelio me había dado un cuaderno nuevo —de tapas verdes, este— y me había ordenado llevar un registro de mis hábitos, como un naturalista que estudia a un animal.

—Escríbelos todos —me dijo—. Los que veas. Cómo comes, cómo caminas, a qué hora te enojas, con quién te encoges, con quién te agrandas. El animal que vas a estudiar eres tú. Y no te juzgues: el naturalista no le dice al venado que está mal ser venado. Solo lo mira.

El cuaderno verde se fue llenando de vergüenzas pequeñas y reveladoras: me di cuenta de que siempre me sentaba en el mismo lado de la mesa, de que masticaba más rápido cuando estaba nervioso, de que me rascaba la nuca antes de mentir, de que evitaba mirar a los ojos a los hombres mayores porque me recordaban a mi padre, de que decía «sí, claro» automáticamente cada vez que alguien me pedía algo, aunque no quisiera hacerlo. Era un inventario de mi jaula, barrote por barrote. Y cada hábito descubierto era una orden de romperlo: comer del otro lado, masticar despacio, no rascarme, mirar a los ojos, decir «no» cuando era no.

Lo más difícil no fueron los gestos, sino las reacciones. Don Aurelio me enseñó que los hábitos más peligrosos no eran los del cuerpo, sino los del ánimo: enojarme cuando las cosas no salían como yo quería, ponerme triste cuando me sentía solo, sentirme superior cuando alguien decía una tontería. Esos eran los hábitos que me manejaban de verdad.

—El acechador —me dijo una tarde— no deja de sentir. Siente todo, pero no obedece. El enojo llega y el acechador lo mira llegar, como mira llegar a un visitante. Le ofrece asiento, lo escucha, y luego decide si lo deja quedarse o lo despide. La mayoría de la gente no decide: el enojo llega y los agarra del pescuezo y los pone a gritar, y después dicen «es que me sacaron de mis casillas», como si las casillas fueran de otro.

La prueba llegó un sábado en la tortillería. Había una fila larga, el sol pegaba fuerte, y la señora de adelante —una anciana que contaba sus monedas con una lentitud exasperante— me tenía al borde del colapso. Sentí el hábito despertándose: la impaciencia subiéndome por el pecho, el pie golpeando el suelo, el suspiro ruidoso preparándose en la garganta. Y entonces, en medio de la fila, me observé. Vi al animal: el maestro de ciudad, acostumbrado a la rapidez, irritado por la lentitud del pueblo. Lo miré sin juzgarlo —como me había enseñado Don Aurelio— y le dije adentro, con calma: no. Hoy no obedeces. Respiré, miré a la anciana —sus manos temblorosas, su rebozo raído— y sentí que la impaciencia se deshacía como sal en agua. Cuando me tocó mi turno, le sonreí a la tortillera y le dije «gracias», y lo dije de verdad. Salí de la tortillería con las tortillas calientes entre las manos y una alegría ridícula, desproporcionada, como si hubiera ganado una batalla. Y la había ganado: contra mí.

Se lo conté a Don Aurelio esa tarde, muerto de orgullo. Él me escuchó y asintió, pero luego me dijo algo que me bajó los humos:

—Bien. Rompiste un hábito chico. Ahora viene lo grande: acecharte cuando no te das cuenta de que te estás acechando.

—¿Cómo es eso? —pregunté.

—El yo que se observa también tiene hábitos —dijo él—. El hábito de creerse bueno por observarse. El hábito de sentirse superior porque rompió un hábito. El orgullo del acechador es la trampa más fina. Por eso el acecho no se termina nunca, Daniel. Cada vez que crees que ya te viste completo, aparece otro rincón que no habías mirado. Como barrer: la casa nunca queda limpia para siempre.

Me quedé pensando en eso muchos días. Tenía razón: ya me había sorprendido varias veces sintiéndome «iluminado» por mis pequeños triunfos, mirando a la gente del pueblo con una condescendencia que me daba asco cuando la descubría. El acecho era un espejo sin fondo: cada vez que creías haber llegado al fondo, había otro fondo.

Fue por esos días cuando volví a verlo. Al de los ojos amarillos.

Subía yo por el sendero del cerro al atardecer, de regreso de juntar leña, cuando sentí otra vez esa certeza física de ser observado. Me detuve y miré hacia arriba, hacia donde el sendero se perdía entre los pinos. Ahí, a unos doscientos metros, parado entre los árboles, había una figura flaca y oscura. No pude verle la cara a esa distancia, pero supe —con el cuerpo, no con la razón— que era él. Que me estaba mirando. Nos quedamos así unos segundos, él arriba, yo abajo, con el valle entre los dos. Luego la figura se movió, despacio, y se perdió entre los pinos, sin prisa, como quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo.

Bajé el cerro casi corriendo, con la leña a rastras, y no paré hasta llegar a la casa. Esa noche atranqué la puerta —algo que nunca hacía— y dormí con la lámpara encendida. En el ensueño, me miré las manos y el sueño se solidificó, pero no salí a viajar: me quedé en el cuarto, junto a mi cuerpo dormido, practicando mover la lámpara de un cuerpo al otro, una y otra vez, como un soldado que limpia su arma antes de la batalla. Porque entendí, por fin, para qué me estaba preparando Don Aurelio. No para pasear por el pueblo en el doble. No para romper hábitos en la tortillería. Me estaba preparando para algo que venía. Algo flaco, de ojos amarillos, que me estudiaba desde lejos y esperaba el momento.

A la mañana siguiente fui a ver a Don Aurelio y se lo conté. Él me escuchó sin inmutarse, como si ya lo supiera.

—Te está midiendo —dijo—. Quiere saber de qué estás hecho antes de acercarse. Sigue con tu acecho, Daniel. Sigue barriendo. Cada hábito que rompes es una cuerda menos con la que te puede amarrar. El que no tiene hábitos no tiene manijas: no hay de dónde agarrarlo.

—¿Y Mateo? —pregunté de pronto, acordándome del niño—. ¿El niño enfermo tiene que ver con esto?

Don Aurelio me miró largo rato, y supe que estaba decidiendo cuánto decirme.

—El niño está enfermo —dijo al fin—. Eso es todo lo que necesitas saber por ahora. Cuando sea tu asunto, lo vas a saber. Por ahora, tu asunto eres tú.

Me fui de su casa con más preguntas que respuestas, pero con una claridad nueva: mi asunto era yo. Hacerme fuerte. Romperme. Barrerme. Mover la lámpara hasta que fuera tan natural como respirar. Porque en algún momento —no sabía cuándo, pero sabía que sí— el de los ojos amarillos iba a dejar de observar desde lejos.

Pero entre el miedo limpio encontré también otra cosa: una determinación nueva, que no había sentido nunca. Yo ya no era el maestro encogido que colgaba el teléfono con la cara ardiendo. Ya no era el hijo cargando culpas de diecinueve años. Era un soñador que sabía mirarse las manos, que sabía mover la lámpara, que sabía barrer sus piedras. Todavía estaba aprendiendo —todavía me faltaba mucho—, pero por primera vez en mi vida sentía que tenía un camino bajo los pies, y que ese camino era mío.

Antes de acostarme, salí al patio. La noche sobre San Miguel de la Niebla estaba clara y llena de estrellas. Me miré las manos a la luz de la luna —las palmas, los dedos, la cicatriz del pulgar— y me pregunté en voz alta, como me había enseñado Don Aurelio: «¿estoy soñando?» No estaba soñando. Estaba despierto, de pie en el patio de la casa de mi abuela, con el corazón latiéndome en el pecho —mi teyolía, la viajera— y la certeza de que, dormido o despierto, ya nunca iba a volver a ser el mismo.

Adentro, sobre el buró, el cuaderno rojo me esperaba junto a la lámpara. Y en sus páginas, entre relatos de vuelos y de visitas, había una frase que había escrito esa mañana, después de colgarle al director, y que ahora —bajo las estrellas, con los ojos amarillos todavía frescos en la memoria— leía como una promesa:

«Hoy no reaccioné. Hoy observé. Hoy elegí.»

A la mañana siguiente, Don Aurelio me dio el último ejercicio del acecho, el más extraño de todos.

—Hoy vas a hacer todo al revés —me dijo—. Vas a caminar por el pueblo como si fueras otro. Otro paso, otra mirada, otra manera de saludar. Vas a ser un desconocido en tu propia vida. Y vas a fijarte en cómo te mira la gente cuando no te reconoce.

Lo hice. Caminé encorvado, con pasos cortos, mirando al suelo, saludando con la cabeza en vez de con la mano. Fui al mercado y pedí las cosas en voz baja, como avergonzado. Y ocurrió algo revelador: la gente me trataba distinto. La tortillera me dio las tortillas sin sonreírme. Un niño me miró raro. Don Chuy, el de la tienda, me preguntó «¿usted es de fuera, verdad?» Y yo —que llevaba meses viviendo ahí— me di cuenta de golpe de lo poco que hacía falta para dejar de ser quien era: un cambio de paso, una mirada baja, y el pueblo entero me reclasificaba. Mis hábitos, entendí, no solo me definían por dentro: me definían por fuera. Eran mi cara ante el mundo.

Esa tarde, de vuelta en mi cuerpo habitual —mi paso, mi mirada, mi saludo—, me senté en el corredor y escribí en el cuaderno verde la lección del día: «Soy mis hábitos. Si cambio mis hábitos, cambio quién soy. Y si puedo cambiar quién soy a voluntad, entonces no soy nadie en particular: soy el que elige.» Lo leí varias veces. Me dio vértigo y me dio libertad, las dos cosas juntas, como asomarse a un barranco.

El acecho había comenzado. Y con él, sin que yo lo supiera todavía, la verdadera prueba.

Interludio II: Lo que el abuelo no contó

*Fragmento del cuaderno forrado en cuero de Don Tomás Reyes, fechado 1979. La letra es firme, de hombre hecho, pero hay manchas de humedad en las esquinas, como si el cuaderno hubiera llorado.*

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San Miguel de la Niebla, 9 de noviembre de 1979.

Hace once años que empecé este cuaderno con la mano temblando. Hoy la mano no me tiembla al escribir, pero me tiembla otra cosa más adentro, y por eso escribo esto. Porque hay algo que nunca conté, ni a Don Refugio, ni a mi mujer, ni a nadie. Y si este cuaderno va a quedar para alguien —para mi hijo, para mi nieto, para quien sea—, ese alguien tiene que saberlo. El camino del nagual no se hereda limpio. Se hereda con sus sombras. Y esta es la mía.

Corrí. Eso es lo que no conté. En el ensueño, corrí.

Fue en el tercer año de mi aprendizaje. Yo ya cruzaba la puerta casi cuando quería. Ya no me conformaba con mirarme las manos y caminar unos pasos por la milpa del sueño. Quería más. Don Refugio me había advertido —me lo advirtió tantas veces que me lo sé de memoria—: «El ensueño tiene hondura, muchacho. Quédate en la orilla hasta que sepas nadar». Pero yo tenía veinte años y me creía nadador. Una noche, en el ensueño, vi a lo lejos una luz. No era como las otras luces del sueño. Era una luz que llamaba. Que decía mi nombre sin decirlo. Y en vez de quedarme quieto, en vez de mirarme las manos, en vez de hacer todo lo que me habían enseñado, corrí hacia ella.

Todavía me acuerdo del momento exacto en que entendí que me había perdido. Fue cuando miré hacia atrás y ya no vi la milpa. Ni el río. Ni nada que yo conociera. Estaba en un lugar gris, sin arriba ni abajo, y la luz que me había llamado ya no estaba. Había silencio. Un silencio que pesaba. Y entonces sentí miedo de verdad por primera vez en mi vida. No el miedo de niño a la oscuridad. Otro miedo. El miedo de saber que uno se metió donde no debía y que no sabe regresar.

Quise despertar. No pude. Quise gritar. No tenía voz. Quise mirarme las manos y mis manos no estaban. O estaban, pero no las veía. Era como si me hubiera deshecho. Como si el que corría ya no fuera yo, sino algo que se parecía a mí y que se estaba deshaciendo a cada paso. Y entendí, con una claridad terrible, lo que Don Refugio me había dicho tantas veces sin que yo lo entendiera: que en el nagual no hay suelo. Que si uno corre sin saber, se cae para siempre.

No sé cuánto tiempo estuve perdido. Allá el tiempo no es tiempo. Pudo ser una hora o pudo ser un siglo. Solo sé que empecé a olvidar. Primero olvidé mi nombre. Después olvidé la cara de mi madre. Después olvidé por qué había corrido. Y cuando ya casi no quedaba nada de mí, cuando era apenas un temblor en la grisura, oí una voz. Su voz.

«Muchacho pendejo», dijo Don Refugio. Y nunca una regañada me supo tan dulce.

Lo vi —o lo sentí, porque allá ver y sentir es lo mismo— parado frente a mí, con su morral de ixtle y su bastón de encino, igual que la primera tarde en la vereda del río. Me tendió la mano. No la mano de luz del ensueño: su mano de viejo, arrugada, de verdad. La agarré. Y tiró de mí. Tiró fuerte, como se tira de un muchacho que se está ahogando. Y mientras tiraba me decía: «No corras, Tomás. No corras nunca. El nagual no se alcanza corriendo. Se alcanza quedándose quieto».

Desperté en mi petate gritando. Mi mujer me abrazó y me dijo que había estado hablando dormido, que decía «no corras, no corras». Tenía el cuerpo empapado en sudor y el corazón desbocado. Tardé tres días en atreverme a volver a dormir de verdad. Tres días con los ojos abiertos en lo oscuro, muerto de miedo de volver a cruzar sin querer.

Cuando por fin me atreví a ver a Don Refugio, ya lo sabía todo. No sé cómo, pero lo sabía. Me miró largo rato y me dijo: «Ya te perdiste». No era pregunta. Le dije que sí, agachando la cabeza como un niño regañado. Me dijo: «Bien. Ahora sí eres mi aprendiz. El que no se ha perdido no sabe lo que es el camino». Y me abrazó. El viejo me abrazó y yo lloré en su hombro como no lloraba desde niño.

Me enseñó entonces lo que no me había enseñado antes, porque antes yo no estaba listo: que el ensueño tiene reglas que no se rompen. Que la primera regla es no correr detrás de ninguna luz, por hermosa que sea, porque no todas las luces son buenas. Que hay cosas en el nagual que llaman a los aprendices para perderse, y que el aprendiz que corre es el que se entrega solo. Que el intento —esa palabra que él usaba y que yo tardé años en entender— no es querer con ganas. Es querer con quietud. Es plantarse y decir «aquí estoy» sin moverse, hasta que el nagual venga a uno. Porque el nagual siempre viene al que sabe esperar. Siempre.

Don Refugio me contó entonces algo que nunca me había contado: que a él también le pasó. Que de joven, aprendiendo con su propio maestro, corrió detrás de una luz y se perdió tres días con sus noches. Que su maestro lo encontró porque lo anduvo buscando, porque los maestros de verdad no abandonan. «Todos corremos una vez, Tomás», me dijo. «Los pendejos corren dos». Me reí por primera vez en semanas. Y entendí que la vergüenza que yo cargaba no era mía solamente: era la vergüenza de todos los aprendices desde que el mundo es mundo. Eso me alivió y me comprometió a la vez. Si todos nos perdemos una vez, mi trabajo era que la mía sirviera para algo.

Años después, cuando me tocó enseñar a mí, repetí sus palabras casi sin darme cuenta. Tuve dos aprendices en mi vida —no diré sus nombres aquí, porque uno se quedó en el camino y el otro sigue andando, y ambos merecen su privacidad—. Al primero le dije «no corras» la primera noche, con la solemnidad de quien entrega un secreto. Me miró como yo había mirado a Don Refugio a los diecisiete: con esa mezcla de respeto y de incredulidad que tienen los jóvenes cuando un viejo les habla en serio. Se perdió a los seis meses. No en el ensueño: en la vida. Se fue al norte, dejó el camino, y no he vuelto a saber de él. A veces pienso que correr en el ensueño y correr en la vida es lo mismo: la misma prisa, el mismo no saber esperar. Al segundo le fue mejor. Todavía me visita en noviembre, me trae copal, y nos sentamos a no decir nada, que es la mejor conversación entre maestro y aprendiz.

Pasé un año entero sin cruzar la puerta. Un año de castigo que yo mismo me impuse y que Don Refugio aprobó sin decir palabra. Un año de temazcal, de trabajo en la milpa, de cuidar a mi hijo recién nacido, de aprender a estar en el tonal —en el día, en lo ordinario— con la misma atención con la que había aprendido a estar en el ensueño. Mi mujer me preguntaba qué me pasaba, por qué andaba tan callado, y yo no sabía explicarle. ¿Cómo se le explica a alguien que uno se perdió en un lugar que no existe en los mapas y que un viejo lo sacó de la grisura? No se explica. Se vive. Se carga.

En ese año aprendí algo que ningún ensueño me había enseñado: a estar. Nada más que a estar. A sentarme en la tarde a mirar la milpa sin querer que fuera otra cosa. A cargar a mi hijo y sentir su peso como lo único real del mundo. A comer tortilla con sal y dar gracias de verdad. Don Refugio me dijo una vez, viéndome sentado sin hacer nada: «Ya estás aprendiendo lo más difícil, muchacho. El nagual premia al que sabe estar en el tonal». Yo no entendí entonces. Ahora sí: el que no sabe estar quieto de día, tampoco sabe estar quieto de noche. La quietud es una sola.

Y cuando por fin volví a cruzar, lo hice distinto. Sin prisa. Sin querer llegar a ningún lado. Me paré en la milpa del sueño, me miré las manos, y me quedé quieto. Y fue entonces, quieto, cuando vi más lejos que nunca. Vi el río del sueño desembocar en un mar que no existe, vi cerros que no están en ningún mapa, vi a Don Refugio joven, riéndose, saludándome desde lejos. Todo sin moverme. Cuando entendí que la quietud no es no moverse: es moverse sin perderse. Es llevar la orilla con uno a donde vaya.

Por eso escribo esto hoy, once años después de la primera página. Porque sé que este cuaderno va a caer en manos de alguien joven. Tal vez mi nieto. Tal vez un muchacho que todavía no nace. Y ese alguien va a cruzar la puerta, porque la puerta se cruza, tarde o temprano, en esta familia. Y cuando la cruce, va a sentir la tentación de correr. Todos la sentimos. La luz que llama es la cosa más hermosa que uno ve en la vida. Y por eso mismo es la más peligrosa.

Así que aquí va, escrito con la letra firme de un hombre que ya se perdió y ya volvió. Que conste. Que quede:

No corras.

No corras detrás de la luz. No corras detrás de nada. El que corre en el ensueño se pierde, y el que se pierde sin maestro no vuelve. Quédate quieto. Mírate las manos. Respira. Di «aquí estoy». Y espera. El nagual viene al que sabe esperar. Siempre viene. Pero hay que saber esperar.

Yo corrí. Me perdí. Un hombre bueno me rescató. No cuentes con que siempre habrá una mano tendida en la grisura. Aprende a no necesitarla.

Don Refugio murió el año pasado. Lo enterramos en el cerro, donde él quiso, mirando al oriente. En el velorio, su compadre del temazcal me dijo: «El viejo decía que tú eras el que seguía». Yo no dije nada. Pero esa noche, en el ensueño, lo vi. Estaba parado en la vereda del río, igual que la primera vez, y me dijo: «Tardaste». Y yo me reí y lloré al mismo tiempo, porque entendí que los muertos no se van del todo si uno aprende a escucharlos. Él me lo había dicho once años antes. Tenía razón en todo, el viejo. En todo.

Ahora el que enseña soy yo. Que Dios me agarre confesado.

Tomás Reyes, aprendiz rescatado, maestro a la fuerza.

Capítulo 11: Los cuatro rumbos

La caminata empezó antes del amanecer, cuando la niebla todavía le ponía un velo blanco a San Miguel de la Niebla y los perros ni siquiera habían despertado del todo. Don Aurelio Tecpanécatl pasó por la casa de Daniel cuando el cielo apenas era un tizne azul sobre la sierra. No tocó: empujó la puerta de madera con el hombro, como si la casa lo hubiera estado esperando.

—Hoy caminamos —dijo, y eso fue todo.

Daniel tomó el cuaderno de Don Tomás, porque ya no sabía salir sin él, y se echó encima el sarape. Don Aurelio llevaba su morral de ixtle y nada más. En el fondo del morral se adivinaba el copal, envuelto en una tela roja, y una bolsa de cacao que el viejo había molido esa misma madrugada, canturreando bajito mientras lo hacía, como si moler fuera otra forma de rezar.

Bajaron por la calle empedrada hacia la salida del pueblo. La niebla les llegaba a las rodillas. El primer gallo cantó desde algún solar y el sonido se quedó flotando en el aire húmedo, como suspendido.

—¿A dónde vamos? —preguntó Daniel, porque el silencio del viejo pesaba más que las palabras.

—A los cuatro rumbos —respondió Don Aurelio—. Un hombre que quiere caminar con el nagual tiene que conocer primero el suelo que pisa. No el del mapa, mijo. El de verdad.

Subieron la loma del oriente por un sendero que Daniel creía conocer de memoria: era el camino que tomaba para ir a la escuela, la vereda de todos los días. Pero con Don Aurelio las cosas se veían distintas, como si el viejo fuera encendiendo las piedras a su paso.

En la cima había una piedra plana, ancha como una mesa de cocina, que miraba hacia el sol naciente. Don Aurelio se detuvo ahí y sacó el copal de su morral.

—El oriente —dijo—. El rumbo de la salida del sol. Aquí se pide claridad. Aquí se ofrece el primer pensamiento del día.

Encendió el copal con una brasa que traía guardada en un cantarito, y el humo blanco subió derecho, sin que el viento lo torciera. Daniel miró la bola del sol asomarse por el filo de la sierra y sintió que algo en el pecho se le abría, como una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada.

Don Aurelio puso en la piedra unos granos de cacao y una jícara de agua. Luego se quedó de pie, mirando al sol, y habló. No a Daniel. Hablaba hacia el este, con la voz bajita y pareja de quien ya ha dicho estas palabras mil veces y todavía las dice como si fuera la primera.

—Señor de la luz que ordena —dijo—. Señor de la serpiente emplumada. Enséñale a este hombre a poner orden adentro.

Después se volvió hacia Daniel.

—Habla tú —dijo—. Pero no con la cabeza. Con lo de adentro.

Daniel se quedó callado. ¿Qué se le dice al sol? Había pasado treinta y cuatro años diciéndole cosas a nadie, y ahora que tenía delante algo que lo escuchaba de verdad, se le secó la boca.

—Yo... —empezó, y se rió nervioso—. No sé qué decir.

—Di la verdad —dijo el viejo—. La que no le dices ni a ti mismo.

Daniel miró el sol, que ya picaba los ojos, y de pronto le salió, sin permiso:

—Tengo miedo de quedarme aquí para siempre. Y tengo miedo de irme.

El copal humeó. El humo se torció apenas, como si el viento hubiera respirado. Daniel sintió que las palabras que acababa de decir eran más pesadas que cualquier piedra, y al mismo tiempo sintió un alivio raro, como cuando te sacan una muela que llevaba días doliendo.

—Bueno —dijo Don Aurelio—. Ya empezaste.

Siguieron caminando, ahora hacia el sur. El camino bajaba entre milpas donde el maíz ya estaba alto, y el calor empezó a apretar. Don Aurelio caminaba con un paso parejo, de hombre que ha caminado toda su vida y no tiene prisa por llegar a ningún lado. Daniel iba detrás, con los pies ya cansados, preguntándose si el viejo se cansaba alguna vez.

El rumbo del sur era una ceiba enorme a la orilla de un arroyo. Don Aurelio se sentó a su sombra y sacó del morral una tortilla y un poco de queso.

—El sur —dijo—. El rumbo de la inocencia y de la risa. Aquí se ofrece el descanso. Aquí se acuerda uno de que la vida también es para reírse.

Comieron en silencio. El arroyo sonaba entre las piedras. Una mariposa amarilla dio vueltas alrededor de ellos y se fue.

—En el sur —continuó el viejo, limpiándose la boca con el dorso de la mano— se siembra la alegría. Un hombre amargado no puede ver el nagual, mijo. El nagual se espanta con la amargura, como los pájaros se espantan con el ruido.

Daniel pensó en su vida de antes: la ciudad, la escuela donde daba historia a muchachos que no querían escuchar, el departamento rentado, las noches frente a la televisión. Pensó en lo poco que se había reído en los últimos años. Y pensó que tal vez eso era lo primero que tenía que ofrendar: la tristeza seria, la seriedad triste con la que había vivido.

—Ríete —le dijo Don Aurelio, como si le hubiera leído la mente—. Anda. Una risa de verdad.

Y Daniel se rió. Al principio forzada, después de verdad, una risa que le salió de la panza y lo sacudió entero, y el viejo se rió con él, y los dos se quedaron riendo bajo la ceiba hasta que se les salieron las lágrimas. La mariposa amarilla volvió y dio otra vuelta, como si también se riera.

—Ríete —le dijo Don Aurelio, como si le hubiera leído la mente—. Anda. Una risa de verdad.

Y Daniel se rió. Al principio forzada, después de verdad, una risa que le salió de la panza y lo sacudió entero, y el viejo se rió con él, y los dos se quedaron riendo bajo la ceiba hasta que se les salieron las lágrimas. La mariposa amarilla volvió y dio otra vuelta, como si también se riera.

Se quedaron un rato más bajo la ceiba, dejando que el mediodía pasara. Don Aurelio se recargó en el tronco y cerró los ojos, y Daniel pensó que se había dormido, pero de pronto el viejo habló sin abrirlos.

—Tu abuela Remedios hacía esta caminata —dijo—. Cada año, el día de su santo. Sola. Yo la vi una vez, de muchacho, y le pregunté a dónde iba tan de madrugada. Me dijo: «Voy a ponerle orden a mi casa, Aurelio. La casa de adentro.» Tu abuela entendía los rumbos sin que nadie se los enseñara. Las mujeres de antes traían la enseñanza en la sangre.

Daniel sintió un nudo en la garganta. Doña Remedios. La casa heredada, el olor a café de olla en las mañanas, las manos de su abuela amasando tortillas mientras le contaba que en este pueblo las cosas se veían de noche si uno sabía mirar. Él la había querido, sí, pero con la prisa de quien tiene la vida en otra parte. Ahora entendía que la abuela había estado esperándolo todo el tiempo, guardándole la casa, guardándole el cuaderno de Don Tomás, guardándole el lugar.

—¿Por qué me dejó la casa a mí? —preguntó en voz baja—. Tenía otros nietos. Primos.

Don Aurelio abrió los ojos y lo miró fijo.

—Porque tú eras el que se había perdido —dijo—. Los otros sabían dónde estaban. Tú no. Y una casa no se le deja al que está bien, mijo. Se le deja al que necesita un lugar para encontrarse.

El arroyo siguió sonando. Daniel se limpió los ojos con el sarape, sin vergüenza. El sur, el rumbo de la inocencia: también era el rumbo donde uno podía llorar sin que nadie lo juzgara.

—Cuénteme de mi abuelo —pidió Daniel—. De Don Tomás. El cuaderno dice muchas cosas, pero no dice cómo era.

El viejo se quedó callado un buen rato, como si estuviera decidiendo qué contar y qué callar.

—Tu abuelo era un hombre bravo —dijo al fin—. No bravo de pleito. Bravo de adentro. Aprendió conmigo algunas cosas, las del ensueño, las de la recapitulación. Pero él quiso ir más lejos, más rápido. Tezcatlipoca le habló bonito, como les habla a todos: le dijo que podía curar sin pedir permiso, que podía ver sin ofrendar, que no necesitaba a nadie. Y Don Tomás se creyó más listo que la enseñanza.

—¿Qué le pasó?

—Se perdió en el ensueño —dijo Don Aurelio, y su voz se puso grave—. Una noche entró muy hondo y no supo regresar. Lo encontramos al amanecer, sentado bajo un árbol, con los ojos abiertos y la mirada en otra parte. Tardó meses en volver del todo. Por eso escribió el cuaderno: para que el que viniera después no cometiera su mismo error. Para ti, Daniel. Él ya sabía que ibas a ser tú.

Daniel sintió que el aire se le iba. El cuaderno, que llevaba meses leyendo como un manual, de pronto era una carta. Una advertencia escrita con la mano temblorosa de un hombre que se había asomado al abismo y había vuelto para contarlo.

—Por eso voy despacio contigo —continuó el viejo—. Por eso no te enseño todo de un jalón. Tu abuelo quiso correr y se cayó. Tú vas a caminar. Aunque te tardes. Aunque te duelan los pies.

Se levantaron y siguieron hacia el poniente. El sol ya bajaba. Daniel caminaba distinto ahora, con el peso de lo que acababa de oír, y también con una gratitud nueva: gratitud por el viejo que caminaba delante de él, despacio, cuidando su paso como quien cuida a un niño que aprende a andar.

El rumbo del poniente era el más duro. Subieron la loma de los ocotes por un sendero empinado, y Daniel llegó jadeando, con las piernas temblando. Ahí, entre los pinos, Don Aurelio se detuvo frente a un claro donde el sol ya se estaba poniendo y el cielo se puso del color de la sangre.

—El poniente —dijo el viejo, y su voz cambió—. El rumbo de la muerte. Aquí se ofrece lo que uno ya no necesita. Aquí se deja morir lo que estorba.

Sacó el copal otra vez y lo encendió. El humo esta vez se quedó bajo, pegado a la tierra, como si también le costara trabajo subir.

—¿Qué dejo? —preguntó Daniel.

—Lo que te pese —dijo Don Aurelio—. Lo que cargues y ya no te sirva.

Daniel cerró los ojos. Y ahí, con el sol muriendo detrás de la sierra, le salieron las cosas, una por una, como piedras de un costal que se voltea: la culpa por no haber venido a ver a su abuela Doña Remedios en sus últimos meses, porque la ciudad, porque el trabajo, porque siempre había un pretexto; la rabia vieja contra su padre, que se fue cuando Daniel era niño y nunca volvió; la soberbia de creer que por tener un título sabía más que los viejos del pueblo; el miedo a que todo esto —el nagual, el ensueño, Don Aurelio— fuera una locura suya, una fantasía para no aceptar que su vida no había sido lo que soñó.

Lo dijo todo en voz alta. El copal humeó. Y cuando terminó, el viento bajó de la sierra, frío y limpio, y se llevó el humo hacia el poniente, hacia donde el sol se había hundido.

Daniel se quedó temblando, pero no de frío.

—Ya —dijo el viejo, y le puso la mano en el hombro—. Ya dejaste lo que pesaba.

Se sentaron un rato en el claro, viendo cómo el cielo se apagaba. El copal se había consumido y solo quedaba el olor, dulce y amargo a la vez. Daniel se sentía vacío, pero era un vacío limpio, como una casa después de barrerla.

—Don Aurelio —dijo—, ¿usted también dejó cosas aquí? ¿En el poniente?

El viejo se rió bajito.

—Cada año, mijo. Cada año vengo y dejo algo. El año pasado dejé el orgullo de creer que ya lo sabía todo. A mi edad, fíjate. El poniente no se acaba nunca. Siempre hay algo que soltar. El que crea que ya no tiene nada que dejar, ese es el que más cargado anda.

—¿Y Elías? —preguntó Daniel de pronto, y se arrepintió en cuanto lo dijo—. El de la barranca. ¿Él también camina los rumbos?

El silencio que siguió fue largo. Don Aurelio miró hacia la barranca, que desde ahí se veía como una herida oscura entre los cerros.

—Elías caminó los rumbos —dijo al fin—. Hace mucho. Era mi aprendiz, ¿sabías? El más listo que tuve. Aprendía todo a la primera. Pero Tezcatlipoca le habló, como le habla a todos los listos, y él lo escuchó. Quiso el poder sin el servicio. Quiso mandar en vez de acompañar. Y se fue a la barranca, donde la sombra es más espesa.

—¿Lo ve? ¿Habla con él?

—Lo veo de lejos, a veces. En el mercado, en el camino. Nos miramos y cada quien sigue su rumbo. Él sabe que yo sé dónde está. Yo sé que él sabe que lo sé. Así nos llevamos.

—¿No tiene miedo?

Don Aurelio se quedó pensando.

—El miedo es de Tezcatlipoca, mijo. Yo no peleo con Elías. Peleo conmigo mismo, todos los días. Eso me ocupa bastante. Cuando llegue el tiempo de Elías, llegará. Todavía no es tiempo.

El cielo ya estaba negro y salpicado de estrellas. Se levantaron y empezaron la caminata al norte, el último rumbo. La luna había salido, grande y blanca, y el camino se veía plateado. Don Aurelio los llevó hasta una cueva baja en el cerro del norte, un hueco en la piedra donde cabían dos personas sentadas.

—El norte —dijo—. El rumbo de la sabiduría y de los ancestros. Aquí se ofrece el silencio. Aquí se escucha.

Entraron a la cueva. El viejo encendió una veladora y la puso entre los dos. Afuera, el viento empezó a sonar entre las piedras, y Daniel entendió que ese era el viento del que hablaba Don Aurelio: no un viento cualquiera, sino el viento que responde.

—Ahora habla —dijo el viejo—. Habla con sinceridad. De lo que de verdad quieres. De lo que de verdad eres.

Daniel miró la llama de la veladora. Pensó en Mateo, el niño enfermo que Lucía atendía en la clínica y por el que nadie sabía qué hacer. Pensó en su abuela, en el cuaderno de Don Tomás, en las noches de ensueño en las que se veía las manos y sabía que estaba soñando. Pensó en todo lo que había aprendido y en lo poco que era, y de pronto las palabras le salieron solas, sin la cabeza de por medio:

—Quiero servir —dijo—. No quiero ser importante. No quiero que me admiren. Quiero ser útil. Quiero que lo que aprenda sirva para curar, para enseñar, para acompañar. Quiero ser como usted, Don Aurelio. No el nagual. El hombre. El hombre que se queda cuando todos se van.

El viento afuera se detuvo. Un silencio absoluto cayó sobre la cueva, sobre el cerro, sobre la noche entera. Y entonces el viento volvió, pero distinto: entró a la cueva en una ráfaga suave, tibia, que hizo bailar la llama de la veladora sin apagarla, y le revolvió el pelo a Daniel, y le pasó por la cara como una mano.

Don Aurelio sonrió. Era la primera vez que Daniel lo veía sonreír así, con los ojos brillando a la luz de la vela.

—Te escuchó —dijo el viejo—. El viento te escuchó, mijo.

Salieron de la cueva y se sentaron en la boca, mirando el pueblo abajo, un puñado de luces amarillas en la niebla. Don Aurelio sacó de su morral los últimos granos de cacao y los echó al viento, que se los llevó hacia las luces.

—Ahora sí —dijo—. Ahora te puedo enseñar lo de los dos señores.

Y habló, despacio, mirando las estrellas.

—Hay dos fuerzas dentro de cada persona, Daniel. Los antiguos les pusieron nombre: Quetzalcóatl y Tezcatlipoca. La serpiente emplumada y el espejo humeante. La luz que ordena y la sombra que prueba.

»Quetzalcóatl es el que quiere que crezcas, que aprendas, que sirvas. Es el orden, la palabra verdadera, el sacrificio por los demás. Tezcatlipoca es el que te tienta, el que te pone la prueba, el que te dice que eres más que los otros, el que te empuja a la soberbia y al miedo. Pero óyeme bien: los dos son necesarios. Sin Tezcatlipoca, Quetzalcóatl se vuelve blandengue, un santo de cartón. Sin Quetzalcóatl, Tezcatlipoca se vuelve pura destrucción.

»El nagual no es pelear contra tu sombra, mijo. Es caminar con las dos fuerzas adentro y saber cuál va hablando en cada momento. Cuando hables con sinceridad, como ahorita, habla Quetzalcóatl. Cuando quieras lucirte, cuando tengas miedo y lo escondas con enojo, habla Tezcatlipoca. Aprende a distinguir sus voces. Esa es la verdadera enseñanza de los cuatro rumbos: que adentro de ti también hay cuatro rumbos, y dos señores, y un viento que responde cuando hablas de verdad.

»Te voy a contar lo que me contó mi maestro —siguió el viejo, y su voz tomó el tono de los cuentos viejos—. Dicen que al principio del mundo, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca eran hermanos, y juntos sostenían el cielo. Uno ponía la luz y el otro ponía la noche. Uno ponía el orden y el otro ponía la prueba. Y el mundo caminaba bien, porque había equilibrio.

»Pero un día Tezcatlipoca quiso el cielo para él solo. Bajó a la tierra convertido en jaguar y se comió a los primeros hombres, para demostrar que la sombra era más fuerte que la luz. Quetzalcóatl no peleó con él. ¿Sabes qué hizo? Se fue. Se retiró al oriente, al rumbo del amanecer, y desde ahí siguió mandando la luz cada mañana, sin falta, aunque nadie se la agradeciera. Y Tezcatlipoca se quedó con la noche, rugiendo, esperando que alguien le tuviera miedo.

»Los hombres aprendieron de los dos: de uno, a sembrar y a curar; del otro, a cuidarse y a ser valientes. Porque un hombre que solo conoce la luz es un niño. Y un hombre que solo conoce la sombra es una fiera. El hombre de verdad conoce las dos y camina entre ellas.

Daniel escuchaba con la piel erizada. Abajo, en el pueblo, las luces amarillas parpadeaban entre la niebla, y le pareció que cada luz era una persona caminando entre sus dos señores, entre su luz y su sombra, sin saberlo.

—¿Y cómo se sabe —preguntó— cuál de los dos está hablando?

—Por el sabor que te deja —dijo Don Aurelio—. Quetzalcóatl te deja en paz, aunque te duela lo que te dijo. Tezcatlipoca te deja inquieto, aunque te haya dicho algo bonito. Aprende a sentir el sabor de tus pensamientos, mijo. Esa es la brújula.

Se quedaron callados un largo rato. El viento de la noche movía las copas de los árboles y traía el olor de la tierra mojada. Daniel pensó en su abuelo Don Tomás, que había escuchado a Tezcatlipoca y se había perdido; pensó en Elías, que había elegido la barranca; pensó en él mismo, caminando entre los dos, con los pies cansados y el corazón abierto.

—Ya vámonos —dijo el viejo, poniéndose de pie—. Mañana es otro día, y el nagual no espera a los que se quedan sentados.

Bajaron al pueblo en silencio. Era ya muy de noche. En la plaza, un perro ladró una vez y se calló. Don Aurelio se despidió en la puerta de la casa de Daniel con un apretón en el hombro que decía más que cualquier palabra.

Daniel entró, se sentó en la mesa de la cocina y abrió el cuaderno de Don Tomás. Escribió hasta que la vela se acabó: los cuatro rumbos, las ofrendas, el viento que respondió, los dos señores. Y al final escribió una sola línea, con la letra temblorosa:

Hoy hablé con sinceridad y el viento me contestó.

Afuera, en la barranca, un cuervo graznó una vez en la oscuridad. Daniel levantó la cabeza. Se acordó de lo que decían en el pueblo: que Elías, el brujo de la barranca, mandaba a sus cuervos a espiar. Pero el graznido no se repitió, y Daniel volvió a su cuaderno. Todavía no era tiempo de pensar en Elías. Todavía faltaba mucho camino.

Capítulo 12: Hikuri

Don Aurelio le avisó una tarde de octubre, mientras desgranaban maíz en el patio de la casa de Daniel.

—Nos vamos a la sierra —dijo, sin levantar la vista de la mazorca—. A ver a Don José.

—¿Quién es Don José?

—Un mara'akame. Un cantador wixárika. De los de verdad, de los que todavía caminan al desierto. Le pedí permiso para llevarte. Aceptó. No preguntes más: allá entiendes.

Daniel no preguntó más. Pero esa noche no pudo dormir. Había oído hablar del hikuri, del peyote, en la ciudad: en documentales, en pláticas de café, siempre con ese tono entre morboso y burlón con el que la gente de ciudad habla de lo sagrado de otros. Él sabía que lo que iba a vivir no tenía nada que ver con eso, y sin embargo le daba un miedo sordo, un respeto que le apretaba el pecho.

Salieron al amanecer, en la camioneta destartalada de Don Aurelio. El camino fue larguísimo: primero la carretera, después terracería, después veredas donde la camioneta apenas cabía. La sierra se fue cerrando alrededor de ellos, verde y empinada, con barrancas que daban vértigo. Daniel miraba por la ventana y pensaba que cada curva lo alejaba más de todo lo que conocía.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó al fin—. ¿Cómo me preparo?

—Ya te estás preparando —dijo el viejo—. Desde hace tres días no comes carne, ¿verdad? Te lo pedí y lo hiciste sin preguntar. Eso es prepararse. Allá te dicen lo demás. Tú solo lleva respeto. El respeto es la única maleta.

Llegaron al atardecer a una ranchería de adobe y piedra, encaramada en la ladera. Un hombre mayor salió a recibirlos: Don José, el mara'akame. Tendría unos setenta años, la cara surcada como la tierra arada, los ojos clarísimos. Vestía camisa y pantalón bordados con venados y flores de colores que parecían moverse cuando caminaba. Abrazó a Don Aurelio como se abrazan los hermanos viejos, y a Daniel lo miró largo rato, sin decir nada, hasta que asintió una vez, despacio.

—Bienvenido —dijo, y su voz era como el agua de un arroyo—. Aquí no se viene a ver. Aquí se viene a estar.

Esa noche cenaron tortillas, frijoles y quelites. Nada de carne, nada de sal en exceso, nada de alcohol. Don José les explicó, con la sencillez de quien explica lo obvio, lo que venía:

—Mañana ayunamos. Al atardecer prendemos el fuego. Cantamos toda la noche. El hikuri es nuestro hermano mayor, no una cosa que se toma. Se le pide permiso. Se le canta. Se le escucha. El que viene con la cabeza llena de preguntas se va con la cabeza llena de respuestas que no entiende. El que viene vacío, ese sí escucha.

Daniel durmió en un petate, en el cuarto de adobe, oyendo el viento de la sierra y pensando en lo que Don José había dicho: venir vacío. ¿Cómo se vacía uno? Llevaba treinta y cuatro años llenándose de cosas: de libros, de opiniones, de miedos. Vaciarse le parecía la tarea más difícil de todas.

El día del ayuno amaneció con una neblina fina que se metía hasta los huesos. Daniel se levantó antes que todos y salió al patio. La sierra estaba ahí, enorme, verde, callada, y él se sintió pequeñísimo, un puntito en la ladera. Le gustó sentirse pequeño. En la ciudad siempre había tratado de sentirse grande: el maestro, el que sabe, el que explica. Aquí no hacía falta.

Don José lo encontró barriendo el patio —Daniel había agarrado la escoba sin que nadie se lo pidiera, porque las manos necesitaban hacer algo— y se sentó en una piedra a mirarlo.

—Te voy a contar —dijo el viejo— por qué el hikuri es nuestro hermano mayor.

Y contó, despacio, mientras Daniel barría y el sol iba subiendo:

—Dicen los antiguos que cuando el mundo era nuevo, los dioses se reunieron para ver quién iba a cuidar a los hombres. El venado dijo: yo los voy a guiar, les voy a enseñar dónde está el agua. El maíz dijo: yo los voy a alimentar. Y el hikuri, que era el más chiquito de todos, dijo: yo voy a ser el que les recuerde. Porque los hombres se les olvida todo, dijo. Se les olvida de dónde vienen. Yo voy a ser su memoria.

»Por eso no es una cosa que se toma, mijo. Es un abuelo que te sienta en sus rodillas y te cuenta quién eres. Y a un abuelo no se le llega con las manos vacías ni con la boca sucia. Se le llega limpio: el cuerpo limpio, la boca limpia, el corazón limpio. Por eso el ayuno. Por eso no se habla de más. Por eso las mujeres no pueden estar en sus días y los hombres no pueden haber estado con mujer: porque se llega como se llega a ver a un anciano respetable. Limpio.

Daniel dejó de barrer y se quedó mirando al viejo.

—¿Y si uno no está limpio por dentro? —preguntó—. ¿Si trae cosas feas?

Don José sonrió.

—Todos traemos cosas feas, mijo. Limpio no quiere decir perfecto. Quiere decir sincero. El hikuri no castiga al que trae sombra: lo que hace es enseñarte tu sombra para que la veas. El que se espanta y sale corriendo, ese no estaba listo. El que se queda y mira, ese aprende.

A mediodía, Don Aurelio se sentó con Daniel bajo un encino y le habló en voz baja, como se hablan las cosas importantes.

—Te voy a decir algo que no te he dicho —dijo el viejo—. Yo vine aquí la primera vez hace más de cincuenta años. Era joven, más joven que tú. Y vine con la cabeza llena de preguntas, como tú. Le pregunté al hikuri que por qué me había elegido a mí, que yo qué tenía de especial. ¿Sabes qué me contestó? Nada. Me mostró a mi madre, muerta hacía años, tendiendo ropa al sol. Y entendí: no me había elegido por especial. Me había elegido porque era su pariente, como todos. Eso es todo lo que somos, Daniel: parientes. Parientes de la tierra, del venado, del fuego. La soberbia es creer que eres más que pariente. La humildad es saber que con ser pariente basta.

Daniel sintió que esas palabras le caían adentro como piedras en un pozo hondo.

—¿Y si veo algo feo esta noche? —preguntó—. ¿Si el hikuri me enseña algo que no quiero ver?

—Entonces míralo —dijo Don Aurelio—. Míralo de frente. Lo feo que no se mira crece en la oscuridad. Lo feo que se mira, se achica. Esa es toda la enseñanza. No hay otra.

En la tarde, Daniel caminó solo por la ladera. Se sentó en una piedra y miró el valle abajo, las milpitas, el humo de las cocinas subiendo derecho. Pensó en Mateo, el niño de ocho años que llevaba semanas enfermo sin que los doctores supieran qué tenía. Lucía, la enfermera, le había contado que el niño se despertaba llorando en las noches, diciendo que algo lo jalaba de los pies. Los doctores decían que eran nervios. La mamá del niño decía que era susto. Daniel no sabía qué era, pero sabía que esta noche iba a preguntar por él. No por él mismo: por el niño. Como le había dicho a Don José: venía por otro.

El sol se puso detrás de la sierra y el frío bajó de golpe. Daniel volvió a la ranchería con el corazón latiéndole fuerte, y vio que ya estaban armando el fuego. Su noche estaba por empezar.

Esa tarde, antes de la velación, ayudó a juntar la última leña, a barrer el patio, a cargar agua. Nadie le pedía nada, pero el trabajo salía solo, como si la ranchería lo fuera acomodando. Antes de que cayera el sol, Don José lo llamó aparte y le puso en las manos una jícara de agua.

—Bebe despacio —dijo—. Y dime: ¿por qué vienes?

Daniel pensó en todas las respuestas posibles: porque Don Aurelio me trajo, porque quiero aprender, porque soy maestro y quiero entender. Pero ninguna era la verdad de adentro. Al final dijo lo único verdadero:

—Porque quiero servir mejor. Hay un niño enfermo en mi pueblo. Y yo no sé cómo ayudarlo.

Don José lo miró con esos ojos claros y asintió.

—Buena respuesta —dijo—. El hikuri escucha a los que vienen por otros. A los que vienen por ellos mismos, también los escucha, pero les cuesta más trabajo.

Al atardecer, prendieron el fuego. No era una fogata cualquiera: Don José la armó con un cuidado ritual, poniendo cada leño en su lugar, rezando en wixárika bajito mientras lo hacía. Cuando la llama agarró, el viejo se sentó frente a ella con su tambor y empezó a cantar.

El canto era lo más antiguo que Daniel había oído en su vida. No tenía principio ni fin: era un río de voz que subía y bajaba, que nombraba al venado, al sol, al maíz, a la lluvia. Don Aurelio cantaba también, bajito, en su lengua, y las mujeres de la ranchería respondían desde la oscuridad con un coro suave. El fuego crepitaba. Las estrellas salieron, una por una, hasta que el cielo estuvo lleno.

Entonces Don José se levantó, fue a un rincón del jacal y volvió con una canasta. Sacó de ella los botones del hikuri: pequeños, verdes, coronados de una pelusa blanca como la de un durazno. Los puso en una manta, frente al fuego, y les cantó. Les pidió permiso. Les habló como se le habla a un abuelo.

Daniel sintió que el corazón se le salía. Esto no era lo que había visto en los documentales. Esto era una iglesia. Esto era más serio que cualquier misa a la que hubiera ido.

Don José le ofreció el hikuri con las dos manos, mirándolo a los ojos.

—Recíbelo como a un maestro —dijo—. No le pidas nada. Escúchalo.

Daniel lo recibió. Lo masticó despacio, como le habían indicado, con respeto, sin prisa. El sabor era amargo, terroso, como morder la tierra misma. Siguió cantando el coro, con la voz temblorosa, y esperó.

Al principio no pasó nada. El fuego seguía crepitando, el canto seguía fluyendo, y Daniel pensó, con una punzada de vergüenza, que tal vez a él no le iba a pasar nada, que tal vez no era digno. Pero Don José, sin dejar de cantar, le puso la mano en el hombro y le dijo al oído:

—No esperes. Estate.

Y Daniel dejó de esperar. Y entonces empezó.

Primero fue el fuego. La llama dejó de ser una llama y se volvió un ser: un animal de luz que respiraba, que lo miraba, que le hablaba sin palabras. Daniel sintió que el fuego le estaba mostrando su propio corazón, latiendo al mismo ritmo que la llama. Cada latido era una pregunta. Cada pregunta se respondía sola.

Después vino el venado.

Lo vio al borde del círculo de luz, entre la oscuridad y el fuego: un venado azul, del color del cielo antes del amanecer, con los cuernos como ramas de un árbol sagrado. No era un animal: era una presencia. Daniel supo, sin que nadie se lo dijera, que era Kauyumari, el hermano venado, el que guía a los que buscan. El venado lo miró con unos ojos que eran más viejos que la sierra, y Daniel sintió que esos ojos lo estaban leyendo por dentro, página por página, como el cuaderno de Don Tomás.

No tengas miedo, decían los ojos. Ya estuviste aquí antes.

Y Daniel entendió, con una certeza que no venía de la cabeza, que era verdad: que su tonalli, su alma, conocía este lugar desde antes de nacer. Que había estado en esta sierra, junto a este fuego, en otra vida, en otro cuerpo. Que Don José no era un extraño: era un hermano que lo estaba esperando desde hacía mucho tiempo.

El venado se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la oscuridad. Daniel quiso seguirlo, pero sus piernas no se movían. Entonces el venado se detuvo y lo miró por encima del hombro, y Daniel comprendió: no tenía que caminar con los pies. Tenía que caminar con el alma.

Y caminó.

Lo que siguió no se puede contar con palabras de todos los días, pero Daniel lo intentó después, en el cuaderno, porque si no lo escribía se le iba a escapar como agua entre los dedos. Caminó con el venado azul por una sierra que era esta sierra y era todas las sierras. Vio la tierra desde adentro: las raíces de los árboles como venas, el agua subterránea como sangre, las piedras como huesos viejos. Sintió que la tierra estaba viva, que respiraba despacio, que sufría y que soñaba. Y sintió que él era parte de esa respiración, que su propio cuerpo era un pedacito de tierra que había aprendido a caminar.

Vio a su abuela Doña Remedios, joven, riéndose, tendiendo ropa al sol. Vio a Don Tomás, su abuelo, sentado bajo un árbol, escribiendo en el cuaderno, y Don Tomás levantó la vista y lo miró, y le dijo sin hablar: ve despacio, nieto. No corras como yo corrí.

Vio a Mateo, el niño enfermo, dormido en una cama blanca, y sobre el pecho del niño había una sombra, como una nube pequeña, y Daniel quiso espantarla con las manos pero el venado le dijo que no, que todavía no era tiempo, que primero tenía que aprender más.

Vio a Elías, el de la barranca, de espaldas, parado al borde de un barranco, y sintió una tristeza enorme por él, una tristeza que no era miedo: era lástima. Elías también había caminado con el venado alguna vez, hacía mucho, y se había soltado de su mano.

Y vio, al final, a sí mismo: a Daniel Reyes, maestro de historia, parado frente a un pizarrón, pero el pizarrón no tenía fechas ni nombres de presidentes. Tenía dibujado un venado azul, y abajo, con letra de niño, una frase: la tierra está viva.

El canto seguía. El fuego seguía. Daniel no sabía cuánto tiempo había pasado: podían ser horas o podían ser vidas enteras. Lloraba, y no le daba vergüenza llorar, porque las lágrimas eran parte del canto, eran la respuesta del cuerpo a lo que el alma estaba viendo.

En algún momento, Don José dejó el tambor y se acercó a él. Le puso las manos en la cabeza y cantó bajito, solo para él, un canto que nombraba a sus ancestros, que llamaba a su tonalli para que no se quedara por ahí vagando. Daniel sintió las manos del viejo como dos soles pequeños, y sintió que algo en él se acomodaba, como un hueso que vuelve a su lugar.

—Ya —dijo Don José—. Ya viste. Ahora descansa.

Daniel se recostó en el petate, junto al fuego, y durmió un sueño sin sueños, un sueño negro y tibio como la tierra.

Despertó con el amanecer. El fuego era un montón de cenizas tibias. Don José estaba sentado frente a las cenizas, en silencio, mirando el sol salir. Don Aurelio dormía envuelto en su sarape. Las mujeres barrían el patio en silencio. Nadie hablaba. Era un silencio distinto al de la noche: era un silencio de después, un silencio que tenía peso y forma.

Daniel se sentó junto a Don José. El viejo le ofreció una jícara de atole, y Daniel la bebió despacio, sintiendo el calor bajarle por el pecho. El atole sabía a maíz tostado y a piloncillo, y le supo a la cosa más rica del mundo, como si nunca hubiera probado nada de verdad antes de esa mañana.

—¿Qué hago con lo que vi? —preguntó al fin, en voz baja.

Don José sonrió, y las arrugas de su cara se movieron como surcos donde va a caer la semilla.

—Nada —dijo—. No hagas nada. Guárdalo. Lo que se ve en la velación no es para presumirse ni para explicarse. Es semilla. La semilla no se anda mostrando: se siembra y se espera. Ya dará su fruto, a su tiempo.

Se quedaron mirando el sol subir. Una parvada de pájaros cruzó el cielo, oscuro contra la luz nueva, y Don José levantó la mano apenas, como saludándolos. Daniel pensó que el viejo parecía parte de la sierra, como una piedra más, como un árbol más. Y pensó que algún día, si caminaba bien, él también podría ser parte de un lugar así, no un visitante, no un turista del espíritu: un pariente.

—El niño —dijo Daniel—. Mateo. Vi algo. Una sombra en su pecho.

—Lo sé —dijo Don José—. Por eso viniste. Pero óyeme: tú no vas a curar a ese niño con lo que viste anoche. Lo vas a curar con lo que hagas todos los días, de aquí en adelante. La velación te abrió los ojos. Ahora tienes que aprender a caminar con los ojos abiertos. Eso tarda años.

Se quedaron en la ranchería ese día, descansando, comiendo caldito de pollo que las mujeres prepararon para «asentar el cuerpo», como dijo Don José. El caldo sabía a hogar, a leña, a cuidado de manos viejas, y Daniel lo tomó a sorbos lentos, agradeciendo en silencio a cada cucharada. Después ayudó a lavar los trastes, a recoger la leña que sobró, a dejar todo en orden, porque Don José le había enseñado que la gratitud también se barre y se acomoda. Daniel caminó por la ladera en la tarde, solo, y todo se veía distinto: cada planta, cada piedra, cada pájaro. No era que viera cosas raras: era que veía las cosas de verdad, por primera vez, sin la prisa de por medio.

Al atardecer, se despidieron. Don José abrazó a Daniel largo rato, y al oído le dijo:

—El venado te conoce. Cuando lo necesites, cántale. Él te oye.

El camino de regreso fue en silencio. Don Aurelio manejaba despacio, y Daniel miraba la sierra pasar por la ventana, pensando en todo y en nada. A medio camino, el viejo habló:

—¿Y?

Daniel buscó las palabras. Quería contarle lo del venado, lo de la tierra viva, lo de Don Tomás escribiendo en el cuaderno. Pero se acordó de lo que había dicho Don José: la semilla no se anda mostrando.

—Cambió algo —dijo al fin—. No sé qué. Pero algo cambió.

Don Aurelio asintió, sin dejar de mirar el camino.

—Se te nota en los ojos —dijo—. Ya no miras como turista. Ahora miras como pariente.

Llegaron a San Miguel de noche. Daniel entró a su casa, se sentó en la mesa de la cocina y abrió el cuaderno de Don Tomás. Escribió hasta muy tarde: el fuego, el canto, el venado azul, la tierra viva, las palabras de Don José. Y al final escribió:

No fue un viaje. Fue una visita. Fui a ver a mi hermano mayor y me recibió. Ahora sé que la tierra está viva y que yo soy su pariente. No voy a andar presumiendo esto. Lo voy a sembrar.

Afuera, la niebla bajaba sobre el pueblo. Daniel apagó la vela y se durmió de un tirón, con el cuaderno abierto sobre el pecho, como un niño que se duerme abrazando su juguete favorito.

Capítulo 13: Los niños santos

Mateo empeoró en noviembre.

Lucía llegó una tarde a la casa de Daniel con la cara descompuesta. Se sentó en la cocina sin que la invitaran —ya tenía esa confianza— y puso las manos sobre la mesa, mirándoselas como si no las conociera.

—El niño no mejora —dijo—. Le hicieron análisis en la ciudad. Todo sale normal. Y sin embargo se está apagando, Daniel. Come cada vez menos. Duerme y se despierta gritando. Ayer me dijo que en las noches siente que alguien lo jala de los pies hacia abajo de la cama. Los doctores dicen que es ansiedad. La mamá dice que es susto. Yo ya no sé qué decirle.

Daniel pensó en lo que había visto en la velación del hikuri: el niño dormido, la sombra pequeña sobre su pecho. Se lo había guardado, como le enseñó Don José. Pero ahora, con Lucía enfrente, con los ojos llenos de una impotencia que él conocía bien, sintió que callar también era una forma de fallar.

—Voy a hablar con Don Aurelio —dijo.

El viejo lo escuchó sin interrumpir, desgranando maíz como si el tiempo no existiera. Cuando Daniel terminó, Don Aurelio se quedó callado un largo rato.

—Lo que ese niño tiene —dijo al fin— no lo curan los análisis. Es susto. El susto es de verdad, mijo, aunque los doctores no lo vean en sus aparatos. Cuando un niño se asusta muy fuerte, una parte de su alma se queda en el lugar del susto, y el cuerpo se queda aquí, incompleto. Hay que ir a buscar esa parte y traerla de vuelta.

—¿Usted puede?

Don Aurelio negó con la cabeza, despacio.

—Yo sé de otras cosas. Para esto se necesita una levantadora de sombra. Y la mejor que conozco vive en la sierra oaxaqueña. Se llama Doña Pastora. Es del linaje de María Sabina, de las curanderas de los hongos santos. Si ella acepta hacer una velada por el niño, hay esperanza.

—¿Hongos? —Daniel sintió un escalofrío—. Don Aurelio, es un niño de ocho años.

—Los niños santos no son un juego —dijo el viejo, y su voz se puso firme—. No son para divertirse. Son maestros. Y son ellos los que curan, no yo, no tú, no Doña Pastora. Ella solo abre la puerta. Pero óyeme bien: esto no se hace a escondidas ni a la brava. Se habla con la madre del niño. Se le explica todo. Si ella no quiere, no se hace. ¿Entendido?

—Entendido.

Hablar con la mamá de Mateo fue lo más difícil. Se llamaba Rosa, era una mujer joven, cansada, con las manos ásperas de lavar ajeno. Vivía en una casita de adobe al borde del pueblo, con Mateo y una niña más chica. Cuando Daniel y Lucía le explicaron —con cuidado, sin prometer nada, diciéndole que era una curandera de Oaxaca, una velada de oración, unos honguitos sagrados que se usan desde hace siglos para curar—, Rosa lloró.

—Ya no sé qué hacer —dijo, abrazando a Mateo, que la miraba con ojos grandes y tristes—. Los doctores no me dicen nada. El padre Tomás me dijo que rece. Yo rezo, pero mi niño se me apaga. Si usted dice que esa señora puede ayudar, llévenme. Yo voy a donde sea.

Viajaron los cuatro: Rosa con Mateo en brazos la mayor parte del camino, Lucía con su maletín de enfermera por si acaso, Daniel y Don Aurelio. El viaje a la sierra oaxaqueña fue largo y callado. Mateo dormitaba contra el hombro de su madre, y cada vez que el niño se movía en sueños, Rosa lo apretaba más fuerte.

Doña Pastora los recibió en su casa de adobe, al pie de unos cerros que parecían dormir. Era una mujer de unos sesenta años, bajita, de ojos negros vivísimos, con el pelo recogido en dos trenzas grises. Cuando supo a qué venían, se quedó mirando a Mateo largo rato. Después llamó a la niña aparte —a la hermanita, no a Mateo— y le preguntó cosas bajito. La niña respondió señalando hacia el río.

—¿Qué le preguntó? —susurró Daniel a Don Aurelio.

—Dónde se asustó el niño —dijo el viejo—. Los niños chicos ven más claro que nosotros.

Doña Pastora volvió y habló, directa:

—El niño se asustó en el río. Hace como dos meses. Algo lo espantó en el agua. Su sombra se quedó ahí. Hay que ir a traerla.

Rosa se tapó la boca con la mano.

—Hace dos meses —dijo, con la voz rota—. Se fue a bañar con los otros niños al río. Volvió pálido, temblando. Dijo que algo lo había jalado de los pies. Yo pensé que era un juego, que se había imaginado...

—Nadie tiene la culpa —dijo Doña Pastora, con una firmeza dulce—. El susto le pasa a cualquiera. Lo importante es que vinieron. Ahora escúchenme bien, porque esto se hace como se debe o no se hace.

Y les explicó la velada: sería de noche, en su casa, con veladoras y copal. Ella cantaría y rezaría. Los niños santos —así les decía, nunca «hongos», siempre «los niños santos» o «los angelitos»— serían los maestros. Solo participarían los que tuvieran el corazón limpio y la intención clara: ella, Don Aurelio, Daniel, Rosa y Lucía. Mateo no los tomaría: él solo estaría presente, dormido, envuelto en una cobija, porque los niños santos trabajan también con los que duermen cerca.

—Y nadie —dijo, mirándolos uno por uno— viene a curiosear. El que viene a ver qué se siente, mejor que ni entre. Esto es para curar a este niño. ¿Estamos?

—Estamos —dijeron todos.

Esa tarde, mientras ponían las veladoras, Doña Pastora le habló a Daniel del linaje, porque Don Aurelio le había dicho que era maestro y que le gustaba aprender de dónde venían las cosas.

—Mi abuela aprendió de su abuela —dijo, acomodando flores en el altar—. Y así para atrás, hasta donde se pierde la cuenta. La sabia María Sabina abrió la puerta para que el mundo supiera, pero la puerta ya estaba abierta desde antes, desde que el mundo es mundo. Los niños santos son los doctores más viejos que hay. Ellos saben dónde está la enfermedad, porque ellos ven por dentro. Nosotros solo somos sus ayudantes.

—¿Y por qué les dice niños? —preguntó Daniel.

—Porque son inocentes —dijo ella—. Porque no hacen daño si se les trata con respeto. Un niño te dice la verdad aunque duela, ¿verdad? Pues así son ellos. Te dicen tu verdad. Por eso hay que venir limpio: porque te van a decir lo que traes, quieras o no.

Rosa escuchaba desde la puerta, con Mateo dormido en su regazo. Doña Pastora se acercó y le puso la mano en la cabeza al niño.

—Tu hijo va a estar bien —le dijo a Rosa—. Pero tú tienes que estar tranquila. Los niños sienten lo que siente la madre, como la milpa siente la lluvia. Si tú tienes miedo, él tiene miedo. Respira. Confía.

Rosa asintió, llorando callada. Lucía se acercó y le pasó el brazo por los hombros, y las dos mujeres se quedaron así un rato, sin hablar, unidas por el mismo miedo y la misma esperanza.

Daniel las miró y pensó en lo que Don Aurelio le había enseñado en los cuatro rumbos: que Quetzalcóatl era la luz que ordena. Ahí, en esa casa de adobe, con esas dos mujeres abrazadas y el niño dormido, la luz estaba ordenando las cosas, despacito, sin ruido.

Al atardecer, Doña Pastora llamó a Daniel aparte.

—Don Aurelio me contó de ti —dijo—. Del venado azul. Me da gusto. Pero óyeme: esta noche no vienes a aprender. Vienes a ayudar. Deja tu curiosidad en la puerta. ¿Puedes?

—Puedo —dijo Daniel, y lo dijo de verdad.

La velada empezó cuando la noche ya estaba cerrada. La casa olía a copal y a flores. En el altar había veladoras, una imagen de la Virgen, cacao, tabaco y una jícara con los niños santos: pequeños, del color de la tierra mojada, humildes como todo lo sagrado de verdad. Doña Pastora les cantó, les rezó, les pidió permiso con palabras que mezclaban el español con su lengua, y Daniel sintió que estaba en una iglesia más antigua que todas las iglesias.

Mateo dormía en un petate junto al altar, envuelto en una cobija roja, con Rosa sentada a su lado, tomándole la mano. Lucía estaba al otro lado, con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a soltar. Don Aurelio, en un rincón, con su rosario de semillas entre las manos.

Doña Pastora repartió los niños santos con las dos manos, mirando a cada uno a los ojos, diciendo su nombre en voz baja, como quien presenta a un maestro. A Daniel le dijo:

—Recíbelos con humildad. No les pidas visiones. Pídeles que curen al niño.

Daniel los recibió. Los masticó despacio. El sabor era terroso, amargo, parecido al del hikuri pero distinto, más suave, como si estos maestros hablaran más bajito. Se sentó junto a la pared, cerró los ojos y esperó, sin esperar: «estate», se dijo, acordándose de Don José.

El canto de Doña Pastora lo envolvió. Era un canto distinto al de Don José: este era de mujer, de madre, un canto que arrullaba y que al mismo tiempo llamaba, que bajaba a lo hondo y subía a lo alto. Daniel sintió que el canto le entraba por los oídos y le salía por el pecho, y que con cada verso algo en él se ablandaba, se abría.

Y entonces vio.

Vio el río. No un río cualquiera: el río de San Miguel, el de las tardes de verano, el agua verde y fría corriendo entre las piedras. Y vio a Mateo, chiquito, riéndose, chapoteando con otros niños. Y vio lo que pasó: el niño resbaló en una piedra, se hundió un segundo, el agua le entró por la nariz, y en ese segundo de terror —un segundo que para el niño fue una eternidad— algo en él se rompió. Daniel vio, con los ojos del alma, cómo una lucecita, una parte luminosa del niño, se quedaba flotando sobre el agua, asustada, sin saber volver al cuerpo. Y vio cómo el cuerpo del niño salía del río, llorando, incompleto, con un hueco en el pecho donde antes estaba esa luz.

Después vio a Doña Pastora —no a la mujer sentada junto al altar, sino su espíritu, grande y luminoso— caminando hacia el río, cantando, extendiendo las manos hacia la lucecita asustada. Y la lucecita, al oír el canto, empezó a moverse, tímida, hacia las manos. Y Daniel, sin saber cómo, se vio a sí mismo cantando también, y a Don Aurelio, y a Rosa, y a Lucía, todos cantando alrededor del niño dormido, tejiendo con el canto una red de luz para atrapar la lucecita y traerla de vuelta.

Y entonces los niños santos le mostraron algo más, algo que no esperaba: se vio a sí mismo de niño, a los ocho años, la edad de Mateo, llorando en un cuarto oscuro porque su padre se había ido esa mañana sin despedirse. Vio su propia lucecita, asustada, escondida en un rincón del cuarto. Y vio a su abuela Doña Remedios entrar, sentarse junto a él en la cama y cantarle bajito, una canción de cuna vieja, hasta que la lucecita salió de su escondite y volvió a su pecho. Daniel entendió, llorando, que su abuela había sido su curandera sin que él lo supiera, que lo había curado del susto con un canto, hacía más de veinticinco años, y que por eso le había dejado la casa: porque la casa era el lugar donde las sombras vuelven a su cuerpo.

Lloró. Lloró sin ruido, con la cara mojada, cantando entre lágrimas. Y sintió, clarísimo, que la lucecita volvía, que entraba por el pecho de Mateo dormido, que el hueco se cerraba. El niño se movió en sueños y suspiró, un suspiro hondo, de alivio, como el que suelta uno cuando deja de cargar algo pesado.

El canto siguió hasta el amanecer. Cuando salió el sol, Doña Pastora apagó las veladoras una por una y dijo:

—Ya está. Ahora a esperar. La sombra ya volvió a su casa. El cuerpo tiene que acostumbrarse otra vez a estar completo. Denle tiempo. Denle cariño. No lo asusten. No le griten. Trátenlo como a un pajarito que vuelve al nido.

Mateo despertó con el sol, restregándose los ojos. Vio a su mamá y sonrió —la primera sonrisa de verdad en semanas, dijo Rosa después, llorando—. Pidió agua. Pidió tortilla. Comió. Y esa noche, en la casa de Doña Pastora, durmió de un tirón, sin gritar, sin llorar.

Se quedaron tres días más en la sierra. Cada día Mateo estaba mejor: comía más, jugaba con su hermanita, se reía. Al cuarto día, Doña Pastora les dijo que ya podían volver.

—El niño está curado —dijo—. Pero óiganme: cuídenlo. El susto puede volver si lo asustan otra vez. Y ustedes —miró a Daniel— ya vieron cómo se trabaja. No anden contando esto como si fuera un cuento de espantos. Esto es sagrado. Se respeta.

Antes de subir a la camioneta, Daniel se acercó a Doña Pastora y le tomó las manos, arrugadas y tibias.

—Vi a mi abuela esa noche —le dijo, en voz baja—. Me cantaba cuando yo era niño. No sabía que me estaba curando.

Doña Pastora sonrió, y sus ojos negros brillaron.

—Las abuelas siempre saben —dijo—. Ellas son las primeras curanderas. Lo que pasa es que nadie les pone ese nombre. Cuida su casa, mijo. Y cuando dudes, cántate la canción que ella te cantaba. La memoria también cura.

Daniel subió a la camioneta con un nudo en la garganta. En el camino de vuelta no dejó de pensar en Doña Remedios, en sus manos amasando tortillas, en su voz cantando en la cocina. Toda la vida había creído que su abuela era una señora buena y trabajadora, y ahora resultaba que había sido su primera maestra del nagual, sin diplomas, sin libros, solo con amor y canto.

En el camino de vuelta, Mateo se durmió en brazos de Rosa, tranquilo, con la respiración pareja. Lucía iba callada, mirando por la ventana, y de pronto dijo:

—Yo estudié años para ser enfermera. Sé poner inyecciones, sé leer análisis. Y anoche vi algo que no me enseñaron en ningún libro. No sé qué pensar, Daniel.

—Piensa que hay más de un camino —dijo Daniel—. Eso es todo.

Llegaron a San Miguel al atardecer. En los días siguientes, la noticia corrió por el pueblo como corren todas las noticias: a medias, deformada, con miedo y con fe mezclados. Que habían llevado al niño con una bruja de Oaxaca. Que le habían dado hongos alucinógenos. Que el niño había vuelto curado pero que quién sabe a qué precio.

El padre Tomás habló en misa, sin nombrar a nadie, de los peligros de «las supersticiones». Doña Eulalia, la de la tienda, le dijo a Rosa que había hecho mal en llevar al niño con «esa gente». Pero Rosa, que antes agachaba la cabeza, ahora la levantaba:

—Mi hijo se estaba muriendo y nadie me ayudaba —decía—. Fui a buscar ayuda donde la había. Mi hijo está vivo. Eso es lo único que sé.

En la escuela, Daniel notó las miradas. Algunos papás lo saludaban de lejos, con respeto nuevo; otros cuchicheaban cuando pasaba. Un día, Don Chema, el del molino, lo paró en la calle:

—Oiga, maestro —le dijo, bajando la voz—. ¿Es cierto lo que dicen? ¿Que curaron al niño de Rosa con brujería?

—No fue brujería, Don Chema —dijo Daniel, mirándolo a los ojos—. Fue una curandera. Una señora que reza y canta. El niño está bien. Eso es lo que importa.

Don Chema se quedó pensando, se rascó la cabeza y dijo:

—Pos si el niño está bien... —y se fue, sin terminar la frase.

Lucía también cargaba su propia tormenta. Una tarde le confesó a Daniel, en la clínica, mientras acomodaba frascos:

—Mi jefa me preguntó si yo participé en «eso». Le dije que sí. Me dijo que tuviera cuidado, que eso podía meterme en problemas con la secretaría. Pero ¿sabes qué, Daniel? Yo vi al niño antes y lo veo ahora. Antes se me moría entre las manos y yo no podía hacer nada. Ahora corre. Que me digan lo que quieran. Yo sé lo que vi.

—Lo que viste fue curación —dijo Daniel—. No importa con qué nombre la llamen.

—A veces pienso —dijo Lucía, bajando la voz— que la medicina que yo estudié y lo que hace esa gente no están peleados. Que son dos caminos para el mismo lado. ¿Tú crees?

—Yo creo que sí —dijo Daniel—. Y creo que algún día van a tener que darse la mano.

Y Mateo, ajeno a los murmullos, volvió a la escuela. Volvió a reírse en el recreo. Volvió a chapotear en el río —con cuidado, de la mano de su mamá, pero volvió—. Una tarde, Daniel lo vio pasar corriendo por la calle, con su mochila brincándole en la espalda, y el niño lo saludó con la mano, sonriendo de oreja a oreja.

Daniel se quedó parado en la calle, viendo al niño alejarse, y sintió que algo en el pecho se le acomodaba. Don José le había dicho: la velación te abrió los ojos; ahora aprende a caminar con los ojos abiertos. Y Doña Pastora le había dicho: ya viste cómo se trabaja. Entre las dos frases había un camino, y Daniel estaba empezando a caminarlo.

Días después, Rosa llegó a la casa de Daniel con una canasta de tortillas recién hechas y los ojos brillosos.

—Es para usted, maestro —dijo—. Por lo que hizo por mi hijo.

—Yo no hice nada, Rosa —dijo Daniel—. Fue Doña Pastora. Fueron los niños santos.

—Usted nos llevó —dijo ella, firme—. Usted creyó cuando nadie creía. Eso también es curar.

Daniel aceptó las tortillas, conmovido. Esa noche las cenó con frijoles, despacio, saboreando cada bocado, pensando que a veces la gratitud de la gente humilde pesa más que cualquier diploma.

Esa noche escribió en el cuaderno de Don Tomás hasta tarde. Escribió la velada, el canto, la lucecita sobre el río, la red de luz. Y al final escribió:

Los niños santos no son una sustancia. Son maestros. Me enseñaron que curar es traer de vuelta lo que se perdió. Mateo volvió. Yo también estoy volviendo, poco a poco, a donde nunca debí irme.

Afuera, en la barranca, un cuervo graznó dos veces. Daniel levantó la vista del cuaderno. Dos veces. Se acordó de Elías, el brujo de la barranca, y sintió un escalofrío. Pero el graznido no se repitió, y Daniel volvió a escribir. Todavía no era tiempo. Pero el tiempo, lo sentía, se estaba acercando.

Capítulo 14: El jaguar

El sueño empezó como empezaban todos sus ensueños: con las manos.

Daniel se había acostado temprano, cansado de un día largo en la escuela. Antes de dormir hizo lo que Don Aurelio le había enseñado: se dijo a sí mismo, despacio, «voy a soñar, voy a verme las manos, voy a saber que estoy soñando». Era un ritual ya, como lavarse los dientes. Y funcionó, como casi siempre últimamente.

Se vio las manos en el sueño. Las miró, contó los dedos —cinco, bien—, las volteó, las volvió a mirar. Estoy soñando, pensó, con esa lucidez extraña que el ensueño le había enseñado. Estaba en la plaza de San Miguel, pero la plaza estaba vacía y la niebla era más espesa que nunca, una niebla que parecía tener peso.

Caminó por la plaza, disfrutando la sensación de moverse en el sueño con el cuerpo ligero. Ya sabía hacer varias cosas: volar un poco, atravesar puertas, llamar a personas. Pero esa noche no quería jugar. Esa noche sentía una inquietud rara, como si algo lo estuviera esperando.

Entonces lo vio.

Al fondo de la plaza, junto a la iglesia, había un jaguar. Sentado. Mirándolo fijo.

Daniel se quedó helado. No era un jaguar de zoológico, gordo y aburrido. Era un jaguar de verdad: enorme, musculoso, con la piel dorada salpicada de rosetas negras que parecían ojos. Y sus ojos —amarillos, fijos— lo miraban a él, directamente a él, sin parpadear.

El miedo le subió por las piernas. Quiso despertar, quiso salir del sueño, pero algo —una voz adentro, o tal vez los ojos del jaguar— le dijo: no corras. Quédate.

Se quedó. Y el jaguar se levantó, despacio, y caminó hacia él. Cada paso era silencioso, poderoso. Daniel sintió que el corazón le iba a reventar el pecho. El jaguar llegó hasta él, tan cerca que Daniel podía olerlo: olor a selva, a tierra mojada, a sangre vieja y a lluvia. El animal levantó la cabeza y lo miró a los ojos, y en ese momento pasó lo imposible:

Daniel sintió que ÉL era el jaguar.

No que se había convertido. No que estaba dentro del jaguar. Era el jaguar. Sentía las cuatro patas, la cola larga balanceándose, los músculos de la espalda tensos y listos. Veía con ojos de jaguar: la noche ya no era oscura, era un mapa de olores y movimientos. Oía con oídos de jaguar: cada hoja, cada insecto, el corazón de un ratón a veinte metros. Y olía —Dios, cómo olía— el mundo entero: la humedad, las flores nocturnas, el miedo de los animales pequeños.

El jaguar —él— se dio la vuelta y echó a correr. Y Daniel corrió con él, en él, siendo él.

Corrieron por una selva que no era la sierra de San Miguel: era una selva de verdad, caliente, espesa, llena de sonidos. Las patas golpeaban la tierra blanda. La cola lo equilibraba en las vueltas. Sintió el poder en las piernas, un poder que su cuerpo humano nunca había conocido. Saltó un tronco caído de un brinco limpio. Se detuvo junto a un arroyo y bebió, viendo su reflejo: los ojos amarillos, el hocico, los bigotes. Era hermoso. Era terrible. Era él.

Siguió corriendo. Cazó —no, no cazó: sintió el impulso de cazar, el cuerpo pidiendo la persecución, pero algo en él, algo humano, lo detuvo—. Se subió a una roca alta y miró la selva extenderse abajo, infinita, viva. Y rugió. El rugido le salió del pecho, grave y hondo, y la selva entera respondió: los pájaros callaron, los monos gritaron, el viento se detuvo. Él era el señor de ese lugar. Él era el que camina de noche. Él era el nahual.

Despertó de golpe, sentado en la cama, con el corazón desbocado, jadeando como si de verdad hubiera corrido kilómetros. El cuarto estaba a oscuras. Afuera, la niebla. Se llevó las manos al pecho, esperando encontrar pelaje, y encontró su piel, sudada, humana.

Pero algo estaba mal. Algo olía mal. O bien. No sabía.

Encendió la vela. Y entonces lo vio: sus pies. Sus pies estaban sucios de tierra. Tierra negra, húmeda, metida entre los dedos, bajo las uñas. Tierra de selva, no de la calle empedrada de San Miguel. Y en el piso de madera, junto a la cama, había huellas: huellas de pies humanos, sí, pero sucias de esa tierra extraña, que iban de la cama a la puerta y de la puerta a la cama.

Daniel se quedó mirando las huellas, temblando. Él no había salido. Estaba seguro. Se había acostado, había soñado, había despertado. Pero sus pies decían otra cosa. Sus pies decían que había caminado. Que había corrido.

Se lavó los pies con agua fría, con las manos temblorosas, y la tierra se fue por el desagüe dejando el agua turbia. Se sentó en la cama y se abrazó las rodillas. ¿Qué había pasado? ¿Había salido dormido? ¿Era sonambulismo? Pero la tierra no era de aquí. Y el sueño había sido tan real...

No pudo volver a dormir. Se quedó sentado hasta que amaneció, mirando por la ventana cómo la niebla se disipaba, pensando en los ojos amarillos del jaguar, en la sensación de las cuatro patas, en el rugido que le había salido del pecho.

En cuanto salió el sol, fue a buscar a Don Aurelio. Lo encontró en su casa, tomando café, como si lo estuviera esperando.

—Anoche soñé con un jaguar —dijo Daniel, sin saludar—. Y desperté con los pies sucios de tierra.

Don Aurelio lo miró por encima de su taza, sin sorpresa. Tomó un sorbo largo. Dejó la taza.

—Siéntate —dijo—. Cuéntamelo todo.

Daniel se lo contó todo: las manos en el sueño, la plaza con niebla, el jaguar junto a la iglesia, la mirada fija, el momento en que se volvió el jaguar, la carrera por la selva, el arroyo, la roca, el rugido. Y los pies sucios. Y las huellas.

El viejo escuchó sin interrumpir, asintiendo de vez en cuando. Cuando Daniel terminó, se quedó callado un largo rato, mirando su café.

—¿Te dio miedo? —preguntó al fin.

—Mucho —admitió Daniel—. Al principio. Después... después no. Después era yo. Era natural. Como si siempre hubiera sabido correr así.

Don Aurelio asintió, despacio, y Daniel vio algo en su cara que no había visto nunca: una especie de alegría contenida, como la de un maestro cuando su alumno por fin entiende.

—Tu nahual te encontró —dijo el viejo, y su voz era serena, definitiva—. El jaguar es tu otro rostro. Ahora aprende a caminar con los dos.

—¿Mi nahual? —Daniel sintió que la palabra le quedaba grande—. ¿Quiere decir que yo soy... un nagual?

—Quiere decir que tienes un nahual —corrigió Don Aurelio—. Todos lo tenemos, pero la mayoría nunca lo conoce. El nahual es tu otro yo, el que camina de noche, el que no obedece las reglas del día. El tuyo es el jaguar. Es un nahual fuerte, mijo. De los fuertes. El jaguar es el señor de la noche, el que ve en la oscuridad, el que no le tiene miedo a nada.

—¿Y los pies sucios? —preguntó Daniel—. ¿Salí de verdad? ¿Caminé dormido?

El viejo se encogió de hombros.

—El cuerpo energético caminó —dijo—. A veces, cuando el ensueño es muy hondo, el doble sale y el cuerpo lo sigue un poco. No te preocupes: no fuiste a la selva de verdad. Fuiste a la selva del nagual, que es más real que la de verdad. La tierra en tus pies es la prueba de que no fue un sueño cualquiera. Fue un encuentro.

—¿Y ahora qué hago?

—Ahora aprendes —dijo Don Aurelio—. Aprendes a llamar al jaguar cuando lo necesites. Aprendes a caminar con los dos rostros: el del maestro de día y el del jaguar de noche. Y aprendes la regla más importante: el nahual no se usa para presumir ni para asustar. Se usa para servir y para proteger. El que usa su nahual para el mal, termina como Elías.

Elías otra vez. Daniel sintió el escalofrío de siempre.

—¿Elías tiene un nahual? —preguntó.

—El cuervo —dijo el viejo—. Por eso le dicen El Cuervo. Su nahual es el cuervo, el que espía, el que roba, el que se alimenta de lo muerto. Un nahual no es bueno ni malo, mijo: es una fuerza. Elías la usa para espiar y para asustar. Tú vas a usar la tuya para cuidar. Esa es la diferencia. No el poder: el rumbo.

Esa noche, Daniel no pudo evitarlo: antes de dormir, pensó en el jaguar. No para llamarlo —todavía no sabía cómo—, sino para agradecerle. Gracias por encontrarme, pensó. Gracias por mostrarme mi otro rostro.

Y soñó. No fue un ensueño lúcido esta vez: fue un sueño normal, borroso. Pero en el sueño había unos ojos amarillos que lo miraban desde la oscuridad, tranquilos, pacientes, como diciendo: aquí estoy. Cuando quieras.

En los días siguientes, Don Aurelio le enseñó lo del nahual con la misma paciencia con la que le había enseñado todo lo demás: despacio, sin prisa, como quien siembra.

—El nahual no es una mascota —le dijo una tarde, mientras caminaban por el cerro—. No lo llamas cuando te aburres. El nahual viene cuando lo necesitas, y a veces cuando ni sabes que lo necesitas. Tu trabajo es estar listo. Es como tener un hermano mayor: no lo molestas para tonterías, pero sabes que ahí está.

—¿Cómo sé cuando lo necesito?

—Lo vas a sentir —dijo el viejo—. Un hormigueo en la nuca. Un sueño que se repite. Una inquietud que no se quita. El cuerpo avisa. Aprende a escuchar a tu cuerpo, mijo. La cabeza miente mucho. El cuerpo, casi nunca.

Le enseñó también a «saludar» al jaguar: cada noche, antes de dormir, poner la mano en el corazón y decirle, en voz baja: aquí estoy, hermano. Gracias por cuidarme. No era una invocación, le explicó: era cortesía. A los hermanos mayores se les saluda.

—Y nunca —dijo, y su voz se puso grave— nunca le pidas al jaguar que le haga daño a alguien. Ni siquiera a Elías. Ni siquiera en pensamiento. El nahual huele la intención, mijo. Si lo usas para el mal una vez, se te voltea. Y un jaguar volteado no perdona.

Daniel lo prometió. Y lo prometió de verdad, con la mano en el corazón, sintiendo el latido bajo la palma.

Una noche, dos semanas después del primer encuentro, el jaguar volvió. Daniel estaba en ensueño, caminando por un bosque que no conocía, cuando sintió el hormigueo en la nuca —el que Don Aurelio le había dicho que escuchara— y se detuvo. Entre los árboles, dos ojos amarillos.

—Hola, hermano —dijo Daniel en el sueño, en voz alta, sin miedo.

El jaguar salió de entre los árboles y se sentó frente a él. Lo miró largo rato. Y entonces, sin que Daniel supiera cómo, entendió: el jaguar quería mostrarle algo. Le indicó con la cabeza que lo siguiera, y Daniel lo siguió —caminando esta vez con sus pies humanos, torpes al lado de la elegancia del animal— hasta un claro donde había un venado herido, tirado en el suelo, respirando con dificultad.

Daniel sintió que se le encogía el corazón. Quiso acercarse, pero el jaguar lo detuvo con una mirada. Quédate, decían los ojos amarillos. Mira.

Y Daniel miró. Y vio cómo el jaguar se acercaba al venado, despacio, y le ponía el hocico en el cuello, y el venado dejaba de respirar, tranquilo, sin dolor. No era crueldad: era misericordia. El jaguar le estaba ahorrando el sufrimiento largo. Y después el jaguar levantó la cabeza y miró a Daniel, y Daniel entendió la enseñanza: hay muertes que son un regalo. Hay cosas que hay que dejar morir para que no sufran. Como en el poniente, en los cuatro rumbos: lo que estorba, se deja morir con dignidad.

Despertó llorando, pero eran lágrimas tranquilas. Se puso la mano en el corazón y dijo: gracias, hermano. Y sintió, clarito, una calidez en el pecho, como si el jaguar le hubiera respondido desde algún lugar.

Se lo contó a Don Aurelio al día siguiente. El viejo escuchó y asintió.

—Te está enseñando —dijo—. El jaguar es maestro de la muerte digna. Te va a enseñar cuándo pelear y cuándo soltar. Escúchalo. Es más sabio que yo.

—¿Más sabio que usted? —Daniel se rió.

—Mucho más —dijo el viejo, serio—. Yo solo soy un hombre viejo. Él es un señor de la noche. Hay cosas que él sabe y yo no.

—¿Por qué el jaguar, Don Aurelio? —preguntó Daniel—. ¿Por qué a mí me tocó el jaguar y a Elías el cuervo?

El viejo se quedó pensando, mirando el cerro.

—El nahual te encuentra según lo que traes adentro —dijo al fin—. El jaguar es el animal de Tezcatlipoca, ¿te acuerdas? El que te conté en los cuatro rumbos: el que bajó convertido en jaguar. Pero también es el guardián de la noche, el que protege a los que duermen. Tú traes las dos cosas, mijo: traes sombra fuerte y traes ganas de cuidar. El jaguar es tu sombra y tu guardián al mismo tiempo. Por eso te encontró a ti y no a otro.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Es lo que es —dijo Don Aurelio—. Un cuchillo no es bueno ni malo: depende de la mano. Tu mano, Daniel, yo la conozco. Es mano de maestro, no de verdugo. Por eso no tengo miedo de que tengas un jaguar adentro. Si tu mano fuera otra, sí tendría miedo.

Daniel se quedó callado, sopesando las palabras. La responsabilidad le pesaba y al mismo tiempo lo enderezaba, como un morral bien acomodado en la espalda.

—¿Puedo llamarlo? —preguntó—. ¿En el ensueño?

—Puedes intentarlo —dijo el viejo—. Pero no lo llames para jugar. Llámalo cuando necesites aprender algo. Y cuando venga, escucha más de lo que hablas. Los hermanos mayores hablan poco.

Daniel lo intentó varias noches. Al principio no pasaba nada: se veía las manos en el sueño, llamaba —hermano, ¿estás ahí?— y solo oía el viento. Pero una noche, en un ensueño hondo, sintió el hormigueo en la nuca y supo, antes de verlo, que el jaguar estaba cerca. Apareció entre la niebla del sueño, se sentó frente a él y lo miró. Daniel no dijo nada. Se sentó también, en el suelo del sueño, y se quedaron mirándose un largo rato, hombre y jaguar, dos rostros de la misma persona.

—Enséñame —dijo Daniel al fin, en voz baja.

El jaguar se levantó y echó a andar, y Daniel lo siguió. Caminaron por el sueño sin prisa, y Daniel sintió que con cada paso aprendía algo que no se podía decir con palabras: a pisar sin hacer ruido, a mirar sin parpadear, a esperar sin impaciencia. Cuando despertó, se sentía distinto: más asentado, más en su cuerpo, como si el jaguar le hubiera prestado un poco de su calma.

Se lo contó a Don Aurelio, que sonrió con esa alegría contenida de maestro.

—Ya estás caminando con los dos —dijo—. Sigue así. Despacio. Sin prisa. El jaguar no tiene prisa nunca. Aprende eso de él.

Esa misma semana pasó algo que Daniel no le contó a nadie, ni siquiera a Don Aurelio, hasta mucho después. Iba caminando al atardecer por el camino de la barranca —el camino que todos evitaban después de las seis— porque era el atajo a la casa de Lucía y llevaba prisa. La luz se estaba yendo y la barranca se veía negra abajo, como una boca abierta.

Entonces lo vio. Al borde de la barranca, de espaldas, un hombre alto, flaco, con un sarape negro. Inmóvil. Mirando hacia abajo, hacia la oscuridad. Daniel se quedó clavado en el sitio. No necesitaba que nadie le dijera quién era: lo supo en los huesos. Elías. El Cuervo.

El hombre no se movió. Pero un cuervo —grande, negro, de ojos brillantes— levantó el vuelo desde un árbol cercano y pasó volando justo por encima de Daniel, tan bajo que sintió el aire de sus alas en la cara. El cuervo graznó una vez, y a Daniel le pareció que el graznido decía su nombre.

Sintió el hormigueo en la nuca. El aviso del cuerpo. Y sin pensarlo, se puso la mano en el corazón y pensó: hermano, aquí estoy. Y sintió la calidez en el pecho, la respuesta del jaguar, y el miedo se le aflojó como un nudo que se deshace.

Elías —si era Elías— no se dio la vuelta. Siguió mirando la barranca. Daniel siguió caminando, despacio, sin correr, con la mano en el corazón, hasta que el camino dobló y el hombre quedó atrás.

Llegó a casa de Lucía pálido, temblando. Ella lo vio y supo que algo había pasado.

—¿Qué tienes? —preguntó.

—Vi a Elías —dijo Daniel—. En la barranca. O creo que lo vi.

Lucía se puso seria.

—No vuelvas por ese camino de noche —dijo—. Dicen que Elías... dicen cosas. Que espía a la gente. Que manda a sus cuervos.

—Lo sé —dijo Daniel. Y no dijo más. No le dijo lo del jaguar, lo de la mano en el corazón, lo del miedo que se aflojó. Eso era suyo. Eso era semilla, como había dicho Don José: no se anda mostrando.

Pero esa noche, antes de dormir, le habló al jaguar más largo que nunca:

—Gracias, hermano —dijo, con la mano en el corazón—. Hoy me cuidaste. No sé si Elías me vio o si fue mi imaginación. Pero sentí que estabas ahí. Gracias.

Y soñó con ojos amarillos que lo miraban desde la oscuridad, tranquilos, pacientes. Aquí estoy, decían. Cuando quieras.

En la mañana, antes de ir a la escuela, Daniel abrió el cuaderno de Don Tomás y escribió. Escribió el primer encuentro, la carrera por la selva, los pies sucios, las enseñanzas de Don Aurelio, el venado herido, el hombre de la barranca. Escribió mucho, con la letra apretada de quien no quiere que se le escape nada. Y al final escribió:

Mi nahual es el jaguar. Mi otro rostro. No lo elegí: me encontró. Ahora tengo que aprender a caminar con los dos, el maestro de día y el jaguar de noche. Don Aurelio dice que es una fuerza y que lo que importa es el rumbo. Mi rumbo es cuidar. Mi rumbo es servir. Que el jaguar me ayude a no olvidarlo nunca.

Cerró el cuaderno y se fue a la escuela. En el camino, un cuervo pasó volando alto, graznando. Daniel se puso la mano en el corazón, un segundo, y siguió caminando. Ya no tenía miedo. Tenía un hermano.

Capítulo 15: Mictlán

—Ya es tiempo —dijo Don Aurelio una mañana de diciembre, sin más preámbulo—. Del Mictlán.

Estaban tomando café en la casa de Daniel. Afuera lloviznaba, una lluvia fina y fría que calaba hasta los huesos. Daniel sintió que el café se le enfriaba en las manos.

—¿El Mictlán? —preguntó—. ¿El inframundo?

—La prueba del inframundo —dijo el viejo—. Nueve noches de velación. Cada noche, una prueba. Los antiguos decían que los muertos tardaban nueve niveles en llegar al Mictlán. Tú no estás muerto, mijo. Pero vas a bajar igual, para aprender a subir. El que no conoce lo de abajo, no sabe lo que vale lo de arriba.

—¿Y si no quiero? —preguntó Daniel, y se rió nervioso—. Digo... ¿es obligatorio?

Don Aurelio lo miró fijo.

—Nada es obligatorio —dijo—. Pero tú ya empezaste este camino. El jaguar te encontró. Los niños santos te enseñaron. El venado te abrió los ojos. El Mictlán es lo que sigue. Si te quedas a la mitad, todo lo que aprendiste se te va a podrir adentro, como fruta que no se corta a tiempo. Tú decides.

Daniel pensó en el jaguar, en los ojos amarillos pacientes. Pensó en Mateo corriendo por la calle con su mochila. Pensó en su abuela, en el cuaderno, en todo el camino andado. Y pensó que tenía miedo, un miedo honesto, de hombre, no de niño.

—Decido bajar —dijo.

—Entonces prepárate —dijo el viejo—. Nueve días de dieta: nada de carne, nada de alcohol, nada de pleitos. Duerme bien. Despídete de tus miedos, porque los vas a ver de frente. Empezamos el lunes, en la cueva del norte. La misma donde el viento te escuchó.

Los días de preparación fueron los más largos de su vida. Daniel daba sus clases en la escuela como un autómata, pensando en lo que venía. Lucía lo notó.

—¿Estás bien? —le preguntó una tarde—. Te veo raro. Como ausente.

—Voy a hacer una prueba —dijo Daniel—. Con Don Aurelio. Nueve noches.

Lucía lo miró con preocupación.

—¿Es peligroso?

—Es necesario —dijo Daniel, y se sorprendió de su propia firmeza—. Te lo cuento cuando vuelva.

El lunes, al atardecer, subieron al cerro del norte. Don Aurelio llevaba su morral, veladoras, copal, una cobija gruesa. Daniel llevaba el cuaderno de Don Tomás —el viejo le había dicho que lo llevara— y el corazón latiéndole en la garganta.

La cueva estaba igual que la vez de los cuatro rumbos, pero ahora se veía distinta: más honda, más oscura, como si supiera lo que venía. Don Aurelio encendió el copal y una veladora, y se sentó frente a Daniel.

—Escúchame bien —dijo—. Nueve noches. Cada noche te vas a quedar aquí, solo, en velación: sin dormir, o durmiendo apenas, rezando, mirando adentro. Yo voy a estar afuera, cuidando, pero no voy a entrar. Lo que pase aquí adentro es tuyo. Cada noche vas a cruzar un nivel del Mictlán. Yo te voy a decir cuál es cada noche, antes de dejarte. Tú lo cruzas como puedas.

»Y óyeme: lo que veas aquí no se lo cuentas a nadie como si fuera un cuento. Es tu prueba. Es sagrada. ¿Entendido?

—Entendido.

—Primera noche —dijo el viejo—: el río. El Apanohuaya, el río que cruzan los muertos. Tu prueba es cruzar tus culpas. Todo lo que debes, todo lo que no hiciste, todo lo que hiciste mal. Crúzalo. No te quedes a la mitad.

Y salió de la cueva, dejando a Daniel solo con la veladora, el copal y la noche.

La primera noche fue la del río.

Daniel se sentó en la cueva y cerró los ojos, y el río vino a él: un río ancho, oscuro, de agua fría que le llegaba a la cintura. Y en el agua, flotando, estaban sus culpas: la cara de su abuela Doña Remedios en sus últimos meses, esperándolo, y él sin ir; la cara de su padre, yéndose sin despedirse, y él sin perdonarlo; la cara de sus alumnos de la ciudad, aburridos, y él sin saber llegarles; la cara de Rosa, llorando por Mateo, y él sin saber ayudar al principio.

Quiso retroceder, salir del agua. Pero se acordó de Don Aurelio: crúzalo, no te quedes a la mitad. Y cruzó. Fue nombrando cada culpa en voz alta, una por una, pidiendo perdón en voz alta, aunque no hubiera nadie para oírlo. El agua estaba helada. A la mitad del río sintió que se hundía, que las culpas pesaban demasiado. Pero siguió. Y llegó a la otra orilla, temblando, agotado, y el río quedó atrás.

Cuando abrió los ojos, la veladora se había consumido a la mitad. Afuera, Don Aurelio roncaba bajito, cuidando desde la entrada. Daniel se envolvió en la cobija y lloró en silencio, pero era un llanto limpio: había cruzado.

La segunda noche fue la del cerro que se juntan: el Tepehuan, los dos cerros que se abren y se cierran aplastando a los que pasan. Su prueba era su soberbia: la soberbia del hombre de ciudad, del maestro con título, del que creía saber más que los viejos.

Vio los dos cerros —dos montañas de orgullo— cerrándose sobre él, y entre ellos, como en una pantalla, vio su vida de antes: él en la ciudad, corrigiendo a sus alumnos con impaciencia; él despreciando las «supersticiones» del pueblo cuando venía de visita; él creyendo que los libros lo hacían mejor que Don Aurelio, que nunca fue a la escuela pero sabía leer el viento. Vio cada gesto de superioridad, cada sonrisa condescendiente, cada vez que pensó «pobres ignorantes». Y sintió vergüenza, una vergüenza que quemaba más que el copal.

Los cerros se cerraban. Entendió que su soberbia lo iba a aplastar si no la soltaba. Y la soltó: dijo en voz alta «no sé nada», y lo dijo de verdad, con la vergüenza ardiéndole en la cara, y los cerros se abrieron y lo dejaron pasar. Al amanecer, se sentía pequeño y ligero, como una hoja. Y por primera vez en su vida, ser pequeño no le dolió: le alivió.

La tercera noche fue la del cerro de obsidiana, el Iztepetl, el cerro de navajas que cortan. Su prueba era su miedo al dolor: toda la vida había huido del dolor, del suyo y del ajeno. Caminó sobre las navajas —en la visión, los pies sangraban— y entendió que el dolor no se evita: se cruza. Que curar duele. Que enseñar duele. Que amar duele. Y que vale la pena.

La cuarta noche fue la del viento de obsidiana, el Itzehecayan, el viento que corta como cuchillo. Su prueba era su miedo a la muerte.

El viento le mostró su propia muerte: se vio viejo, enfermo, solo, muriendo en una cama de hospital en la ciudad, sin nadie que le tomara la mano. Vio su cuerpo apagándose, vio la luz yéndosele de los ojos. Y sintió el terror subirle por el cuerpo, un terror animal, el más viejo de todos los miedos. Quiso gritar, quiso salir corriendo de la cueva, quiso despertar.

Pero entonces, en la visión, apareció el jaguar —su hermano—, que entró al cuarto del hospital sin hacer ruido, se sentó junto a la cama y lo miró con los ojos amarillos, tranquilo. Y Daniel entendió: no iba a morir solo. Su nahual estaría ahí. Y más: entendió que la muerte no era el final del camino, sino un rumbo más, como el poniente: el lugar donde se deja lo que pesa. Y el miedo se aflojó, no se fue del todo —el miedo a la muerte nunca se va del todo, y está bien—, pero se aflojó, y el viento pasó de largo sin cortarlo. Al amanecer, Daniel se puso la mano en el corazón y le dijo al jaguar: gracias, hermano. Y sintió la calidez de respuesta.

La quinta noche fue la del lugar donde se llora, el Paniecatlan. Lloró. Lloró por su abuela, por su abuelo, por su padre, por él mismo, por todos los años perdidos, por todos los miedos. Lloró hasta quedarse vacío. Y en el vacío, encontró una paz que no conocía: la paz del que ya no tiene lágrimas que llorar.

La sexta noche fue la del lugar de la flecha, el Timimino. Su prueba era su rabia: la rabia vieja contra su padre, contra la vida, contra Elías, contra todo.

Las flechas venían volando —cada flecha era un rencor— y con cada una venía una imagen: su padre cerrando la puerta sin mirar atrás; su madre llorando bajito en la cocina para que él no la oyera; él mismo, de adolescente, rompiendo a puñetazos la pared del cuarto; los años en la ciudad, tragándose corajes con jefes, con el tráfico, con la soledad. La rabia era un animal viejo que vivía en su pecho, y esa noche el animal quería salir, quería morder, quería devolver cada flecha.

Pero se acordó de Don Aurelio, de los cuatro rumbos, de Quetzalcóatl y Tezcatlipoca. Y entendió: la rabia era Tezcatlipoca hablándole bonito, diciéndole que tenía derecho, que se desquitara, que el mundo le debía. Y decidió no escucharlo. Se quedó quieto en la visión, con los brazos abiertos, y dejó que las flechas pasaran, una por una, sin agarrar ninguna. Cada flecha que pasaba sin ser devuelta se deshacía en el aire, como humo. Aprendió que la rabia devuelta se multiplica. Que la rabia recibida y soltada, se disuelve. Al amanecer, el animal del pecho estaba dormido, tranquilo por primera vez en treinta y cuatro años. Y Daniel, por primera vez, pudo pensar en su padre sin que le ardiera nada: solo una tristeza mansa, de esas que ya no hacen daño.

La séptima noche fue la del lugar de las fieras, el Teocoyocualloa. Las fieras eran sus miedos más hondos: el miedo a la locura —¿y si todo esto es mi imaginación?—, el miedo al ridículo —¿y si el pueblo se ríe de mí?—, el miedo a Elías —¿y si viene por mí?—. Las fieras rugieron a su alrededor toda la noche. Y Daniel, con la mano en el corazón, les dijo: los veo. No huyo. Y las fieras, al ser miradas, se echaron a dormir.

La octava noche fue la del agua negra, el Apanuihayo. El agua negra era su tristeza más honda: la tristeza de sentirse solo en el mundo, de no pertenecer a ningún lado, ni a la ciudad ni al pueblo, ni a los vivos ni a los muertos.

Se hundió en el agua negra y fue bajando, y mientras bajaba vio su vida como desde lejos: el niño que se quedó sin padre, el joven que se fue a la ciudad buscando algo que no encontró, el maestro que enseñaba historia sin creer en el futuro, el hombre que volvió al pueblo huyendo sin saber de qué. Vio la soledad como un hilo negro cosiéndolo todo. Y sintió ganas de quedarse ahí abajo, en lo oscuro, donde no duele.

Pero tocó fondo. Y en el fondo, encontró algo: una luz pequeña, terca, que no se apagaba. Era su tonalli, su alma, esperándolo. La agarró con las dos manos y subió, braceando contra el agua negra, y salió a la superficie abrazando su propia luz, jadeando, vivo. Y entendió que nunca había estado solo: se había tenido a sí mismo todo el tiempo, solo que no lo sabía. Y que ahora, además, tenía al jaguar, a Don Aurelio, a Lucía, a Mateo, a Doña Remedios cantándole desde algún lado, a Don José y su venado azul, a Doña Pastora y sus niños santos. Tenía un pueblo. Tenía un rumbo. El hilo negro se había vuelto un hilo de luz.

Y llegó la novena noche: el Mictlán mismo, el lugar del descanso.

Don Aurelio, antes de dejarlo, le puso las manos en los hombros y lo miró a los ojos.

—Esta noche no hay prueba —dijo—. Esta noche solo hay descanso. Acuéstate. Duerme. Deja que lo de abajo te suelte. Mañana, al amanecer, sales. Y cuando salgas, vas a ser otro.

Daniel se acostó en la cueva, se envolvió en la cobija y durmió. Durmió como no había dormido en meses: hondo, negro, sin sueños. Y mientras dormía, sintió —o soñó que sentía— que unas manos viejas le acomodaban la cobija, y una voz de mujer le cantaba bajito una canción de cuna. Su abuela. Doña Remedios. Cuidándolo en el inframundo, como lo había cuidado en la vida.

En el sueño, la abuela le habló. No con palabras: con la certeza que tienen los sueños verdaderos. Le dijo que estaba orgullosa. Que la casa estaba en buenas manos. Que el cuaderno de Don Tomás ya casi estaba completo, y que lo que faltaba lo iba a escribir él, con su vida. Daniel quiso abrazarla y no pudo —en el sueño los abrazos no se pueden—, pero sintió su mano en la frente, fresca, buena, y supo que era real, más real que la cueva, más real que la cobija.

Durmió nueve horas seguidas, las nueve horas más limpias de su vida. Y cuando empezó a despertar, antes de abrir los ojos, oyó el canto de un pájaro —el primero de la mañana— y pensó: ya subí. Todavía no salía de la cueva, pero ya había subido.

Despertó con el amanecer de la novena noche —del décimo día—. La luz entraba por la boca de la cueva, dorada, tibia, y con ella entraba el olor de la mañana: tierra mojada, copal apagado, café. Daniel se sentó, despacio. Le dolía todo el cuerpo: nueve noches en vela, nueve noches de visiones, le habían dejado el cuerpo molido como después de una faena dura. Tenía la cara sucia, el pelo revuelto, los ojos hinchados. Pero adentro —adentro estaba limpio. Vacío y limpio, como una casa recién barrida, como un río después de la lluvia, como el cielo después de que se va la niebla.

Salió de la cueva gateando un poco, porque las piernas no le respondían bien. Don Aurelio estaba ahí, sentado en una piedra, mirando el amanecer, con dos jícaras de café humeando a su lado. El viejo se volvió, lo miró de arriba abajo —sucio, flaco, tembloroso— y sonrió. Esa sonrisa de maestro que Daniel ya conocía y que quería decir: lo lograste.

—Ya bajaste —dijo—. Ya puedes subir.

Le pasó una jícara. Daniel la tomó con las dos manos y bebió. El café le supo a gloria: amargo, caliente, real. Era el primer sabor del mundo de arriba, y le supo a renacimiento.

Se sentaron juntos, sin hablar, viendo salir el sol. Abajo, San Miguel despertaba entre la niebla: los gallos, el humo de las cocinas subiendo derecho, las primeras voces, el ladrido de un perro. Todo igual y todo distinto. Él había bajado al inframundo y había vuelto. Y el pueblo seguía ahí, esperándolo, sin saberlo, y eso le pareció lo más hermoso del mundo: que la vida siguiera, terca, mientras él andaba cruzando ríos de sombra.

—¿Qué sigue? —preguntó al fin, con la voz ronca de nueve noches.

Don Aurelio se puso de pie, despacio, con el trabajo de los huesos viejos.

—Lo que sigue —dijo— es vivir. Bajar fue la prueba. Subir es la vida. Ahora vas a vivir con lo que aprendiste abajo: sin culpas que te hunden, sin soberbia que te aplasta, sin miedo a la muerte que te paraliza. Vas a enseñar, vas a curar, vas a acompañar. Y cuando Elías venga —porque va a venir, mijo, el tiempo se acerca—, vas a estar listo. No para pelear. Para sostenerte.

—¿Elías va a venir? —Daniel sintió el hormigueo en la nuca.

—El cuervo ya te vio —dijo el viejo—. En la barranca. Lo sé. Me lo dijo el viento. Pero no tengas miedo: tu jaguar también lo vio. Y tu jaguar es más fuerte. Ahora vámonos. Rosa te está esperando con un caldo. Lucía preguntó por ti todos los días. El pueblo te necesita arriba, no abajo.

Bajaron el cerro juntos, despacio. A Daniel le temblaban las piernas, pero el corazón lo tenía firme. En la mochila, el cuaderno de Don Tomás pesaba como una piedra buena: la piedra con la que se construye.

En el pueblo, Rosa los estaba esperando en la puerta de su casa, con una olla humeando. Cuando vio a Daniel, se le llenaron los ojos de lágrimas y lo abrazó fuerte, sin decir nada. El caldo estaba caliente, con pollo, verduras, amor: Daniel lo tomó a sorbos lentos, sentado en un banquito, mientras Mateo jugaba en el patio, sano, ruidoso, vivo. El niño se acercó y le puso en la mano una piedra pintada con una carita sonriente.

—Pa' usted, maestro —dijo—. Pa' que no se le olvide que ya estoy bien.

Daniel apretó la piedra en el puño y sintió que se le cerraba la garganta. Esa piedra valía más que todo lo que había cruzado en el Mictlán: era la prueba de que bajar había valido la pena.

Lucía llegó al rato, lo miró de arriba abajo y negó con la cabeza, sonriendo.

—Te ves terrible —dijo—. ¿Valió la pena?

—Valió —dijo Daniel—. Te cuento después. Cuando tenga palabras.

—No me cuentes —dijo ella—. Se te nota en la cara. Descansa.

Esa noche, en su casa, Daniel se bañó con agua caliente —el primer baño en diez días— y se puso ropa limpia. Se sentó en la mesa de la cocina, abrió el cuaderno de Don Tomás y escribió. Escribió las nueve noches, los nueve niveles, cada prueba, cada enseñanza. Escribió hasta que la mano le dolió. Y al final, con la letra temblorosa de cansancio, escribió:

Bajé al Mictlán y volví. Crucé el río de mis culpas, solté mi soberbia entre los cerros, caminé sobre navajas, miré mi muerte a la cara, lloré todo lo que tenía que llorar, solté mi rabia, miré a mis fieras, toqué fondo y encontré mi luz. Mi abuela me cantó en la novena noche. Don Aurelio me esperaba al amanecer. Ya bajé. Ya puedo subir. Lo que sigue es vivir.

Cerró el cuaderno. Apagó la vela. Y se durmió, en su cama, en su casa, en su pueblo, con la paz del que ha vuelto de muy lejos y por fin está en su lugar.

Afuera, en la barranca, un cuervo graznó tres veces en la oscuridad. Daniel no lo oyó: dormía el sueño de los que han bajado y han subido. Pero Don Aurelio, en su casa, sí lo oyó. Se sentó en la cama, escuchó las tres veces, y asintió despacio, como quien recibe un mensaje.

—Ya falta poco —le dijo a la oscuridad—. Que venga. El muchacho está listo.

Interludio III: La última página

*Fragmento final del cuaderno forrado en cuero de Don Tomás Reyes, fechado 2001. La letra es vieja: grande, temblorosa, con la tinta corrida en algunas palabras, como si la mano ya no obedeciera del todo. Hay páginas en blanco después de esta.*

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San Miguel de la Niebla, 6 de enero de 2001.

Si estás leyendo esto, es que ya me fui. No te pongas triste. O ponte triste un rato, que es de humanos, pero después sigue leyendo, porque esto es lo último que tengo que decirte y quiero que te llegue completo.

Me llamo Tomás Reyes. Nací en este pueblo, aprendí a soñar en este pueblo, y me voy a morir en este pueblo, si Dios quiere, que creo que quiere. Tengo setenta años y el cuerpo ya no me obedece como antes, pero la cabeza —bendito sea Dios— todavía me sirve para lo importante. Y lo importante es esto que escribo hoy.

Tú, el que lee: probablemente eres mi nieto. Se llama Daniel, me dicen. Daniel Reyes. No te conozco. Eras un niño chiquito la última vez que te vi, y después la vida nos separó, como separa a las familias, sin pedir permiso. Tu padre se fue, tu madre te llevó, y yo me quedé aquí con mi cuaderno y mis recuerdos. No guardo rencor. La vida es así. Pero me duele —sí me duele, para qué voy a mentir a estas alturas— no haberte visto crecer. Me duele no haberte enseñado a mirarte las manos.

Porque tú también vas a cruzar la puerta, Daniel. Lo sé. Lo supe desde que te cargué de bebé y te me quedaste viendo con esos ojos que no eran de bebé, esos ojos que ya habían visto algo. En esta familia la puerta se cruza. Tu bisabuelo la cruzó —mi madre me lo dijo sin decirlo, y Don Refugio me lo confirmó años después—. Yo la crucé. Tú la vas a cruzar. No es maldición. Es herencia. Y como toda herencia, trae sus papeles. Este cuaderno son los papeles.

Te voy a decir lo que nadie me dijo al principio, porque a mí me lo fueron diciendo a cuentagotas y yo ya no tengo tiempo para cuentagotas. Te lo digo de un jalón, como se dice lo urgente:

Primero: el miedo es el guardián de la puerta. No el enemigo: el guardián. El miedo te dice «no pases» y tiene razón en decirlo, porque del otro lado hay cosas que no entiendes. Pero si le haces caso para siempre, nunca pasas. El truco —si se le puede llamar truco— es pasar con miedo. Cruzar temblando. Yo crucé temblando la primera vez y seguí temblando muchas veces después. El que te diga que no tiene miedo, te está mintiendo o está loco. Pasa con miedo. Del otro lado el miedo se vuelve otra cosa. Se vuelve respeto. Y el respeto sí sirve.

Segundo: no corras. Ya lo escribí en estas páginas, en el año setenta y nueve, cuando todavía me ardía la vergüenza de haberme perdido. Te lo repito ahora, con la letra vieja y la mano que ya no me obedece: no corras. Ni en el ensueño ni en la vida. El que corre detrás de la luz se pierde. Quédate quieto. Mírate las manos. Di «aquí estoy». Espera. Todo lo que vale la pena en este camino llega al que sabe esperar. Todo.

Tercero: el maestro no es el que te enseña. El maestro es el que te acompaña mientras aprendes solo. Don Refugio me rescató una vez de la grisura, y sin embargo lo más importante que me enseñó no fue el rescate: fue quedarse callado mientras yo me equivocaba. Un buen maestro no te ahorra los errores. Te ahorra la muerte, si puede, pero los errores te los deja, porque los errores son la escuela. Si encuentras a tu maestro —y lo vas a encontrar, porque el nagual provee—, no le pidas que te facilite el camino. Pídele que te acompañe en lo difícil. Esa es la diferencia.

Cuarto: limpia tu vida en el día. El temazcal, la milpa, el trabajo honesto, pedir perdón, soltar rencores. Yo entré al nagual con el cuerpo lleno de coraje contra mi padre, y el nagual me lo cobró. Todo lo que no limpies en el tonal te lo vas a encontrar en el ensueño, multiplicado. El ensueño no perdona la suciedad del día. Así que vive bien de día para soñar bien de noche. Parece consejo de abuela y lo es: las abuelas saben.

Sexto: sirve a tu gente. El nagual no es para lucirse. El que aprende a cruzar la puerta y lo usa para presumir, para asustar, para sacar provecho, se corrompe, y el nagual corrompido es la cosa más fea que hay. Yo curé con lo que aprendí cuando pude: sustos, males de ojo, tristezas que no se quitaban. Nunca cobré de más. Nunca me anuncié. El que sirve, aprende. El que se sirve, se pierde. Grábatelo.

Séptimo: honra a tus muertos. Ponles su ofrenda en noviembre, háblales en voz alta aunque te digan loco, pídeles consejo. Los muertos de esta familia no se fueron del todo: tu bisabuelo me habló a mí sin que yo lo conociera, Don Refugio me sigue hablando a mí, y yo te voy a hablar a ti, Daniel, aunque sea desde estas páginas. La muerte no rompe el linaje. Lo cambia de forma. Acuérdate de mí cuando cruces. Yo voy a estar ahí, en la orilla, diciéndote «tardaste», como me lo dijeron a mí.

Y ahora déjame hablarte de tu abuela, porque un cuaderno no está completo sin la mujer que sostuvo la casa mientras el hombre andaba soñando. Se llamaba —se llama— Remedios, y sin ella yo no hubiera llegado a viejo escribiendo estas cosas. Ella nunca cruzó la puerta, o si la cruzó nunca me lo dijo, pero entendió algo que a mí me costó años: que el tonal también es sagrado. Que hacer de comer, que lavar la ropa, que arrullar a un niño, también es camino. Cuando yo volvía del ensueño todo deslumbrado, ella me ponía los pies en la tierra con una sola frase: «¿Ya desayunaste?». Bendita sea. Si encuentras una mujer así, Daniel, no la sueltes. Y si ya la tienes, cuídala.

Te dejo también una advertencia sobre el mundo que te tocó, que ya no es el mío. Van a querer venderte el nagual. Van a salir maestros de mentiras, de esos que cobran en dólares y prometen iluminarte en un fin de semana. Van a salir libros —como este cuaderno, pero sin verdad— que te dirán que el ensueño es un truco para ser más productivo. No les creas. El camino real no se vende, no se apura y no se presume. El maestro real no se anuncia: aparece. Como Don Refugio en la vereda. Como yo en estas páginas. Desconfía del que grite. Confía en el que susurre.

Quinto, y el más importante, guárdalo para el final como se guardan las cosas buenas: el maestro es el nagual, y el nagual eres tú cuando dejas de tener miedo.

Léelo otra vez. Dilo en voz alta. El maestro es el nagual, y el nagual eres tú cuando dejas de tener miedo.

Don Refugio me lo dijo una vez, la última vez que lo vi con vida, y yo no lo entendí hasta años después de su muerte. Lo que quiso decir es esto: que no hay nadie allá afuera que te vaya a dar lo que buscas. Ni maestro, ni libro, ni cuaderno forrado en cuero. El nagual no es una persona. Es lo que eres tú cuando se te cae el miedo, cuando se te cae el nombre, cuando se te cae todo lo que creías ser, y queda lo verdadero. El maestro te acompaña hasta la orilla. Pero el que cruza, cruza solo. Y del otro lado no hay nadie esperándote más que tú mismo, el de verdad, el que no tiene miedo.

Yo tardé toda una vida en entenderlo. Tú tal vez tardes menos. O tal vez tardes más. No importa. Lo importante es que empieces. Y que no pares. Y que cuando te pierdas —porque te vas a perder, todos nos perdemos—, te acuerdes de estas páginas y vuelvas a la orilla. Mírate las manos. Di «aquí estoy». Espera.

Hijo de mi hijo: no te vi crecer, pero te dejo lo único que tengo que vale la pena. No es dinero. No es tierra. Es un camino. Es este cuaderno. Es la puerta abierta. Crúzala cuando estés listo. Y cuando la cruces, acuérdate de tu abuelo, que te quiso sin conocerte y que te esperó toda la vida sin saber que te estaba esperando.

Cuida a tu madre. Sé hombre de bien. Y sueña, Daniel. Sueña sabiendo que sueñas. Ahí nos vemos.

Déjame decirte una cosa más sobre el miedo, porque es lo último que quiero que entiendas bien. El miedo no se vence. Eso es mentira de películas. El miedo se acompaña. Se le dice «ven, camina conmigo, pero no me digas por dónde». Yo tuve miedo toda mi vida: miedo de niño, miedo de aprendiz, miedo de padre, miedo de viejo. Y cada vez que crucé la puerta, el miedo cruzó conmigo. La diferencia entre el que se pierde y el que vuelve no es el miedo: es la quietud. El que se queda quieto con miedo, vuelve. El que corre sin miedo, se pierde. Así de simple, así de difícil.

Y no creas que el camino termina. Yo tengo setenta años y todavía hay noches en que el ensueño me sorprende, todavía hay luces que llaman, todavía tengo que decirme «aquí estoy» como el primer día. El nagual no se conquista. Se visita. Se honra. Se agradece. El que cree que ya llegó, ya se perdió. Yo no llegué a ningún lado, Daniel. Solo aprendí a caminar sin perderme. Y eso, créeme, ya es bastante.

Guarda este cuaderno. No lo escondas, no lo vendas, no lo presumas. Léelo cuando lo necesites y olvídalo cuando no. Algún día, si tienes un hijo o una hija, o un aprendiz que te mire como yo miraba a Don Refugio, se lo pasas. Sin solemnidad. Como quien pasa un pan. El camino no necesita ceremonias de entrega: necesita manos que lo reciban.

Tu abuelo,

Tomás.

*Debajo de la firma, con tinta más fresca, como añadido después, una sola línea:*

P.D. Si un día un viejo te dice «tardaste» en la vereda del río, hazle caso. Son los buenos.

Capítulo 16: El brujo de la barranca

La mañana en que Lucía no abrió la clínica, Daniel supo antes de saber.

Eran las siete y el pueblo todavía respiraba niebla. Él bajaba por la calle de piedra con el morral al hombro, como todos los días desde que había vuelto a San Miguel de la Niebla, y desde la esquina ya vio la puerta cerrada y las gardenias del macetón mustias, con las flores dobladas sobre sí mismas como si alguien les hubiera apagado la luz desde adentro. Lucía nunca cerraba. Ni los domingos. Ni cuando llovía a cántaros y el río se ponía bravo.

Tocó dos veces. Nadie contestó. Tocó una tercera, ya con el pecho apretado, y entonces oyó sus pasos arrastrándose del otro lado, lentos, como de alguien que carga algo invisible.

—Soy yo —dijo.

La puerta se abrió apenas. Lucía estaba en bata, pálida de un modo que Daniel no le había visto nunca: no la palidez del cansancio, sino una palidez grisácea, como si la sangre se le hubiera ido a esconder a algún rincón del cuerpo. Tenía los labios secos y los ojos demasiado brillantes.

—Perdóname —dijo ella, y trató de sonreír—. Creo que me agarró una gripa de esas.

—No es gripa —dijo Daniel.

Lo dijo sin pensarlo. Lo dijo porque desde hacía meses, desde el temazcal y las noches de ensueño y la recapitulación, había aprendido a mirar de otro modo, y lo que veía ahora, parado en el umbral de la clínica, era que detrás del hombro izquierdo de Lucía había una sombra sentada. No era una sombra de la pared ni del amanecer. Era algo con peso. Algo que respiraba despacio, acompasando su respiración a la de ella, bebiéndole el aire.

—Déjame verte —dijo, y le puso la mano en la frente.

Ardía. Pero era un ardor raro, sin sudor, un fuego seco que no salía por ningún lado. Le tomó el pulso en la muñeca: acelerado y débil, como un tambor tocado desde lejos.

—Ayer estabas bien —dijo.

—Ayer estaba bien —confirmó ella—. Me acosté bien. Y desperté así, como si me hubieran sacado por la noche y me hubieran vuelto a meter mal.

Se sentó en la camilla de la clínica con un cuidado de anciana. Daniel le preparó un té de los que Doña Remedios guardaba en frascos de vidrio —manzanilla con un poco de miel— y mientras el agua hervía, miró de reojo el macetón de la entrada. Las gardenias no estaban enfermas. Estaban muertas de golpe, las hojas todavía verdes pero las flores negras en los bordes, como quemadas por una helada que nadie había sentido.

—Lucía —dijo con cuidado—, ¿alguien te hizo algo? ¿Alguien te miró feo estos días? ¿Te regalaron algo?

Ella lo miró por encima del vaso humeante, y en sus ojos hubo un instante de comprensión, de esos que duelen porque confirman lo que uno no quería confirmar.

—El martes —dijo—. Bajé a la barranca a vacunar a los niños de los Jacalones. Ya sabes que nadie quiere bajar ahí. De regreso me topé con él. Con Elías.

—¿Te habló?

—No. Me miró. Nada más me miró, desde lejos, parado junto a su choza. Y sentí frío, Daniel. Un frío que me subió por la espalda como agua. Pensé que eran ideas mías.

No eran ideas suyas.

Daniel se quedó un rato con ella hasta que el té le bajó un poco la fiebre —un poco nada más, como si el fuego aquel no obedeciera a las hierbas—, le acomodó las cobijas, le dejó dicho que no abriera a nadie y subió el cerro hacia la casa de Don Aurelio con el corazón golpeándole las costillas.

El viejo estaba barriendo el patio. Barriendo, siempre barriendo, como si el polvo del mundo fuera su enemigo personal y su única guerra. Tenía ochenta años y la espalda un poco vencida, pero el brazo movía la escoba con un ritmo que parecía anterior al tiempo.

—Ya sé —dijo Don Aurelio sin levantar la vista—. Siéntate.

Daniel se sentó en el banquito de madera. El viejo terminó de barrer un rincón, dejó la escoba recargada en la pared y se sentó frente a él. Sus ojos, hundidos y clarísimos, lo miraron un largo rato.

—Elías —dijo Daniel.

—Elías —confirmó el viejo, y la palabra sonó en su boca como el nombre de una enfermedad vieja.

—¿Por qué ella? ¿Por qué Lucía?

Don Aurelio se tardó en contestar. Se pasó la mano por la barba rala, miró hacia la barranca, que desde ahí se veía como una cicatriz verde y negra en la falda del monte.

—Porque a ti no te puede tocar todavía —dijo—. Todavía no. Entonces toca lo que quieres. Eso hacen los brujos de su calaña: no pelean de frente, enferman por los costados. Y además —hizo una pausa— le estorbas, muchacho. Tu luz le estorba.

—¿Mi luz?

—El pueblo te está mirando. Después de lo de Mateo, la gente empezó a acordarse de cosas. De que antes de Elías hubo curanderos de verdad. De que el miedo no es ley. Tú andas por las calles con el cuaderno de tu abuelo y la gente te saluda distinto. Eso a Elías le quema. Él vive del miedo, Daniel. Si el pueblo deja de tenerle miedo, se queda sin comer.

Daniel sintió que algo se le apretaba en el pecho. Mateo. El niño que Elías había enfermado meses atrás y que Don Aurelio había logrado arrancar de las manos de la muerte con noches de rezo, de copal y de ensueño. Mateo ya corría otra vez por las calles, ya reía. Y ahora Lucía.

—¿Se va a curar? —preguntó, y odió cómo sonó su voz: pequeña.

—Si le quitamos lo que le pusieron, sí. Lo que le sembró no es enfermedad del cuerpo. Es un mal de ojo de los pesados, de los que se siembran con envidia y con poder. Hay que arrancarlo de raíz. Y la raíz está allá abajo.

El viejo señaló con la barbilla hacia la barranca.

Daniel entendió antes de que lo dijera.

—Voy a bajar —dijo.

Don Aurelio lo miró largamente. No le dijo que no. Nunca le decía que no a las cosas importantes; nomás lo miraba hasta que Daniel se daba cuenta solo de lo que tenía que hacer.

—No vayas a pelear —dijo por fin—. A Elías no se le gana peleando. Él lleva cuarenta años peleando y es su terreno. Ve a mirarlo de frente. Míralo como se mira a un hombre, no como se mira a un monstruo. Y escucha todo lo que te diga. Todo. Hasta lo que te guste oír.

—¿Lo que me guste oír?

—Sobre todo eso —dijo el viejo, y se levantó a guardar la escoba—. Vete antes de que caiga el sol. La barranca de noche es otra cosa.

El descenso a la barranca era un camino que el pueblo había dejado de usar hacía años. La vereda bajaba en zigzag entre cafetales abandonados y piedras sueltas, y conforme Daniel descendía, el aire cambiaba: se volvía más frío, más quieto, como si allá abajo el viento no se atreviera a entrar. Los pájaros dejaron de cantar a la mitad del camino. Solo se oían los cuervos, lejos, graznando con esa risa ronca que tienen.

Daniel pensó en todo lo que Don Aurelio le había enseñado en esos meses: el tonal y el nagual, las dos mitades del mundo; el temazcal donde había sudado sus miedos viejos; las tres almas que cada persona carga; el ensueño, donde había aprendido a despertar dentro del sueño; su doble energético, esa presencia luminosa que a veces sentía a su espalda; la recapitulación, noche tras noche respirando su vida pasada hasta dejarla limpia; el acecho, el arte de moverse entre la gente sin que el ego estorbe; los cuatro rumbos; las ceremonias del hikuri y de los niños santos, donde había visto el mundo abrirse como una flor imposible; y el descenso a Mictlán, nueve noches bajando al lugar de los muertos para entender que la muerte no era enemiga.

Todo eso lo había cambiado. Ya no era el maestro de historia de la ciudad que había llegado huyendo de un duelo mal llorado y de una vida que se le había quedado chica. Era otra cosa. Todavía no sabía bien qué.

A la mitad del descenso, Daniel se detuvo. No por cansancio: porque el miedo le había subido por la garganta hasta los oídos y las piernas le temblaban. Se sentó en una piedra y respiró, como le habían enseñado: inhalar el miedo, exhalarlo sin historia, sin alimentarlo. Pensó en el acecho, el arte de moverse entre el peligro sin que el ego estorbe: no iba como héroe ni como víctima. Iba como quien va a ver a un hombre. Se puso de pie y siguió bajando, un paso y otro, sin pensar en la choza ni en Elías, nomás en el siguiente paso. Don Aurelio le había dicho una vez que la barranca era una boca que la sierra abría para tragar lo que el pueblo no quería ver. Bajando, Daniel entendió la imagen: el aire se volvía más espeso, más frío, y los sonidos del pueblo —los gallos, los radios, los niños— se quedaban arriba, como si no pudieran bajar. Solo los cuervos, posados en los árboles secos, lo seguían con sus ojos negros, graznando bajito, como si comentaran entre ellos. El olor cambió también: a humedad, a tierra removida, a algo dulce y podrido, como fruta pasada al sol. Y entonces, entre los troncos, la vio.

La choza de Elías apareció entre los árboles como una llaga: palos torcidos, plásticos negros, un techo de lámina oxidada. Afuera, en estacas, había cráneos de animales —chivos, un perro, pájaros— blanqueándose al sol escaso. Olía a copal rancio, a orines, a algo podrido y dulce a la vez. Y en la puerta, sentado en un tronco, estaba él.

Elías «El Cuervo» no era viejo. Tendría unos cincuenta y tantos, flaco hasta lo espectral, con el pelo largo y enmarañado y unos ojos hundidos que parecían dos brasas apagándose y encendiéndose. Llevaba una camisa negra abierta y en el cuello, colgando de un cordón, una pata de cuervo disecada.

—Daniel Reyes —dijo, sin sorpresa—. El nieto de Tomás. El ahijado del jaguar. Siéntate, pues. Hace años que no baja nadie a platicar.

Daniel no se sentó. Se quedó de pie, a unos metros del tronco, con las manos a los costados y el corazón martillándole.

—Vengo por Lucía —dijo—. Quítale lo que le pusiste.

Elías sonrió. Tenía los dientes amarillos y separados, y la sonrisa no le llegaba a los ojos.

—¿Yo? Yo no le puse nada, muchacho. Yo nomás la miré. Si tu enfermerita se enferma de que la miren, el problema no soy yo. El problema es que anda desprotegida. Como tú.

—Ella no te ha hecho nada.

—Nadie me hace nada —dijo Elías, y se puso de pie con un movimiento demasiado fluido para un hombre de su edad—. Ese es el chiste. Nadie me hace nada y todos me temen. ¿Sabes por qué? Porque pueden. Porque necesitan temerle a algo. Tu maestro te ha llenado la cabeza de cuentos bonitos, Daniel. El tonal y el nagual, las almitas, el ensueño. Puro adorno. El mundo es más simple: hay quienes mandan y quienes obedecen. Hay quienes enferman y quienes se enferman. Tu abuelo lo entendió al final, ¿no te contó? Por eso dejó el cuaderno botado.

—No hables de mi abuelo.

—¿Por qué no? Tomás y yo nos conocimos, ¿sabes? Él también bajó una vez a esta barranca. También venía muy gallito. Y también se fue con la cola entre las patas, a escribir sus cositas en su cuadernito para no volverse loco.

Daniel sintió que la sangre se le subía a la cara. Apretó los puños. Elías lo notó y su sonrisa se ensanchó.

—Así me gusta. Con coraje. El coraje es poder, muchacho. Tu maestro te lo quiere quitar, te quiere manso, barriendo patios y pidiendo permiso a los cuatro rumbos para todo. Yo te ofrezco otra cosa.

Se acercó un paso. Olía a humo y a algo metálico, como sangre vieja.

—Te ofrezco el camino corto —dijo, bajando la voz—. Todo lo que tu maestro te niega. Poder de verdad. Sin disciplina, sin años de rodillas, sin pedirle permiso a nadie. Con lo que ya traes —te señaló el pecho— y lo que yo te enseño, en meses mandas en este pueblo. Curas con solo tocar. Enfermas con solo mirar. Los espíritus te obedecen porque les das de comer, no porque les ruegas. ¿Quieres sanar a tu enfermerita? Te enseño cómo, esta misma noche. ¿Quieres que el pueblo te respete? Ya te respetan, pero por lástima, porque eres el ahijadito del viejo. Conmigo te respetarían de verdad.

Hablaba despacio, cada palabra colocada como una piedra en un camino. Y Daniel, para su vergüenza, sintió que algo dentro de él se movía. Algo antiguo y hambriento.

Porque era verdad que estaba cansado. Cansado de barrer patios, de las madrugadas de recapitulación respirando recuerdos que dolían, de los fracasos en el ensueño, de sentirse siempre el aprendiz, siempre el último. Era verdad que había noches en que soñaba con volver a la ciudad y restregarle a todos en la cara lo que había aprendido, con ser alguien, con que lo miraran con asombro y no con cariño condescendiente. Era verdad que una parte de él quería el poder como se quiere el agua en el desierto: no por maldad, sino por sed.

Elías lo vio en sus ojos. Lo vio clarito.

—Ahí está —susurró—. Ahí está. No te hagas. Yo nomás te estoy ofreciendo lo que ya quieres.

—Yo también fui aprendiz una vez —dijo Elías de pronto, y su voz perdió el filo burlón—. Allá en la sierra de Zongolica. Mi maestro me tenía moliendo hierbas y cargando agua, igual que a ti te tienen barriendo patios. Años, muchacho. Años de humillación. Y cuando se murió, el pueblo eligió a otro para sucederlo. A otro. A mí me dejaron con las manos vacías y la espalda adolorida. Entonces bajé a buscar a los que sí enseñan sin pedir rodillas: los de abajo, los del monte, los que no andan con cuentos del tonal y el nagual. Y mírame: no barro patios. No pido permiso. El poder que tengo me lo gané sin arrodillarme ante nadie.

Hablaba de prisa, como si las palabras le quemaran. Y Daniel vio, por un instante, al muchacho que Elías había sido: humillado, pasado por alto, hambriento de ser alguien. No un demonio: un hombre herido. La lástima le apretó el pecho, y con la lástima vino la duda, fría como el aire de la barranca: ¿y si tenía razón? ¿Y si el camino de Don Aurelio era solo una forma más lenta de la misma humillación? ¿Y si todos estos meses barriendo patios no habían sido enseñanza sino obediencia?

Pero entonces se acordó de las mañanas barriendo junto al viejo, hombro con hombro, riéndose de sus torpezas; de la cara de Don Aurelio cuando la rama cruzó el río, iluminada como la de un niño; de las manos de Lucía en la tierra, replantando gardenias sin que nadie se lo pidiera. Nadie lo había humillado nunca. Le habían enseñado a ser, no a arrodillarse. La diferencia era todo. Era el mundo entero.

—No —dijo Daniel.

Y por un instante —un instante que a Daniel le pareció eterno— lo vio. Se vio a sí mismo meses después, de pie en la plaza, con la gente acercándosele con respeto y con miedo, con Lucía sana a su lado mirándolo con admiración, con Don Aurelio empequeñecido, convertido en un viejo barrendero sin importancia. Se vio sin la humillación del aprendizaje, sin la espera, sin la duda. Todo servido. Todo fácil.

Le temblaron las manos.

Entonces, entre la visión, apareció otra imagen, pequeña y terca: las manos de Don Aurelio barriendo el patio esa misma mañana. El ritmo de la escoba. La paciencia infinita de un hombre que a los ochenta años todavía barría su pedacito de mundo como si fuera lo más importante del universo. Y la cara de Lucía en la camilla, pálida, confiando en él sin saber siquiera en qué confiaba.

—No —dijo Daniel.

—¿Cómo?

—No —repitió, y su voz sonó más firme—. No quiero tu camino.

Elías se quedó quieto. La sonrisa se le borró de golpe, como si alguien la hubiera limpiado con un trapo.

—¿Sabes lo que estás despreciando, pendejo?

—Sé lo que me estás ofreciendo. Poder sin pagar el precio. Y todo lo que no se paga, se cobra después. Mi maestro me enseñó eso sin decirlo: barriendo.

—Tu maestro es un viejo acabado —escupió Elías, y su voz cambió, se volvió más grave, más ronca, como si hablara desde un pozo—. Le queda poco. Cuando se muera, ¿quién te va a cuidar las espaldas, ah? El pueblo te va a comer vivo. Yo nomás te estoy dando la oportunidad de llegar primero.

—Quítale lo que le pusiste a Lucía —dijo Daniel—. Es lo único que vine a pedirte.

Elías lo miró un largo rato. Los cuervos graznaron a lo lejos, todos a la vez, como una carcajada.

—No —dijo—. Que se cure sola, si puede. O que se la lleve lo que se la tenga que llevar. Y escúchame bien, nieto de Tomás, porque solo lo digo una vez. —Hizo una pausa, y su voz se volvió grave como un pozo—. En la noche del quinto sol nos vemos. Ahí no va a haber maestro que te esconda detrás de su escoba. Trae tus rezos, maestrillo. Los vas a necesitar.

Dio media vuelta y se metió en la choza. La puerta de plástico negro se cerró tras él con un chasquido seco.

Daniel se quedó un momento parado entre los cráneos de animales, con el corazón desbocado y las manos todavía temblando —de miedo, de coraje, de la tentación que había sentido y que lo avergonzaba más que el miedo—. Después dio media vuelta y empezó a subir.

La subida fue más dura que la bajada. A la mitad del camino tuvo que sentarse en una piedra porque las piernas no le respondían. Miró hacia abajo: la barranca ya era solo una mancha oscura entre el verde. Allá abajo, un hombre herido había elegido el camino corto hacía cuarenta años, y todavía estaba pagando la cuenta.

Cuando llegó a casa de Don Aurelio ya había caído el sol. El viejo lo esperaba sentado en el banquito, con dos tazas de café de olla humeando sobre la mesa de madera.

—¿Qué te ofreció? —preguntó, sin preámbulos.

—Todo —dijo Daniel, y se dejó caer en el otro banquito—. Poder. Curar a Lucía esta misma noche. Que el pueblo me respete. Todo lo que tú me niegas, dijo.

—¿Y?

—Nada —dijo Daniel—. Le dije que no.

Don Aurelio asintió despacio. Le pasó una taza. El café quemaba y sabía a piloncillo y a canela, y Daniel sintió que volvía a su cuerpo.

—¿Te tentó? —preguntó el viejo.

Daniel iba a mentir. Iba a decir que no, que ni un poco. Pero Don Aurelio lo miraba con esos ojos clarísimos que parecían ver hasta el fondo, y mentirle era como mentirle al río.

—Sí —dijo—. Me tentó de verdad. Por un momento lo vi todo. Y lo quise.

—Bien —dijo el viejo.

—¿Bien?

—El que dice que no lo tentaron, miente o está dormido. La tentación es la prueba, muchacho. No la pasas evitándola: la pasas mirándola de frente y diciéndole que no. —Tomó un sorbo de su café—. Ahora sí estás listo para lo que sigue.

—¿Qué sigue?

—La noche del quinto sol —dijo Don Aurelio, y por primera vez en meses, Daniel le vio algo parecido al miedo en la cara, o quizá era solo el reflejo del ocaso—. Faltan nueve días. En nueve días, Elías va a venir por ti con todo lo que tiene. Y yo te voy a enseñar lo único que puede pararlo.

—¿Qué?

—El intento —dijo el viejo—. La voluntad impecable. Lo único que un brujo no puede robar, comprar ni enfermar.

—¿Y si no puedo? —preguntó Daniel en voz baja—. ¿Si en la noche del quinto sol me quiebro?

—Entonces te quiebras —dijo Don Aurelio con una honestidad brutal—. Y al día siguiente recoges tus pedazos y sigues barriendo. Pero no te vas a quebrar, muchacho. El que le dice que no al camino corto ya pasó la prueba más dura. Lo que viene es nomás la confirmación.

Tomaron el café hasta que se enfrió. Después el viejo se levantó y empezó a juntar cosas: copal, velas, el sahumerio de barro. Iba a hablar con la gente, dijo. El pueblo tenía que prepararse. Nueve días faltaban para la luna negra, y nueve días eran poco y eran mucho.

—No bajes más a la barranca —dijo, ya en la puerta—. Lo que tenías que ver allá abajo, ya lo viste. Ahora lo que toca es practicar, comer y dormir. El intento se afila descansado, no desvelado.

Daniel asintió y se fue a su casa bajo un cielo que ya se llenaba de estrellas, con el sabor del café todavía en la boca y las palabras de Elías dándole vueltas en la cabeza como cuervos. Pero debajo de las palabras, más hondo, había una quietud nueva: la de quien ya eligió, y ya no tiene que seguir eligiendo.

A lo lejos, desde la barranca, un cuervo graznó tres veces. Como contando los días.

Capítulo 17: El intento

A la mañana siguiente, Don Aurelio lo llevó al río.

No al río grande, el que bajaba bravo en temporada de lluvias, sino a un recodo tranquilo donde el agua se aquietaba entre piedras y el sol de la mañana entraba a pedazos entre los ahuehuetes. El viejo caminaba despacio, con su bastón de madera nudosa marcando el ritmo, y Daniel lo seguía con el morral y una inquietud que no lo había dejado dormir.

—¿Sabes qué es el intento? —preguntó Don Aurelio cuando se sentaron en la orilla.

—La intención —dijo Daniel—. Querer algo con fuerza.

El viejo negó con la cabeza, despacio.

—Eso es deseo. El deseo es un perro que ladra. El intento es otra cosa. El intento es la corriente que mueve al mundo, muchacho. Está en todo: en el río que baja, en la semilla que rompe la tierra, en el jaguar cuando salta. Los hombres antiguos sabían agarrarse de esa corriente. Los de ahora nomás la miran pasar y le piden favores, como si fuera un santo.

Recogió una piedra lisa del suelo y la sopesó en la mano.

—El deseo dice: quiero que la piedra se mueva. Y la piedra no se mueve, porque el deseo es tuyo nomás, es de tu cabecita. El intento dice... —hizo una pausa— el intento no dice nada. El intento es. Cuando eres el intento, la piedra y tú son lo mismo por un instante, y lo que se mueve no es la piedra: es el mundo acomodándose.

Daniel frunció el ceño.

—Suena a poesía, maestro.

—Todo suena a poesía hasta que lo haces —dijo el viejo, y lanzó la piedra al río. Cayó con un plop y dos círculos se abrieron en el agua—. Vas a aprender el intento porque en nueve días lo vas a necesitar. Elías no pelea con las manos. Pelea en el ensueño y en la vigilia a la vez. Contra eso no sirven los puños ni los rezos a medias. Solo sirve una voluntad que no se quiebra. Impecable.

—¿Impecable?

—Sin mancha. Sin duda a la hora de la hora. Sin miedo escondido. El intento impecable es cuando todo tu ser —tu cuerpo, tus tres almas, tu doble— apunta a una sola cosa, sin que una parte de ti esté pensando en huir.

Señaló una rama caída junto al agua, una rama seca de ahuehuete, torcida como un signo de interrogación.

—Ahí tienes tu ejercicio. Cada noche, en el ensueño, vas a venir a este recodo. Vas a agarrar esa rama y la vas a cruzar al otro lado del río. Y cada mañana vas a venir aquí, despierto, a ver si se movió.

Daniel miró la rama. Luego miró al viejo.

—¿Me está diciendo que mueva una rama con el sueño?

—Te estoy diciendo que muevas una rama con el intento. El ensueño es nomás el lugar donde se practica, porque ahí el tonal está dormido y no estorba con sus opiniones. —Don Aurelio se puso de pie, apoyándose en el bastón—. Vas a fracasar muchas noches. Es parte del ejercicio. El fracaso te va a enseñar la diferencia entre querer y ser.

—¿Y si nunca lo logro?

—Entonces en la noche del quinto sol vas a tener que improvisar —dijo el viejo, y por primera vez sonrió, una sonrisa cansada—. Pero lo vas a lograr. Porque no tienes de otra.

Esa noche, Daniel preparó su rincón como le habían enseñado: el petate orientado con la cabeza al norte, una veladora encendida, el cuaderno de Don Tomás bajo la almohada. Doña Remedios le había dejado un plato de frijoles tapado en la mesa y una nota: «Come, mijo. Lo que viene necesita cuerpo.» Su abuela sabía. Las abuelas siempre saben.

Mi abuela estaba muerta —eso lo sabía—, y sin embargo ahí estaba su plato, tapado, todavía tibio. En esta familia los muertos no se van del todo: se quedan a cuidar a los suyos.

Se acostó y hizo el ejercicio de la recapitulación, respirando su día hacia atrás: la barranca, la cara de Elías, la tentación, el café con Don Aurelio. Cada recuerdo lo barrió con la respiración hasta que se quedó limpio, sin carga. Después se quedó quieto, mirando la oscuridad detrás de los párpados, buscando la puerta del ensueño.

La encontró, como tantas veces: una sensación de caída suave, un zumbido lejano, y de pronto estaba de pie en el recodo del río, pero todo se veía distinto. Los colores eran más hondos. El agua sonaba más fuerte. Su cuerpo se sentía liviano, como si pesara la mitad.

La rama estaba ahí, junto a la orilla. La recogió. Pesaba lo normal. Caminó hacia el agua, se metió hasta las rodillas —el agua del ensueño estaba tibia, cosa rara—, cruzó al otro lado y depositó la rama en la orilla contraria con mucho cuidado, como quien acuesta a un niño.

—Ahí está —dijo en voz alta, y su voz sonó doble, como si alguien la repitiera un instante después.

Despertó con el corazón acelerado. Todavía era de noche. Se levantó, se puso los huaraches, agarró una lámpara de mano y bajó al río en la oscuridad, tropezando con las piedras, con una esperanza ridícula latiéndole en el pecho.

La rama estaba donde siempre: en su orilla, sin moverse un milímetro.

Se quedó un rato parado ahí, con la lámpara alumbrando la rama seca y el agua negra, sintiéndose el hombre más pendejo del mundo. Después se rió solo, apagó la lámpara y se volvió a la casa bajo un cielo lleno de estrellas que no le dijeron nada.

Así fueron las noches siguientes. Cada noche cruzaba la rama en el ensueño con una concentración feroz, y cada mañana la rama seguía ahí, burlándose en silencio. Probó de todo: cruzarla cargándola en la espalda, aventarla como lanza, pedirle al río que la llevara, ordenarle a la rama que se moviera sola. Una noche hasta se enojó con la rama en el sueño y la pateó al agua, y despertó con la boca llena del sabor amargo del coraje.

Al cuarto día, Don Aurelio lo encontró en el patio, ojeroso y de mal humor.

—No se ha movido —dijo Daniel antes de que preguntara.

—Ya sé. Se te ve en la cara.

—¿Cuánto tiempo se supone que tome esto? Faltan cinco días.

—Los que tome —dijo el viejo, imperturbable—. Siéntate. Come.

Comieron caldo de pollo que Doña Remedios había dejado. Daniel comía sin ganas, removiendo la cuchara.

—Estoy haciendo todo mal —dijo—. En el sueño la cruzo perfecto. La cargo, la llevo, la dejo del otro lado. Y en la mañana nada. Es como si el sueño fuera mentira.

—El sueño no es mentira —dijo Don Aurelio—. Tú eres el que está haciendo trampa.

—¿Trampa?

—En el ensueño estás queriendo, no siendo. Te veo: aprietas los dientes, te concentras, le ordenas a la rama. Eso es deseo con uniforme de intento. El intento no aprieta los dientes, muchacho. El intento es como respirar. ¿Tú te concentras para respirar?

Daniel se quedó callado.

—Te voy a contar algo —dijo el viejo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Cuando yo era joven, mi maestro me puso un ejercicio parecido. Una piedra. Tenía que subirla al cerro en el ensueño. Me tardé dos meses. Dos meses de fracasar todas las noches, hasta que una madrugada me harté. Me harté de querer, me harté del ejercicio, me harté de mi maestro. Y en el sueño, en vez de cargar la piedra, me senté junto a ella. Nomás me senté. Y sentí el peso de la piedra como si fuera mío. Y sentí el cerro. Y de pronto ya estábamos arriba, la piedra y yo, sin haber subido. Al despertar, la piedra estaba arriba del cerro. Todavía está ahí, si quieres ir a verla.

—¿Y eso qué me dice?

—Que el intento no se ruega —dijo Don Aurelio, mirándolo fijo—. Se es. Deja de querer mover la rama. Sé la rama moviéndose. Sé el río cruzándose. Sé la orilla del otro lado recibiéndote.

Esa noche Daniel se acostó distinto. No se concentró. No apretó nada. Hizo su recapitulación, respiró, y cuando encontró la puerta del ensueño, entró sin prisa.

El recodo estaba ahí, más hermoso que nunca. La rama, torcida como un signo de interrogación, lo esperaba.

Esta vez no la recogió. Se sentó junto a ella en la orilla. Sintió la corteza rugosa bajo su mano. Sintió el peso de la madera seca, su historia: el árbol, la tormenta que la quebró, los meses tirada ahí. Sintió el río, su prisa antigua, su camino hacia abajo. Sintió la otra orilla, con su tierra blanda y sus piedras.

Y entonces, sin decidirlo, sin ordenarlo, fue la rama. Fue el agua. Fue el cruce. No hubo esfuerzo: hubo un acomodo, como cuando una puerta mal cerrada por fin embona en su marco.

Despertó antes del amanecer, con una certeza tranquila en el pecho. Se levantó sin prisa, se puso los huaraches y bajó al río mientras el cielo se ponía gris.

La rama estaba del otro lado.

No cerca de la orilla donde él la había dejado en el sueño: un poco más allá, entre unas piedras, todavía húmeda, con gotas de agua brillando en la corteza a la primera luz. Como si el río mismo la hubiera acomodado.

Daniel se quedó parado en su orilla, mirándola, y sintió que algo se le abría en el pecho, algo que no era alegría ni triunfo: era una quietud nueva, honda, como la del agua del recodo.

Cuando llegó a casa de Don Aurelio, el viejo ya lo esperaba con café.

—Se movió —dijo Daniel.

—Ya sé —dijo el viejo—. Se te ve en la cara. Ya no tienes cara de perro ladrando.

—¿Cómo supo?

—Porque anoche el río sonó distinto —dijo Don Aurelio, muy serio, y luego se rió, una risa de muchacho que le quitó veinte años de encima—. No, no es cierto. Lo supe porque dejaste de preguntar cuándo.

Tomaron el café en silencio. Después el viejo se puso serio otra vez.

—Lo que hiciste con la rama es el principio. El intento verdadero es eso, pero con todo: con tu cuerpo, con tu miedo, con tu vida. En la noche del quinto sol, Elías va a venir a buscar tu miedo. Va a querer que ladres, que supliques, que corras. Si logras ser el intento —impecable, sin una grieta—, no va a tener de dónde agarrarte.

—¿Y si tengo miedo? —preguntó Daniel en voz baja—. Porque lo tengo, maestro. Desde que bajé a la barranca, lo tengo aquí —se tocó el pecho—, como una piedra.

—El miedo no es el problema —dijo Don Aurelio—. El problema es entregarlo. Tú puedes tener miedo y no entregarlo. Puedes temblar y no soltar. Eso es el intento impecable: no la ausencia de miedo, sino la presencia completa de ti.

Se quedaron callados. A lo lejos se oyó la campana de la iglesia: las siete de la mañana. El pueblo despertaba.

—Faltan cuatro días —dijo el viejo—. Vas a seguir practicando. Pero ya no con la rama. Ahora vas a practicar contigo. Cada noche, en el ensueño, vas a pararte frente a lo que más miedo te dé, y te vas a quedar ahí. Sin pelear. Sin huir. Siendo.

—¿Y qué es lo que más miedo me da?

Don Aurelio lo miró con una ternura infinita.

—Ya lo vas a ver —dijo—. El ensueño te lo va a enseñar. Siempre enseña.

Al tercer día de práctica, Lucía fue a buscarlo a casa de Don Aurelio. Ya caminaba sin ayuda, aunque todavía se cansaba pronto, y traía una olla de caldo tapada con un trapo.

—Doña Remedios me dijo que andas flaco —dijo, poniéndole la olla enfrente—. Y que andas con cara de perro ladrando. Fueron sus palabras, no mías.

Daniel se rió por primera vez en días. Comieron juntos en el patio, en silencio, como comen los que se quieren sin necesidad de decirlo a cada rato. El caldo sabía a hogar, a cuidado, a todo lo que Elías nunca iba a entender.

—¿Vas a estar bien? —preguntó ella de pronto—. En la noche esa. La del quinto sol.

—Voy a estar —dijo él—. Es lo único que te puedo prometer: voy a estar. Aquí, completo, sin irme a ningún lado.

Ella asintió y le apretó la mano por encima de la mesa. Después se fue, dejándole el caldo y una certeza tibia en el pecho, de esas que no se aprenden en ningún ensueño.

Esa tarde, Don Aurelio le contó una historia, de esas que el viejo soltaba sin aviso, como quien tira una piedra al agua.

—Mi mujer —dijo— se murió hace treinta años. Se llamaba Concepción. Una vez se nos perdió una mula en el monte, la única que teníamos, y la buscamos tres días sin encontrarla. Al cuarto día, Concepción se sentó en la puerta de la casa, cerró los ojos y dijo: «Ya sé dónde está.» Y nos llevó directo, sin dudar, a una barranca a dos horas de aquí, donde la mula se había atorado entre unas piedras. Ni la había soñado, ni la había buscado con el pensamiento. Nomás fue. Eso es el intento, muchacho. No es magia: es ser tan completo en lo que haces, que el mundo no tiene de otra más que acomodarse.

—¿Y usted puede hacer eso? ¿Encontrar mulas perdidas?

—Yo ya estoy viejo para mulas —dijo el viejo, y se rió con su risa de muchacho—. Pero tú vas a poder con cosas más grandes. Ya lo hiciste con la rama. La rama fue tu mula.

La noche del quinto día de práctica fue la peor. Daniel entró al ensueño decidido a cruzar no una rama sino un tronco entero, para probarse, para demostrarle algo a alguien —a Elías, al viejo, a sí mismo—. Lo intentó con una furia concentrada, apretando los dientes del sueño, y el tronco no se movió ni un dedo. Despertó a las tres de la mañana, furioso consigo mismo, y bajó al río a patear piedras en la oscuridad. A la mañana siguiente, Don Aurelio lo miró y negó con la cabeza.

—Ayer volviste a ladrar —dijo—. Se te oía desde aquí.

—¿Cómo lo supo?

—Porque el río sonó enojado toda la noche —dijo el viejo, muy serio, y luego se rió—. No, no es cierto. Lo supe porque traes la misma cara del primer día. El intento no admite pruebas, muchacho. En cuanto quieres demostrar algo, ya es deseo. Vuelve a ser. Nomás sé.

Esa noche, Daniel no intentó nada. Se sentó en la orilla del ensueño, junto a la rama, y respiró con el río hasta que fueron lo mismo. A la mañana siguiente, la rama estaba del otro lado, como siempre, como si nunca hubiera estado en otro lado. Y Daniel entendió que el ejercicio ya no era un ejercicio: era una forma de estar.

Las tres noches siguientes fueron las más duras desde el descenso a Mictlán.

La primera noche, el ensueño lo llevó a la barranca. No al recodo del río: a la choza de Elías. Y Elías estaba ahí, pero no como hombre: como un cuervo del tamaño de una casa, con ojos amarillos como lunas enfermas, parado sobre el techo de lámina. Cuando Daniel lo vio, el miedo le subió por las piernas como agua helada. Quiso correr. Quiso despertar. Pero se acordó de las palabras del viejo —sin pelear, sin huir, siendo— y se quedó parado. El cuervo abrió el pico y de adentro salió la voz de Elías: «Mírate, maestrillo, temblando.» Y Daniel temblaba, sí, pero no se movía. Se quedó hasta que el cuervo se cansó de mirarlo y se deshizo en plumas negras que el viento se llevó.

Despertó empapado en sudor, con el corazón a mil. Pero no había huido.

La segunda noche, el ensueño le mostró otra cosa: a Lucía en la camilla de la clínica, cada vez más pálida, cada vez más lejos, llamándolo por su nombre con una voz que se apagaba. Y él no podía llegar a ella porque entre los dos había un río de agua negra que crecía. El miedo ahí no era por él: era por ella. Era el miedo a perderla, a no ser suficiente, a que todo lo aprendido no sirviera para nada. Se paró a la orilla del río negro y se quedó ahí, temblando, sin cruzar, sin huir, siendo el que se queda. Cuando despertó, tenía la almohada mojada de lágrimas y no le dio vergüenza.

La tercera noche no hubo imágenes. Solo una oscuridad total, un vacío sin orillas, y en el centro del vacío, él. Sin cuerpo, sin nombre, sin historia. El miedo más viejo: el de no ser nadie, el de desaparecer sin dejar rastro. Se quedó en el centro de la nada, siendo nadie, y descubrió que nadie también era algo. Que el vacío no muerde si no le das la mano.

Cada mañana bajaba al río y cruzaba la rama de un lado a otro, ya sin esfuerzo, como quien saluda a un amigo. El ejercicio se había vuelto parte de él.

La víspera de la noche del quinto sol, Don Aurelio lo mandó llamar al atardecer. Daniel subió al cerro y encontró al viejo sentado en una piedra, mirando cómo el sol se ponía detrás de los picos. A su lado había un envoltorio de tela.

—Mañana es la noche —dijo el viejo sin voltear—. ¿Estás listo?

—No —dijo Daniel, honesto.

—Bien. El que dice que está listo, miente. —Don Aurelio le pasó el envoltorio—. Ábrelo.

Adentro había un collar: un colmillo de jaguar tallado, viejo, pulido por los años, colgando de un cordón de cuero.

—Era de mi maestro —dijo—. Y antes, del maestro de mi maestro. No es un amuleto mágico, no creas. Es un recordatorio. El jaguar no tiene miedo porque decidió no tenerlo: lo tiene porque es jaguar. Ser, ¿te acuerdas? El intento no se ruega, se es.

Daniel se colgó el collar. El colmillo pesaba tibio contra su pecho.

—Maestro —dijo—, ¿qué es exactamente la noche del quinto sol? ¿Por qué esa noche?

Don Aurelio miró el ocaso un rato largo.

—Los antiguos decían que vivimos bajo el quinto sol, el sol del movimiento. Los cuatro soles anteriores se acabaron: uno se lo comieron los jaguares, otro se lo llevó el viento, otro el fuego, otro el agua. El quinto sol también se va a acabar, dicen. Y cada noche, el sol muere un poco para volver a nacer. Pero hay noches en que la muerte pesa más. Mañana la luna se va a esconder —hizo un gesto hacia el cielo—. Luna negra. La noche más oscura del mes. En esas noches, la tierra sueña más hondo, y los que caminan entre el sueño y la vigilia —como Elías, como tú, como yo— tenemos más poder. Y más peligro.

—¿Él va a venir aquí? ¿A la casa?

—Va a venir a buscarte donde estés. En el ensueño primero, y si te quiebra ahí, en la vigilia después. Por eso no vas a estar solo. —El viejo se puso de pie con esfuerzo—. Ya hablé con la gente. El pueblo te va a sostener.

—¿El pueblo?

—Después de lo de Mateo, la gente se acordó de quién es. Mañana en la noche, en cada casa va a haber una vela encendida. En cada puerta, copal. Doña Remedios va a rezar el rosario con las vecinas. Lucía va a estar en su casa, cuidada. Y tú vas a estar en la casa de tu abuela, en tu cuarto, haciendo lo único que tienes que hacer.

—¿Qué?

—Ser —dijo Don Aurelio, y le puso la mano en el hombro. La mano le temblaba un poco, y Daniel notó por primera vez lo delgado que estaba el viejo, lo consumido—. Ser impecable. No le entregues tu miedo, muchacho. Es lo único que te pido. Todo lo demás, el pueblo y yo lo sostenemos.

Bajaron del cerro en silencio, entre la niebla que empezaba a subir. En la puerta de la casa, el viejo se detuvo.

—Daniel —dijo, y su voz sonó distinta, más grave—. Pase lo que pase mañana, quiero que sepas que estoy orgulloso. Tu abuelo también lo estaría. Lo que hiciste en la barranca —decirle que no a Elías— es lo más difícil que un hombre puede hacer. Más difícil que mover ramas con el sueño.

Se abrazaron. El viejo olía a copal y a tierra mojada, como siempre. Daniel sintió el colmillo de jaguar contra su pecho y, por primera vez en días, el miedo se quedó quieto, como un animal que por fin se echa a dormir.

Esa noche durmió sin sueños. O con sueños tan hondos que no los recordó. Despertó con la certeza de un hombre que va a su propio examen final: la boca seca, las manos quietas, el corazón latiendo despacio.

Era el día de la noche del quinto sol.

Capítulo 18: La noche del quinto sol

El día pasó lento, como los días que traen algo grande.

Daniel lo ocupó en cosas simples: ayudó a Doña Remedios a barrer el patio, comió el caldo que le puso enfrente sin protestar, revisó el cuaderno de Don Tomás aunque ya se lo sabía casi de memoria. Al atardecer, Lucía llegó a la casa. Venía todavía pálida, todavía débil, pero de pie, con esa terquedad suya que ni el mal de ojo había podido doblar.

—No me vas a dejar sola en mi casa —dijo, y no era pregunta.

—No —dijo Daniel.

Se sentaron en el corredor a ver cómo se iba la luz. Hablaron poco. Hablaron de Mateo, que ya andaba en la escuela otra vez y había sacado diez en historia. Hablaron de la clínica, de las gardenias que Lucía quería replantar. Hablaron de todo menos de lo que venía, y eso era una forma de hablar de lo que venía.

—Si pasa algo —dijo Lucía de pronto—, si me pongo mal otra vez...

—No va a pasar —dijo Daniel.

—¿Cómo lo sabes?

—No lo sé —admitió—. Pero voy a estar aquí. Eso sí lo sé.

Ella le tomó la mano. Tenía la mano fría. Se quedaron así hasta que Doña Remedios los llamó a cenar, y cenaron los tres en la cocina, a la luz de una vela, porque desde el atardecer el pueblo entero había empezado a encender las suyas.

Desde la ventana, Daniel veía la calle: en cada casa, en cada ventana, un puntito de luz temblando. El pueblo entero velando. Le apretó el pecho de un modo que no era miedo: era algo más grande, más antiguo. Su gente —porque ya eran su gente— sosteniéndolo sin pedirle nada a cambio.

Después de cenar, empezaron a llegar. Primero fueron las vecinas de Doña Remedios, con sus veladoras y sus rosarios, a sentarse en el corredor a rezar en voz baja. Después llegó Mateo con su mamá, trayendo una vela grande, de esas de cera de abeja, y se sentó en el banquito sin que nadie se lo pidiera, serio como un soldado chiquito. Después, uno por uno, fueron llegando más: el señor de la tienda, la maestra de la escuela, los muchachos que jugaban futbol en la plaza. Nadie había convocado a nadie. El pueblo, simplemente, se había puesto de acuerdo sin hablar, como hacen los pueblos cuando saben.

Alguien —nadie supo quién— tocó la campana de la iglesia tres veces, despacio. No era hora de misa. Era otra cosa: un aviso, una compañía. Doña Remedios repartió café de olla en jarritos, y el corredor se llenó de un murmullo de rezos mezclados: padrenuestros, avemarías, y entre ellos, bajito, las palabras en náhuatl que Don Aurelio murmuraba para sí. Lucía, desde la puerta de su cuarto, miraba todo aquello con los ojos brillantes, y cuando Daniel pasó junto a ella, le apretó el brazo.

—Mira lo que hiciste —le susurró—. Sin querer, juntaste al pueblo.

—Yo no hice nada —dijo él.

—Hiciste no tener miedo —dijo ella—. Eso es todo. Y míralos.

A las nueve, Don Aurelio llegó con su bastón y un sahumerio de barro. Traía copal, y lo encendió en la puerta de la casa, y el humo blanco subió en espiral hacia la noche negra. No había luna. El cielo era un pozo de estrellas.

—Acuéstate —le dijo a Daniel—. Duerme. Lo que tenga que pasar, va a pasar en el ensueño primero. Y ahí es donde tienes que estar: despierto dentro del sueño.

—¿Y usted?

—Yo voy a estar aquí, en el corredor, velando. Si las cosas se ponen feas en la vigilia, voy a estar a un grito de distancia. —Le puso la mano en la cabeza, como a un niño—. Acuérdate: no le entregues tu miedo. Puedes temblar. No puedes soltar.

Daniel se acostó en su cuarto, en el petate con la cabeza al norte. Se colgó el collar del colmillo de jaguar. Bajo la almohada, el cuaderno de Don Tomás. En la mesita, una vela encendida que Doña Remedios había puesto con manos temblorosas.

Hizo su recapitulación. Respiró el día hacia atrás: Lucía en el corredor, el caldo, la rama en el río, el abrazo del viejo. Cuando llegó al principio, a la mañana, se quedó quieto y esperó la puerta.

Tardó en llegar. El miedo la tenía atrancada. Pero Daniel respiró hondo, se acordó de ser —no de querer, de ser— y la puerta se abrió.

El ensueño de esa noche no era el recodo del río. Era San Miguel de la Niebla, pero vaciado: las calles desiertas, las casas oscuras, ni una vela encendida. Solo él, parado en medio de la plaza, bajo un cielo sin estrellas. Y el silencio. Un silencio tan total que le dolían los oídos.

Entonces lo oyó. Un aleteo. Grande. Como una bandera sacudiéndose en una tormenta.

El cuervo bajó del cielo negro y se posó en el techo de la iglesia. Era del tamaño de una casa, tal como lo había visto en la práctica, pero ahora era más real, más pesado. Sus ojos amarillos ardían como dos lunas enfermas. Abrió el pico, y la voz que salió no era graznido: era la voz de Elías, clara y burlona.

—Buenas noches, maestrillo. ¿Trajiste tus rezos?

Daniel sintió el miedo subirle por las piernas, por el vientre, hasta el pecho. Era un miedo físico, animal, el miedo de la presa ante el depredador. Las manos le temblaban. La boca se le secó.

—No te tengo miedo —dijo, y su voz sonó pequeña en la plaza vacía.

El cuervo se rió. Una risa de hombre saliendo de un pico de ave: lo más antinatural que Daniel había oído en su vida.

—Mientes —dijo—. Te tiemblan las manos. Te apesta el miedo, muchacho. Dámelo. Entrégamelo y te dejo en paz. Entrégame tu miedo y me llevo lo de tu enfermerita también. Es un trato justo.

—Te conozco, Daniel Reyes —dijo el cuervo, y su voz se volvió íntima, casi cariñosa—. Sé lo que soñaste en la barranca. Sé que viste el poder y lo quisiste. Todavía lo quieres, no te hagas. Dámelo, dámelo y te doy todo lo que viste: el respeto, la fuerza, tu enfermerita sana para siempre. Nomás entrégame ese miedo que traes ahí, temblando como un pájaro. ¿Para qué lo quieres? ¿Para sufrirlo?

Y Daniel, parado en la plaza vacía del ensueño, con las manos temblando y la boca seca, hizo lo único que sabía hacer: se acordó. Se acordó del sabor del café de olla en casa del viejo. Del peso del bastón de madera nudosa en sus manos. De la risa de Mateo cuando sacó diez en historia. De las gardenias replantadas por Lucía, con las manos en la tierra. De la rama cruzando el río sin que nadie la cargara. De Don Tomás, escribiendo a la luz de una vela: el nagual eres tú cuando dejas de tener miedo. No eran argumentos: eran su vida. Y su vida, de pronto, pesó más que el miedo.

El cuervo, al ver que no se movía, cambió de táctica. Batió las alas una vez, y el aire del ensueño se llenó de imágenes: Lucía en la camilla, cada vez más pálida, llamándolo por su nombre; Don Aurelio en su banquito, con la escoba caída a un lado, sin levantarse; el pueblo entero arrodillado ante la barranca, temblando. «Esto pasa si no me lo das», dijo la voz de Elías desde el pico. «Todo lo que quieres se rompe. Entrégalo y lo detengo. Es tu última oportunidad, maestrillo.»

Daniel miró las imágenes. Le dolieron como brasas en el pecho. Pero se acordó de las palabras del viejo: el miedo no es el problema; entregarlo, sí. Y entendió, con una claridad helada, que las imágenes eran mentira: Elías no podía romper nada si él no le daba el miedo con que romperlo. Las visiones eran el anzuelo. El miedo era la carnada. Y él no iba a morder.

Cerró los puños —le temblaban— y no dijo nada. No había nada que decir. El que no entrega, no negocia.

El cuervo extendió las alas. Eran enormes, negras, y cada pluma parecía un cuchillo. Bajó del techo de un salto y se paró frente a Daniel, tan cerca que sintió el aire caliente de su respiración, que olía a podrido y a copal rancio.

—Mírame —ordenó la voz de Elías—. Mírame y entrégalo.

Y Daniel lo miró. Miró los ojos amarillos, el pico curvo, las plumas como cuchillos, cada una afilada como una navaja. Y sintió la tentación más vieja del mundo: la de rendirse. La de decir «ya, llévate lo que quieras, nomás déjame en paz». Sería tan fácil. Un instante de entrega y se acababa el miedo, se acababa la espera, se acababa todo. Nadie lo sabría. Ni el viejo, ni Lucía, ni el pueblo. Solo él y la noche.

Pero entonces sintió el colmillo de jaguar contra su pecho —en el ensueño también lo traía puesto, tibio, vivo— y se acordó de las manos de Don Aurelio barriendo el patio. Se acordó de la rama cruzando el río sin que nadie la cargara. Se acordó de Lucía tomándole la mano en el corredor, fría y confiada. Se acordó de Mateo corriendo por la calle con su diez en historia. Se acordó de Doña Remedios repartiendo café entre los que velaban. Y entendió, de golpe, con una claridad que no era de la cabeza sino del cuerpo entero: el miedo era suyo. Nadie podía quitárselo si él no lo entregaba. Era lo único que nadie podía robarle, porque no estaba afuera: estaba adentro, y adentro mandaba él.

Y entendió, de golpe, con una claridad que no era de la cabeza sino del cuerpo entero: el miedo era suyo. Nadie podía quitárselo si él no lo entregaba. Era lo único que nadie podía robarle, porque no estaba afuera: estaba adentro, y adentro mandaba él.

—No —dijo.

El cuervo se quedó quieto.

—¿Qué dijiste?

—No te entrego nada —dijo Daniel, y su voz ya no sonaba pequeña—. Este miedo es mío. Lo siento aquí —se tocó el pecho—, me tiemblan las manos, tengo la boca seca. Y no te lo doy. Quédate con tus tratos, Elías.

El cuervo chilló, un chillido que partió la noche del ensueño en dos. Batió las alas con furia y se lanzó sobre Daniel, pico abierto, garras extendidas. Daniel no se movió. No cerró los ojos. Se quedó parado, siendo, impecable, con el miedo latiéndole en el pecho como un segundo corazón, sin entregarlo.

El pico del cuervo llegó a un palmo de su cara... y se deshizo.

No fue una explosión ni una batalla. Fue más simple y más terrible: el cuervo empezó a deshacerse por los bordes, como un dibujo en la arena cuando sube la marea. Las plumas se volvieron humo. Los ojos amarillos se apagaron como velas. La voz de Elías gritó algo —una maldición, un ruego, ya no se supo— y el grito se lo llevó el viento.

La deshechura duró lo que dura un suspiro, pero Daniel la vio completa, cuadro por cuadro, como si el ensueño quisiera que aprendiera: primero se fueron los ojos amarillos, que se apagaron de golpe como velas sopladas; después las plumas, que se volvieron humo negro, y el humo se volvió aire, y el aire se quedó quieto; después el pico, que se abrió en un último grito —«¡No me dejes vacío!»— y el grito se quedó flotando un instante, sin boca que lo hubiera dicho, hasta que el viento del ensueño se lo llevó también. Lo último en irse fue la sombra que el cuervo proyectaba sobre el suelo de la plaza: se encogió, se hizo un charco negro, y el charco se secó, y donde había estado no quedó ni la marca.

Y entonces, en el centro de la plaza vacía, bajo el cielo sin estrellas, quedó parado un hombre.

En medio de la plaza vacía quedó parado un hombre. Flaco, encorvado, con el pelo enmarañado y una pata de cuervo colgando del cuello. Elías, sin el cuervo. Solo un hombre herido, mirándolo con unos ojos donde ya no había brasas: solo ceniza.

—Por favor —susurró Elías, y su voz era la de un hombre, nada más—. Por favor, no me dejes así.

—¿Así cómo?

—Vacío —dijo, y se abrazó a sí mismo—. Sin nada. Cuarenta años juntando poder y me lo quitaste en un minuto.

—Yo no te quité nada —dijo Daniel—. Nomás no te di lo que querías.

Elías lo miró un instante más. Después dio media vuelta y empezó a caminar hacia la barranca, encorvado, pequeño, cada vez más pequeño, hasta que la oscuridad del ensueño se lo tragó.

Daniel despertó de golpe, sentado en el petate, con el corazón desbocado y el colmillo de jaguar apretado en el puño.

El cuarto estaba a oscuras. La vela se había apagado. Y algo andaba mal: el aire pesaba, olía a podrido y a copal rancio —el mismo olor de la choza de la barranca—. En la esquina del cuarto, las sombras se movían. No como sombras normales: se alargaban hacia la cama, con dedos, buscándolo.

La vigilia. Elías, roto en el ensueño, tiraba su último resto en la vigilia.

Daniel quiso gritar, pero se acordó: sin pelear, sin huir, siendo. Se quedó sentado en el petate, con el miedo latiéndole en el pecho —porque el miedo seguía ahí, fiel como un perro—, y miró a las sombras de frente.

—No —dijo en voz alta, en el cuarto oscuro—. Aquí tampoco.

Las sombras se detuvieron. Dudaron, como animales que no entienden por qué la presa no corre. El frío del cuarto se hizo más intenso: Daniel veía su propio aliento salirle de la boca en nubecitas blancas, y el olor a podrido se espesó hasta darle náuseas. Una de las sombras alargó hacia su cara algo parecido a un dedo —largo, negro, imposible— y Daniel sintió el miedo subírsele otra vez por el pecho, más fuerte que en el ensueño, porque esto era su cuarto, su cama, su cuerpo despierto, y aquí no había metáforas que valieran.

Pero se acordó de la rama. De no querer, sino ser. Y en vez de retroceder, se inclinó un poco hacia adelante, hacia la sombra, y la miró más de cerca.

—No —repitió, más bajo—. Aquí tampoco. Este cuarto es mío. Este cuerpo es mío. Este miedo es mío. Y no se entrega.

La sombra retiró el dedo. Las tres se agitaron, como llamas sacudidas por el viento, y Daniel entendió que estaban confundidas: esperaban gritos, esperaban que corriera al corredor a esconderse detrás del viejo. No esperaban que la presa las mirara de frente.

Y entonces, desde el corredor, llegó el sonido del sahumerio de Don Aurelio y una voz vieja rezando en náhuatl, y desde la cocina, la voz de Doña Remedios con el rosario: «Dios te salve, María...» Y desde la calle, lejanas, otras voces. El pueblo entero rezando, cada quien a su modo, sosteniendo. El humo del copal se metió por debajo de la puerta del cuarto en una hebra blanca, y donde tocó a las sombras, estas chisporrotearon como brasas mojadas.

Las sombras se replegaron. Se encogieron hacia la esquina, se hicieron pequeñas, y se deshicieron como humo entre los dedos.

Daniel se levantó temblando y salió al corredor. Don Aurelio estaba ahí, sentado, con el sahumerio todavía humeando entre las manos. Se miraron.

—¿Ya? —preguntó el viejo.

—Ya —dijo Daniel, y se dejó caer a su lado. Le temblaba todo el cuerpo—. En el ensueño y aquí. Primero el cuervo, con sus ojos amarillos, ofreciéndome tratos. Después las visiones: Lucía muriéndose, usted sin levantarse, el pueblo arrodillado. Y después... se deshizo. Como humo. Quedó un hombre nomás, flaco, pidiéndome por favor que no lo dejara vacío. Me dio lástima, maestro. Una lástima que me dolió aquí —se tocó el pecho.

—Bien —dijo Don Aurelio—. La lástima es lo que te separa de él. Él nunca sintió lástima por nadie. Por eso se quedó vacío. —El viejo echó más copal al sahumerio; el humo subió blanco hacia las estrellas—. Escúchame: Elías juntó poder cuarenta años, pero era poder prestado. Miedo ajeno, envidia ajena, respeto comprado con sustos. El poder prestado se acaba cuando nadie lo sostiene. Tú no le diste el tuyo. El pueblo no le dio el suyo. Se quedó sin nada. Lo que viste al final era lo que siempre fue debajo del cuervo: un hombre herido que eligió el camino corto y nunca dejó de pagarlo.

—¿Va a volver?

—No —dijo el viejo—. Lo que se alimenta del miedo se muere de hambre cuando nadie le da de comer. Se va a ir a la barranca a lamerse las heridas. Y un día se va a apagar, como se apaga todo lo que no se cuida. Pero a ti ya no te va a molestar. Ni a Lucía. Ni al pueblo.

Se quedaron callados. Desde la cocina llegaba el murmullo del rosario de Doña Remedios, que no había parado en toda la noche. Desde la calle, las voces bajas de los vecinos, que tampoco se habían ido. Daniel se tocó el colmillo de jaguar bajo la camisa: estaba tibio, como si hubiera estado al sol.

—Gracias —dijo—. Por velar.

—Gracias a ti —dijo Don Aurelio—. Por no entregar.

—¿Va a volver?

El viejo negó con la cabeza.

—Lo que se alimenta del miedo, se muere de hambre cuando nadie le da de comer. Se va a ir a la barranca a lamerse las heridas. Y un día se va a apagar, como se apaga todo lo que no se cuida. Pero a ti ya no te va a molestar. Ni a Lucía. Ni al pueblo.

Como si lo hubiera oído, desde el cuarto de Lucía llegó un quejido suave. Daniel entró corriendo. Lucía estaba sentada en la cama, sudando a mares, con la cara roja.

—Daniel —dijo, desorientada—. Qué calor. Me estoy quemando.

—Es la fiebre —dijo él, tocándole la frente—. Está saliendo. Está saliendo, Lucía.

Y era verdad: el fuego seco que no obedecía a las hierbas por fin había encontrado por dónde salir. Sudaba como si se estuviera derritiendo por dentro. Daniel le cambió la ropa de cama con ayuda de Doña Remedios, le dio agua a tragos pequeños, y al amanecer, cuando el primer gallo cantó, la fiebre se quebró.

Lucía abrió los ojos, claros por primera vez en días.

—Se fue —dijo—. Lo sentí irse. Como cuando te quitan una mano del cuello.

Afuera, el pueblo despertaba. Las velas se habían consumido. El copal todavía perfumaba las puertas. Y en la barranca, contaron después los que bajan a los Jacalones, la choza de Elías amaneció vacía: ni sus huesos, ni sus velas, ni sus cráneos. Solo el viento, entrando por la puerta de plástico negro, barriendo el piso de tierra como una escoba vieja.

Elías «El Cuervo» no volvió a molestar a nadie. Algunos dicen que se fue más al monte. Otros, que se murió esa misma semana, de tristeza o de vacío. Don Aurelio, cuando le preguntaban, nomás decía: «Se quedó sin de dónde agarrarse. Eso es todo.»

Y Lucía sanó. Tardó unos días en recuperar las fuerzas, pero sanó del todo: del cuerpo y de la sombra. Las gardenias de la clínica, las que se habían muerto de golpe, las replantó ella misma una mañana, con las manos en la tierra, riéndose.

—Mira —le dijo a Daniel, señalando los brotes nuevos—. Hasta ellas entendieron.

Capítulo 19: El amanecer del sexto sol

Pasaron nueve días de una paz extraña, como la calma que queda después de que pasa el temblor.

El pueblo respiró, y al respirar se notó el cambio en las cosas pequeñas: los niños volvieron a jugar en la vereda que baja a los Jacalones, la que antes evitaban por miedo a la barranca; en el mercado, una señora le contó a otra, sin bajar la voz, que su hijo había soñado con el cuervo y que en el sueño le había dicho que no, y las dos se rieron como de un chiste bueno; el señor de la tienda colgó un letrero nuevo que decía «Aquí no se fía ni se teme», y nadie entendió bien qué quería decir, pero a todos les gustó.

Don Aurelio, en esos nueve días, se dedicó a repartir. Le dio a Lucía su caja de remedios —«tú sabes más de hierbas que yo de doctores», le dijo, y ella lloró un poco—; le dio a Mateo su sombrero viejo, que al muchacho le quedó grande y lo hizo reír a carcajadas; le dio a Doña Remedios un rebozo de su difunta esposa, doblado con cuidado, como quien entrega algo sagrado. Y una tarde llamó a Daniel y le enseñó, una por una, las plantas del solar: esta para el susto, esta para el empacho, esta para cuando el corazón se cansa, esta para cuando el alma se pierde.

—¿Por qué me enseña esto ahora? —preguntó Daniel, con un nudo en la garganta—. Usted me lo podía enseñar en años, poco a poco.

—Porque ahora sí vas a poner atención —dijo el viejo, y le guiñó un ojo—. Además, las plantas no esperan. Y yo tampoco.

Lucía volvió a la clínica. Mateo volvió a la escuela. Las velas se guardaron, el copal se acabó, y la vida retomó su ritmo de siempre: el mercado los domingos, la campana de la iglesia, la niebla bajando puntual todas las tardes. Pero algo había cambiado, y todos lo sabían aunque nadie lo dijera: San Miguel de la Niebla ya no le tenía miedo a la barranca. Y un pueblo sin miedo es otro pueblo.

Daniel, en cambio, andaba inquieto. Iba todas las mañanas a casa de Don Aurelio y lo encontraba cada vez más callado, más delgado, como si la noche del quinto sol le hubiera costado más de lo que decía. El viejo seguía barriendo el patio, pero ahora se detenía a descansar entre rincón y rincón, y su mano temblaba un poco al sostener la escoba.

—Estoy viejo, muchacho —dijo una mañana, cuando Daniel le señaló el temblor—. No me mires así. Los viejos nos gastamos. Es la ley.

—Usted no se gasta —dijo Daniel—. Usted es eterno.

Don Aurelio se rió, una risa que terminó en tos.

—Eterno, dice. Anda, siéntate. Tenemos que hablar.

Se sentaron en los banquitos. El viejo tardó en empezar, mirando el patio barrido, las macetas, el cerro al fondo.

—Lo que hiciste en la noche del quinto sol —dijo por fin— fue lo último que te faltaba. Ya no tengo nada que enseñarte, Daniel. Y no lo digo por decir: lo digo porque es verdad. El intento ya es tuyo. El ensueño ya es tuyo. El miedo ya sabes dónde ponerlo. Un maestro que sigue enseñando después de que el alumno ya aprendió, nomás estorba.

—Maestro, no diga eso.

—Escúchame —dijo el viejo, y su voz recuperó de golpe la firmeza de antes—. Mañana al amanecer vas a subir conmigo al cerro. Al mirador, donde se ve salir el sol sobre la sierra. Lleva el cuaderno de tu abuelo.

—¿Para qué?

—Para lo último —dijo Don Aurelio, y no quiso decir más.

Daniel no durmió esa noche. Se quedó en el corredor de la casa de Doña Remedios, mirando las estrellas, con el cuaderno de Don Tomás en las rodillas. El cuaderno: su compañero de todos esos meses, lleno de la letra apretada de su abuelo, de dibujos de plantas, de rezos en náhuatl, de consejos para el ensueño. Lo había leído entero, de principio a fin, tres veces. Entero menos la última página.

La última página era un misterio que lo había perseguido desde el principio. Cada vez que intentaba leerla, las letras se le movían, se le borraban, como si la tinta estuviera hecha de niebla. Don Aurelio le había dicho: «Cuando estés listo, se va a dejar leer.» Y Daniel había dejado de intentarlo, porque había aprendido que las cosas forzadas se rompen.

Esa noche, Doña Remedios lo encontró en el corredor con el cuaderno en las rodillas y le llevó un chocolate caliente, de esos espesos que solo ella sabía hacer.

—¿Mañana subes con el viejo? —preguntó, sentándose a su lado con un suspiro de cansancio bueno.

—Al amanecer —dijo Daniel—. Me dijo que lleve el cuaderno. Que hay algo último.

Doña Remedios asintió despacio, mirando las estrellas.

—Tu abuelo —dijo— escribía de noche, como tú. Se encerraba en el cuarto y no salía hasta que cantaba el gallo. Una vez le pregunté qué tanto escribía, y me dijo: «Le escribo al nieto, Remedios. Todavía no nace, pero ya le estoy escribiendo.» Yo me reí. Pensé que eran sus cosas de maestro. —Se quedó callada un rato, tomando su chocolate—. Ahora creo que te estaba esperando desde antes de que nacieras, mijo. Así son los viejos de esta tierra: ven lejos.

Se fue a dormir, dejándolo con el chocolate y el cuaderno. Daniel, a la luz de la vela, abrió la última página. Las letras seguían bailando, reacias, hechas de niebla. Las miró un rato, sin forzar, sin querer, nomás mirando, como quien mira el río. Y por un instante —un instante nada más— creyó distinguir algo: la palabra «nagual», quizá, o «miedo». Pero se le escapó, como un pez entre las manos.

Cerró el cuaderno. «Mañana», pensó. Y se tomó el chocolate, que ya se había enfriado, y se fue a acostar con el corazón latiéndole despacio, como un tambor que anuncia algo grande.

Subieron al cerro antes del amanecer, a la hora en que la noche todavía no se decide a irse. Don Aurelio caminaba despacio, deteniéndose a cada rato, y Daniel lo esperaba sin prisa, sin decirle que se apurara, sin decirle nada. El viejo llevaba su bastón de madera nudosa, el de siempre, el que había tallado su propio maestro.

Subieron despacio, porque Don Aurelio ya no podía de otra manera. A la mitad del camino se detuvieron junto a un encino grande, y el viejo se apoyó en el tronco a recuperar el aliento. Desde ahí se veía el pueblo abajo, todavía dormido, con unas cuantas luces encendidas: la de la clínica, la de la panadería, la de la casa de Doña Remedios.

—Míralo —dijo Don Aurelio—. Treinta años lo vi desde aquí, todas las mañanas. Y todavía me parece bonito.

—¿No le da tristeza irse? —preguntó Daniel.

—Me da paz —dijo el viejo—. La tristeza es para los que se quedan, y es buena: quiere decir que algo valió la pena. Tú vas a estar triste, muchacho. Y está bien. La tristeza también se barre, como el polvo: todos los días, un poco.

Al pasar frente al sendero que bajaba a la barranca, Don Aurelio se detuvo y miró hacia abajo, hacia la mancha oscura entre el verde.

—¿Sabía usted? —preguntó Daniel—. ¿Que Elías había sido aprendiz? Me lo contó allá abajo. Que su maestro lo humilló y el pueblo eligió a otro.

—Lo sabía —dijo el viejo—. Todos los brujos de la barranca fueron aprendices alguna vez. La diferencia no está en lo que te hacen, muchacho: está en lo que haces con lo que te hacen. Elías eligió el camino corto. Tú elegiste barrer. —Le dio una palmadita en la espalda, y su mano temblaba—. Por eso vas a durar más.

Siguieron subiendo. Daniel llevaba el cuaderno de Don Tomás bajo el brazo, envuelto en el paliacate, y se dio cuenta de que también cargaba su propio bastón, el que había tallado una tarde de ocio sin saber para qué. Se rió solo al pensarlo: sin saberlo, ya se había estado preparando desde hacía meses.

Llegaron al mirador cuando el cielo empezaba a ponerse gris por el oriente. Se sentaron en las piedras, uno junto al otro, mirando la sierra que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, con la niebla metida en las barrancas como algodón.

—Mira —dijo Don Aurelio, señalando el horizonte—. El sexto sol.

—¿El sexto? —dijo Daniel—. ¿No vivimos bajo el quinto?

—Vivimos. Pero cada amanecer es un sol nuevo, muchacho. Los antiguos contaban soles para los mundos. Yo cuento soles para los días. Este que va a salir es tu sexto sol. El primero fue cuando llegaste al pueblo, sin saber nada. El segundo, el temazcal. El tercero, el ensueño. El cuarto, Mictlán. El quinto, la noche que pasamos. Y este —señaló la línea gris que se doraba— este es el tuyo. El amanecer del sexto sol.

Se quedaron callados, viendo cómo la luz se derramaba sobre la sierra, tiñendo la niebla de rosa y de oro. Era uno de esos amaneceres que parecen inventados, demasiado hermosos para ser verdad.

—Dame el cuaderno —dijo el viejo.

Daniel se lo pasó. Don Aurelio lo abrió en la última página y la miró largamente. Después se lo devolvió.

—Léela —dijo.

—Maestro, ya lo intenté. No se deja.

—Inténtalo ahora.

Daniel miró la página. Las letras bailaban, como siempre, reacias, hechas de niebla. Respiró hondo. Se acordó de la rama en el río: no querer, ser. Dejó de querer leer y nomás miró, quieto, impecable.

Y las letras se aquietaron.

Fue como cuando se asienta el agua turbia: poco a poco, las palabras fueron tomando forma, negras y claras sobre el papel amarillento. La letra de Don Tomás, su letra apretada de maestro rural. Daniel leyó, con el corazón martillándole:

«El que lea esto ya cruzó. Ya bajó y ya subió. Ya miró al cuervo de frente y no le entregó su miedo. Entonces escucha, nieto, lo último que tengo que decirte: el maestro es el nagual, y el nagual eres tú cuando dejas de tener miedo. No hay más secreto. El bastón cambia de mano. El cuaderno cambia de mano. Pero el camino no se hereda: se camina. Camínalo, mijo. Y cuando alguien llegue perdido a tu puerta, como tú llegaste a la mía, ábrele. Esa es toda la enseñanza.»

Daniel leyó la página tres veces. Después levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Mi abuelo sabía? ¿Sabía que yo iba a...?

—Tu abuelo veía lejos —dijo Don Aurelio—. Por eso dejó el cuaderno. Por eso me pidió que te esperara. —Hizo una pausa, mirando el sol que ya asomaba—. Él y yo éramos hermanos de camino, Daniel. Nos enseñó el mismo maestro, allá por Zongolica, hace más de sesenta años. Tu abuelo eligió los libros y la escuela; yo elegí el monte y las hierbas. Pero era el mismo camino, nomás que por veredas distintas. Cuando se fue, me tomó la mano y me dijo: «Cuídame al nieto, Aurelio, que va a llegar perdido. Y cuando llegue, no le enseñes con palabras: enséñale barriendo.» Y llegaste. Perdido como un perro sin dueño. Y mírate ahora.

—¿Y si no soy suficiente? —preguntó Daniel, con la voz chiquita—. ¿Si el pueblo necesita un maestro de verdad y yo nomás soy... yo?

—Nadie es suficiente —dijo el viejo—. Tu abuelo no era suficiente. Yo no fui suficiente. La suficiencia es un invento de los que venden el camino corto. Lo único que se necesita es estar, y barrer, y abrirle la puerta al que llegue perdido. Eso lo sabes hacer. Lo has hecho todas las mañanas sin darte cuenta.

El sol ya salía del todo, redondo y rojo sobre la sierra. Don Aurelio se puso de pie con esfuerzo y le tendió su bastón, el de madera nudosa.

—Tómalo —dijo.

—Maestro, no puedo. Es suyo. Es de su maestro.

—Y el de mi maestro fue del suyo —dijo Don Aurelio—. Así es esto: el bastón no es de nadie y es de todos. Pesa lo que pesa tu camino, ni más ni menos. —Le puso el bastón en las manos y se las cerró sobre la madera, y sus manos viejas temblaban sobre las de Daniel—. Ya no lo necesito donde voy. Allá los caminos se andan sin bastón.

—¿A dónde va?

El viejo sonrió. Miró hacia el monte, donde la niebla subía espesa entre los árboles, blanca y dorada a la luz del amanecer.

—A caminar —dijo—. Llevo ochenta años en este pueblo, muchacho. Ya barrí mi patio. Ya enseñé lo que tenía que enseñar. Ahora me toca lo último: internarme. Los naguales viejos no se mueren en cama, Daniel. Se van al monte, a la niebla, y se vuelven otra cosa. Viento, jaguar, lluvia. Lo que la tierra necesite.

—No —dijo Daniel, y su voz se quebró—. No, maestro. Todavía no. Todavía lo necesito.

—Ya no —dijo Don Aurelio con dulzura—. Eso es lo que te cuesta creer. Pero es verdad. Mírame: estoy cansado, y estoy en paz. No hay mejor manera de irse.

Se abrazaron. El viejo estaba liviano como un pájaro, y olía a copal y a tierra mojada, como siempre había olido. Daniel sintió que se le partía el pecho.

—Gracias —susurró—. Por todo.

—Gracias a ti —dijo el viejo—. Por llegar perdido a mi puerta. Es lo mejor que me ha pasado en años.

Se separaron. Don Aurelio le acomodó el collar del colmillo de jaguar —«ya es tuyo de verdad», dijo—, dio media vuelta y empezó a caminar hacia el monte, hacia la niebla, con paso lento pero firme, sin bastón, sin voltear.

Daniel se quedó parado en el mirador, con el bastón en una mano y el cuaderno en la otra, mirándolo alejarse. Le gritó una vez: «¡Maestro!» La niebla se abrió un instante, y creyó ver la silueta del viejo levantar la mano, despidiéndose. O quizá fue el viento moviendo las ramas. Después la niebla se cerró, blanca y espesa, y ya no se vio nada.

Se quedó ahí hasta que el sol estuvo alto. Lloró. Se rió. Lloró otra vez. Las dos cosas a la vez, revueltas, como el café con leche. Sacó el cuaderno y lo abrió en la última página, la que por fin se dejaba leer, y la leyó en voz alta, para que el monte la oyera: «el maestro es el nagual, y el nagual eres tú cuando dejas de tener miedo». Después cerró el cuaderno, se echó el bastón al hombro —pesaba lo justo, como si lo hubieran tallado para él— y empezó a bajar. A la mitad del camino se detuvo, miró hacia atrás, hacia la niebla que ya se había tragado el mirador, y dijo en voz alta, para nadie y para todos: «Ya barrí mi patio, viejo. Ahora barro el tuyo.» Porque entendía, por fin entendía: Don Aurelio no se había muerto. O sí se había muerto. Las dos cosas eran verdad, y las dos eran mentira, como todo lo importante.

A lo lejos, muy lejos, desde lo hondo del monte, llegó un rugido. Grave, poderoso, imposible de confundir. El rugido de un jaguar.

O quizá fue el viento entre los árboles. Daniel nunca lo supo. Y nunca necesitó saberlo.

Bajó del cerro al mediodía, con el bastón de Don Aurelio en la mano y el cuaderno de Don Tomás bajo el brazo. En el pueblo, nadie preguntó dónde estaba el viejo. Los pueblos saben cuándo no preguntar. Doña Remedios, cuando lo vio llegar con el bastón, nomás asintió despacio y le sirvió un plato de frijoles.

—Ya sabía —dijo—. Anoche soñé con él. Me dijo que ya había barrido su patio. Y me dijo que te cuidara, que andas con el corazón revuelto.

—Ando —admitió Daniel, y comió, y lloró un poco sobre los frijoles, y Doña Remedios le pasó su servilleta sin decir nada, como hacen las abuelas que ya lo han visto todo.

Mateo sí preguntó. Llegó corriendo esa tarde, con el sombrero viejo de Don Aurelio todavía grande en la cabeza.

—¿Dónde está Don Aurelio? —dijo—. Fui a su casa y no hay nadie. Ni sus cosas.

Daniel lo sentó en el corredor y se lo dijo como se dicen las cosas verdaderas: despacio, sin adornos. Que el viejo se había internado en la niebla del monte. Que no iba a volver. Que estaba bien, que estaba en paz, que era lo que hacían los naguales viejos cuando terminaban.

—¿Se murió? —preguntó Mateo, con los ojos llenos de agua.

—Se volvió otra cosa —dijo Daniel—. Viento, jaguar, lluvia. Lo que la tierra necesite. Y nos dejó el bastón, y el cuaderno, y el patio para barrer. ¿Te parece poco?

Mateo se quedó pensando, serio, con el sombrero tapándole media cara.

—No —dijo por fin—. No me parece poco. —Y se fue caminando despacio, como si de pronto pesara más, como si ya hubiera empezado a cargar algo.

Esa tarde, Daniel fue al recodo del río. La rama seguía del otro lado, donde él la había dejado con el intento. La miró un rato. Después, sin pensarlo, la cruzó de vuelta a su orilla. No con el ensueño: con las manos, mojándose los pies, riéndose solo.

A la mañana siguiente, Daniel subió a casa de Don Aurelio con la escoba. Barrió el patio entero, rincón por rincón, con el ritmo que el viejo le había enseñado sin enseñar: despacio, completo, sin prisa, sin pensar en nada más. Cuando terminó, se sentó en el banquito del viejo y miró el patio limpio. El banquito de al lado —el suyo, el de todos esos meses— estaba vacío. Los dos banquitos, el patio, la casa: todo seguía ahí, esperando, como si el viejo fuera a volver de un mandado.

—No se murió —le dijo a Lucía esa tarde, cuando ella le preguntó por qué andaba tan callado—. Se fue. Hay una diferencia, me dijo. Y creo que por fin la entiendo.

Mateo lo entendió a su modo: a la semana siguiente llegó con el sombrero viejo de Don Aurelio —que todavía le quedaba grande— y le preguntó si podían seguir con las pláticas de los sábados, las del tonal y el nagual. Daniel le dijo que sí, y que trajera su cuaderno, porque iba a necesitar uno propio. El muchacho asintió con una seriedad que le apretó el corazón: el bastón ya estaba cambiando de manos, y ni siquiera se habían dado cuenta.

Y cada mañana, antes de bajar al pueblo, Daniel subía a barrer el patio de la casa del cerro. No porque estuviera sucio: porque alguien tenía que seguir barriendo. El intento, había aprendido, también era eso: una escoba, un patio, todas las mañanas, aunque nadie mire. Ser, no querer. Estar, no aparentar.

Algunas cosas se hacen con el intento. Otras, con las manos. Las dos son el camino.

Capítulo 20: El regreso

Volvió a la Ciudad de México un martes de octubre, en un camión que olía a diesel y a tierra mojada.

Llevaba una mochila con poca ropa, el cuaderno de Don Tomás envuelto en un paliacate, el bastón de Don Aurelio —que el chofer quiso meter en la cajuela y él no dejó—, y el collar del colmillo de jaguar escondido bajo la camisa. Doña Remedios lo despidió en la puerta con un abrazo largo y un itacate de tamales.

—Tu casa es esta —le dijo—. La de allá es donde duermes. No lo olvides.

—No lo olvido, abuela.

Lucía lo acompañó hasta la parada del camión. Se quedaron un rato en silencio, mirando la carretera.

—Cada luna llena —dijo ella.

—Cada luna llena —prometió él.

No se dijeron más. No hacía falta. Lo suyo era un amor sobrio, de los que no necesitan juramentos: se habían visto en lo más hondo —ella enferma de sombra, él temblando frente a un cuervo— y habían decidido quedarse. Sin prisas. Sin promesas de telenovela. Con la certeza tranquila de dos personas que ya saben que el tiempo, cuando es de verdad, no corre: camina.

El camión arrancó. Daniel miró por la ventana cómo San Miguel de la Niebla se quedaba atrás, metido en su niebla de las tardes, y sintió que dejaba una parte de sí mismo allá arriba. O que se llevaba una parte del pueblo con él. Las dos cosas, como siempre.

La ciudad lo recibió con su ruido de siempre: cláxones, vendedores, el metro escupiendo gente. Su departamento —un cuarto de azotea en la colonia Narvarte que había dejado encargado a un amigo— olía a encierro y a polvo. Lo abrió todo, limpió, y se sentó en la cama a mirar el techo, preguntándose si había sido un sueño. Si San Miguel de la Niebla, Don Aurelio, el jaguar, la noche del quinto sol, no habrían sido un sueño larguísimo que se había inventado para no volverse loco de duelo.

Entonces se tocó el pecho y sintió el colmillo bajo la camisa. Miró el rincón: el bastón de madera nudosa, recargado en la pared. Sobre la mesa, el cuaderno envuelto en el paliacate.

No había sido un sueño. O había sido el sueño más verdadero de su vida.

La primera semana en la ciudad fue rara: se sentía dividido en dos, como si una mitad de él siguiera en el pueblo barriendo patios y la otra hiciera fila en el metro entre gente que no lo miraba. Por las noches soñaba con el recodo del río y despertaba con el ruido de los camiones de la basura. Llamó a Lucía por teléfono —todavía se hablaban por teléfono, como novios de antes— y ella se rió al oír su voz apagada.

—Te hace falta la niebla —dijo—. Vente el fin de semana. Te barro el patio yo, si quieres.

—Cada luna llena —dijo él—. Es el trato.

—Cada luna llena —confirmó ella—. Pero los fines de semana normales también existen, maestro. No seas tan estricto contigo.

Y así fue: los fines de semana normales también existían, y Daniel aprendió a vivir entre dos mundos sin partirse, como el río que es el mismo aunque cambie de orilla.

Al día siguiente se presentó en la preparatoria donde daba clases de historia. El director lo recibió con un abrazo y con la noticia de que le habían guardado su plaza, sus grupos, su salón del segundo piso con la ventana que daba al patio.

—¿Descansado? —preguntó el director.

—Algo así —dijo Daniel.

Entró al salón a las ocho de la mañana. Treinta muchachos de diecisiete años lo miraron con la mezcla de curiosidad e indiferencia que los adolescentes reservan para los maestros que vuelven de una licencia larga.

—Buenos días —dijo—. Soy el profesor Reyes. Vamos a estudiar historia este semestre.

Se quedó callado un momento, mirándolos. Antes —antes del pueblo, antes del viejo— habría abierto el libro en la primera página y habría empezado a dictar fechas. La conquista: 1519-1521. La independencia: 1810. La revolución: 1910. Fechas como piedras, para memorizar y olvidar.

Pero ahora las fechas le sabían a poco. Ahora sabía que la historia no eran las fechas: eran las personas que las habían vivido, con su miedo y su intento, con sus noches del quinto sol.

—¿Alguien sabe qué es el quinto sol? —preguntó.

Silencio. Un muchacho del fondo, con gorra, se atrevió:

—¿Una banda?

El salón se rió. Daniel se rió también, de verdad.

—No. Es lo que los mexicas creían que era nuestra época: el quinto sol, el sol del movimiento. Decían que antes hubo otros cuatro soles, otros cuatro mundos, y que se acabaron. Y que este también se va a acabar un día. —Hizo una pausa—. ¿No les parece una forma interesante de pensar la historia? No como una línea recta, sino como soles que nacen y mueren.

Una muchacha de la primera fila, de lentes, levantó la mano.

—Profe, ¿usted qué hizo en su licencia? Anda raro.

—¿Raro cómo?

—Como... —buscó la palabra— como si hubiera estado en otro lado. En un lado de verdad.

Daniel sonrió. Se tocó el colmillo bajo la camisa, sin que nadie lo viera.

—Estuve en un pueblo de la sierra —dijo—. Aprendí que la historia no está solo en los libros. Está en la gente que la cuenta, en los cuadernos que dejan los abuelos, en las noches en que un pueblo entero enciende velas. Este semestre vamos a estudiar historia de otro modo. Menos fechas, más preguntas. ¿Les parece?

Les pareció. O al menos no protestaron, que en un grupo de prepa es lo más parecido al entusiasmo.

La clase del quinto sol se volvió legendaria en la prepa, de esas que los muchachos cuentan años después. Daniel llevó un poquito de copal y lo encendió en un platito en su escritorio, contra todas las reglas del plantel. El director pasó por el pasillo, olió, asomó la cabeza al salón, y decidió seguir caminando. Algunas batallas no vale la pena pelearlas.

—Los mexicas —dijo Daniel, paseándose entre las bancas— creían que el mundo ya se había acabado cuatro veces. Cuatro soles muertos. ¿Saben cómo se acabó el primer sol? Se lo comieron los jaguares. El segundo se lo llevó el viento. El tercero, el fuego. El cuarto, el agua. Y nosotros vivimos bajo el quinto: el sol del movimiento. El que se va a acabar con terremotos.

—¿Y eso qué tiene que ver con la historia, profe? —preguntó el de la gorra.

—Todo —dijo Daniel—. Porque la historia que les enseñan es la de los que ganaron el quinto sol. Pero hubo gente que vivió los otros soles, o que creyó vivirlos, y su historia también cuenta. La historia no es una línea recta: es un cielo lleno de soles muertos. Y cada uno de ustedes —miró al salón, uno por uno, deteniéndose en cada cara— es un sol que está naciendo. ¿Qué van a hacer con su luz?

Silencio. De los buenos, de los que pesan. La muchacha de los lentes levantó la mano, despacio.

—Profe —dijo—. ¿Usted cree en eso? ¿En los soles?

—Creo que es verdad y es mentira —dijo Daniel—. Como todo lo importante. Y creo que da igual: lo que importa es que te hace mirar el cielo. Y mirarte a ti mismo.

Esa tarde, tres alumnos se quedaron después de clase a seguir preguntando. Al mes, eran diez. Al semestre, el director tuvo que asignarle el salón más grande para las horas de asesoría, porque no cabían.

Les dejó una tarea que no venía en el programa: entrevistar a la persona más vieja de su familia y traer una historia que no estuviera en los libros. Los resultados lo desbordaron: una abuela que había conocido a un cristero, un abuelo bracero que cruzó tres veces, una tía que juraba haber visto llorar a la Virgen de su pueblo en el ochenta y cinco, después del temblor. Daniel pegó las historias en la pared del salón, con los nombres de los alumnos abajo, y la pared se volvió un mural. «El museo de los soles», le pusieron los muchachos.

A fin de año organizaron una exposición e invitaron a las familias. La muchacha de los lentes —que resultó llamarse Fernanda y querer estudiar antropología— dio el discurso de apertura: «La historia no está solo en los libros. Está en nuestras abuelas.» Daniel, sentado en la última fila, sintió que se le cerraba la garganta. Doña Remedios habría llorado. Don Aurelio habría asentido despacio, como quien ve que la semilla agarró.

Después de la exposición, Fernanda se le acercó con su cuaderno.

—Profe —dijo—, ¿me presta su cuaderno? El de su abuelo. Quiero leerlo.

Daniel se lo prestó. Y al devolvérselo, una semana después, la muchacha traía los ojos brillantes.

—Profe —dijo—, ¿esto es verdad?

—Es verdad y es mentira —dijo Daniel—. Como todo lo importante. ¿Te sirvió?

—Mucho —dijo ella—. Muchísimo.

Y así enseñó Daniel historia de vuelta en la ciudad: de otro modo. Llevaba al salón el cuaderno de Don Tomás —no para leerlo, sino para mostrarlo: «miren, esto lo escribió un maestro rural hace cincuenta años, y aquí hay más historia de México que en tres capítulos del libro»—. Contaba la conquista desde los vencidos, la revolución desde los que no salieron en las fotos, la vida cotidiana de los pueblos como si fuera tan importante como las batallas —porque lo era—. Sus alumnos, al principio desconcertados, empezaron a traerle cosas: el cuaderno de recetas de una abuela, las cartas de un tío que se fue al norte, la historia del barrio contada por el señor de la tienda.

—Profe —le dijo un día el de la gorra—, mi abuelo dice que en su pueblo había un curandero que curaba con las manos. ¿Eso es historia?

—Todo es historia, si alguien lo vivió —dijo Daniel—. Tráeme la historia de tu abuelo y la contamos en clase.

El director, al principio, frunció el ceño ante los métodos nuevos. Pero los promedios subieron, las deserciones bajaron, y los muchachos empezaron a decir que la clase del profe Reyes era la única donde no se dormían. El director dejó de fruncir el ceño.

Cada luna llena, Daniel tomaba el camión a San Miguel de la Niebla.

Era su ritual, su norte. Llegaba el viernes en la noche, cenaba con Doña Remedios, y el sábado subía al cerro, al mirador, con el bastón de Don Aurelio. Se sentaba en las piedras y miraba salir el sol, y hablaba con el viejo en voz baja, contándole sus cosas: los alumnos, la ciudad, Lucía. A veces creía oír, muy lejos, un rugido entre los árboles. A veces era solo el viento. Nunca necesitó saberlo.

Bajaba al recodo del río y cruzaba la rama de un lado a otro, por costumbre, por juego, por memoria. Una vez, Mateo —ya un jovencito larguirucho de catorce años— lo acompañó.

—¿Es cierto que usted movió esa rama con el sueño? —preguntó el muchacho.

—¿Quién te dijo eso?

—Don Aurelio. Antes de irse. Me dijo que usted era el que seguía.

Daniel se quedó callado, mirando al muchacho. Mateo, el niño que Elías había enfermado y que el viejo había arrancado de la muerte. Mateo, sano y crecido, con toda la vida por delante.

—¿Quieres aprender? —le preguntó.

—¿A mover ramas?

—A no tener miedo —dijo Daniel—. La rama es lo de menos.

La primera lección fue barriendo. Daniel le prestó la escoba del corredor y le dijo que barriera el patio entero, sin prisa, sin pensar en nada más. Mateo barrió refunfuñando, apurado, levantando polvo por todos lados.

—Así no —dijo Daniel—. Mira.

Y barrió un rincón despacio, completo, con el ritmo que Don Aurelio le había enseñado sin enseñar. Mateo lo miró, entendió a medias, y volvió a empezar. Tardó una hora en un patio que se barre en veinte minutos. Al terminar, estaba sudado y callado, mirando el suelo limpio.

—¿Y eso para qué sirve? —preguntó.

—Para todo —dijo Daniel—. Cuando sepas barrer sin pensar en otra cosa, hablamos del ensueño.

Mateo se fue refunfuñando, pero al sábado siguiente volvió. Y al otro. Y al otro. Al cuarto sábado, barrió el patio en silencio, sin prisa, y al terminar se quedó un rato mirándolo, como si el patio limpio le hubiera dicho algo. Daniel no le preguntó qué. Ya lo sabía. Así había empezado él también, sin darse cuenta.

Y así, sin planearlo, sin nombrarlo, empezó otra cosa: los sábados de luna llena, después del cerro, Daniel se sentaba con Mateo en el corredor de la casa de Doña Remedios y le contaba. Le contaba del tonal y el nagual, del ensueño, del intento. No como un maestro: como alguien que cuenta lo que vivió. Mateo escuchaba con los ojos muy abiertos, y a veces hacía preguntas que a Daniel lo dejaban pensando toda la semana.

Una de esas lunas llenas, Lucía subió al mirador con él. Vieron salir el sol juntos, tomados de la mano, sin decir nada. Después, bajando por la vereda, ella se detuvo.

—Daniel —dijo—. Me ofrecieron la dirección de la clínica regional. En la ciudad. En Puebla.

Él se detuvo también. El corazón le dio un vuelco.

—¿Y?

—No he decidido —dijo—. Me gusta mi clínica. Me gusta este pueblo. Pero es una oportunidad... Y estaría más cerca de ti.

Se miraron. La niebla subía entre ellos, blanca y suave.

—Decide lo que tengas que decidir —dijo Daniel—. Yo voy a estar cada luna llena, estés donde estés. Y si te vas a Puebla, pues iré a Puebla cada luna llena. Lo nuestro no tiene prisa, Lucía. Ya pasamos la noche del quinto sol. Lo demás es amanecer.

Ella sonrió, con los ojos brillantes.

—Qué cursi te pusiste, maestro.

—Me lo enseñó un viejo —dijo él, y se rieron, y siguieron bajando, y la niebla los envolvió un momento, y cuando salieron de ella, el pueblo estaba ahí abajo, con sus velas apagadas y sus puertas abiertas, esperándolos como siempre.

Fue en una de esas noches de luna llena, en la casa de Doña Remedios, con el bastón de Don Aurelio recargado en la pared y el collar del jaguar sobre la mesa, cuando Daniel abrió el cuaderno de Don Tomás en una página en blanco —la primera después de la última escrita por su abuelo— y escribió, con su propia letra:

«Este libro lo empecé a escribir mi abuelo, lo siguió mi maestro, y ahora lo sigo yo. No sé dónde termina. Quizá no termina.»

Y siguió escribiendo. Escribió de su llegada al pueblo, perdido y de duelo. Escribió del temazcal y de las tres almas. Escribió del ensueño y del doble. Escribió de Mictlán y de las nueve noches. Escribió de Elías y de la barranca, de la tentación y de la negativa. Escribió de la rama y del río, del intento que no se ruega. Escribió de la noche del quinto sol, del cuervo que se deshizo, de las velas del pueblo. Escribió del amanecer del sexto sol, del bastón, de la niebla que se llevó al viejo. Escribió de su regreso, de sus alumnos, de Lucía, de Mateo.

Escribía cada luna llena, a la luz de la vela, mientras Doña Remedios dormía en el cuarto de al lado y el monte sonaba afuera con sus ruidos de siempre. Y cada vez que cerraba el cuaderno, entendía un poco más lo que Don Tomás había querido decir: el camino no se hereda, se camina. Y no termina. Nunca termina. Nomás cambia de manos, como el bastón. Como el cuaderno. Como la historia.

Escribía de madrugada, cuando la casa dormía y el monte sonaba afuera con sus ruidos de siempre. Llenó páginas y páginas con su letra apretada —letra de maestro, parecida sin querer a la de Don Tomás—, y a veces se detenía, con la pluma en el aire, porque un recuerdo lo asaltaba con fuerza física: el olor del temazcal, el frío de Mictlán, los ojos amarillos del cuervo, la niebla cerrándose sobre el mirador. Entonces respiraba, como le habían enseñado, y seguía. El cuaderno se volvió dos, y después tres. Doña Remedios, al verlos apilados en la mesa, movió la cabeza: «Ya eres como tu abuelo», dijo. «Escribes de noche y no sales hasta que canta el gallo.» Y Daniel se rió, porque era verdad, y porque ser como su abuelo era lo mejor que le habían dicho en años.

Una madrugada, terminando de escribir, salió al patio y miró el cielo. La luna llena estaba alta, redonda, blanca. Y Daniel pensó en Don Aurelio, internándose en la niebla; en Don Tomás, escribiendo a la luz de una vela parecida; en Elías, allá abajo en la barranca, pagando todavía su cuenta; en Lucía, durmiendo en su casa; en Mateo, soñando con no tener miedo; en sus alumnos, despertando a la historia.

Y entendió, por fin, del todo: él era el eslabón. Ni el primero ni el último. Un eslabón. Y ser un eslabón era suficiente. Era todo.

Esa misma luna llena, Lucía le dio la noticia: había decidido aceptar la dirección de la clínica regional en Puebla.

—Voy a estar más cerca de la ciudad —dijo, tomándole la mano en el mirador, mientras el sol salía—. Más cerca de ti. Y el pueblo... el pueblo ya camina solo, Daniel. Les enseñaste a no tener miedo. Eso no se olvida. Además —sonrió—, entrené a dos muchachas para la clínica de aquí. Y Mateo dice que cuando sea doctor va a venir a hacer su servicio al pueblo. Ya lo oíste: el muchacho ya habla como Don Aurelio. «Las dos cosas: las hierbas y los libros.»

—¿No te da miedo? —preguntó él—. Lo nuevo, lo grande.

—Me da miedo —dijo ella, honesta—. Pero ya sé dónde ponerlo. Me lo enseñó un maestro que no entrega el suyo.

Se rieron, y vieron salir el sol tomados de la mano, como la primera vez, y Daniel pensó que la vida, cuando se vive completa, tiene la forma de un río: siempre el mismo y siempre distinto.

De vuelta en la ciudad, abrió el cuaderno en la primera página en blanco después de lo escrito por Don Tomás y escribió, con su propia letra, la primera línea del libro: «Llegué a San Miguel de la Niebla huyendo de un duelo y de mí mismo.» Después siguió, noche tras noche, luna tras luna, contándolo todo: el temazcal, las tres almas, el ensueño, el doble, Mictlán y sus nueve noches, la barranca, la tentación, la rama, el intento que no se ruega, la noche del quinto sol, el amanecer del sexto. Escribía para no olvidar, y para que alguien, algún día, al leerlo, sintiera lo que él sintió aquella madrugada en el río: que el mundo se acomoda cuando uno es, de verdad, impecable.

Y cada vez que cerraba el cuaderno, entendía un poco más lo que Don Tomás había querido decir: el camino no se hereda, se camina. Y no termina. Nunca termina. Nomás cambia de manos, como el bastón. Como el cuaderno. Como la historia.

Epílogo

Si llegaste hasta aquí, el cuaderno ya es tuyo también.

Te lo digo yo, Daniel Reyes, que ya no tengo treinta y cuatro años sino los que tenga cuando leas esto, escribiendo desde una ventana de la ciudad donde a veces, si uno se queda quieto y mira bien, se aparece un colibrí. Pero no me adelanto. Déjame cerrar el círculo como se debe: por el principio del final.

Pasaron los años. Eso es lo primero que tienes que saber: pasó el tiempo, que es lo único que de verdad pasa. Doña Remedios se fue una mañana de diciembre, dormida, en paz, con noventa y dos años y las manos cruzadas sobre el pecho como quien termina de barrer su patio. La enterramos en el panteón del pueblo, junto a Don Tomás, y en su tumba sembramos gardenias. Todavía voy a verla cada luna llena. Le cuento mis cosas. A veces creo que me contesta, con el viento entre las flores. A veces es solo el viento. Ya sabes cómo es esto: nunca se sabe, y nunca hace falta saberlo.

La casa de la abuela es mi casa. La de allá, la de la ciudad, es donde duermo entre semana. Pero mi casa —mi casa de verdad— es la de San Miguel de la Niebla, con su patio, su corredor, su cocina que huele a café de olla aunque nadie lo esté haciendo. Ahí están el bastón de Don Aurelio, recargado en la pared del cuarto que fue mío; el collar del colmillo de jaguar, en una cajita de madera; y el cuaderno. El cuaderno sigue creciendo. Ya le agregué otro, y otro. Los nietos de mis alumnos —porque mis alumnos ya tienen hijos, fíjate— van a tener que cargar una biblioteca entera.

Lucía aceptó la dirección de la clínica regional en Puebla. Fue una buena decisión: hizo más por la salud de la sierra en cinco años que muchos en toda una vida. Nos casamos una mañana de abril, en el pueblo, con una ceremonia sencilla: el juez, Doña Remedios todavía viva para echarnos la bendición, Mateo de padrino —ya un muchacho de dieciocho años, serio y bueno—, y todo el pueblo de invitado, que es como decir la familia. No hubo luna de miel: hubo luna llena, que es mejor. Vivimos entre Puebla y el pueblo, y entre el pueblo y la ciudad. Nuestra vida es un camino de idas y vueltas, y nos gusta así. El amor, cuando es sobrio, no necesita prisas ni promesas grandes: necesita estar. Y estamos.

Mateo estudia medicina. Me lo dijo una tarde, en el corredor, con la vergüenza de los muchachos cuando dicen algo importante: «Quiero curar como curaba Don Aurelio, pero con las dos cosas: con las hierbas y con los libros.» Le dije que era el mejor plan que había oído en mi vida. A veces, cuando va al pueblo, se sienta conmigo y hablamos del intento, del ensueño, del miedo. Él ya cruza la rama del río sin esfuerzo. Dice que quiere enseñarle a su hermanita. El bastón va a cambiar de manos otra vez, algún día. El cuaderno también. Así es esto.

¿Y Elías? Me preguntan a veces, los que leen el cuaderno y llegan hasta la noche del quinto sol. Elías «El Cuervo» se apagó dos años después, en su choza de la barranca. Lo encontraron los de los Jacalones, acostado en su petate, flaco como un pájaro muerto. No hubo velorio grande: unos cuantos lo enterraron donde cayó, porque ni para eso había quedado gente que lo quisiera. Y sin embargo —y esto te lo digo en confianza, porque ya eres dueño del cuaderno—, a veces, cuando bajo a la barranca, creo oír un graznido a lo lejos. Y no me da miedo. Me da una tristeza vieja, de esas que no se quitan. Porque Elías no era un monstruo: era un hombre herido que eligió el camino corto, y el camino corto siempre cobra. Que en paz descanse. Que encuentre, donde esté, el patio que nunca quiso barrer.

¿Y Don Aurelio? Ah, Don Aurelio. Esa es la pregunta que más me hacen, y la que menos sé contestar. Se internó en la niebla del monte aquel amanecer del sexto sol, y no volvió. Nunca encontramos su cuerpo. Nunca lo buscamos, para ser honesto: buscarlo habría sido no entender. A veces, en el mirador, creo ver su silueta entre la niebla, levantando la mano. A veces, en el monte, oigo un rugido que no es del viento. Mis alumnos me preguntan si creo que se convirtió en jaguar, y les digo la verdad: no lo sé. Y les digo la otra verdad: no importa. Lo que importa es que me enseñó a no tener miedo, y eso no se muere. Eso cambia de manos, como el bastón.

Ahora déjame decirte lo más importante, lo que me tardé años en entender y que es la razón de que este libro exista.

Esta historia es verdad y es mentira. Las dos cosas. Es verdad que hubo un pueblo, un viejo, un cuervo, una rama que cruzó un río. Es mentira en los detalles, como son mentira los detalles de todo lo que se cuenta: la memoria inventa, el cariño exagera, el miedo agranda. Pero la magia es real. Y la filosofía es real. No me refiero a trucos ni a supercherías: me refiero a lo que Don Aurelio me enseñó barriendo su patio todas las mañanas. El intento es real: hay una corriente que mueve el mundo, y uno puede aprender a ser esa corriente. El ensueño es real: hay un lugar al que vamos dormidos donde las cosas pesan distinto. El miedo es real, y no entregarlo es lo más real de todo.

No necesitas creerme. No necesitas ir a la sierra ni buscar a un maestro de ochenta años. El camino está en todas partes, porque el camino eres tú cuando dejas de tener miedo. Empieza donde estés: barre tu patio. Mira de frente lo que te asusta. No le entregues tu miedo a nadie: ni a un brujo, ni a un jefe, ni a una pantalla, ni a ti mismo. Sé impecable en lo pequeño, y lo grande se acomoda solo. Eso es todo. Eso fue siempre todo.

Yo seguí enseñando historia hasta que me jubilé, hace unos años. Ya estoy viejo para los estándares de mis primeros alumnos, que me dicen «profe» con canas en la sien y me presentan a sus hijos como si fuera familia. Seguí contando la conquista desde los vencidos y la revolución desde los que no salieron en las fotos. Seguí diciendo que todo es historia si alguien lo vivió. Y cada luna llena seguí tomando el camión a San Miguel de la Niebla, aunque las rodillas ya me duelen en la subida al cerro. Algunos rituales no se dejan. Algunos rituales son lo único que nos sostiene.

El muchacho de la lluvia —el nieto de Fernanda— volvió al pueblo conmigo una luna llena. Subimos al mirador, despacio, porque a mí ya me cuesta y a él le sobra prisa. Le enseñé el recodo del río, la rama, la casa del cerro y su patio, que Mateo —ya doctor, ya con hijos— sigue barriendo los sábados, sin falta. El muchacho no dijo mucho. Nomás miraba, con los ojos muy abiertos, como se miran las cosas que no se entienden pero se sienten. Al bajar, me preguntó: «Profe, ¿y ahora qué hago?» Y le dije lo que me dijeron a mí, lo único que sé decir: «Barre tu patio. Después hablamos.»

Y escribo. Escribo en el cuaderno, que ya son cuadernos, que ya es una vida entera de tinta. Escribo para no olvidar, y para que otros recuerden. Porque esa es la última enseñanza, la que Don Tomás escribió en su última página y Don Aurelio me dijo con su último abrazo: cuando alguien llegue perdido a tu puerta, ábrele. Este libro es mi puerta abierta. Tú llegaste perdido, como llegué yo. Pasa. Siéntate. Toma café. Y cuando termines de leer, haz lo mismo por otro.

Si llegaste hasta aquí, el cuaderno ya es tuyo también. Cuídalo. Crúzalo como se cruza un río: sin prisa, sin miedo, siendo. Y cuando alguien te pregunte si la magia existe, cuéntale de la rama. Cuéntale del cuervo. Cuéntale del viejo que barría su patio. Y dile que sí, que existe, pero que no es lo que creen: la magia no es poder sobre el mundo. Es no tenerle miedo al mundo. Eso es todo. Eso fue siempre todo.

Los cuadernos se volvieron libro casi sin que me diera cuenta. Un ex alumno —uno de los del museo de los soles, ya editor— me dijo un día: «Profe, esto tiene que leerse.» Y lo leyó gente que no conozco, en lugares donde nunca he estado, publicado por una editorial pequeña que se llama Colibrí, como debe ser. Me escriben cartas —cartas de verdad, en papel— contándome de sus barrancas, de sus cuervos, de sus ramas. Les contesto a todos. A todos les digo lo mismo: el cuaderno ya es tuyo también.

Hace dos años, una tarde de lluvia, tocaron a mi puerta. Abrí y me encontré con un muchacho de unos veinte años, empapado, con una mochila y una cara que yo conocía muy bien, porque había sido la mía: la cara del que llega perdido.

—¿Es usted el profesor Reyes? —preguntó—. ¿El del cuaderno?

Resultó ser nieto de Fernanda —sí, la de los lentes, la del museo de los soles—, que le había hablado de mí toda su vida. Traía un ejemplar del libro subrayado y lleno de anotaciones, con las esquinas dobladas.

—No entiendo la mitad —dijo, sentándose en mi sala sin que yo lo invitara, como hacen los que ya son de la familia—. Pero hay algo aquí que no me deja dormir. Lo del miedo. Lo de no entregarlo. ¿Eso es verdad, profe? ¿Se puede?

Lo miré. Vi mis treinta y cuatro años en sus veinte. Vi la barranca, el cuervo, la rama, la niebla. Y le dije lo que Don Aurelio me habría dicho:

—Barre tu patio —le dije—. Después hablamos.

Se quedó a cenar. Lucía le sirvió caldo —Lucía siempre sirve caldo a los perdidos, es su forma de curar—. Y al irse, le regalé mi ejemplar del libro, el de las anotaciones. «Cuídalo», le dije. «Ya es tuyo también.»

Ese es el círculo, ¿ves? Don Tomás me esperó a mí. Don Aurelio me abrió a mí. Yo le abro a él. Él le abrirá a otro. El bastón cambia de manos. El cuaderno cambia de manos. El camino no se hereda: se camina.

Ayer, escribiendo estas últimas líneas en mi ventana de la ciudad, con el ruido de los cláxones allá abajo y el cielo gris de octubre, oí un zumbido. Levanté la vista, y ahí estaba: un colibrí, suspendido en el aire frente a mi ventana, mirándome con sus ojos negros y brillantes. Se quedó un instante —un instante nada más—, moviendo las alas tan rápido que parecían quietas. Después se fue, como vino, sin ruido.

Me reí. Lloré un poco. Las dos cosas a la vez, como aquella mañana en el cerro.

Hola, viejo, pensé. Ya barrí mi patio. Ya enseñé lo que tenía que enseñar. El cuaderno cambió de manos.

El colibrí ya no estaba. Pero la ventana seguía abierta, y por ella entraba el aire de la ciudad, que también es mundo, que también es camino.

El camino no termina. Nomás cambia de manos.

Camínalo.

Nota del autor

Quiero decir con toda claridad qué es este libro y qué no es, porque me parece una obligación de honestidad con usted, lector, y con los pueblos y las personas de quienes este libro toma prestado su aliento.

EL LIBRO DEL NAGUAL es una novela. Es ficción. Daniel Reyes no existe. Don Aurelio Tecpanécatl no existe. San Miguel de la Niebla no existe en ningún mapa, aunque se parece a muchos pueblos reales que sí existen y que yo quiero y respeto. Don Tomás y su cuaderno forrado en cuero son invención mía. La historia que usted acaba de leer —o que está por leer— salió de mi imaginación, con sus aciertos y sus torpezas, y cualquier parecido con personas vivas o muertas es coincidencia, salvo en un sentido que explico enseguida.

Lo que no es ficción, o no del todo, es la materia con la que está amasada la historia. El tonal y el nagual como las dos mitades de la existencia —lo conocido y lo desconocido, lo diurno y lo nocturno del ser— pertenecen a la cosmovisión de los pueblos nahuas y de otras tradiciones mesoamericanas, vivas hasta hoy. El ensueño, el arte de soñar sabiendo que se sueña y de actuar dentro del sueño, es una práctica documentada en linajes de conocimiento del México antiguo y contemporáneo. La recapitulación —el repaso sistemático de la propia vida para recuperar la energía atrapada en el pasado— es una técnica real de esos mismos linajes. El temazcal, el baño de vapor ritual, se sigue practicando en todo México y Centroamérica como medicina del cuerpo y del espíritu. Las tres entidades anímicas —el tonalli, el teyolía y el ihíyotl— forman parte de la antropología espiritual nahua desde antes de la llegada de los europeos, y hay comunidades que las nombran todavía. El copal, el cacao en ofrenda, el cempasúchil, la velación, el sahumador: no son decorado literario. Son elementos de ceremonias vivas, que se celebran hoy mismo, mientras usted lee estas líneas, en pueblos, barrios y ciudades.

Digo esto no para presumir de autenticidad, sino para marcar un límite. Yo no soy curandero. No soy nagual. No pertenezco a ningún linaje de conocimiento tradicional, ni pretendo hablar en nombre de quienes sí pertenecen. Soy un escritor que se asomó, con respeto y desde afuera, a un mundo que no es el suyo, y que intentó contar una historia honesta con los materiales que ese asomo le dejó. Todo lo que en esta novela suene a enseñanza debe leerse como lo que es: literatura. Si algo de aquí le despierta una inquietud verdadera por estos caminos, el paso correcto no es imitar lo que hace Daniel en estas páginas, sino acercarse —con humildad, con paciencia, sin prisa de turista— a las comunidades y a los maestros reales que guardan estas tradiciones. Ellos existen. No están en los libros: están en los pueblos.

Hay algo más que debo decir, y lo digo de frente: en las últimas décadas, las tradiciones espirituales de los pueblos originarios de México han sido saqueadas muchas veces. Se las empaqueta, se las vende en retiros de fin de semana, se las convierte en disfraz, en mercancía, en frase bonita para redes sociales. Esta novela no quiere ser parte de ese saqueo. Si en algún pasaje le pareció que el nagual era un superpoder, o el ensueño un truco, o el temazcal un spa, le pido que relea: intenté mostrar, en cada caso, que se trata de disciplina, de entrega, de años de trabajo silencioso, y sobre todo de servicio a la comunidad. Un nagual de verdad no es un mago: es alguien que cargó con un peso para que otros no tuvieran que cargarlo. Esa es la imagen que quise honrar.

Agradezco, desde este lugar de outsider consciente, a los pueblos nahuas, wirrárikas, mayas, zapotecos, mixtecos, totonacos, otomíes y a todos los pueblos originarios de esta tierra, que han guardado estos caminos durante siglos, muchas veces a costa de su propia sangre, frente al desprecio, la persecución y el olvido. Que una novela como esta pueda existir se lo debe a su resistencia. Que el tonal y el nagual sigan nombrándose en el siglo XXI no es un milagro literario: es el resultado de abuelas y abuelos que no dejaron de enseñar en voz baja.

Una última cosa, y es un pedido: no use este libro como manual. No intente el ensueño como experimento, no se meta a un temazcal sin guía experimentada, no juegue con plantas de poder, no se autodenomine nagual. Lo que en la ficción cabe en un capítulo, en la vida real pide años, maestro y comunidad. El respeto empieza por no convertir lo sagrado ajeno en juego propio.

Permítame una confidencia sobre cómo se escribió este libro, porque creo que le debe al lector saber de dónde viene lo que lee. Hace años cayó en mis manos la obra de quienes intentaron, antes que yo, poner en palabras estos mundos: los cronistas antiguos, los antropólogos contemporáneos, y también esa literatura fronteriza —a ratos brillante, a ratos polémica— que mezcla el reportaje con el mito y que puso palabras como «nagual», «tonal» o «ensueño» en boca de medio mundo. Debo decirlo con honestidad: esa literatura me abrió la puerta del asombro, pero también me enseñó el peligro de la puerta abierta sin cuidado. Cuando la ficción se disfraza de etnografía, el lector ya no sabe qué es real y qué es inventado, y los pueblos reales terminan pagando el precio de las fantasías ajenas. Esta novela intenta no cometer ese error: aquí la ficción se presenta como ficción, con la frente en alto, y lo real se señala como real, con el sombrero en la mano.

Investigué lo que pude: leí a los estudiosos serios del pensamiento nahua, escuché grabaciones de cantos, visité pueblos en fiestas patronales, conversé —poco, porque el respeto también es saber callarse— con curanderos que me concedieron minutos de su tiempo. Pero hay una distancia que ningún libro cruza: la distancia entre leer sobre el temazcal y haber sudado dentro de uno; entre saber qué es la recapitulación y haberla practicado durante años. Esa distancia la reconozco y la declaro. Todo lo que en estas páginas huela a verdad vivida, créame que viene de segunda mano y está filtrado por mi imaginación. La verdad de primera mano vive en los pueblos, no en las novelas.

Y sin embargo —porque siempre hay un «sin embargo»— creo que la ficción tiene un derecho y un deber: el derecho de asombrarse ante lo real, y el deber de no traicionarlo al contarlo. Si esta novela logra que un lector joven se pregunte quiénes fueron los tlamatinime, o que una lectora busque qué es el tonalpohualli, o que alguien, en noviembre, ponga una ofrenda con más conciencia que el año pasado, entonces la ficción habrá servido de puente hacia lo real. Los puentes no son el territorio, pero ayudan a cruzarlo. Eso quise construir: un puente, no un territorio. Un cuaderno inventado que apunte, como el dedo a la luna, hacia cuadernos reales que otros hombres y mujeres guardan en pueblos reales.

Si esta historia le dejó algo —una pregunta, una inquietud, una imagen que vuelve de noche—, entonces cumplió su cometido. Los libros, como los sueños, también son puertas. Lo que haga usted al cruzarlas ya es asunto suyo. Crúcelas despacio. Y con respeto.

Gracias por leer.

Glosario del camino del nagual

**Acecho:** Arte del guerrero del conocimiento para moverse en el mundo sin ser atrapado por él. El acechador observa sus propios hábitos, sus rutinas y sus reacciones como un cazador observa a su presa, hasta volverse impredecible incluso para sí mismo. No es espionaje ni engaño: es la disciplina de no actuar por impulso, de romper la tiranía de la costumbre. En los linajes toltecas, el acecho es una de las dos grandes artes, junto con el ensueño. Su prueba final es el «pinche tirano»: quien logra no perder la compostura frente a su peor enemigo, domina el arte.

**Amoxtli:** Palabra náhuatl para «libro», de *amoxtli*, el códice pintado sobre papel de amate o piel de venado. Antes de la llegada de los europeos, los amoxtin guardaban la historia, los calendarios, los tributos, los cantos y el conocimiento sagrado de los pueblos mesoamericanos. La mayoría fueron quemados por los conquistadores; los que sobreviven —como el Borgia o el Borbónico— son ventanas a un pensamiento que se negó a morir. Los tlacuilos, escribas-pintores, eran a la vez artistas y sacerdotes del conocimiento.

**Ayahuasca:** Bebida ceremonial de la Amazonía, preparada con la liana *Banisteriopsis caapi* y otras plantas. Aunque su origen no es mesoamericano, su nombre quechua («liana de los muertos») y su uso ritual la han vuelto referencia obligada en cualquier conversación seria sobre plantas de poder en América. Su ceremonia exige guía experimentada, dieta previa y respeto absoluto: no es experiencia recreativa. En las últimas décadas su difusión fuera de la Amazonía ha generado tanto encuentros genuinos como un turismo espiritual problemático.

**Cacao:** Semilla sagrada de Mesoamérica, moneda, alimento de dioses y medicina del corazón. El *cacáhuatl* se bebía en ceremonias, se ofrendaba a los dioses y se usaba en rituales de duelo y de pacto. Los mayas lo llamaban «alimento de los dioses» y los mexicas lo reservaban a la nobleza y a los guerreros. Hoy vuelve a usarse en ceremonias contemporáneas como planta que «abre el corazón». Su nombre científico, *Theobroma cacao*, significa literalmente «alimento de los dioses».

**Calmécac:** La «casa de la hilera» o escuela de los nobles mexicas, donde se formaba a los futuros sacerdotes, gobernantes, jueces y sabios. Allí se enseñaban los cantos, los calendarios, la escritura, la astronomía, la historia y la disciplina moral. Su contraparte, el *telpochcalli*, educaba al pueblo común. El calmécac representa la idea mesoamericana de que el conocimiento es una responsabilidad, no un privilegio decorativo. De sus aulas salieron los tlamatinime, los sabios que pensaron el mundo en cantos y flores.

**Cempasúchil:** La flor de los muertos, de un amarillo encendido que —dice la tradición— guía a las ánimas en su regreso cada noviembre. Su nombre náhuatl, *cempoalxóchitl*, significa «flor de veinte pétalos». Sus pétalos tapizan ofrendas y caminos porque su color y su aroma orientan a quienes vuelven del Mictlán. Es memoria hecha flor: la prueba de que en México la muerte se recibe con fiesta. Sin cempasúchil no hay ofrenda que funcione: es el faro del Mictlán.

**Chalchiuhtlicue:** «La de la falda de jade», diosa mexica de las aguas terrestres: ríos, lagos, manantiales y mares. Esposa de Tláloc en algunas tradiciones, patrona de los nacimientos y de los que mueren en el agua. Su jade simboliza lo precioso y lo fluido. Invocarla es recordar que el agua no es recurso: es persona sagrada, madre que da y que también puede llevarse. A ella se encomendaban los niños y los que morían ahogados, que iban a su paraíso, el Tlalocan.

**Copal:** Resina aromática del árbol *Bursera*, el incienso sagrado de Mesoamérica. Su humo blanco —*copalli*, «incienso»— lleva las oraciones a los dioses, limpia los espacios y acompaña a los muertos. Se quema en el sahumador durante velaciones, ofrendas y curaciones. Su aroma es, para muchos pueblos, el olor mismo de lo sagrado: donde hay copal, hay ceremonia. Existen varias calidades, del copal blanco ritual al copal negro de uso cotidiano.

**Coyolxauhqui:** «La de los cascabeles en las mejillas», diosa lunar mexica desmembrada por su hermano Huitzilopochtli. Su enorme disco de piedra, hallado en el Templo Mayor, la muestra derrotada pero radiante. Representa el ciclo de la luna, la noche vencida por el sol naciente y, en lectura contemporánea, la fuerza femenina que persiste aun desmembrada. Es la luna que vuelve cada mes, intacta. Su mito —hermana desmembrada por el hermano sol— narra el eterno combate entre el día y la noche en el cielo mexica.

**Doble energético:** En la terminología de los linajes toltecas, el cuerpo luminoso que todo ser humano posee además del cuerpo físico: una réplica de energía pura, capaz de actuar en el ensueño con plena conciencia. Desarrollar el doble —volverlo sólido, dirigirlo a voluntad— es una de las metas del camino del nagual. No es metáfora: para quienes lo practican, es una realidad tan concreta como la mano que escribe. Los linajes enseñan que el doble se fortalece con la recapitulación y el ensueño sostenido.

**Ensueño:** El arte de soñar sabiendo que se sueña y de sostener la atención dentro del sueño para actuar en él con propósito. Los antiguos mexicanos lo practicaban como disciplina: mirarse las manos en el sueño, fijar la mirada, desplazarse a voluntad. El ensueño es el puente entre el tonal y el nagual, el laboratorio donde el aprendiz aprende que la realidad tiene más de una capa. Sus reglas de oro: mirarse las manos, no correr, y no dejarse arrastrar por ninguna luz.

**Híkuri:** Nombre wirrárika (huichol) del peyote, el cactus sagrado del desierto. Para el pueblo wirrárika, el híkuri no es una droga: es un ancestro, un maestro, un hermano mayor que enseña a ver. Su peregrinación anual a Wirikuta, el desierto sagrado donde crece, es uno de los rituales vivos más antiguos de América. Su uso fuera de contexto ceremonial es irrespeto y, en muchos lugares, delito. Wirikuta, su desierto sagrado, ha sido defendido por el pueblo wirrárika frente a proyectos mineros.

**Huehuetéotl:** «El dios viejo», el dios del fuego entre los pueblos del centro de México, representado siempre como un anciano encorvado cargando un brasero sobre la espalda. Es el fuego del hogar, el fuego del centro, el más antiguo de los dioses porque el fuego acompañó al ser humano desde el principio. En el temazcal y en la ceremonia, encender el fuego es invocar al abuelo que todo lo transforma. Es de las deidades más antiguas: ya se le rendía culto en Cuicuilco, antes de Teotihuacan.

**Huehuetlatolli:** «La palabra de los antiguos», los discursos y consejos morales de los sabios nahuas, recogidos en parte por los frailes cronistas. Son filosofía en forma de plegaria: hablan del camino recto, del respeto a los mayores, de la fugacidad de la vida en la tierra (*tlaltícpac*). Leerlos hoy es escuchar la voz ética de una civilización que pensó profundamente cómo vivir bien. Su frase más célebre resume su filosofía: en la tierra solo estamos de paso, como quien atraviesa un puente.

**Huitzilopochtli:** «Colibrí zurdo», dios mexica del sol y de la guerra, patrono de la peregrinación que fundó Tenochtitlan. Cada día renace para combatir a las tinieblas; cada día necesita del esfuerzo humano para vencer. Su colibrí —ave que nunca se detiene— simboliza la voluntad inquebrantable. Exigía sacrificios que hoy nos horrorizan, y esa exigencia obliga a mirarlo sin simplificaciones. Su templo coronaba el Templo Mayor junto al de Tláloc: el sol y la lluvia, la guerra y la milpa.

**Ihíyotl:** Una de las tres entidades anímicas del ser humano según la cosmovisión nahua: el «aliento» o hálito vital que reside en el hígado y se relaciona con las pasiones, los impulsos y la fuerza vital. Junto al tonalli (en la cabeza) y el teyolía (en el corazón), el ihíyotl completa la triada del alma mesoamericana. Su pérdida o perturbación se asociaba a enfermedades del ánimo y del cuerpo. Los tres —tonalli, teyolía, ihíyotl— debían estar en equilibrio para que la persona estuviera sana.

**Intento:** En el camino del guerrero tolteca, la fuerza más misteriosa y decisiva: no el deseo, no la voluntad obstinada, sino una determinación silenciosa e inflexible que alinea al practicante con el flujo del universo. El intento «se» ejerce más que se tiene; es el acto de querer sin dudar, de decretar con todo el ser. Los naguales enseñan que el intento mueve el punto de encaje y abre las puertas del nagual. No se aprende en libros: se forja en la práctica, un acto impecable a la vez.

**Limpia:** Ritual de curación tradicional mexicana en el que el curandero «barre» el cuerpo del enfermo con hierbas, huevo, copal o veladoras para retirar malas energías, susto o mal de ojo. La limpia es diagnóstico y tratamiento a la vez: el estado del huevo o de las hierbas revela la dolencia. Es medicina popular viva, practicada en mercados, pueblos y ciudades de todo el país. El huevo, al romperse en agua, «muestra» el mal: burbujas, hilos o manchas que el curandero sabe leer.

**Mal de ojo:** Afección tradicional causada —según la creencia— por la mirada fuerte o envidiosa, sobre todo en niños. Sus síntomas (llanto, inquietud, fiebre) se curan con limpias, rezos y amuletos como el ojo de venado. Más allá de la superstición, el mal de ojo expresa una verdad social: la envidia enferma, y las comunidades inventaron rituales para nombrarla y neutralizarla. El huevo de gallina pasado por el cuerpo es su diagnóstico y su remedio más común.

**Mictlán:** El lugar de los muertos en la cosmovisión mexica: el inframundo al que descienden las ánimas tras un viaje de cuatro años por nueve niveles. No es un infierno de castigo, sino el destino común de quienes mueren de muerte natural. Allí reinan Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl. Cada Día de Muertos, los vivos tienden puentes de cempasúchil para que los difuntos regresen de visita. El viaje por sus nueve niveles —ríos, desiertos, montañas— duraba cuatro años del tiempo de los vivos.

**Nagual:** En los linajes toltecas de conocimiento, el nagual tiene dos sentidos entrelazados: es la parte desconocida e innombrable de la existencia —todo lo que el tonal no alcanza—, y es también el guía, el maestro que conduce a los aprendices hacia ese misterio. Ser nagual es cargar con la responsabilidad de abrir puertas que otros no pueden abrir solos. Es poder al servicio de la comunidad, nunca espectáculo. En náhuatl la palabra también nombra al animal compañero o «tona» de cada persona, doble protector que comparte su destino.

**Nagualismo:** La corriente de conocimiento y práctica centrada en el nagual: el ensueño, el acecho, el intento, la recapitulación y la relación con el doble energético. Sus raíces se hunden en el México prehispánico y sobrevivieron a la colonia en linajes discretos de curanderos y hombres de conocimiento. Hoy el término también nombra, con menos rigor, toda fascinación contemporánea por el chamanismo mexicano. Distinguir el linaje real de la moda es tarea del lector serio.

**Nahual:** En la tradición popular mesoamericana, el brujo o persona capaz de transformarse en animal —jaguar, coyote, tecolote— para actuar de noche. A diferencia del nagual de los linajes toltecas, el nahual del imaginario popular suele asociarse al daño, al robo de energía y al miedo nocturno. La confusión entre ambas palabras es común; distinguirlas es empezar a entender la diferencia entre el saber y la superstición. El tecolote, búho nocturno, es su forma más temida en los pueblos.

**Niños santos:** Nombre que María Sabina, la sabia mazateca, daba a los hongos psilocibios (*Psilocybe*): «los niños que brotan del agua sagrada». En la velada mazateca, los niños santos hablan, cantan y curan a través del curandero. Su uso ceremonial es antiquísimo y sagrado; su banalización como droga recreativa es una herida abierta para los pueblos que los custodian. María Sabina pagó caro haber abierto su velada a extranjeros curiosos.

**Océlotl:** El jaguar, *Panthera onca*, el felino sagrado de Mesoamérica: señor de la noche, del inframundo y del poder guerrero. Los guerreros jaguar mexicas vestían su piel; los olmecas lo divinizaron antes que nadie. El océlotl es el nahual por excelencia, el animal en que se transforma el que domina la noche. Ver un jaguar —en la selva o en el sueño— es un augurio que no se toma a la ligera. Su rugido nocturno era, para los antiguos, la voz misma del inframundo.

**Ofrenda:** El altar de muertos del Día de Muertos —y, en sentido amplio, cualquier entrega ritual a los dioses, a los ancestros o a la tierra—. La ofrenda de noviembre combina niveles cósmicos, fotografías, comida, veladoras, copal y cempasúchil: es un mapa para que las ánimas encuentren el camino de regreso. Ofrendar es recordar activamente; el olvido, en cambio, es la verdadera muerte. Sus niveles —del inframundo al cielo— reproducen el cosmos en miniatura sobre una mesa.

**Pinche tirano:** En la enseñanza tolteca, toda persona o circunstancia que nos hace la vida imposible y que, precisamente por eso, se convierte en nuestro mejor maestro. El pinche tirano nos obliga a practicar el acecho, la paciencia y el desapego; sin él, el guerrero se ablanda. La regla de oro: no odiar al tirano, sino agradecerle en silencio la lección. Es una de las ideas más incómodas —y más útiles— del camino. El tirano perfecto es el que tiene poder sobre nosotros y nos lo hace sentir: jefe, suegra, sistema.

**Quetzalcóatl:** «Serpiente emplumada», la deidad más venerada y compleja de Mesoamérica: dios del viento, de la sabiduría, del autosacrificio y de la vida civilizada. Robó los huesos de la humanidad anterior para crear a la actual, se sacrificó para que el sol se moviera. Es el dios que se niega al sacrificio humano y que parte hacia el oriente prometiendo volver. Su figura une la tierra (serpiente) con el cielo (plumas). Su mito del autosacrificio en Tollan funda la ética del dar sin pedir: el dios que se quema para que amanezca.

**Recapitulación:** Práctica tolteca de repasar sistemáticamente todos los eventos de la propia vida —persona por persona, escena por escena— respirando de manera especial para recuperar la energía que quedó atrapada en el pasado. No es nostalgia ni terapia de diván: es un acto de poder que libera al practicante de la tiranía de la memoria. Bien hecha, la recapitulación deja al guerrero ligero, sin deudas con su historia. Se practica con una respiración especial: inhalar el pasado, exhalar lo ajeno.

**Sahumador:** Recipiente ceremonial —de barro, cobre o cerámica— donde se quema el copal para sahumar: limpiar con humo sagrado a las personas, los espacios y las ofrendas. El sahumador suele tener forma de cuchara larga o de copa, y quien sahuma dibuja cruces de humo sobre el cuerpo del otro. Es uno de los instrumentos más antiguos y persistentes del ritual mesoamericano. El sahumador de barro con mango largo permite trazar cruces de humo sin quemarse.

**Susto:** Enfermedad tradicional del alma: el espanto que «saca» una de las entidades anímicas del cuerpo tras un susto fuerte, una caída o una impresión violenta. Sus síntomas —decaimiento, insomnio, desgano— se curan «llamando» al alma de regreso en ritual. La medicina moderna lo llamaría trauma; la tradición lo trata como lo que es: una herida del espíritu que pide ceremonia, no pastillas. El ritual del «levantamiento de sombra» llama al alma por su nombre hasta que vuelve.

**Temazcal:** «Casa de vapor» en náhuatl (*temazcalli*): el baño ritual de piedra y lodo donde el vapor del agua sobre piedras al rojo vivo purifica cuerpo y espíritu. Simboliza el vientre de la madre tierra: se entra a gatas, se suda, se reza, se canta, y se renace al salir. Lo dirigen temazcaleros experimentados; hacerlo sin guía es peligroso. Es quizás el ritual mesoamericano más vivo y extendido hoy. Sus cuatro puertas de vapor representan los cuatro rumbos del universo y las etapas de la vida.

**Teonanácatl:** «Carne de los dioses» en náhuatl: el nombre sagrado de los hongos psilocibios en la época prehispánica. Los cronistas describen su uso en ceremonias y adivinación; la Inquisición los persiguió como «obra del demonio». Que María Sabina los llamara «niños santos» siglos después muestra la continuidad de un saber que ni la colonia pudo arrancar de raíz. Los códices los dibujan brotando junto a los dioses en escenas rituales.

**Tezcatlipoca:** «Espejo humeante», el dios más temido y fascinante del panteón mexica: señor de la noche, del destino, de la discordia y del poder invisible. Su espejo de obsidiana lo ve todo; su pie amputado recuerda su lucha con la tierra. Es el antagonista eterno de Quetzalcóatl y, a la vez, su complemento: sin sombra no hay luz. Representa el nagual en su aspecto más terrible y más verdadero. Nada escapa a su espejo: es el dios que premia y castiga según el merecimiento de cada quien.

**Teyolía:** La entidad anímica que reside en el corazón (*yóllotl*), según la cosmovisión nahua: la que da memoria, emoción y vida interior, y la que viaja al más allá tras la muerte. Mientras el tonalli se vincula al destino individual y el ihíyotl a los impulsos, el teyolía es el centro afectivo de la persona. Cuidar el corazón, en sentido literal y espiritual, es cuidar el teyolía. A diferencia del tonalli, el teyolía no se pierde con un susto: solo la muerte lo libera para su viaje.

**Tláloc:** Dios de la lluvia, del rayo y de las aguas celestes, uno de los más antiguos y venerados de Mesoamérica, anterior incluso a los mexicas. Su rostro de anteojeras serpentinas y colmillos aparece en Teotihuacan siglos antes de Tenochtitlan. Daba el agua que hacía vivir las milpas y exigía, a cambio, ofrendas que incluían vidas infantiles: la cara más dura de una religión agraria. Sus sacerdotes vestían de negro y portaban bolsas de copal en forma de serpiente.

**Tlamatini:** «El que sabe», el sabio nahua: filósofo, poeta y maestro que —según los huehuetlatolli— «pone un espejo delante de los rostros» para que cada quien se conozca. Los tlamatinime eran los guardianes del pensamiento, los que hacían «florecer» la sabiduría en los jóvenes. Frente al guerrero y al sacerdote, el tlamatini representa la vía del conocimiento puro. El Códice Florentino los describe como «luz, tea, espejo» del pueblo.

**Tonalli:** La entidad anímica que reside en la coronilla y se relaciona con el destino, el carácter y la suerte personal; también nombra el «día» en el calendario ritual y la energía solar que anima al individuo. Perder el tonalli —por un susto, por ejemplo— era enfermarse del destino mismo. Los tonalpouhque, lectores del calendario, interpretaban el tonalli de cada recién nacido. Bañarse al amanecer «levantaba» el tonalli caído, según la medicina tradicional.

**Tonal:** En el pensamiento tolteca, todo lo conocido y ordenado: el mundo de todos los días, la razón, el nombre, la identidad social, la isla de lo comprensible en medio del misterio. El tonal es necesario y legítimo —sin él no hay vida funcional—, pero es solo la mitad de la existencia. El error moderno, dicen los linajes, es creer que el tonal es todo lo que hay. El trabajo del guerrero no es destruir el tonal, sino ponerlo en su lugar: la orilla, no el centro.

**Tonalpohualli:** «La cuenta de los días», el calendario ritual mesoamericano de 260 días: 20 signos combinados con 13 números. Regía los destinos, las ceremonias, las siembras y los nombres. Cada día tenía su carga sagrada, su dios patrono, su augurio. Frente al calendario solar de 365 días, el tonalpohualli era el calendario del alma: el tiempo no como medida, sino como destino. Todavía lo consultan adivinos en pueblos nahuas y mayas.

**Velación:** Vigilia ritual nocturna ante una imagen, una ofrenda o un difunto: rezos, cantos, copal y café que duran hasta el amanecer. Velar es acompañar: al muerto en su tránsito, a la semilla antes de la siembra, a la promesa antes de cumplirse. En la velación, la noche deja de ser descanso y se vuelve trabajo sagrado. La velación mazateca de los niños santos, cantada por el curandero hasta el alba, es su forma más alta.

**Xibalbá:** El inframundo maya, el «lugar del miedo»: nueve niveles de pruebas, engaños y señores de la muerte, narrados en el Popol Vuh. Los héroes gemelos Hunahpú e Ixbalanqué descienden a él y lo vencen con astucia, no con fuerza. Xibalbá recuerda que el descenso a la oscuridad —literal o interior— exige inteligencia ritual, no solo valor. Su nombre sobrevive en el habla popular como sinónimo del infierno.

**Xochipilli:** «Príncipe de las flores», dios mexica del arte, la música, la danza, los juegos y las plantas sagradas. Su estatua, cubierta de flores psicotrópicas esculpidas, sugiere su vínculo con los estados visionarios. Representa la vía del éxtasis creador: el conocimiento que llega por la belleza, no por el ascetismo. Es el santo patrón de los artistas del México antiguo. Su fiesta, la veintena de Hueytozoztli, se celebraba con flores, cantos y ofrendas de maíz tierno.

**Xochiquétzal:** «Flor preciosa», diosa mexica de la belleza, el amor, las flores y las artes femeninas: el tejido, el bordado, la sensualidad sagrada. Esposa de Tláloc en algunos mitos, madre de Quetzalcóatl en otros. Su fiesta celebraba a las tejedoras y a las alegrías de la vida. Frente a los dioses guerreros, Xochiquétzal defiende que la belleza también es un poder cósmico. Las parteras y las tejedoras la tenían por patrona de sus oficios.

**Yólotl:** «Corazón» en náhuatl, y mucho más que un órgano: el centro de la persona, sede del teyolía, de la memoria y del sentimiento verdadero. De *yólotl* viene *yolloxóchitl*, «flor del corazón», y la expresión *in ixtli in yólotl* —«rostro y corazón»— que nombra la dignidad humana completa. En la ética nahua, tener buen corazón no es sentimentalismo: es la meta de la educación. El saludo antiguo «¿cómo está tu corazón?» preguntaba por el estado del alma, no del cuerpo.